Monday, November 27, 2017

El ADN de las cenizas

En estos dias ha sucedido esa suerte de mitológica resurrección necrofílica de Fidel Castro. Murió un 25 de Noviembre, y parece que desean continuar recordando la muerte, tal vez lo único perecedero de su herencia.
Medios, prensa, escuelas, niños recitando poemas, niñas reclamando el noviazgo eterno del difunto. Aquel santificado en vida parece que hoy amanece como el pedófilo intelectual de la infancia cubana.
Lo último ha sido una patetica jornada de loas en la Universidad de Oriente adonde el nieto del cadáver acudió para hablar de amor, eternidad, luto y muerte, salpicando de ADN a todo un pueblo y al mundo.
Suerte de necrofilia biológica. Hasta a la seudociencia acuden para salvar una memoria.
Smirnoff, a diferencia de la totalidad de los cubanos, ha cursado estudios en España y Francia, visitado universidades americanas, compartido «almendrones» con millonarios y es asiduo a los Festivales del Habano, donde tampoco puede acudir ningún otro cubano que no tenga en su sangre parte del ADN familiar de las cenizas.
Así un poco se comprende su patética eulogía a aquel muerto. Los cadáveres que mas necesitan estas patéticas bendiciones son los que provocaron más desgracias en sus vidas. ¡Imagínese uno que es solo polvo gris en una piedra!
No conozco al pueblo del que habla Smirnoff, ni me interesa conocerlo. Pero buscando en el mapa donde encontrar cubanos que deseen el retorno de este cadáver será muy dificil encontrarlo, ya los cubanos lo habían olvidado en su lento recorrido a su conversión en cenizas.
Y en cuanto a su ADN político parece ir retrocediendo, por muerte definitiva, en cada lugar que tocó su mano en el continente y fuera de él. Pasó también con ese país de fantasía en el que quiso creer,y hacer creer a los demás, y donde como rey Midas de destrucción calcinó convirtiéndolo en cenizas.
Todo, absolutamente todo en que proyectó su pensamiento y su hacer generó un fruto amargo y estéril. ¿Es necesario hacer el recuento?
¿De qué ADN de amor y cariño habla Smirnoff? ¿Dónde está? ¿Dónde terminaron amistades, seguidores, familia, vecinos, conocidos?
Esta jornada de patetica vigilia a un cadáver político, enterrado ya en vida, y que despreció en vida toda muestra filial de sentimiento humano, es el canto de cisne de una revolución que nació con la simiente de muerte en una mano. Provocó muerte,desamparo, abandono, huida, destrucción, bancarrota, desilución y una eterna sensación de inevitabilidad del olvido que espanta.
¿Dónde esta Cuba hoy?
¿Qué queda de ella?, sería la esencial pregunta.
Se logra comprender que para que el sistema político-familiar se sostenga allí es necesario que los vástagos del ADN de destrucción de ese cadáver salgan a rendirle tributo en plazas, universidades, audiencias públicas y canten el lamento de lo perdido.
Ese es el verdadero ADN que puede reclamar las cenizas, lo demás es puro cuento, el adagio lastimoso de lo que pueden perder. Hoy si no existiera aquella piedra tendrían que crearla, de alguna forma, es la probable subsistencia de algo que solo existe en palabras y discursos. Después de todo, ya aquel no puede hablar, y el otro carece del poder de la palabra y del convencimiento, y las generaciones que le rindieron servil tributo se están muriendo, y los que quedan les preocupa muy poco recordar lo que ni conocieron, ni creyeron, ni logran entender.
El verdadero ADN de Castro es la indiferencia existencial en que hoy viven las nuevas generaciones de cubanos.
No creen en nada, ni en sí mismos. No intelectualizan sus conocimientos, ni creen en proyectos de nación, ni quieren tenerlos. Es una vida utilitaria, sin cauces políticos, sin signos ideológicos, sin creencias existenciales más allá de sus bolsillos.
Ese el ADN que procreó aquel que está en cenizas y quieren devolverlo a su cuerpo, tal vez para acabar de destruir a Cuba, lo que queda de Cuba, el pequeño pedazo de Cuba que sobrevive la tormenta.
Y, sí, tal vez sea esa también nuestra profunda y terrible desgracia: que en el país no sobrevive un ADN de vida, sino un ADN de destrucción. Todos desean escapar de esa terrible herencia, y escapan, los que quedan solo se resignan a una muerte o a una lenta sobrevivencia a la nulidad.
En lo personal, nunca creí en los cantos de sirenas de aquel que no fue ni cadáver, no puedo creer en ninguna ideología que suplante mi pensamiento, mi opinión personal, mis propias ideas en aras de un ideal celestial colectivo. Los ideales pertenecen a la individualidad, no a la multitud a la que solo le atrae la violencia. Por eso no tengo que rendirle ningun tributo, ni a su vida, ni a su muerte, ni a sus cenizas, ni a su perpetuidad como piedra en el zapato histórico de la nación cubana.
Mi ADN está libre de ese subgénero humano.
Hay algunos, muchos, sí, que siguen viviendo obsesionados con ese nombre. A veces pienso que si no hubiera existido lo hubieran inventado. Es necesario borrarlo, dejarlo morir, eliminarlo de las células vivas del organismo social que aun sobrevive en Cuba, de otra forma ese mismo ADN del que habla Smirnoff sobrevivirá esta catástrofe para seguir existiendo como lo fué, el más desastroso momento histórico de Cuba.
Invito a que sigan un vital experimento para su persona, y para la existencia total de la sociedad cubana: supriman el nombre, cancelen el apellido, desaparézcanlo del mapa existencial de sus vidas y de la de otros.
Suprimirlo, no olvidarlo, el olvido puede provocar una recaída en la terrible tragedia humana que ha padecido Cuba.

Friday, November 24, 2017

El viejo y su piedra

Dicen que los hombres viejos se vuelven como los niños, solo que, en vez de ganar en memorias y experiencias sensoriales y visuales, las pierden, se hunden en el marcha atrás de la vida, en el crucial retroceso del reloj biológico de la memoria humana. Se trasladan a un tiempo en que se existe, se vive y se piensa en la infancia de su vejez, perdiendo palabras, como un viejo maniquí de moda pierde sus ropas hasta quedarse desnudo, escoriado, asexual, con la árida planicie de su piel convertida en un mapa inhabitado. Una isla sin memoria, una memoria sin principio, una barca que navega en un mar que no encuentra ningún puerto.

Los viejos son niños sin memoria que encayan en los nombres y hechos del pasado porque perdieron el presente, y la brújula de su vida se convirtió en la veleta arrancada de su casa por el viento. No encuentran tejado donde encajar su madero, ni dirección donde apuntar su rumbo. Recuerdan lo primero sin saber cuál es su principio, y el final se les olvida en el acontecer penúltimo de sus años. Agregan nombres, esdrújulas a héroes, hechos del pasado a una historia en el presente, con la misma semántica del viejo marino que busca su ballena blanca y encuentra solo un madero flotando en las olas de un río.

«¿De quién escribo?», me pregunta tal vez ese cubano encayado en algún rincón olvidado del mundo, o el que se arriesga aún, en alguna balsa, a cruzar «el estrecho» – ya saben cuál –, o quizás aquel otro que todavía no se arredra a huir de Venezuela enrolado en una misión médica encayada en la política invasiva de un gobierno sordo, o aquel otro que, siendo el último en traspasar las fronteras ecuatorianas, presiente que comienza el largo camino de regreso a su verdadera casa.

«Del loco»,  contesto. De aquel, desvencijado en sus huesos y en la silla móvil que remplaza sus piernas. De aquel ,que hunde la espalda arqueada en un sillón que no se mece, que perdió su balance como él mismo perdió su escritura, su letra, la memoria sensitiva de la realidad. No vive, recuerda. No avanza, se regresa a la colonia donde algún día le antecedieron antepasados, rayadillos ilustres de un apellido que no lograron retornar a la península de su propia historia.
Y se volvió viejo, enclenque, con esos dedos largos que hurtan a la ancianidad la desmemoria, y la entreteje de verbos hirsutos donde lo más importante no es lo que se lee, sino lo que falta en palabras y en conjunciones. El viejo entrampado en su sillón, que confunde victoria con entuertos, escuelas con cuarteles, libros con manuales, maestros con sargentos vocingleros, palomas con urracas ladronas. Ese viejo convertido en piedra, en accidente, en escollo terrestre de los vivos.

No se miente a sí mismo porque la edad no le miente, le engaña. No confundamos los verbos. Se miente con la conciencia de una verdad que se oculta, se engaña con la inconciencia que da la pérdida de la vitalidad, la certidumbre y la memoria.
Mi abuelo decía que los viejos hablaban con sus recuerdos, no con los hombres.
Miro las fotos de este viejo y me convenzo cada día más que se les ha convertido en un incordio. Se ha transformado en ese bufón que se les ha encogido como lo hace la piel oscura de una oliva sin su aceite. Solo semilla, solo dura semilla infértil.
Y lo replantaron en piedra, porque les hace falta mas alla de su sobrevida. Es el largo funeral de un pais moribundo.
Ese otro castrense que entrecija palabras para olvidar el zumo. Que habla de colonias e imperios, pero que no encuentra a Cuba, y se imagina a una Venezuela como Alicia encuentra su conejo y se encoge para atravesar el agujero, o cruzar el espejo hacia un portal de fantasía. Lo que queda es este fantaseador de realidades, no porque las imagine, si no por que las vive en su desmemoria. Su mente está allá, detrás de la baranda, meciéndose con su tisana de hierbas polidietéticas mientras su postiza plataforma dental rumia ancianas desmemorias de «ejemplares escuelas» con manuales verdeolivos, hospitales lustrosos donde faltan medicinas, un relato de maravilla que ni la misma Alicia le cree a su conejo.
¿No es trágica esta vejez?
¿No es trágica esta muerte después de esa sobrevida de quirófano y velorio?
Grandes nombres en la historia política del mundo han aprendido a retirarse en su vejez, a despedir los años en la tímida discreción del hogar, a ser discretos y despedir la edad con la humildad de su grandeza. Se fueron de la luz para que la luz les recuerde cómo fueron, y no en qué se convirtieron en el límite de su razón, en qué cáscara se transformó su posible virtud.
La vejez no es un libro confortable para la memoria, ni para el recuerdo, pero este viejo no ha comprendido su estolidez, y el círculo de aduladores ideológicos que le rodea tampoco lo comprende, parece no entenderlo. Viven anclados a ese madero que abandona el puerto y deriva en alta mar a cualquier costa, mientras el gastado ojo de su catalejo confunde precipicio por mansa orilla.
Tal vez merezca esa burla. Tal vez este sea el destino implacable que toda arrogancia debe merecer y sufrir. Acabar de viejo, encogido y desgarbado, menesteroso y tripudo.
Olvidado a pesar de tanta pompa y tanto recuerdo.
Y entonces me lo imagino allí, encogido, doblado sobre su papel, dibujando trabajosamente una letra pequeña, enrevesada por la pomposidad y la vejez, escribiendo su cartita amorosa a Maduro. Encorvado en su sillón movible, masticando sus ancianas e inseguras quijadas, las mismas que algún día dibujaron aquella rabia de condenas y denuestos, y que hoy intenta arrancar trabajosamente, de una memoria perdida, algo que se parezca a una frase de trascendencia, una frase que le haga recordar como aquel otro que ya no es ni será, para una vez más volverse a hundir en lo que es, un incordio.
Lo visitaban entonces gobernantes y políticos, generales y doctores, en ese «punto cero» que delimita la décima aritmética ínfima de lo que se ha convertido aquel rincón: el «Museo de Madame Tussauds» de la izquierda lagrimeante, esa que no quiere rehusar a desembarazarse de su propia «utopía» aunque no quiera vivir en ella, porque a ella solo merecen estar condenados los cubanos, y este viejo convertido en una piedra en el zapato del pie ancestral de una nación dolorida, casi muerta.
Tal vez sea correcto haberlo convertido en cenizas y encerrado en ese rocoso pedruzco, es que siempre lo fue, una piedra de tropiezo, una conocida caída hacia la decrepitez de una isla.
Una muerte anunciada desde su comienzo.

Wednesday, November 8, 2017

Una postal para el recuerdo

Soy aficionado a la fotografía, y me gusta viajar con mi cámara y captar, no solo los lugares pintorescos, también las personas, sitios que sugieren algo más a la mirada, actitudes, desafíos y hasta curiosos accidentes de la naturaleza y la sociedad.
Europa tiene lugares para todos los gustos, desde la romántica Venecia con sus no muy románticos olores de sus canales, hasta una ciudad como Burgos, que parece aún atrapada en el medioevo. Son ciudades y sitios preservados por países, gobiernos y pueblos con esmerado primor, celo y orgullo. Aún hasta los rincones más antiguos de Praga parecen recordarnos que por allí, hace más de 500 años, golpearon sus piedras otros hombres, sin nuestras modernas cámaras para guardarlos a la memoria humana.
Cuando me fuí de Cuba recorrí La Habana con una cámara digital, ahora ya muy vieja y con poca resolución para las nuevas tecnologías, y capturé los lugares por los que más caminé y visité. Algunos deteriorados por el tiempo, la desidia oficial, el abandono de todos y por todos. A veces un tanque desbordado de basura se interponía en el bonito encuadre que deseaba guardar de recuerdo.
Deseaba llevarme La Habana desde su imagen bondadosa y maquillada, porque conocía demasiado bien aquella otra, la sin maquillar, surcada de arrugas por el tiempo, los elementos y el olvido.
En las pocas ocasiones que volví no visité los lugares que me llevé en aquellas fotos. Caminé La Habana común, la normal, la que no está atrapada en postales turísticas, imágenes de mercadeo y venta. Era La Habana que me rodeaba a diario, la del cubano de a pie, cansado de buscar el sustento, encontrar un artículo necesario que no aparecía en ninguna tienda, apretando los pocos dólares que guardaba entonces para suplir las calamidades diarias de la sobrevivencia.
Los retornos a Cuba siempre son dolorosos desde esa perspectiva, porque uno vuelve atrás, a los orígenes, con un bolsillo más cómodo, pero con el mismo panorama de desolación y subsistencia. Y recuerda aquella esquina donde cambié los dólares por los «chavitos» para encontrar en la otra esquina la tienda «TRD» que me ofreciera un precio más barato, unos centavos mas que ahorrar para poder obtener algo de más del pobre fruto de la diaria lucha por la vida.
Todo esto me vino a la memoria cuando tropecé con las imágenes que el sitio australiano para citas «Farewell Fiance» ofrece sobre mi Habana, esa vieja malamente maquillada por más de 60 años.
«Farewell Fiance» dice en su editorial fotográfico, y cito en los dos idiomas:
«Amidst the abandoned ruins of La Habana she reimagines the old world glamour of a forgotten city that never sleeps. Embrace a new wave of romance and the renaissance of effortless elegance. Farewell Fiancé traveled to Cuba for an unforgettable week of soul searching.»
«En medio de las ruinas abandonadas de La Habana, ella reinventa el glamour del viejo mundo de una ciudad olvidada que nunca duerme. Abrace una nueva ola de romance y el renacimiento de la elegancia sin esfuerzo. Farewell Fiancé viajó a Cuba para una inolvidable semana de búsqueda del alma.»
Y vemos a esta joven, glamorosa, arrastrar su largo vestido blanco, lanzado al viento o atrapado en las desventuradas escaleras de un edificio que, aunque parezca bombardeado, posiblemente esté habitado por muchas familias, encajonadas en estas ruinas ante la desventura total y el olvido de las autoridades de esa ciudad, y de ese país.
Para el sitio australiano esos rincones, donde malviven seres humanos, reinventan «el glamour del viejo mundo», ¿se acuerdan de lo que les hablé de Praga y Venecia?, y hablan del «renacimiento de la elegancia sin esfuerzo».
¿Pueden creerlo?
El sitio australiano viajó a Cuba, y posiblemente tropezó con los seres humanos que habitan esas ruinas, pero no les importó ni un bledo. Las ruinas eran su «inolvidable semana de búsqueda del alma».
Me pregunto, ¿la de quién?
¿La del sitio? ¿La del fotógrafo que se cuidó de no atrapar a los pobres habitantes de esa «ciudad olvidada que nunca duerme»?
Hace muy poco retorné de un viaje muy largo, casi 9 meses por Europa. Visité España, Francia, Italia, la antigua Checoslovaquia, hoy la moderna República Checa, Austria, el Reino Unido y Alemania. Largo periplo de trabajo, y también de placer, entre tiempo y tiempo uno disfruta conociendo la vieja Europa, mucho más vieja que La Habana, y mejor cuidada, y maquillada, y presumida. Y, sí, también puedes encontrar lugares donde la vida no es tan glamorosa, ni tan maquillada, ni tan presumida. De todo hay.
Rara vez logro capturar una foto glamorosa en un lugar donde se respira pobreza. Es casi un bochorno para la fotografía, y para el fotógrafo, presumir de esta humillante antigüedad como si asistiéramos a una ola de romance y estuviéramos en la búsqueda sublime del alma.
¿Quiénes irán a pasear allí? ¿Quiénes encontrarán el amor entre las ruinas bochornosas de La Habana, mientras el mundo cotidiano del que vive a pie en esos lugares se derrumba? ¿Se puede ser tan cínico y vivirlo para creerlo y gozarlo?
Pero para eso ha quedado Cuba, para una postal para el recuerdo.

Sunday, November 5, 2017

Harto

Sinceramente estoy harto de opositores que solo se ocupan de viajar al extranjero para hacer su oposición allí; que ocupan espacio en la prensa mientras no ocupan espacios en las calles, entre la gente en Cuba; que entregan premios tontos a personalidades extranjeras sin ningún reconocimiento entre el pueblo cubano; que crean clubcitos privados de oposición con solo tres gatos de audiencia; que filman videitos «televisivos» para ocupar tiempo publicitario en sitios web,  que el cubano que accede a internet nunca accede y lee; que se pasan la vida en un turismo político transoceánico, mientras olvidan hacerlo nacional y conversar, ejercer su función de oposición en las calles, en el diario, en contacto con quienes deben ser sus verdaderos interlocutores; que le piden al extranjero lo que no hacen ellos mismos en Cuba; que lamentan, hacen proyectitos y declaraciones que nadie conoce en la isla pero mucho publicitan en el extranjero; que llaman «al cubano» a no votar para oidos trasatlánticos o transfloridanos, encerrados en casita, con una cámara o telefonito en mano para luego enviarlos a ciertas agencias para que se lo publiquen: que se pienan SON+ cuando cada día parecen menos.
Harto de tanta palabrería barata para nada.
Los reconocen más allá del «estrecho», en tierra de cubanos, nadie los ve asomar la nariz a la puerta para decirle algo al que pasa por su lado.
¿Entienden realmente que querer ganar la democracia es en terreno cubano y no en terreno de nadie?
¿Qué democracia va a ver en Cuba si nadie se decide a convencer al cubano que lo necesario es quedarse y luchar, y no irse o sencillamente nadar con la corriente del golfo gubernamental?
¡Harto!
Ahora mismo alguien llama a no votar y poner «Plebiscito» en una boleta.
Me pregunto, aparte de decirlo en un videito, ¿se lo han dicho al vecino, al que encuentra por la calle, han hecho trabajo en esa calle?
¡Harto!
Estas patéticas pataletas mediáticas no han traído ni traerán nada. Las reunioncitas con congresistas y senadores, y hasta con los mismos figurines representantes de otros gobiernos no llevan a nada, mientras en Cuba la gente ni los conoce o, sencillamente, ni piensan en semejante «tabaco».
Así de sencillo.
Vivir del cuento; de la estridencia de una frase; de reuniones temperamentales en sitios ajenos; pataletas en aeropuertos que a nadie trasciende, ni al mismo cubano que viajó en su propio avión.
¡Harto!
Pero, ¡qué le vamos a hacer!, alguien tiene que vivir del bobo, y el bobo sobrevive de comemierda.
Héroes de paja; opositores de trompetilla; plumíferos lamentadores de descargas para internautas.
¡Pura mierda!

Saturday, October 28, 2017

Habilitado el Cinismo

No es nada nuevo, lo ha practicado el gobierno de Cuba durante toda su existencia. Ahora, como a «golpe de gracia», y como un gesto de «generosidad», nos dice que elimina la «habilitación» del pasaporte.
Generosos los comediantes. Queda la risa despellejada en el rostro cínico.
Somos un pueblo de «habilitados» para escuchar a los que un club privado nos dice; para concurrir ordenadamente a nuestros deberes «con la patria», sin saber cuáles son nuestros propios derechos; para poder entrar y permanecer el tiempo que se nos dispone, por ese club, y ser agradecidos; para pagar un pasaporte que no nos sirve ni para ir al baño, por la generosidad de nuestro dinero sudorosamente ganado; para poder tener el derecho de pertenencia que no debimos nunca haber perdido, aunque estemos en la antártida con pinguinos como vecinos.
Somos un pueblo «habilitado» a vivir una no-existencia, y tenemos que agraceder la generosidad de una «apertura» que no existe. Por cierto, nadie le recordó al tal bruno, así, en minúsculas, ni le dijo, o le sugirió, que las puertas se abren cuando están cerradas, de otra manera no se abren.
El cinismo es la enfermedad infantil de todas las dictaduras. Se la inocula a su existencia como un virus patógeno: infecta no solo a los enfermos, sino también a los que se creen saludables y bien vividos.
¿Qué me dan?
Nada.
Entrar a mi país en un yate, o en un  crucero, como si fueramos una especie alienígena a la que nos tuvieran que considerar la posibilidad de ese derecho. Para además ser pasajeros de un turismo que no existe, porque nadie «turistea» en su propio país, lo visita cuando se vive lejos, para no perder la conexión con sus raíces, aunque se puede vivir siempre «dentro» y no tenerlas.
Como estos mamarrachos que transpiran estas «generosidades».
Se dicen martianos y se olvidan de la más fundamental de sus leyes: la Patria es de Todos… hasta del gusano burócrata que escribe estas «generosidades» en la «Gazeta Oficial de Cuba».
El papel lo aguanta todo.
Ah, ¡que no se me olvide!, ahora podemos «recuperar» nuestra ciudadanía. Podemos ir, aplicar con unos 120 dólares en el MINREX flamante, donde garabatea la araña estos dislates lógicos de la ilógica sinrazón de la dictadura más geriátrica del planeta, después de la coreana, por supuesto – los chinos ya no se sabe ni qué son –, y retornar a nuestra libreta de desabastecimiento.
¿Qué es lo que me dieron este mes?
Dejame ver: arroz, 14 onzas de granos, sal, una libra de azúcar morena, 3 libras de azúcar blanca, una lata de carne rusa (volvieron los rusos y sus laticas grasientas), un paquetico de café mezclado, media libra de aceite para cocinar y una cajita de fosforo.
¡Sanseacabó!
Los «gróceris generosos socialistas».
Para eso nuestros hijos pueden retornar a ser ciudadanos. También nos «habilitan» el conveniente apunte en el registro de direcciones, guardado celosamente por un miembro de los CDR, esto no se me puede olvidar. Es lo único que hacen los «cede-erres», para eso han quedado, y para seguir ejerciendo las infames tareas del deshonor patriótico socialista: chivatear.
Cada dos años hay que hacerse del viajecito para de esa forma no perder nuestra «pertenencia», que no es a ninguna Patria, sino a una península de tierra ordenada por un club geriátrico de seniles burócratas con un sentido genial del cinismo que espanta.
Son 800 mil los que deben ordenarse, o deberían, con la «habilitación» de ese librito azulado que nos cuesta 330 dólares, al menos aquí, en Canadá. Han hecho de la pertenencia a un país que es de todos, amigos y enemigos, la industria más eficiente, casi la única – no se puede olvidar que la industria del cinismo es la primera – del socialismo cubano.
Nada más funciona.
¿Y se pregunta alguien cómo es que han pagado su cuota al Club de París?
Es de risa.
Regístrense sus propios bolsillos. Son ustedes, nosotros, los emigrados, quienes lo hemos pagado. Por eso nos habilitan algo que nunca dejó de pertenecernos, es la cuota de cinismo que nos toca, «por la libreta», este mes.
Hasta eso está normado en Cuba.

Sunday, October 22, 2017

Revuelo por una estatua

Y no por un hombre.
No entiendo, no puedo entender. Más allá de las extrañas conexiones entre el Museo del Bronx en Nueva York; más allá de las extrañas relaciones de la directora de la galería neoyorquina con las autoridades culturales de la isla; más allá de las extrañas circunstancias del «regalo» de una estatua que fue un gesto de una Cuba Republicana; más allá de las faltas ortográficas y las cantorías celestiales a un extraño símbolo.
Más allá de todo eso. No entiendo el revuelo por una piedra inamovible y el olvido multidiverso del hombre estampado en esa piedra.
«Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting» dijo ese hombre en un escrito conocido como «Vindicación de Cuba».
Inevitablemente suele conocerse quién fue Abraham Lincoln, aunque se olvida fue presidente electo, a quien todos los americanos reverencian como uno de los padres fundadores de la democracia americana. De la misma forma muchos cubanos ignoran quién fue Cutting.
Augustus K. Cutting fue, esencialmente, un aventurero y un mentiroso; un oportunista que tuvo como pasatiempo impulsar todo tipo de aventuras para la expansión territorial de los Estados Unidos a México, provocando uno de los más graves incidentes diplomáticos, en el tiempo de Benito Juárez, entre esos dos países.
Son curiosos los silencios, ¿por qué ninguna figura pública cubana recuerda paladinamente a Cutting?
Los cubanos todos debiéramos conocer la historia de Cutting, de la misma forma que debieran conocer la historia escondida detrás de esa piedra tallada que intenta convertirse en Martí. Eusebio Leal intentó, como hace casi en todo, malabarismo de bellas palabras, proxenetismo de ideas, borrar la escritura real del gesto: un regalo de la Cuba Republicana a Nueva York.
Republicana, ¿no os dice nada el adjetivo?
El regreso de una réplica de aquella estatua pudiera parecer como el símbolo del regreso de una república, despedida y desbancada por los mismos que hoy celebran «puentes» de amistad e intercambios, y celebran «el único camino» por el cual estarían dispuestos a morir como el hombre de la piedra, Martí.
A quienes alude Leal, los fidelismos fidelistas, curiosamente enarbolaron todas las causas, y ejecutaron todos los aventurerismos dignos del Augustus K. Cutting que condenaba el verdadero Martí, no el de la piedra. Y hoy, mientras florecen estas palabras, y como prueba de su cinismo, plantan su intervencionismo en la Venezuela de Maduro.
Re-escribir la historia, o la parte que interesa de la historia, ha sido una de las cosechas tenebrosas de ese espurio experimento que un día reclamó el muy socorrido sustantivo de revolución. De alguna forma muy oscura la fallecida directora del Museo del Bronx, Holly Block – curiosa combinación de palabras hecha nombre  –, le otorga la bendecida oportunidad, surrealista y muy orwelliana, de concederle a un sargento re-escribidor de historias la desafortunada ocasión de la mentira.
Pobre Martí.
Pobre piedra.
Pobre Cuba.

Nota: La foto fue tomada de la Agencia AP

Monday, October 16, 2017

De Covachas y Melesios

Para un escritor las palabras son las piedras fundacionales de una obra de arte. Cuando se escribe de profesión, y de convicción, las palabras surgen, se mezclan, se marchan y retornan. Un libro es como un gran tejido viviente de palabras. Nada se deja al azar, nada esta allí por pura afición al accidente.
Estas ideas me vienen a la mente, o quizás a los dedos, cuando leo una curiosa noticia que circula, hace apenas unos días, por internet: Omara Portuondo acaba de abrir un restaurante «privado» en La Habana. Se llama «La Covacha».
Curioso nombre.
Según el diccionario de la «Real Academia de la Lengua Española, «covacha» significa «cueva pequeña, vivienda o aposento pobre, incómodo, oscuro, pequeño, trastero, perrera, tienda donde se vende comestibles, legumbres, etc.»
No me queda muy claro, sin embargo, y a pesar de que la conocida cantante dice que se ofrecerá música cubana y comida criolla, si también se podrá consumir alguna legumbre ideológica reglamentaria.
No bromeo; ni siquiera trato de ser cínico ni con la punta de mi dedo. Es que recientemente la octogenaria cantante se permitió la fineza de pedir «respeto» para el régimen de Cuba en su gira por México:
«Cada país tiene su régimen y hay que tener respeto (...) Cada pueblo tiene el suyo, hay que tener respeto.»
¿Estaría pidiendo respeto Omara en México por su futuro restaurante «incómodo, oscuro, pequeño»?
Pero no es la única. Esta también el caso de Israel Rojas y Yoel Martínez, «Buena Fe», con otro paladar surrealista en La Habana, con un nombre que me imagino haría pensar más de una vez a Reinaldo Miravalles - se llama «Melesio Grill» -, muy poco tiempo después de que en su muro de Facebook publicaran un sublime:
«¡Gloria eterna a Fidel! Historia, ¡abre los portones! No pudieron detenerlo cuando era de carne y hueso. Ahora es invencible. Renacerá una y otra vez».»
¿Los portones del paladar, Israel y Yoel? - me pregunto.
Nadie sabe, ni se imagina, si determinados personajes de la cultura cubana se congracian con el régimen para que se les permitan sus cosas, sus trasteros y covachas dolarizadas. Son estos colchones oportunistas que acomodan premisas para que le dejen sentar sus posaderas y subsistir, a contrapelo de principios, honorabilidades y dignidad.
No tengo nada en contra de Omara, que seguirá siendo una gloria de la cultura musical cubana, la única sobreviviente de lo que fue una de las instituciones culturales más icónicas de nuestra música popular: el Cuarteto Las D’Aida. Pero me causa lástima la empedrada avenida deshonrosa que tuvo que caminar para poder obtener «su sueño de toda una vida».
«Buena Fe» no es ninguna institución cultural memorable, pasará como lo que ha sido, un accidente. En realidad hoy en Cuba son muy pocos los artistas que sobrepasan la barrera de ser solo un accidente en el ámbito cultural.
Lo que molesta, verdaderamente lastima, no solo a la cultura, sino a la historia del acervo cultural de Cuba, es que estos personajes, y personajillos, vean prosperar sus «privados» restaurantes de legumbres ideológicas, verdaderas covachas de miserabilidades humanas, mientras el honorable y sencillo cubano de a pie ve las puertas del suyo cerradas por inspectores, regulaciones injustas o, sencillamente, por pura Mala Fe de un gobierno que no tiene la mas mínima moralidad, ni vergüenza, para cerrar las oportunidades al hombre humilde – que lo ha creado a golpes de su propio esfuerzo y de la ayuda de sus familiares en el extranjero, sin ninguna legumbre ideológica en Televisa o en Facebook-, mientras aplica un doble estandar a la figuras, o figurillas, de cierta Buena Fe en la cultura cubana socialista.
Por cierto, estimada Omara, el respeto se lo gana uno respetando a los demás, a todos, no solo a un reducido club selecto de elegidos. Y las «glorias», señores Israel Rojas y Yoel Martínez, se las merecen quienes cultivan el respeto, del que quería hablar Omara, a la dignidad de todos los cubanos, no a la de un grupo elegido de oportunistas.

Wednesday, October 11, 2017

La burla de Charlie Hebdo sobre Cataluña

La revista satírica francesa «Charlie Hebdo» le ha dedicado su última portada al conflicto «independentista» del gobierno de Puigdemont en Cataluña. La imagen y las duras palabras no dejan lugar a dudas sobre la opinión del muy conocido, y brutal, semanario satírico francés: «Los catalanes, más idiotas que los corsos».
No es la primera vez que este semanario se mofa del independentismo catalán. De hecho, es la segunda vez en un mes que le dedica algo más que una burla brutal a la intentona golpista en aquella región.
Puede que no nos guste el semanario, que su humor duro y brutal no sea de nuestro agrado, o que, incluso, nos hiera parte de sus descarnadas «bromas», hechas muy en serio – no hay nada más serio que una broma bien hecha, ni ningún dardo más doloroso y profundo -.
Ya les advierto, puede que no les guste, pero aquí se los pongo, traducidos por este servidor. Les pido perdon si encuentran alguna diferencia en el empleo de una u otra palabra, no soy un experto, se entiende, ¿ok?

TONTERÍA O MUERTE
 El referéndum organizado en Cataluña para su independencia hace temblar a Europa. Si todas las regiones europeas que tengan una lengua, una historia, una cultura originales empiezan a reclamar su independencia, el Viejo Continente se va a fragmentar como el casquete polar bajo los efectos del recalentamiento climático.
Puesto que hay unas doscientas lenguas en Europa, ¿por qué no crear doscientos nuevos países? ¿Y por qué no proclamar tantas declaraciones de independencia como quesos y vinos hay en el continente?
La independencia, sí, pero ¿respecto a qué? Es legítima la independencia cuando uno quiere liberarse de la tiranía o la opresión. ¿De qué destino trágico quieren liberarse hoy los catalanes? En 1977, poco después de morir Franco - este había prohibido el uso del catalán después de su victoria en 1939 -,  la Generalitat de Cataluña fue restablecida, y luego la región se dotaba de un parlamento y de un gobierno regionales.
Franco ya no está
Pero hoy, cuando Franco ya no está, hay que buscarse otro tirano al que poder derribar. Será el Estado español y, por supuesto, la peor dictadura jamás conocida en el mundo: la Unión Europea con sede en Bruselas.
Detrás de esa palabra esplendorosa, independencia, se ocultan preocupaciones a veces menos nobles. Como pasa con la Liga Norte en Italia, siempre la reclaman las regiones más ricas. Cataluña quiere la independencia porque ya no quiere soltar dinero a las otras regiones españolas menos ricas que ella.
 Es como si oyéramos de nuevo la voz de la innoble Margaret Thatcher: «I want my money back». La lengua, la cultura, las tradiciones están muy bien para las postales, pero la pasta está mucho mejor. Las regiones pobres de Europa pocas veces bajan a la calle para obtener su independencia.
Más allá de estas consideraciones mercantiles, es curioso oír algunas voces de la izquierda reclamar la independencia de una región como Cataluña en nombre de una identidad cultural que, por cierto, nadie cuestiona.
Y además, ¿por qué la identidad cultural reivindicada por los catalanes debería ser tomada en cuenta y no la identidad cristiana defendida por los xenófobos europeos? ¿Por qué las palabras «identidad» o «cultura» suenan bien cuando las pronuncia la izquierda, pero se convierten en infames cuando es la derecha y la extrema derecha las que las pronuncian?
La cercanía a la extrema derecha
La independencia de Cataluña no tiene por objeto liberar a esta región de una tiranía que ya no existe, ni permitir a la economía ser próspera, puesto que ya lo es, y mucho menos obtener el derecho a hablar una lengua autorizada desde hace tiempo. La obsesión identitaria que se expande por Europa como la podredumbre de una fruta afecta a la extrema derecha, pero también a la izquierda. El nacionalismo de derechas y el de izquierdas tienen un punto en común: el nacionalismo.
Cuando Cataluña haya roto las cadenas que la atan a la monarquía española y al Santo Imperio Europeo, ¿qué ocurrirá? Al son de los tambores y de los pífanos, los gallardos independentistas desfilarán por las calles de Barcelona como si fueran la Columna Durrutí, las jovencitas lanzarán pétalos de rosa a los militantes que habrán desafiado con arrojo al estado policial español, corales infantiles con niños de pelito rizado cantarán a la libertad recobrada y al euro derrotado, las abuelas desdentadas tejerán banderas con los colores de la nueva República, y los bisabuelos desempolvarán la boina que llevaban en el frente en el 36.
Será muy bello, emotivo, magnífico. Y luego, al final de la tarde, todo el mundo volverá a su casa para plantarse delante de la tele y ver el concurso de turno o el partido del Barça en cuartos de final de la Copa. Cataluña bien se lo merece.

Monday, October 9, 2017

La protesta del Girasol

¿Por qué tenemos que ser como alguien y no como nosotros mismos?
¿Qué hace que una sociedad quiera conjurar con la igualdad para encontrarse, en su mayoría de edad, que la igualdad no existe, que no puede existir, ni nunca ha existido?
«Seremos como el “che”» es el mediocre acto de una superstición de estado que ha adjurado desde su fundación de la igualdad. Castro lanzó a la calle la propiedad individual, despojó de hoteles, riqueza y patrimonio a miles de familias; desalojó un país para construirse el suyo propio; persiguió una religión para fundamentar la suya; despojó de humanidad a muertos ilustres para construir su propia ilustre muerte, convertida en piedra.
Hoy no somos un país, no hay un proyecto de nación, no existe ningún hombre nuevo. Queda sino una supernova de individualidades en lucha por su supervivencia; pequeños archipiélagos que arrastran una isla a cuestas, sin rumbo definido, sin un puerto seguro donde atracar las esperanzas y encontrar un nuevo destino, un futuro, un final.
¿Cómo un pueblo refinado, culto, de poetas y músicos, terminó acosado por una miseria espiritual que lo ha hecho naufragar en la vulgaridad?
Una cuna de poetas devenida en el patético cuartel de existencialismos pusilánimes. Los cubanos no hemos sabido explicar al mundo qué hemos perdido y qué queremos ganar. En su lugar queda la agonía de la huida y el regreso.
Un amigo, no mencionaré aquí su nombre, aunque a veces repugna ocultar en el anonimato el rostro de una humanidad perdida, que ayer maldecía esta raza de revendedores de ideologías, hoy regresa a Cuba en una trama silenciosa de repatriados.
No lo hace para «regresar», quedarse, volver a su entorno, retornar a sus raíces; sólo retorna en papeles, burocracia divinizada de un castrismo dolarizado que, con bondadosa mesquindad mercantil de sátrapa sofisticado, le autoriza recuperar lo perdido, lo quitado, lo usurpado por esas mismas manos criminosas. La patética respuesta a su abandono es que su madre ya está muy anciana, casi en las puertas de la otra vida y desea no perder el patrimonio de toda su familia. Duele, estruja el alma descubrir los mecanismos miserables de los eternos victimarios de esta Cuba y estos cubanos. Son como garfios que penetran, desgarran los despojos de la humanidad que nos dejaron en la huida.
¿Nos lo merecemos?
Algo me hace pensar que sí. No son las mismas «razones» de los que nos convirtieron en despojos; son otras, pero son razones.
Los que ayer nos fuimos, convirtiéndonos en estas islas, nos quedamos sin derechos, que siempre pocos tuvimos; hoy, como «bendición» paternalista, nos los devuelven cada dos años a cambio de firmar un documento espurio de regreso, y retornar a nuestras identidades de burocracia, la tarjeta alimenticia cada vez más flaca y desesperada, el número de identidad perdido, clavado en nuestra camiseta de presidiario social, y el necesario e ineludible pago oneroso a la benevolencia de los que nos despojaron de nuestra propia historia.
¿Una vuelta a «ser como aquel otro»?
No se explica una muchedumbre silenciosa sin estos pactos de silencio. No se explica la supuesta homogeneidad social de Cuba sin nuestra propia congenialidad con el crimen. No se explica la subsistencia de un supuesto «proyecto iedológico» sin el patrocinio silencioso de todas estas islas dispersas, desparramadas por el mundo.
No se explica tanto silencio sin nuestro propio silencio individual.
No ha existido ningún proyecto de nación, y el nombre, o el sobrenombre que se pronuncia en estos días, en la prensa y en los actos de aniversario, es solamente la patética justificación del silencioso crimen que comenzó en los muros inertes de «La Cabaña», fríos labios de piedra, donde todos hemos sido culpables: víctimas y asesinos.
No, no se puede ser «como el “che”». Tampoco se puede ser como nadie, sino como uno mismo.

Sunday, October 1, 2017

Ataques inaudibles

No esperaba escribir nada más sobre Cuba. Es un tema muerto, una tumba donde la gente sobrevive una mala vida, con los labios pegados, la boca muda, el sonido del pensamiento enmudecido en una mueca de indiferencia. Los cubanos nos hemos convertido en estos seres fantasmales sin voz, zombies de una realidad inexistente. Los artistas eluden un compromiso, los ciudadanos eluden una palabra, los gobernantes medran y las figuras que se piensan imprescindibles de la élite que desgobierna lanzan palabras de ineludible espanto.
Fantasmas, sombras sin cuerpo, cadáveres que siempre han estado muertos. Reinaldo Arenas ya lo re-escribió alguna vez en honor a aquel otro «Celestino»:
«Esta casa siempre ha sido un infierno.. Antes de que todo el mundo se muriera ya aquí solamente se hablaba de muertos y más muertos.»
Si Dalí estuviera vivo hubiera hecho trizas, literalmente, «la persistencia de la memoria» sin la necesidad de su re-pintura, y así esa desintegración fuera un verdadero sueño, una obra inoportuna en un tiempo surrealista inacabado de una isla inabarcable.
Pero todo sigue existiendo… igual. Y la isla se desintegra en pedazos sin que reste algo de su memoria. «Irma» dejó «sin huevos» libres a La Habana, o eso dicen. La noticia me parece como otra línea equivocada en una obra de Samuel Beckett. ¿Es que alguna vez los tuvieron libres en vez de estar firmemente apretujados en una muy femenina mano de hierro?
Y así, la última llamada del espanto surrealista cubano se aparece en unos ataques inaudibles que han dejado familias, diplomáticos, niños y embajadas en un desnudo bochornoso.
Canadá enmudece; Estados Unidos retira sus empleados; la diplomacia desfallece ante una incógnita y un misterio. Todo parece un capítulo en la crónica de Alicia a través del espejo.
Lo de Canadá es trivialmente explicable. Convivimos con un primer ministro más reconocido por un familiar castrista apellido, y por unas llamativas medias que supuestamente envían algún mensaje. No nos debe sorprender nada de este mundo hecho de crónicas anunciadas en oropel, donde «In Touch» resulta más respetable y reclama más verosimilitud, en multitudes acostumbradas a las medias verdades, que el muy buen conocido «The New York Times».
¿Cómo explicar lo inexplicable?
En Cuba no se mueve un índice, ni para rascarse su culo el más enteco humilde ciudadano de oriente, sin que la inocente rasgadura anal no se haga oír, con su estruendo de flatulencia oriental, en las oficinas refrigeradas del Consejo de Estado. ¿Cómo explicar su ignorancia?
¿Es que somos tan ingenuos?
¿Es que la diplomacia americana ha perdido su inteligencia?
¿Es que somos tan analfaburros que nos creemos este cuento?
¿Qué importa que el delincuente se encuentre agazapado en un tercer país, o en la «Cueva de Alí Baba» con Mariela Castro aplaudiendo su ladroncidio? Si en tu casa circula y habita un delincuente, tú eres el primer responsable de su delincuencia armada, especialmente si te tapas los ojos para no verla.
Pero ahí está, cayéndose de culo el habitante de la limosina acristalada de La Habana, y el mechón de pelo rubio en un sillón de cuero lustrado en ese templo neogriego de la capital del dólar.
Irma pasó y dejó ruinas en una isla de tablas. Se llevó viviendas, pobres pertenencias de un pueblo miserable en su miserable existencia. También se llevó las respuestas a este entuerto, y hasta las explicaciones policíacas de un FBI que parece perderse en las páginas de un Thomas Harris trasnochado.
¿Quién viene a socorrerlo?
No queda ni la espera.
¿Para qué escribir?
¿Qué esperar?
¿De qué lamentarse si no queda ni el lamento?
Los ataques inaudibles a diplomáticos americanos y canadienses son los ataques sonoros ensordecedores a la vida de millones de cubanos que, por más de 50 años, han sufrido y nadie, absolutamente nadie, les ha llegado a interesar más allá de su indiferencia.
Los hoteles medio-españoles, medio-canadienses, medio-cualquier-otra-nacionalidad son los testigos silentes de esa otra guerra devastadora inaudible, la verdadera guerra. Y los cubanos nos hemos acostumbrado a ser corderos, mansedumbre apacible de un pueblo domesticado a la desgracia.
¿De qué sorprenderse entonces?
Los americanos se retiran; los canadienses se quedan - ¿comenzarán a usar esas medias noticiables?, me pregunto -. ¿No ha sido siempre así esta historia desde que Alicia atravesó el Espejo?
Queda solo el silencio.
¡EPD Cuba!