Monday, November 27, 2017

El ADN de las cenizas

En estos dias ha sucedido esa suerte de mitológica resurrección necrofílica de Fidel Castro. Murió un 25 de Noviembre, y parece que desean continuar recordando la muerte, tal vez lo único perecedero de su herencia.
Medios, prensa, escuelas, niños recitando poemas, niñas reclamando el noviazgo eterno del difunto. Aquel santificado en vida parece que hoy amanece como el pedófilo intelectual de la infancia cubana.
Lo último ha sido una patetica jornada de loas en la Universidad de Oriente adonde el nieto del cadáver acudió para hablar de amor, eternidad, luto y muerte, salpicando de ADN a todo un pueblo y al mundo.
Suerte de necrofilia biológica. Hasta a la seudociencia acuden para salvar una memoria.
Smirnoff, a diferencia de la totalidad de los cubanos, ha cursado estudios en España y Francia, visitado universidades americanas, compartido «almendrones» con millonarios y es asiduo a los Festivales del Habano, donde tampoco puede acudir ningún otro cubano que no tenga en su sangre parte del ADN familiar de las cenizas.
Así un poco se comprende su patética eulogía a aquel muerto. Los cadáveres que mas necesitan estas patéticas bendiciones son los que provocaron más desgracias en sus vidas. ¡Imagínese uno que es solo polvo gris en una piedra!
No conozco al pueblo del que habla Smirnoff, ni me interesa conocerlo. Pero buscando en el mapa donde encontrar cubanos que deseen el retorno de este cadáver será muy dificil encontrarlo, ya los cubanos lo habían olvidado en su lento recorrido a su conversión en cenizas.
Y en cuanto a su ADN político parece ir retrocediendo, por muerte definitiva, en cada lugar que tocó su mano en el continente y fuera de él. Pasó también con ese país de fantasía en el que quiso creer,y hacer creer a los demás, y donde como rey Midas de destrucción calcinó convirtiéndolo en cenizas.
Todo, absolutamente todo en que proyectó su pensamiento y su hacer generó un fruto amargo y estéril. ¿Es necesario hacer el recuento?
¿De qué ADN de amor y cariño habla Smirnoff? ¿Dónde está? ¿Dónde terminaron amistades, seguidores, familia, vecinos, conocidos?
Esta jornada de patetica vigilia a un cadáver político, enterrado ya en vida, y que despreció en vida toda muestra filial de sentimiento humano, es el canto de cisne de una revolución que nació con la simiente de muerte en una mano. Provocó muerte,desamparo, abandono, huida, destrucción, bancarrota, desilución y una eterna sensación de inevitabilidad del olvido que espanta.
¿Dónde esta Cuba hoy?
¿Qué queda de ella?, sería la esencial pregunta.
Se logra comprender que para que el sistema político-familiar se sostenga allí es necesario que los vástagos del ADN de destrucción de ese cadáver salgan a rendirle tributo en plazas, universidades, audiencias públicas y canten el lamento de lo perdido.
Ese es el verdadero ADN que puede reclamar las cenizas, lo demás es puro cuento, el adagio lastimoso de lo que pueden perder. Hoy si no existiera aquella piedra tendrían que crearla, de alguna forma, es la probable subsistencia de algo que solo existe en palabras y discursos. Después de todo, ya aquel no puede hablar, y el otro carece del poder de la palabra y del convencimiento, y las generaciones que le rindieron servil tributo se están muriendo, y los que quedan les preocupa muy poco recordar lo que ni conocieron, ni creyeron, ni logran entender.
El verdadero ADN de Castro es la indiferencia existencial en que hoy viven las nuevas generaciones de cubanos.
No creen en nada, ni en sí mismos. No intelectualizan sus conocimientos, ni creen en proyectos de nación, ni quieren tenerlos. Es una vida utilitaria, sin cauces políticos, sin signos ideológicos, sin creencias existenciales más allá de sus bolsillos.
Ese el ADN que procreó aquel que está en cenizas y quieren devolverlo a su cuerpo, tal vez para acabar de destruir a Cuba, lo que queda de Cuba, el pequeño pedazo de Cuba que sobrevive la tormenta.
Y, sí, tal vez sea esa también nuestra profunda y terrible desgracia: que en el país no sobrevive un ADN de vida, sino un ADN de destrucción. Todos desean escapar de esa terrible herencia, y escapan, los que quedan solo se resignan a una muerte o a una lenta sobrevivencia a la nulidad.
En lo personal, nunca creí en los cantos de sirenas de aquel que no fue ni cadáver, no puedo creer en ninguna ideología que suplante mi pensamiento, mi opinión personal, mis propias ideas en aras de un ideal celestial colectivo. Los ideales pertenecen a la individualidad, no a la multitud a la que solo le atrae la violencia. Por eso no tengo que rendirle ningun tributo, ni a su vida, ni a su muerte, ni a sus cenizas, ni a su perpetuidad como piedra en el zapato histórico de la nación cubana.
Mi ADN está libre de ese subgénero humano.
Hay algunos, muchos, sí, que siguen viviendo obsesionados con ese nombre. A veces pienso que si no hubiera existido lo hubieran inventado. Es necesario borrarlo, dejarlo morir, eliminarlo de las células vivas del organismo social que aun sobrevive en Cuba, de otra forma ese mismo ADN del que habla Smirnoff sobrevivirá esta catástrofe para seguir existiendo como lo fué, el más desastroso momento histórico de Cuba.
Invito a que sigan un vital experimento para su persona, y para la existencia total de la sociedad cubana: supriman el nombre, cancelen el apellido, desaparézcanlo del mapa existencial de sus vidas y de la de otros.
Suprimirlo, no olvidarlo, el olvido puede provocar una recaída en la terrible tragedia humana que ha padecido Cuba.

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