Monday, October 9, 2017

La protesta del Girasol

¿Por qué tenemos que ser como alguien y no como nosotros mismos?
¿Qué hace que una sociedad quiera conjurar con la igualdad para encontrarse, en su mayoría de edad, que la igualdad no existe, que no puede existir, ni nunca ha existido?
«Seremos como el “che”» es el mediocre acto de una superstición de estado que ha adjurado desde su fundación de la igualdad. Castro lanzó a la calle la propiedad individual, despojó de hoteles, riqueza y patrimonio a miles de familias; desalojó un país para construirse el suyo propio; persiguió una religión para fundamentar la suya; despojó de humanidad a muertos ilustres para construir su propia ilustre muerte, convertida en piedra.
Hoy no somos un país, no hay un proyecto de nación, no existe ningún hombre nuevo. Queda sino una supernova de individualidades en lucha por su supervivencia; pequeños archipiélagos que arrastran una isla a cuestas, sin rumbo definido, sin un puerto seguro donde atracar las esperanzas y encontrar un nuevo destino, un futuro, un final.
¿Cómo un pueblo refinado, culto, de poetas y músicos, terminó acosado por una miseria espiritual que lo ha hecho naufragar en la vulgaridad?
Una cuna de poetas devenida en el patético cuartel de existencialismos pusilánimes. Los cubanos no hemos sabido explicar al mundo qué hemos perdido y qué queremos ganar. En su lugar queda la agonía de la huida y el regreso.
Un amigo, no mencionaré aquí su nombre, aunque a veces repugna ocultar en el anonimato el rostro de una humanidad perdida, que ayer maldecía esta raza de revendedores de ideologías, hoy regresa a Cuba en una trama silenciosa de repatriados.
No lo hace para «regresar», quedarse, volver a su entorno, retornar a sus raíces; sólo retorna en papeles, burocracia divinizada de un castrismo dolarizado que, con bondadosa mesquindad mercantil de sátrapa sofisticado, le autoriza recuperar lo perdido, lo quitado, lo usurpado por esas mismas manos criminosas. La patética respuesta a su abandono es que su madre ya está muy anciana, casi en las puertas de la otra vida y desea no perder el patrimonio de toda su familia. Duele, estruja el alma descubrir los mecanismos miserables de los eternos victimarios de esta Cuba y estos cubanos. Son como garfios que penetran, desgarran los despojos de la humanidad que nos dejaron en la huida.
¿Nos lo merecemos?
Algo me hace pensar que sí. No son las mismas «razones» de los que nos convirtieron en despojos; son otras, pero son razones.
Los que ayer nos fuimos, convirtiéndonos en estas islas, nos quedamos sin derechos, que siempre pocos tuvimos; hoy, como «bendición» paternalista, nos los devuelven cada dos años a cambio de firmar un documento espurio de regreso, y retornar a nuestras identidades de burocracia, la tarjeta alimenticia cada vez más flaca y desesperada, el número de identidad perdido, clavado en nuestra camiseta de presidiario social, y el necesario e ineludible pago oneroso a la benevolencia de los que nos despojaron de nuestra propia historia.
¿Una vuelta a «ser como aquel otro»?
No se explica una muchedumbre silenciosa sin estos pactos de silencio. No se explica la supuesta homogeneidad social de Cuba sin nuestra propia congenialidad con el crimen. No se explica la subsistencia de un supuesto «proyecto iedológico» sin el patrocinio silencioso de todas estas islas dispersas, desparramadas por el mundo.
No se explica tanto silencio sin nuestro propio silencio individual.
No ha existido ningún proyecto de nación, y el nombre, o el sobrenombre que se pronuncia en estos días, en la prensa y en los actos de aniversario, es solamente la patética justificación del silencioso crimen que comenzó en los muros inertes de «La Cabaña», fríos labios de piedra, donde todos hemos sido culpables: víctimas y asesinos.
No, no se puede ser «como el “che”». Tampoco se puede ser como nadie, sino como uno mismo.

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