Wednesday, November 8, 2017

Una postal para el recuerdo

Soy aficionado a la fotografía, y me gusta viajar con mi cámara y captar, no solo los lugares pintorescos, también las personas, sitios que sugieren algo más a la mirada, actitudes, desafíos y hasta curiosos accidentes de la naturaleza y la sociedad.
Europa tiene lugares para todos los gustos, desde la romántica Venecia con sus no muy románticos olores de sus canales, hasta una ciudad como Burgos, que parece aún atrapada en el medioevo. Son ciudades y sitios preservados por países, gobiernos y pueblos con esmerado primor, celo y orgullo. Aún hasta los rincones más antiguos de Praga parecen recordarnos que por allí, hace más de 500 años, golpearon sus piedras otros hombres, sin nuestras modernas cámaras para guardarlos a la memoria humana.
Cuando me fuí de Cuba recorrí La Habana con una cámara digital, ahora ya muy vieja y con poca resolución para las nuevas tecnologías, y capturé los lugares por los que más caminé y visité. Algunos deteriorados por el tiempo, la desidia oficial, el abandono de todos y por todos. A veces un tanque desbordado de basura se interponía en el bonito encuadre que deseaba guardar de recuerdo.
Deseaba llevarme La Habana desde su imagen bondadosa y maquillada, porque conocía demasiado bien aquella otra, la sin maquillar, surcada de arrugas por el tiempo, los elementos y el olvido.
En las pocas ocasiones que volví no visité los lugares que me llevé en aquellas fotos. Caminé La Habana común, la normal, la que no está atrapada en postales turísticas, imágenes de mercadeo y venta. Era La Habana que me rodeaba a diario, la del cubano de a pie, cansado de buscar el sustento, encontrar un artículo necesario que no aparecía en ninguna tienda, apretando los pocos dólares que guardaba entonces para suplir las calamidades diarias de la sobrevivencia.
Los retornos a Cuba siempre son dolorosos desde esa perspectiva, porque uno vuelve atrás, a los orígenes, con un bolsillo más cómodo, pero con el mismo panorama de desolación y subsistencia. Y recuerda aquella esquina donde cambié los dólares por los «chavitos» para encontrar en la otra esquina la tienda «TRD» que me ofreciera un precio más barato, unos centavos mas que ahorrar para poder obtener algo de más del pobre fruto de la diaria lucha por la vida.
Todo esto me vino a la memoria cuando tropecé con las imágenes que el sitio australiano para citas «Farewell Fiance» ofrece sobre mi Habana, esa vieja malamente maquillada por más de 60 años.
«Farewell Fiance» dice en su editorial fotográfico, y cito en los dos idiomas:
«Amidst the abandoned ruins of La Habana she reimagines the old world glamour of a forgotten city that never sleeps. Embrace a new wave of romance and the renaissance of effortless elegance. Farewell Fiancé traveled to Cuba for an unforgettable week of soul searching.»
«En medio de las ruinas abandonadas de La Habana, ella reinventa el glamour del viejo mundo de una ciudad olvidada que nunca duerme. Abrace una nueva ola de romance y el renacimiento de la elegancia sin esfuerzo. Farewell Fiancé viajó a Cuba para una inolvidable semana de búsqueda del alma.»
Y vemos a esta joven, glamorosa, arrastrar su largo vestido blanco, lanzado al viento o atrapado en las desventuradas escaleras de un edificio que, aunque parezca bombardeado, posiblemente esté habitado por muchas familias, encajonadas en estas ruinas ante la desventura total y el olvido de las autoridades de esa ciudad, y de ese país.
Para el sitio australiano esos rincones, donde malviven seres humanos, reinventan «el glamour del viejo mundo», ¿se acuerdan de lo que les hablé de Praga y Venecia?, y hablan del «renacimiento de la elegancia sin esfuerzo».
¿Pueden creerlo?
El sitio australiano viajó a Cuba, y posiblemente tropezó con los seres humanos que habitan esas ruinas, pero no les importó ni un bledo. Las ruinas eran su «inolvidable semana de búsqueda del alma».
Me pregunto, ¿la de quién?
¿La del sitio? ¿La del fotógrafo que se cuidó de no atrapar a los pobres habitantes de esa «ciudad olvidada que nunca duerme»?
Hace muy poco retorné de un viaje muy largo, casi 9 meses por Europa. Visité España, Francia, Italia, la antigua Checoslovaquia, hoy la moderna República Checa, Austria, el Reino Unido y Alemania. Largo periplo de trabajo, y también de placer, entre tiempo y tiempo uno disfruta conociendo la vieja Europa, mucho más vieja que La Habana, y mejor cuidada, y maquillada, y presumida. Y, sí, también puedes encontrar lugares donde la vida no es tan glamorosa, ni tan maquillada, ni tan presumida. De todo hay.
Rara vez logro capturar una foto glamorosa en un lugar donde se respira pobreza. Es casi un bochorno para la fotografía, y para el fotógrafo, presumir de esta humillante antigüedad como si asistiéramos a una ola de romance y estuviéramos en la búsqueda sublime del alma.
¿Quiénes irán a pasear allí? ¿Quiénes encontrarán el amor entre las ruinas bochornosas de La Habana, mientras el mundo cotidiano del que vive a pie en esos lugares se derrumba? ¿Se puede ser tan cínico y vivirlo para creerlo y gozarlo?
Pero para eso ha quedado Cuba, para una postal para el recuerdo.

Sunday, November 5, 2017

Harto

Sinceramente estoy harto de opositores que solo se ocupan de viajar al extranjero para hacer su oposición allí; que ocupan espacio en la prensa mientras no ocupan espacios en las calles, entre la gente en Cuba; que entregan premios tontos a personalidades extranjeras sin ningún reconocimiento entre el pueblo cubano; que crean clubcitos privados de oposición con solo tres gatos de audiencia; que filman videitos «televisivos» para ocupar tiempo publicitario en sitios web,  que el cubano que accede a internet nunca accede y lee; que se pasan la vida en un turismo político transoceánico, mientras olvidan hacerlo nacional y conversar, ejercer su función de oposición en las calles, en el diario, en contacto con quienes deben ser sus verdaderos interlocutores; que le piden al extranjero lo que no hacen ellos mismos en Cuba; que lamentan, hacen proyectitos y declaraciones que nadie conoce en la isla pero mucho publicitan en el extranjero; que llaman «al cubano» a no votar para oidos trasatlánticos o transfloridanos, encerrados en casita, con una cámara o telefonito en mano para luego enviarlos a ciertas agencias para que se lo publiquen: que se pienan SON+ cuando cada día parecen menos.
Harto de tanta palabrería barata para nada.
Los reconocen más allá del «estrecho», en tierra de cubanos, nadie los ve asomar la nariz a la puerta para decirle algo al que pasa por su lado.
¿Entienden realmente que querer ganar la democracia es en terreno cubano y no en terreno de nadie?
¿Qué democracia va a ver en Cuba si nadie se decide a convencer al cubano que lo necesario es quedarse y luchar, y no irse o sencillamente nadar con la corriente del golfo gubernamental?
¡Harto!
Ahora mismo alguien llama a no votar y poner «Plebiscito» en una boleta.
Me pregunto, aparte de decirlo en un videito, ¿se lo han dicho al vecino, al que encuentra por la calle, han hecho trabajo en esa calle?
¡Harto!
Estas patéticas pataletas mediáticas no han traído ni traerán nada. Las reunioncitas con congresistas y senadores, y hasta con los mismos figurines representantes de otros gobiernos no llevan a nada, mientras en Cuba la gente ni los conoce o, sencillamente, ni piensan en semejante «tabaco».
Así de sencillo.
Vivir del cuento; de la estridencia de una frase; de reuniones temperamentales en sitios ajenos; pataletas en aeropuertos que a nadie trasciende, ni al mismo cubano que viajó en su propio avión.
¡Harto!
Pero, ¡qué le vamos a hacer!, alguien tiene que vivir del bobo, y el bobo sobrevive de comemierda.
Héroes de paja; opositores de trompetilla; plumíferos lamentadores de descargas para internautas.
¡Pura mierda!