Monday, October 16, 2017

De Covachas y Melesios

Para un escritor las palabras son las piedras fundacionales de una obra de arte. Cuando se escribe de profesión, y de convicción, las palabras surgen, se mezclan, se marchan y retornan. Un libro es como un gran tejido viviente de palabras. Nada se deja al azar, nada esta allí por pura afición al accidente.
Estas ideas me vienen a la mente, o quizás a los dedos, cuando leo una curiosa noticia que circula, hace apenas unos días, por internet: Omara Portuondo acaba de abrir un restaurante «privado» en La Habana. Se llama «La Covacha».
Curioso nombre.
Según el diccionario de la «Real Academia de la Lengua Española, «covacha» significa «cueva pequeña, vivienda o aposento pobre, incómodo, oscuro, pequeño, trastero, perrera, tienda donde se vende comestibles, legumbres, etc.»
No me queda muy claro, sin embargo, y a pesar de que la conocida cantante dice que se ofrecerá música cubana y comida criolla, si también se podrá consumir alguna legumbre ideológica reglamentaria.
No bromeo; ni siquiera trato de ser cínico ni con la punta de mi dedo. Es que recientemente la octogenaria cantante se permitió la fineza de pedir «respeto» para el régimen de Cuba en su gira por México:
«Cada país tiene su régimen y hay que tener respeto (...) Cada pueblo tiene el suyo, hay que tener respeto.»
¿Estaría pidiendo respeto Omara en México por su futuro restaurante «incómodo, oscuro, pequeño»?
Pero no es la única. Esta también el caso de Israel Rojas y Yoel Martínez, «Buena Fe», con otro paladar surrealista en La Habana, con un nombre que me imagino haría pensar más de una vez a Reinaldo Miravalles - se llama «Melesio Grill» -, muy poco tiempo después de que en su muro de Facebook publicaran un sublime:
«¡Gloria eterna a Fidel! Historia, ¡abre los portones! No pudieron detenerlo cuando era de carne y hueso. Ahora es invencible. Renacerá una y otra vez».»
¿Los portones del paladar, Israel y Yoel? - me pregunto.
Nadie sabe, ni se imagina, si determinados personajes de la cultura cubana se congracian con el régimen para que se les permitan sus cosas, sus trasteros y covachas dolarizadas. Son estos colchones oportunistas que acomodan premisas para que le dejen sentar sus posaderas y subsistir, a contrapelo de principios, honorabilidades y dignidad.
No tengo nada en contra de Omara, que seguirá siendo una gloria de la cultura musical cubana, la única sobreviviente de lo que fue una de las instituciones culturales más icónicas de nuestra música popular: el Cuarteto Las D’Aida. Pero me causa lástima la empedrada avenida deshonrosa que tuvo que caminar para poder obtener «su sueño de toda una vida».
«Buena Fe» no es ninguna institución cultural memorable, pasará como lo que ha sido, un accidente. En realidad hoy en Cuba son muy pocos los artistas que sobrepasan la barrera de ser solo un accidente en el ámbito cultural.
Lo que molesta, verdaderamente lastima, no solo a la cultura, sino a la historia del acervo cultural de Cuba, es que estos personajes, y personajillos, vean prosperar sus «privados» restaurantes de legumbres ideológicas, verdaderas covachas de miserabilidades humanas, mientras el honorable y sencillo cubano de a pie ve las puertas del suyo cerradas por inspectores, regulaciones injustas o, sencillamente, por pura Mala Fe de un gobierno que no tiene la mas mínima moralidad, ni vergüenza, para cerrar las oportunidades al hombre humilde – que lo ha creado a golpes de su propio esfuerzo y de la ayuda de sus familiares en el extranjero, sin ninguna legumbre ideológica en Televisa o en Facebook-, mientras aplica un doble estandar a la figuras, o figurillas, de cierta Buena Fe en la cultura cubana socialista.
Por cierto, estimada Omara, el respeto se lo gana uno respetando a los demás, a todos, no solo a un reducido club selecto de elegidos. Y las «glorias», señores Israel Rojas y Yoel Martínez, se las merecen quienes cultivan el respeto, del que quería hablar Omara, a la dignidad de todos los cubanos, no a la de un grupo elegido de oportunistas.

Wednesday, October 11, 2017

La burla de Charlie Hebdo sobre Cataluña

La revista satírica francesa «Charlie Hebdo» le ha dedicado su última portada al conflicto «independentista» del gobierno de Puigdemont en Cataluña. La imagen y las duras palabras no dejan lugar a dudas sobre la opinión del muy conocido, y brutal, semanario satírico francés: «Los catalanes, más idiotas que los corsos».
No es la primera vez que este semanario se mofa del independentismo catalán. De hecho, es la segunda vez en un mes que le dedica algo más que una burla brutal a la intentona golpista en aquella región.
Puede que no nos guste el semanario, que su humor duro y brutal no sea de nuestro agrado, o que, incluso, nos hiera parte de sus descarnadas «bromas», hechas muy en serio – no hay nada más serio que una broma bien hecha, ni ningún dardo más doloroso y profundo -.
Ya les advierto, puede que no les guste, pero aquí se los pongo, traducidos por este servidor. Les pido perdon si encuentran alguna diferencia en el empleo de una u otra palabra, no soy un experto, se entiende, ¿ok?

TONTERÍA O MUERTE
 El referéndum organizado en Cataluña para su independencia hace temblar a Europa. Si todas las regiones europeas que tengan una lengua, una historia, una cultura originales empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar bajo los efectos del recalentamiento climático.
Puesto que hay unas doscientas lenguas en Europa, ¿por qué no crear doscientos nuevos países? ¿Y por qué no proclamar tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?
La independencia, sí, pero ¿respecto a qué? Es legítima la independencia cuando uno quiere liberarse de la tiranía o la opresión. ¿De qué destino trágico quieren liberarse hoy los catalanes? En 1977, poco después de morir Franco - este había prohibido el uso del catalán después de su victoria en 1939 -,  la Generalitat de Cataluña fue restablecida, y luego la región se dotaba de un parlamento y de un gobierno regionales.
Franco ya no está
Pero hoy, cuando Franco ya no está, hay que buscarse otro tirano al que poder derribar. Será el Estado español y, por supuesto, la peor dictadura jamás conocida en el mundo: la Unión Europea con sede en Bruselas.
Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella.
 Es como si oyéramos de nuevo la voz de la innoble Margaret Thatcher: «I want my money back». La lengua, la cultura, las tradiciones están muy bien para las postales, pero la pasta está mucho mejor. Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia.
Más allá de estas consideraciones mercantiles, es curioso oír algunas voces de la izquierda reclamar la independencia de una región como Cataluña en nombre de una identidad cultural que, por cierto, nadie cuestiona.
Y además, ¿por qué la identidad cultural reivindicada por los catalanes debería ser tomada en cuenta y no la identidad cristiana defendida por los xenófobos europeos? ¿Por qué las palabras «identidad» o «cultura» suenan bien cuando las pronuncia la izquierda, pero se convierten en infames cuando es la derecha y la extrema derecha las que las pronuncian?
La cercanía a la extrema derecha
La independencia de Cataluña no tiene por objeto liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a la economía ser próspera, puesto que ya lo es, y mucho menos obtener el derecho a hablar una lengua autorizada desde hace tiempo. La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta afecta a la extrema derecha, pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo.
Cuando Cataluña haya roto las cadenas que la atan a la monarquía española y al Santo Imperio Europeo, ¿qué ocurrirá? Al son de los tambores y de los pífanos, los gallardos independentistas desfilarán por las calles de Barcelona como si fueran la Columna Durrutí, las jovencitas lanzarán pétalos de rosa a los militantes que habrán desafiado con arrojo al estado policial español, corales infantiles con niños de pelito rizado cantarán a la libertad recobrada y al euro derrotado, las abuelas desdentadas tejerán banderas con los colores de la nueva República, y los bisabuelos desempolvarán la boina que llevaban en el frente en el 36.
Será muy bello, emotivo, magnífico. Y luego, al final de la tarde, todo el mundo volverá a su casa para plantarse delante de la tele y ver el concurso de turno o el partido del Barça en cuartos de final de la Copa. Cataluña bien se lo merece.

Monday, October 9, 2017

La protesta del Girasol

¿Por qué tenemos que ser como alguien y no como nosotros mismos?
¿Qué hace que una sociedad quiera conjurar con la igualdad para encontrarse, en su mayoría de edad, que la igualdad no existe, que no puede existir, ni nunca ha existido?
«Seremos como el “che”» es el mediocre acto de una superstición de estado que ha adjurado desde su fundación de la igualdad. Castro lanzó a la calle la propiedad individual, despojó de hoteles, riqueza y patrimonio a miles de familias; desalojó un país para construirse el suyo propio; persiguió una religión para fundamentar la suya; despojó de humanidad a muertos ilustres para construir su propia ilustre muerte, convertida en piedra.
Hoy no somos un país, no hay un proyecto de nación, no existe ningún hombre nuevo. Queda sino una supernova de individualidades en lucha por su supervivencia; pequeños archipiélagos que arrastran una isla a cuestas, sin rumbo definido, sin un puerto seguro donde atracar las esperanzas y encontrar un nuevo destino, un futuro, un final.
¿Cómo un pueblo refinado, culto, de poetas y músicos, terminó acosado por una miseria espiritual que lo ha hecho naufragar en la vulgaridad?
Una cuna de poetas devenida en el patético cuartel de existencialismos pusilánimes. Los cubanos no hemos sabido explicar al mundo qué hemos perdido y qué queremos ganar. En su lugar queda la agonía de la huida y el regreso.
Un amigo, no mencionaré aquí su nombre, aunque a veces repugna ocultar en el anonimato el rostro de una humanidad perdida, que ayer maldecía esta raza de revendedores de ideologías, hoy regresa a Cuba en una trama silenciosa de repatriados.
No lo hace para «regresar», quedarse, volver a su entorno, retornar a sus raíces; sólo retorna en papeles, burocracia divinizada de un castrismo dolarizado que, con bondadosa mesquindad mercantil de sátrapa sofisticado, le autoriza recuperar lo perdido, lo quitado, lo usurpado por esas mismas manos criminosas. La patética respuesta a su abandono es que su madre ya está muy anciana, casi en las puertas de la otra vida y desea no perder el patrimonio de toda su familia. Duele, estruja el alma descubrir los mecanismos miserables de los eternos victimarios de esta Cuba y estos cubanos. Son como garfios que penetran, desgarran los despojos de la humanidad que nos dejaron en la huida.
¿Nos lo merecemos?
Algo me hace pensar que sí. No son las mismas «razones» de los que nos convirtieron en despojos; son otras, pero son razones.
Los que ayer nos fuimos, convirtiéndonos en estas islas, nos quedamos sin derechos, que siempre pocos tuvimos; hoy, como «bendición» paternalista, nos los devuelven cada dos años a cambio de firmar un documento espurio de regreso, y retornar a nuestras identidades de burocracia, la tarjeta alimenticia cada vez más flaca y desesperada, el número de identidad perdido, clavado en nuestra camiseta de presidiario social, y el necesario e ineludible pago oneroso a la benevolencia de los que nos despojaron de nuestra propia historia.
¿Una vuelta a «ser como aquel otro»?
No se explica una muchedumbre silenciosa sin estos pactos de silencio. No se explica la supuesta homogeneidad social de Cuba sin nuestra propia congenialidad con el crimen. No se explica la subsistencia de un supuesto «proyecto iedológico» sin el patrocinio silencioso de todas estas islas dispersas, desparramadas por el mundo.
No se explica tanto silencio sin nuestro propio silencio individual.
No ha existido ningún proyecto de nación, y el nombre, o el sobrenombre que se pronuncia en estos días, en la prensa y en los actos de aniversario, es solamente la patética justificación del silencioso crimen que comenzó en los muros inertes de «La Cabaña», fríos labios de piedra, donde todos hemos sido culpables: víctimas y asesinos.
No, no se puede ser «como el “che”». Tampoco se puede ser como nadie, sino como uno mismo.

Sunday, October 1, 2017

Ataques inaudibles

No esperaba escribir nada más sobre Cuba. Es un tema muerto, una tumba donde la gente sobrevive una mala vida, con los labios pegados, la boca muda, el sonido del pensamiento enmudecido en una mueca de indiferencia. Los cubanos nos hemos convertido en estos seres fantasmales sin voz, zombies de una realidad inexistente. Los artistas eluden un compromiso, los ciudadanos eluden una palabra, los gobernantes medran y las figuras que se piensan imprescindibles de la élite que desgobierna lanzan palabras de ineludible espanto.
Fantasmas, sombras sin cuerpo, cadáveres que siempre han estado muertos. Reinaldo Arenas ya lo re-escribió alguna vez en honor a aquel otro «Celestino»:
«Esta casa siempre ha sido un infierno.. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos.»
Si Dalí estuviera vivo hubiera hecho trizas, literalmente, «la persistencia de la memoria» sin la necesidad de su re-pintura, y así esa desintegración fuera un verdadero sueño, una obra inoportuna en un tiempo surrealista inacabado de una isla inabarcable.
Pero todo sigue existiendo… igual. Y la isla se desintegra en pedazos sin que reste algo de su memoria. «Irma» dejó «sin huevos» libres a La Habana, o eso dicen. La noticia me parece como otra línea equivocada en una obra de Samuel Beckett. ¿Es que alguna vez los tuvieron libres en vez de estar firmemente apretujados en una muy femenina mano de hierro?
Y así, la última llamada del espanto surrealista cubano se aparece en unos ataques inaudibles que han dejado familias, diplomáticos, niños y embajadas en un desnudo bochornoso.
Canadá enmudece; Estados Unidos retira sus empleados; la diplomacia desfallece ante una incógnita y un misterio. Todo parece un capítulo en la crónica de Alicia a través del espejo.
Lo de Canadá es trivialmente explicable. Convivimos con un primer ministro más reconocido por un familiar castrista apellido, y por unas llamativas medias que supuestamente envían algún mensaje. No nos debe sorprender nada de este mundo hecho de crónicas anunciadas en oropel, donde «In Touch» resulta más respetable y reclama más verosimilitud, en multitudes acostumbradas a las medias verdades, que el muy buen conocido «The New York Times».
¿Cómo explicar lo inexplicable?
En Cuba no se mueve un índice, ni para rascarse su culo el más enteco humilde ciudadano de oriente, sin que la inocente rasgadura anal no se haga oír, con su estruendo de flatulencia oriental, en las oficinas refrigeradas del Consejo de Estado. ¿Cómo explicar su ignorancia?
¿Es que somos tan ingenuos?
¿Es que la diplomacia americana ha perdido su inteligencia?
¿Es que somos tan analfaburros que nos creemos este cuento?
¿Qué importa que el delincuente se encuentre agazapado en un tercer país, o en la «Cueva de Alí Baba» con Mariela Castro aplaudiendo su ladroncidio? Si en tu casa circula y habita un delincuente, tú eres el primer responsable de su delincuencia armada, especialmente si te tapas los ojos para no verla.
Pero ahí está, cayéndose de culo el habitante de la limosina acristalada de La Habana, y el mechón de pelo rubio en un sillón de cuero lustrado en ese templo neogriego de la capital del dólar.
Irma pasó y dejó ruinas en una isla de tablas. Se llevó viviendas, pobres pertenencias de un pueblo miserable en su miserable existencia. También se llevó las respuestas a este entuerto, y hasta las explicaciones policíacas de un FBI que parece perderse en las páginas de un Thomas Harris trasnochado.
¿Quién viene a socorrerlo?
No queda ni la espera.
¿Para qué escribir?
¿Qué esperar?
¿De qué lamentarse si no queda ni el lamento?
Los ataques inaudibles a diplomáticos americanos y canadienses son los ataques sonoros ensordecedores a la vida de millones de cubanos que, por más de 50 años, han sufrido y nadie, absolutamente nadie, les ha llegado a interesar más allá de su indiferencia.
Los hoteles medio-españoles, medio-canadienses, medio-cualquier-otra-nacionalidad son los testigos silentes de esa otra guerra devastadora inaudible, la verdadera guerra. Y los cubanos nos hemos acostumbrado a ser corderos, mansedumbre apacible de un pueblo domesticado a la desgracia.
¿De qué sorprenderse entonces?
Los americanos se retiran; los canadienses se quedan - ¿comenzarán a usar esas medias noticiables?, me pregunto -. ¿No ha sido siempre así esta historia desde que Alicia atravesó el Espejo?
Queda solo el silencio.
¡EPD Cuba!