Monday, November 28, 2016

La larga trayectoria hacia la muerte

Hubiéramos imaginado muchos escenarios, muchas rutas hasta el controvertido momento, muchas maneras y formas del final, pero ninguno hubiera coincidido con la realidad dramática de la extinción. El largo trayecto hacia la muerte significó dos derrotas. La imagen del guerrillero legendario se fue apagando con el tiempo. La desmesurada exposición a los medios, el poder persuasivo de la palabra, bordeando el efecto narcoléptico del encanto que ejecutó el milagro de la adoración primera, generó el conocido cansancio. Las generaciones se sucedieron; los hechos superaron la palabra; la realidad demolió la fantasía. Y devino la indiferencia.
La leyenda fue derrotada.
Y en el otro extremo, los deposeídos, los sin tierra, los abandonados e idos, soñando con la fantasía imposible de la caida, tantas veces anunciadas. Una larga década de espera enterró el ornamento. Ha sido casi como el regalo de una Navidad mucho tiempo anunciada, un regalo atrasado. El vestigio antiguo de un deseo infantil en la edad adulta, cuando toda la modernidad tecnológica nos rodea y abruma. Muchos han muerto en el camino sin verlo, otros ya están a la puerta misma de su mismo destino, la muerte.
La leyenda se extinguió y también el jubilo de su derrota.
A veces me pregunto cómo es posible que los desconocidos, los que no portan los símbolos sagrados de la nacionalidad cubana, los extranjeros, desconocidos de nuestra idiosincracia y nuestros dolores, de nuestras ausencias, y heridas, y fragmentos, hoy deseen levantar el altar de una especie extinguida de entuertos. Nadie le hace el honor a los dinosaurios, son solo esas acartonadas imágenes de museo para turistas y fantasías infantiles, regalo mediocre de pantalones cortos americanos y europeos con sus cámaras ultramodernas y sus teléfonos inteligentes, con la eventual fugacidad y fragilidad de su dinero.
No puedo entender tampoco esa reverencia rancia, humillante, de políticos de Occidente, aplaudiendo la senectud autoritaria de déspotas narcolépticos. La verdad es el antiguo cadáver de la izquierda en La Habana. Y esa izquierda de dinero hizo de aquel muerto la estatua de mármol de una fantasía demolida por el tiempo, donde no quedan ni sus piedras, ni sus cánticos, donde nada ya es una trinchera y todo se demuestra como una farsa, pero se encapricha en rendirle tributos a lo que ya no es, no fue, nunca intentó serlo.
Es repugnancia lo que me provoca Trudeau, para no recordar el desprecio que inspira Correa, Evo y Maduro, las lágrimas de algunos viejos intelectuales de izquierda o la vieja claque de Hollywood, siempre deslumbrada con las luciérnagas por vivir tanto de la fantasía, mientras guardan sus monederos de oro en el seguro banco suizo.
En Cuba, varias generaciones desesperan su historia. Y algunos lloran. Las generaciones perdidas, las que vieron fracasar el intento de una fantasía hoy convocan el tributo lacrimoso de un funeral muchas veces anunciado, hoy definitivo. El cadáver ha estado tendido desde hace una década, hoy son nueve los días para cosechar su entierro.
Y, entonces, aparece esta juventud ordenada, guardando «honor» al déspota de sus víctimas, derramando la lágrima de la larga trayectoria hacia el fallecimiento de un sueño. ¿En qué piensan estos jóvenes cuando derraman la gota sanguinolenta del despido?
¿En las víctimas del muerto? ¿En los muertos que no tuvieron su juicio? ¿En las largas condenas de inocentes por sus ideas? ¿En el fracaso de aspiraciones, deseos y urgencias de tantas generaciones? ¿En los muertos en la peligrosa travesía entre las dos capitales cubanas del encono? ¿En las familias divididas? ¿En los hijos que no pudieron acompañar con sus lágrimas la despedida de madres, hijos, hermanos, familia y amistades? ¿En los que son olvidados en las cárceles, condenados solo por un pensamiento rebelde?
Este que hace pocas horas fue un cadáver nunca mostró un pálido sentimiento filial por familiares, amigos, seguidores, compañeros de lucha, ¡por nadie!
¿A quién se llora?
Realmente, ¿dónde está la responsabilidad intelectual y la sensibilidad humana en un gesto hacia un déspota?
En la historia universal escrita por los pueblos, también hubo otros que lloraron a otros déspotas y lo convirtieron en su sagrario.
Entre las dos aguas que separan las dos más grandes capitales de cubanos nos separa un mar de agustias. El primer deber de todo aquel que se sienta cubano hoy, un día después, tiene que ser el necesario olvido a quien se empeñó en tener la más larga trayectoria a su merecida muerte.

Nota: La foto que encabeza el post fue tomada del «Diario de Cuba». Recoge un acto de «tributo» a Castro.

Saturday, November 26, 2016

La pálida muerte

El poeta latino Horacio, quien vivió en un momento clave en la historia de la antigua Roma, cuando la república se transformaba en un imperio bajo el signo de Augusto, expresó, no sin cierta ironía, que “la pálida muerte llama con el mismo pie a las chozas de los pobres que a los palacios de los reyes”.
Es cierto. La muerte toca todas las puertas. En muchas ocasiones la muerte provoca cambios dramáticos en la historia del mundo, sobre todo cuando se produce en hombres que han mantenido muy atados a su mano los hilos del poder.
Castro ha muerto.
Los cubanos de Miami celebran… ¡por fin! o ¡al fin! o ¡el fin!
Los cubanos de la Habana recorren las calles, tranquilos. La vida continúa… igual.
Nada ha cambiado.
Tal vez la clave en lo que transcurre entre La Habana y Miami tenga que ver mucho con lo que también expresó otro personaje latino, el emperador Marco Aurelio: “Morir no es otra cosa que cambiar de residencia”.
La residencia de Castro ha cambiado, pero aún quedan otros… y también con el mismo apellido.
¿Vale la pena celebrar?
¿Es mejor guardar silencio?
Las pompas fastuosas atravesarán la isla por nueve dias. Un cadáver expuesto en un sarcófago debajo de un monolito de piedra en una plaza. Unas cenizas veladas en otra plaza en el Oriente. Un cementerio.
Es una figura que ha marcado la vida humana del cubano. Un nombre apagado por más de diez años, pero que se agarra como un grillete a generaciones sin que puedan liberarse de su marca.
La «pálida muerte» ha llamado al rey, pero nos queda algún otro. Lo peor, queda el mausoleo, la argamasa, la complicidad silenciosa, el exterminio olvidado, la lacitud del desesperado. ¿Tendrá razón entonces Marco Aurelio?
Yo pienso que sí. Yo pienso que el cubano ya ha enterrado a Castro desde hace ya más de una década. Lo ha olvidado, pero ha sucumbido a esa otra residencia suya, la de estar muerto pero con otra sobrevida segura.
Aquel dedo no señalará ninguna otra muerte, ningún otro juicio, ningún otro destino desterrado… pero habrán otros dedos para hacerlo, y ejecutarlo, y sobrevivirlo.
Aquel perfil no reaparecerá más en los periódicos y revistas, noticieros nocturnos, plazas y mercados… pero habrán otros rostros, otros perfiles castrados, otra marca de castración cubana.
Anoche marcó el inicio de la cantata por su leyenda, tendremos que sobreescribirla, borrarla, destruirla, convertirla en cenizas, desaparecerla.
Nada habrá cambiado hasta que enterremos su sobrevida.
¿Para qué celebrar entonces?