Saturday, July 30, 2016

Tiquismiquis



No hay nada que me moleste más, me confunda y perturbe que las incoherencias morales, éticas y espirituales en los comportamientos humanos, especialmente aquellas que adoptan las humanas circunstancias de lo divino. A todas ellas ha sucumbido, aparentemente, el Papa Francisco en sus recientes palabras desde Cracovia por la Jornada Mundial de la Juventud, dirigidas a los jóvenes cubanos a los que les fue negado el derecho a acudir. ¿Se preguntan por quién?
"Jóvenes cubanos: ¡Ábranse a cosas grandes! No tengan miedo, no sean tiquismiquis. ¡Sueñen que el mundo con ustedes puede ser distinto! ¡Sueñen que Cuba con ustedes puede ser distinta y cada día mejor! ¡No se rindan!"
Y es que, para el Santo Padre, los jóvenes tienen que «armar lío».
Quisiera tener la disposición de espíritu para entender al Papa Francisco, comprender el sentido de sus palabras y su propósito, pero algo no funciona, se niega a funcionar. Algo que está más allá de esas palabras y de ese gesto.
A mi ayuda acuden algunos amigos argentinos que viven aquí en Canadá, nada cercanos al kirchnerismo, tampoco cercanos al gobierno de Macri. Para ellos el Papa es una figura demasiado oscura, demasiado cómplice en su silencio con los crímenes de la dictadura argentina, cuchillo afilado contra el gobierno de los Kirchner, disgustado también con las posturas de Macri.
Y acuden también a mi memoria las críticas amargas de la izquierda argentina, comprometida con la dictadura de los Castros en Cuba, hipercríticas con los acontecimientos en su país, escépticas con el retrato «progresista» que la prensa mundial brindó de Francisco a raíz de su elección en el Vaticano. De cierta forma, todos parecen tener razón cuando a la figura del Papa se refieren; de cierta forma también todos parecen equivocarse.
Francisco se ha transformado en una figura demasiado inasible, excesivamente caricaturizada en cierta prensa, terriblemente comercializada en su imagen de bondad intangible. No me convence, definitivamente no me convence.
Dejémoslo claro, no es sorprendente que el Papa comande «armar líos». Lo ha hecho alguna otra vez.
No es infrecuente escucharle decir «no tengan miedo»; lo ha repetido más de una vez.
Pero entonces las escenas de aquellos dos jóvenes interrumpiéndole su entrada en el «papamóvil»  en La Habana, en aquella plaza, viéndolos ser asaltados, a escasos pasos del alcance de su mano extendida, y su rostro torcer hacia la derecha y dejarlos desaparecer, arrastrados por las fuerzas represivas, olvidados después en la respuesta evasiva ofrecida a la prensa extranjera, me persiguen.
¿Agravio? ¿Decepción? ¿Desprecio?
Y entonces, de alguna forma, esas frases iniciales, incomprensibles para mí en el video mensaje de Francisco a los jóvenes cubanos que no pudieron acudir a Cracovia, cobran pleno significado. Entiéndase, yo no sabía qué significaba «tiquismiquis». Esta suerte de jerga que el Papa a veces habla en su muy localista español a ratos me resulta chocante y un poco caricaturesca. Tal vez para algunos logre conectar esta suerte de «slang» argentino, a mí me desagrada. Interrumpe cualquier tipo de conexión espiritual con el mensaje que me quiere hacer llegar.
Aclarémoslo. El vocablo viene de una transcripción errónea del latín «tichi michi», que literalmente quiere decir «para ti, para mí». Resulta que esa expresión se utilizaba en «conversaciones conventuales». Bueno, tal vez funcionara allí. En el castellano común significa «remilgos afectados o escrúpulos», y entonces todo cobra su sentido.
No, no son los cubanos los «tiquismiquis», es usted, Francisco, el que parece serlo. ¿Cómo entender entonces que en La Habana se comporte tan sumamente remilgado y escrupuloso con su lenguaje usual de soliviantar a la juventud, de pedirle «armar líos», para ahora, en una videoconferencia que muy pocos podrán disfrutar en Cuba, convocar sin escrúpulos y remilgos a que los jóvenes tiendan puentes, sueñen y no se rindan?
Y es una incoherencia porque el mismo Papa acude a otros lugares, el mismo Congreso de los Estados Unidos, y se atreve a lanzar palabras tremendas. Se me hace difícil enmendar aquel discurso escrupuloso en La Habana. Son incoherencias demasiado evidentes, demasiado contrastantes, una doble palabra que no se corresponde con este retrato amable «progresista» del jesuita que cotidianamente tenemos en la prensa.
De cierta forma, vocablo macarrónico, préstamo errado del latín, truculenta forma de abordar a una juventud a la que no podrá alcanzar su mensaje, ¿no acusa esto demasiado a una simple forma de capturar inmediatez noticiosa más que a capturar la necesaria audiencia juvenil cubana?
¿Simples palabras, simple ejercicio efímero de la incoherencia espiritual del Vaticano?, me pregunto.

Saturday, July 23, 2016

Diez años

La percepción de un país se puede conocer no por los que se quedan sino por los que se van. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué porción de la población es la que se marcha? ¿Cuáles fueron las condicionantes que ejercieron presión para que decidieran irse?
La historia de los últimos sesenta años de Cuba puede escribirse por los que se fueron, mucho más que por los que se quedaron. Hoy tenemos un país que envejece, en todos los sentidos. En población, en estructuras sociales, en pensamientos.
La llamada «revolución cubana» surgió con el espíritu de la juventud, hoy envejece encayada en un país anciano, con dirigentes que no quieren comprender que el sentido de pertenencia a la nación desapareció, no existe, fue desgajado de su proyecto social. No quieren reconocer que su momento histórico finalizó y deben ceder a una nueva realidad; que las ideas que formaron aquel movimiento fueron trascendidas por realidades, circunstancias y procesos sociales naturales. Tenemos un país con un rostro diferente, con un espíritu distinto y con una población que ya no comparte sus fidelidades, pero que no cree que su futuro permanece ahí, entre los que no se quieren ir y establecen parámetros de conducta y de acción para su permanencia.
Diez años es tiempo suficiente para valorar un gobierno, sesenta para valorar una historia.
En un país democrático el fracaso de políticas, la bancarrota económica y la desilusión personal provoca la crisis de la bancada gobernante. En Cuba la crisis es endémica, las destituciones de ministros y de supuestos  líderes políticos esconden el fracaso de sus gobernantes. Y el fracaso de las estructuras de poder de provocar y generar el cambio demuestra que el país no funciona sobre un carril de democracia y comprensión social, sino sobre las ruedas del autoritarismo.
Pero eso es conocido. Los jóvenes se marchan porque, desde la comprensión de esta verdad política, aspiran a un futuro, y esconden entonces el apellido político a la crisis y a sus motivaciones. La economía define una política de gobierno, es la base estructural de cualquier sociedad. Lo reconoce hasta el mismo marxismo en sus fundamentales escritos viscerales. Pero en Cuba, y en sus gobernantes, el marxismo fue el fetiche de sus palabras pero no el de su accionar como entidad política. En Cuba, la economía se ajusta con el cinturón de fuerza de una ideología desbancada, fracasada de muchos años de historia. Los que permanecen no desean que las fuerzas económicas ejerzan su dominio natural porque significa el fin de sus privilegios, de su gobierno.
Pero esto también es conocido.
¿De qué sirve entonces destituir un Ministro de Cultura, y poner otro, sino para reescribir otra vez, como tantas, una mistificación política?
¿De qué sirve remplazar el Ministro de Educación y escribir otro nombre en su despacho?
¿De qué vale desplazar nombres, úcases políticos, apellidos en organizaciones que no ejercen sus principios?
La Unión Comunista de Jóvenes cambió un nombre, ¿Cuántas veces lo ha hecho? ¿Desde cuándo representa esa organización a sus afiliados que hoy se marchan por Ecuador, Colombia, Costa Rica, Panamá, México, que encayan en los cayos y las costas de Florida?
Los mercados vacios, un país cuya economía descansa en la superestructura ilegal de todo: mercado, relaciones mercantiles, productos, servicios, ofertas. A las casas de los ministros llegan esos mismos productos y también ellos mismos acuden a esos servicios. La ilegalidad es el recurso básico de vida del cubano, de todos. Gobernantes y gobernados, generales y doctores, ministros y defenestrados ¿Es simple hipocrecía o sentido visceral de supervivencia de un régimen anciano?
Nadie sabe. La mistificación es parte del fracaso de los gobiernos espurios. Napoleón terminó en Santa Elena, muerto por un cáncer de estómago o por dosis mortales de arsénico, ¡quién sabe!, porque quiso conquistar Europa. Dio el salto, intentó cambiar el destino de la humanidad cambiando su propio destino. Y fracasó. Eso transcurrió en quince años. Algo bueno quedó de todo aquello. La historia social de Europa, las instituciones legales del viejo continente sufrieron el cambio definitivo que los llevó a una estructura más democrática y moderna.
Nada de eso ha ocurrido en Cuba.
Los que gobiernan en aquel país quisieron cambiar su destino, para terminar cambiando el suyo propio, olvidándose del país. Las historias sociales siempre tienen un sello personal detrás de las tragedias de héroes, villanos y procesos. No han muerto de ni de cáncer ni de arsénico en Cuba; no llegaron a las puertas de moscu con bayonetas, sino con bolsillos vacios y la mano extendida. En cambio hacen fallecer a un pais, desaparecer a una generación, fracasar un empeño histórico.
No son diez años, son sesenta, pero esto también se mistifica en los titulares noticiosos, en los tributos en que la gran prensa pretende encerrar el destino de un país. Mientras, por aire, mar y tierra, una multitud se marcha, una generación sucumbe a su muerte. La consecuencia es esa huida, y sus causas no las soportan leyes externas, condicionamientos políticos ajenos, ni siquiera facilidades migratorias de pies húmedos y secos. Las causas están en el país que quiere seguir aislado, que permanece con los mismos gobernantes ejercitando su flecha, la de Robin Hood, mientras su hijo se escapa por Centroamérica.
Dejémonos de engaño, no son diez, son sesenta.

Monday, July 18, 2016

La soledad de los «corredores» de fondo

Tal vez haya sido una ironía literaria, o una pura casualidad del destino humano, lo cierto es que en 1959 Alan Sillitoe publicó un pequeño librito de relatos cortos titulado «La soledad del corredor de fondo» («The Loneliness of the Long-Distance Runner», en inglés). El relato que le da nombre a aquella pequeña obra maestra de la literatura inglesa cuenta la historia de Smith, un adolescente de una familia pobre cuya vida transcurre entre delitos menores, lo que lo sumerge inevitablemente en un centro correccional para niños y adolescentes. Allí Smith se convierte en un corredor de fondo como una forma de escape emocional y físico a su situación personal, y utiliza sus habilidades como atleta para representar al establecimiento correccional frente a una prestigiosa institución educacional pública, con la promesa que a su retorno podra realizar «trabajos ligeros».
Sin embargo, cuando el día de la carrera llega Smith se deja intencionalmente vencer, deteniéndose  deliberadamente unos pocos metros por debajo de la línea de meta. Allí, a la vista de todos los espectadores, que le gritan para que termine la carrera. Al perder deliberadamente la carrera, Smith demuestra su espíritu libre y su independencia. Sabe que a su regreso no tendrá lo «prometido», pero su espíritu permanece intocable, libre.
Irónicamente, en 1959 comenzó a funcionar, muy lejos de las islas británicas, en el Caribe, y también en una isla, un centro correccional para millones de cubanos. Muchos han logrado escapar; otros lo siguen haciendo. Algunos toman una lancha, una balsa, traspasan fronteras y recorren Centroamérica. Algunos mueren también en el intento. Y aquí lo vemos, un  grupo de cubanos que pudieran ser como Smith, representantes de ese correccional multitudinario de adultos, «engalanados» para representar a las autoridades correccionales de ese inmenso centro que es una isla frente a los equipos del deporte libre.
¿Alguno tendrá el valor, la integridad y el coraje de detener su carrera a pocos pasos de su meta, como simbolo de su espíritu libre y su independencia?
¿Alguno tendrá el valor de Smith?
¿Cuántos lo harán?
Mientras, no se me escapa la singularidad de ese uniforme que se asemeja tanto a los que, en determinadas épocas de la historia, han usado los reclusos de algunas partes.
Lo peor, lo más aborrecible, es el uso bochornoso de lo que es un símbolo patrio, la bandera cubana, en el vestuario bastardo de estos reclusos que parten de su correccional caribeño para volver a retornar después, sin haber tenido la estatura moral del «héroe» de Sillitoe, al mismo presidio isleño.

¡Patético!