Monday, March 28, 2016

El riesgo de un infarto

Tiene razón el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, cuando afirma que las «críticas» del dictador cubano Fidel Castro a la visita de Obama a Cuba, y a sus palabras al pueblo,  demuestran que las palabras del presidente norteamericano fueron efectivas y lograron un efecto en las autoridades del régimen de La Habana, y también en la población cubana, no cabe dudas. Si fue «el efecto previsto», como afirma el portavoz, yo no lo puedo asegurar, él sabrá mejor por su cercania al mandatario pero, apartándome de las respuestas que Earnest ofreció en su encuentro diario con la prensa, la lechuga propagandística del sátrapa hoy en «Granma» demuestra algunas cosas.
Primero, que le costó trabajo estructurar una respuesta argumentada. Necesitó una semana para poder superar el bloqueo de la rabia en su mente y lograr publicar algún escrito, medianamente organizado y coherente, lo que demuestra no solo el deterioro de sus condiciones intelectuales por la edad, sino también el deterioro de las argucias que él mismo usó por 56 años para acusar a otros de sus propias mediocridades. El tiempo lo cambia todo, ya no cuenta con la posibilidad de hablar sin demostrar que está demolido como persona y que ya a nadie le interesa su existencia, la escritura, además, le falla, aunque parece nunca faltarle su siempre constante histeria.
Segundo, y esto también tiene que ver con la demora en responder, que la rabia y la pataleta del dictador por no ser objeto, y sujeto, de la visita del presidente norteamericano lo tuvo sumido en una histeria anestesiada de siete días. No hay nada peor que el desprecio a la vanidad de un dictador, y el que el señor Barack Obama no haya ni considerado la posibilidad de la visita, aun al peso de no ser recibido en el aeropuerto por el otro dictador – esta es la causa de la que se especula por qué la miniatura bípeda no acudió a la terminal aérea de La Habana, para mostrar la mínima cortesía al visitante más importante que ha tenido Cuba en cinco décadas – hirió la más profunda sensibilidad del orgullo de Fidel Castro. La arrogancia no es el peor defecto que tienen los dictadores y las dictaduras, sino el sentido enorme del ridículo ante la modestia y la sencillez del hombre de verdadera inteligencia, dos de las partículas divinas de las que carece el individuo de «Punto Cero».
Puedo verlo, sentado frente al televisor, encogido, con la bilis subiéndole a espasmos hasta agriarle la boca, los labios secos, grises por la rabia, los dedos que pellizcan nerviosamente las guedejas secas blancas que se le desprenden del labio inferior, la boca abierta, la lengua seca, que agrieta los labios con la ansiedad y la ira, los ojos que parecen perderse en la pantalla, tratando de interpretar los gestos del Presidente Obama, a ratos halándose nerviosamente, de forma automática y rítmica, la esquina del labio, esperando oir mencionar al menos su nombre para descubrir, aun con más rabia y dolor, de que el ilustre visitante no tuvo ni la mas mínima intención de mencionarle.
No nos equivoquemos, el ladrillo de «Granma» es el resultado de una semana filípica para Fidel Castro. No hay ni que buscar mucho las razones, la presencia de Obama, su porte y coherencia y, sobre todo, la imagen proyectada en sus palabras, sus gestos y su elocuencia desmarcan quién era el presidente y quiénes eran los dictadores. Herida suficiente.
Hay que entenderlo. La prensa cubana, y especialmente estos ladrillos proféticos a los que hemos estado sometidos los cubanos por 56 años, hay que leerlos siempre entre líneas. Están nerviosos, y desesperados. El inquilino de «Punto Cero» estuvo al borde de la muerte, infarto de por medio. Es por eso que habla de que «los cubanos corrieron el riesgo de un infarto». Está hablando de sí mismo, acostumbrado a hablar en nombre de Cuba y tomarlo por el suyo propio.
¡Entiédalo de una vez! La única pena que tenemos los cubanos, señor Castro, es que ese riesgo de infarto no se haya traducido completamente en uno definitivo, para el bien de todos los cubanos que apludieron a Obama: 11 millones.

Sunday, March 27, 2016

Sanders y el Pajarito

Hay símbolos que lo dicen todo. Se llevan las palabras, se entumece y anestesia la memoria, convierten la metáfora en la perfecta adaptación de la poesía al arte metastásico de la política. Así, la imagen se convierte en el truco hábil del populismo. Se olvida el momento, lo que queda es el impacto indeleble de la circunstancias.
A Sanders le aterrizó, «accidentalmente», un pequeño pajarito  mientras hablaba, y las circusntancias fortuitas lo convirtieron en el alegre dispensador de cuanta tontería con que la mente ligera del americano bobo se le adormece, ensimismado en series de televisión anestésicas, en banalidades trucadas y en celebridades de aplausos fáciles. Fenomeno Kardashian
Para el público de ese país casi nunca existen referencias. Las deconocen, principalmente porque consumen la bagatela intelectual del presente y, con la ignorante arrogancia de creerse el ombligo intelectual del universo, desconocen la literatura de envergadura, la verdadera. Algunos hasta se creen el centro motor de la cultura mundial, del pensamiento político, de la avanzadilla de la inteligentsia, centro motor del intelecto, aun sin conocer quiénes son los padres de ese centro motor. Aplauden la política indigesta preparada por el sistema, y por el antisistema en plena campaña de reconvertiose en sistema. Y así, a ese pajarito de Sanders le ignoran su pasado de paloma en su reposo sobre la tribuna de otro populista del momento, Fidel Castro.
A veces la naturaleza provoca estos accidentes para señalar que las fortituidades no existen, tienen explicacion y prefacios históricos de tragedia, aveces muy cerca del lugar de los sucesos. Tal vez Spinoza tenga razón cuando en su libro «Etica demostrada según el orden geométrico» define la idea de que Dios es inmanente e idéntico a la naturaleza, El es la única sustancia del universo y todas las cosas existen en EL: «todas las cosas necesariamente proceden de, o siempre siguen [al poder infinito de Dios] por la misma necesidad».
Y la necesidad que Dios previó aquí fue la de señalar, con rápida inteligencia suprema, que el futuro o presente de Sanders se encuentra ya referenciado en el pasado absoluto de Castro – ya a aquel sujeto se le señaló su previa pre-existencia –, y este pequeño pajarito sea la minúscula particula de inmaterialidad de la paloma que se posó en la Colina de la Universidad de La Habana aquel día nefasto.
Paloma y Pajarito subscriben este lenguaje de Spinoza de premonición inmanente que existe en toda la materia de Dios en el Universo. Estamos bajo el mismo accidente, ergo, tendremos las mismas consecuencias.
América, no se sientan asombrados y muchos menos indiferentes a esta «casualidad» del Dios de Spinoza, es una Alerta no un Símbolo.

Saturday, March 26, 2016

Segunda Piel

Hay algo que no comprenden muchos, especialmente los que se arriman al ala izquierda de la política y no conocen al cubano, al hombre de verdadero espíritu cubano, a su idiosincracia de ser un pueblo que supera las desgracias, que las sobrepasa con su humor, que ha podido subsistir dentro de uno de los regímenes más asfixiantes porque tiene la capacidad infinita de sonreír, de degustar la música, de buscarla, de ofrecer la sonrisa a la desgracia, al abandono, a las carencias, que descubre la manera sutil de burlarse de las circunstancias, que hace de la broma y el desparpajo un medio de vida para sobrellevar las tragedias y carencias. Nosotros reímos mientras las lágrimas cuelgan desamparadas de nuestros ojos por la fuerza natural de la tragedia. Somos un pueblo tragicómico, que no soporta el llanto más allá del preámbulo de la risa.
Por encima del resto de toda América, no somos un pueblo que esconde sus sentimientos, y hablo de pueblo, no de país, porque a la nación algunos le han querido enganchar etiquetas, otorgarle sobrenombres, establecerle seculares protocolos. Por ese camino la nacionalidad cubana fue acercándose al teatro trágico de la antigua Grecia. Pero nunca llegó a ocurrir, ¡jamás!
Somos abiertos, espontáneos, buyangueros, bailadores empedernidos porque la sangre nos hace saltar en la cama y la cintura vuelve trepidante el ritmo cuando hacemos el amor bailando. Bailamos teniendo sexo y tenemos sexo en el baile, en la contorsión voluptuosa que produce la música cuando se nos introduce en el cuerpo, en el lenguaje, en el ritmo cadencioso de las palabras.
Tal vez Brasil sea el único país que se nos acerque y pueda comprendernos en la trepidante fiesta que es nuestra vida porque, aun no teniendo un plato de comida decente en la mesa, acudimos en masa a ver a los «Rolling Stones» y la felicidad entonces abarca esas dos horas, olvidándonos que, de regreso a casa, el refrigerador estará semivacio o con solo agua, el pan tengamos que comerlo con poca grasa, cueste encontrar una verdura o un buen solomillo para comer el domingo, sin olvidar que, posiblemente, hayamos tenido que ir a pie a ver a la banda de rock británica a la «Ciudad Deportiva», los que fueron a verla.
No se puede olvidar de que fueron, después de todo, 50 años de prohibición callada, silenciosa, que sigue en el ADN de la cultura socialista, pero que no ha podido imponerse porque nuestra idiosincracia hispanoafricana nos hizo gozadores y rientes, que cuando se apagaban los altavoces de las tribunas de consignas buscábamos la estación en el radio sovietico para escuchar a estos viejos, entonces jóvenes rebeldes, hoy casi achacosos, que aún siguen tocando de maravilla.
Ayer pudo perfectamente levantarse  John Lennon de su asiento en aquel parque del Vedado, inaugurada su figura de bronce por el mismo animal político que nunca tuvo el espíritu del cubano, que no entendió su ritmo, que desconoce aún su verdadera música, que nunca supo bailar ni contorsionarse en la cintura porque estuvo naufrago de su sangre inmóvil, demasiado española y miserable, demasiado enterrada en su arrogancia y en su importancia en el espejo.
No entienden, muchos no entienden como un pueblo puede aplaudir a América, sonreir a Obama, al americano que llega, recién estrenado después de cinco décadas, o calzar un «Adidas» y mover el trasero por las calles de La Habana mientras la bandera americana se contonea en el bolsillo izquierdo de su vaquero. Algunos están tan enterrados en sus ideologías y frases y consignas que no pueden entender que, bajo la piel delgada de las tribunas, los aplausos, las manos levantadas, los fusiles y las boinas verdeolivos, siempre hubo un pueblo abierto, musical, jodedor y caliente, que atesoraba su interna osadía para ofrecerla gratis al menor ritmo, cualquiera, a la minúscula partícula de diversión que apareciera en su camino. La sangre nos baila su ritmo por las venas.
A falta de entretenimiento, a la sustitución de la cultura del ritmo por las consignas, Cuba no desterró su gozadera, su ferviente ebullición y su frescura. Porque otros eran enemigos de los vaqueros, el pelo sobre los hombros, la música rock, la guitarra y el idioma extranjero no dejamos de tenerlo y adquirirlo en el mercado negro de todas las cosas terrenales, divinas y espirituales. Creíamos en Dios, el Corazón de Jesús aún colgaba de las paredes de nuestras casas, sintonizábamos una frecuencia pitiyanqui – ¿no es así como le dicen en latinoamérica a los norteamericanos? – y bailábamos rumba con Janis Joplin. Lo buscamos, lo encontramos enterrado en nuestras privaciones, en nuestros silencios.
Que no podíamos oir a los «Stones», lo buscábamos en las frecuencias inverosímiles, enganchados con un perchero en el radio «VEF» que alguna vez otorgaban de «premio al trabajo». Orientábamos las antenas y conseguíamos «guachipupa», esa bebida inventada cuando el alcohol era tan «diversionista» como «The Beattles» y «The Rolling Stones». John Lennon cantó primero en nuestras radios clandestinas antes de que apareciera, por las inevitables circunstancias de la realidad que supera cualquier imposición ajena, en las emisoras verdeolivos. Fue su primera derrota, allí, en la música, en la cultura de estos sargentos que hasta peinan largas melenas y se convierten en asesores de generales para asistir ayer a conciertos que no se atreven a valorar como diversionistas, hoy.
La música les provocó su primera gran derrota. Y la música despojó al sistema, a su régimen y a su ideología de su ritmo. Hoy el socialismo cubano no tiene melodía para su baile. Un par de trovadores viejos, casi sin pelo, que siguen descuartizando versos con una guitarra, que han abandonado la poesía y se han incorporado a las consignas, con aviones y fusiles, pero sin ritmo y jacundia.
El cubano, el criollísimo cubano sigue moviéndose. Riendo y burlándose, intimamente, de sus jefes. Nunca dejó de hacerlo. Pepito ayer pudo salir por fin de su casa, reir sus propios cuentos, cantar a los acordes de Richards y Jagger. Hacerlos públicos entre el rock'nroll y los gritos, el sudor y la risa espontánea.
Acudieron al evento mucha juventud de entonces, maduros, casi viejos. Y los jóvenes de hoy, con mucha seguridad, debieron sorprenderse de que sus propios padres siempre supieron cómo darle a la cintura y cabalgar cualquier montura al ritmo de un rock que nunca lograron disfrutar cuando tuvieron la edad de ellos, sus hijos. Pero siempre lo hicieron, no hay nada nuevo que descubrir.
Cuba siempre ha tenido dos pieles. La delgada de consignas e ideologías exógenas. La profunda de jolgorio y bachata. Gozadera pura somos.
Algunos se preguntan por qué no acuden a reclamar justicia y libertad, el derecho a decidir su destino y tener algún futuro en su propia casa. Nos la robaron, sí, quedamos atrapados en un mundo donde hasta la propia risa era una cuestión de estado, pero quedó en lo profundo, sin embargo, el aliento de seguir viviendo y se enmascaró en una seriedad que nunca formó parte de la idiosincracia del cubano. Los «Rolling Stones» desataron esas máscaras y mistificaciones, tal vez hoy vuelvan a cubrirse esos rostros. Es un pudor extraño, falso, hipócrita, foráneo, conque algunos adornaron el país, su gente, su misterio. Todos sabemos cómo sucedió, y quién lo hizo, y cuánto costó en vidas humanas y en espíritu. Pero Cuba no dejó de ser quién era y fue, quedó escondida en la profundidad de esa epidermis de discursos y palabras.
No hay una Cuba totalitaria, única, más allá de las oficinas refrigeradas del Consejo de Estado, de ese palacio de una «revolucion» que sepultó el espíritu de su pueblo. Lo ocurrido fue el accidente de un itsmo provocado por una personalidad sin sangre esencialmente cubana. Un títere de su ego, el espíritu mediocre de un ancestro que nunca supo ni siquiera bailar, reir, ponerle música a su cuerpo.
Para los mediocres que siguen pensando en vejestorios, los « Rolling Stones» pueden estar doblando cicatrices en su rostro, arrugas que pliegan su frente, cuerpos enjutos por sus años, figuras encorvadas por las décadas transcurridas. Ayer, ayer fue un día en que los viejos se hicieron niños, adolescentes ante los ojos de sus hijos. Por un día vieron regresar su libertad perdida por varias décadas. Y se lanzaron a gozar, a joder, allí, a tirarse en la hierba y hasta probarse a cantar las viejas viejas melodias que tuvieron que esconder en uniformes y botas, mientras en las noches de complicidades la gozaban con un trago inventado de alcohol, alguno hasta con alguna pastilla o alguna marihuana escurrida en el bolsillo no se sabe ni cómo. La juventud es la misma en cualquier parte del mundo, un río subterráneo discurre entre los continentes y naciones y naufraga en la conducta adolescente.
Cuba no es distinta a ayer, ni a hoy, ni a nunca. Hemos sido iguales todo el tiempo. Otros se la inventaron para ocultarla y exportarla como un sello de venta en el mercado político de las mediocres ideologías de Europa. 
Si, hay una desgracia que esconde todo el concierto de voces de ayer, y es que ha sido demasiado tarde. Muchos se han ido, otros regresan con la temporalidad marcada en sus pasaportes, algunos, o quizás muchos, añoran el tiempo perdido, hay personas que quedaron en el camino y no pudieron disfrutar del evento. Han sido 56 años en que los sueños fueron desgarrados, suprimidos, convertidos en un almacén de palabras y discursos y hoy todo parece atemporal, como si no existiera. Y entonces los extremos de Miami se convierten o se transforman o se transfiguran en los extremos de La Habana.
«Vigilia Mambisa» aplana programas del Partido Demócrata en Miami mientras en La Habana secuestran folletos de los Principios Universales de los Derechos Humanos de la ONU, ¿no resulta ridículo las coincidencias? Me imagino que Manuel Saavedra hoy estará convocando a la misma aplanadora para aplastar a los discos «castristas» de los «Rolling Stones» en una calle de Miami, de la misma forma que ayer en nuestras universidades expulsaban a rockeros y hippies, a quien usaba vaqueros y escuchaba música del «enemigo». En esa misma Habana, el mismo espíritu de extrema derecha, transfigurada en la izquierda, volverá a hablar de la «cultura de masas», tratará de recordar que los conciertos necesitan «disciplina y organización», o ¿ya no lo hicieron en algún periodico previo al evento? ¿No fueron esas las mismas palabras de Abel Prieto antes de acudir a la zona VIP del concierto?
El rock, Cuba, Pepito y la gozadera cubana es de espíritu desorganizado, protestón , buyanguero y jodedor. Nos burlamos de la Madre Teresa de Calcuta, de San Juan Bautista, de Castro, Obama y hasta del Papa Francisco lavándoles los pies a los menesterosos de Roma mientras pide duchas para los que no tienen casa. No hay programa ideológico de ningún tipo en el espíritu del cubano, no lo tuvimos ni lo tenemos. Tal vez sea esa la misma desgracia de la opisicion a Castro. Tratan de replicar los mismos métodos, la misma tesitura, el mismo programa de conservaturismo, mientras la realidad los supera a ellos y a sus enemigos, se han convertido en clubes exclusivos de disidencia. Demasiados organizados, demasiados con el espíritu de «pioneritos» de ideología saludando a la bandera y a héroes muertos.
Cuba nunca respetó ni a sus muertos. Los bailó en su tumba. Aprendió el inglés y mientras más odio pitiyanqui vociferaban las tribunas más gringo se transformaba el espíritu clandestino de sus propios hijos, y las banderas de las estrellas y barras iban surciéndose una vez más en esa epidermis profunda del cubano. ¿Se sorprenden hoy, entonces, los sargentos de la cultura y la enquistada izquierda de Latinoamérica que seamos más pitiyanquis que los pitiyanquis no siendo ni sombras de pitiyanquis? ¿Se sorprenden de que no nos consideremos latinos sino americanos?
Pues muéranse de miedo, nunca dejamos de serlo. Las prohibiciones viajaron por las venas ocultas y clandestinas de nuestras vidas y la música nunca dejó de recorrer nuestra sangre, toda la música. Tal vez sea ese la lección magistral de los británicos ayer en la «Ciudad del Deporte». Nunca dejamos de ser lo que fuimos, solo pasó a otra sobrevida y, con mucha probabilidad, lo sucedido ayer signifique que, después de mucho tiempo, tal vez Cuba esté verdaderamente cambiando. Por primera vez, y en muchos años, comienzo a tener un poco de optimismo. Si podemos hablar de una Cuba antes y después de la visita de Obama, tenemos que hablar de la cultura cubana antes y después de la visita de los «Rolling Stones».
He oído algunos lamentos, gente de izquierda que se queja de que aterrizarán las McDonalds, que el contorno de Cuba cambiará con los americanos, que la música yanqui sustituirá al ¿tango? Lo siento, siempre lo estuvo. Estamos más cerca de Miami que de Caracas y Sao Paulo. Las praderas argentinas ni las conocemos y el paso de ganso conque se recibió a Obama en aquella plaza ha quedado reducido a los protocolos y funciones de gobierno, un gobierno que no entiende a esa Cuba rpofunda en su segunda piel y que sustituyó esa piel por un abrigo extranjero, demasiado acartonado, demasiado enteco.
Por años he estado muy excéptico de los acontecimientos, del país profundo, de esa segunda piel sobreviviendo. He vivido demasiados desengaños. He visto como el espíritu de Cuba se enquistaba una y otra vez para volver a dejar mostrar su hipócrita envoltura, y desventura, «revolucionaria». No fuimos nunca los hijos de las revoluciones ideológicas. Aquellas ideas naufragaron en nuestros padres y el resto se transformó en estos nuevos adolescentes que tuvieron su orgasmo de música ayer. Esa es la verdadera piel, la segunda. Me pregunto si habrá quedado sepultada la primera después de escuchar a los «Rolling Stones» en el concierto.
No lo sé, no hay forma musical ni profética de saberlo.

Friday, March 25, 2016

Rolling fiebre Stones

El hombre se ajusta los lentes redondos y se levanta. Aún quedan algunas marcas del excremento que los pájaros han dejado sobre su ropa. La tarde es limpia, despejada y el parque está desierto, sin niños que atraviesen la hierba seca o la tierra casi gris por el sol reverberante, ni hombres que se sienten a tomarse una furtiva foto, tampoco las parejas parecen esconderse en las pocas curvas de los descarnados muros. La humedad del domingo ha pasado, como también su visita. Y él se levanta, cansado, con los huesos duros de metal calcinado, camina. Los pantalones se agolpan en los zapatos de piedra y barro, azules y cobrizos, que conoce las madrugadas calientes, solitarias, de orines y sexo apurado.
Button your lip baby
Button your coat
Let's go out dancing
Go for the throat
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
Make love together
Stay on the path
You're not the only one
With mixed emotions
Un viejo escarba la basura en el contenedor de la esquina y lo ve pasar, apurado. Se ha ajustado los audífonos a sus orejas de metal y los rayos le traspasan los cristales redondos, golpeándoles el color azul de unos ojos vivos 36 años atrás, azules, escondidos en la oscuridad de unas redondas gafas de sol oscuras. Se apresura.
Cerca de la Calle 23, frente al pórtigo del neoclásico Colón, ese reparto donde los vivos no regresan y los muertos no parecen descansar, un hombre canoso, despeinado, con una barba hirsuta también que pierde el color, trata de arrancar una aplanadora. Manuel Saavedra mira al hombre de los lentes redondos mientras trata de espantar a los niños y a los pájaros que le hacen imposible aplastar los papeles que el pavimento escalda con su calor. Una pareja de viejos lo ayudan a debaratar la conspiración de la soledad y la indiferencia.
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
«Los jóvenes deben abstenerse de cuestionamientos ingratos de los  mandatos gubernamentales. En su lugar, tienen que dedicarse a estudiar, trabajar y al servicio militar.», le grita desde la plaza la figura hirsuta de otra barba, pero no lo ve, lo presiente. Aquellos ojos aplastados contra los muros de los altos edificios carecen de sus lentes redondos, pero miran con aplomo al hombre de los lentes que corre y desbanda al cortejo que atraviesa las columnas de mármol y arabescos, las rejas abiertas y el olor a flores marchitas. Por un minuto la ciudad pierde el sonido y todo es silencio.
En la tumba un grupo de pájaros revolotea sobre las hojas secas. Una vieja arrastra un saco con botellas, alguna ropa estrujada y sucia y montones de hojas arrancadas de revistas «Bohemia» de los setenta. Se sienta sobre la lápida desnuda y comienza a sermonear, en voz baja, algún sibilante nombre seguido de «Papito», que se esconde detrás de esa puerta horizontal al abismo atemporal con que nos saluda la muerte.
First time I saw baby
You were springin' like a young gazelle
And next thing I know, we're way down the road
And you're flying like a bat outta hell

It's rough justice, oh yeah!
You're attitude's disgusting
You're gonna have to trust me
But you know I never break your heart
Ya corre. Los botones de la camisa se le desprenden y deja ver un torso cobrizo, descarnado en azules y verdes, colores del destiempo y de las noches templadas del parque. El sudor se vuelve esa gota plomiza que resbala por su frente y se convierte en una bala de cobre, agridulce, que se lanza a los zapatos en su carrera a la fuente sin agua. Media ciudad se lanza a la locura y parece arder y escaparse. Jóvenes sin camisa, o con banderas de colores cruzados y labios rojos, exhuberantes. Viejos con el ansia de una adolescencia perdida en sonidos y letras escurridas, niños que persiguen a sus padres y abuelos. Se oyen los primeros ajustes del audio y el nerviosismo de agolpa en su frente perlada. Ya llega, ya está cerca de la entrada, los huesos corroidos por la espera de metal silban una vieja melodia imaginaria. Es un lugar sin religión, pero aún con muchos odios enterrados.
Estamos llegando a la ciudad del deporte hoy convertida, por la santidad de algún caudillo, en la ciudad de la música gratis, peregrina. Una música que fue cárcel en el pasado, cuando eran todos jóvenes. También él. Hoy peinan canas, enflaquecen de vejez y las voces, mucho más ásperas, entonan los mismos arpegios.
Under my thumb
The girl who once had me down
Under my thumb
The girl who once pushed me around
It's down to me
The difference in the clothes she wears
Down to me, the change has come,
She's under my thumb
Ain't it the truth babe?
Under my thumb
The squirmin' dog who's just had her day
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
The way she does just what she's told
Down to me, the change has come
She's under my thumb
Carteles, un grupo de mujeres se agolpan en la puerta, detrás, hombres, niños, perros, policias y cámaras. Alguien levanta una bandera, otros el puño, un tercero una gorra miliciana. No es un concierto y no son artistas. Unos sonríen, otros levantan otra vez el puño, y las mujeres gritan mientras levantan una flor. Las arrastran, las levantan por las piernas y los hombres y los gritos se confunden con las notas, los colores blancos con las sonrisas rojas de los que se apresuran al concierto, a encontrar su música en otra parte. Es solo viernes santo, pero nadie reza ni entona un cántico. El hombre de los lentes redondos trata de hallarle un sentido al concierto inequívoco de gritos, mientras se alisa la melena oscura, de metal. No tiene barba, el pecho lo tiene desnudo de vello, guarnecido con ese azul verdoso de la antigüedad del parque, salpicado solo con esas excrecencias caídas de los árboles que desprenden los pájaros, en el viaje de su sobrevida a su destierro como hez.
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
Y se la llevan, la abalanzan por las piernas y los brazos en el auto blanco con un letrero que dice «P lice», la «o» es una boca desdentada oscura, sin lengua para gritar o mascullar una vieja melodía de rock. Son mujeres y hombres y uniformes y gritos, pero no es un concierto. Se siente viejo, cansado, ajado por la edad y la espera. Casi cincuenta años esperando en el olvido, y después en un parque solitario hecho estatua. Desterrado a ver pasar el tiempo y envejecer en silencio. Hoy es el «milagro» del viernes santo. Mañana será otra vez el silencio y la rutina ardiente de cada día. Un aburrido sábado. Otro más.
Corre, agoniza para encontrar la entrada y escuchar esa música que alguna vez estuvo prohibida, perseguida, condenada, entre rejas de silencio mientras flirteaba en campamentos juveniles, en una radio sintonizada en la oscuridad y la complicidad de los amigos.
Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long year
Stole many a man's soul and faith
And I was 'round when Jesus Christ
Had his moment of doubt and pain
Made damn sure that Pilate
Washed his hands and sealed his fate
Pleased to meet you
Hope you guess my name
En la puerta el mismo hombre que aplanaba papeles y espantaba a los niños. Viste de verde, con una camiseta con esa boca sangrante que parece escupir su lengua en una canción prohibida de los setenta. Lleva unas viejas tijeras en el bolsillo izquierdo, y en el derecho parece asomarse una pequeña botellita de algún líquido parecido al agua, pero más oloroso a alcohol. El pelo se le desgarra en canas y unos espejuelos de sol, oscuros, parecidos a los del chofer de la patrulla en que se llevaban a la mujer de blanco, parecen sonreir otra vez.
Está muerto, él sabe que está muerto, hecho huesos y cenizas y recuerdos, pero el espíritu parece sobrevivir otra vez y levantarse de su tumba. No es Manuel, ni tampoco Saavedra, y tal vez ni el «Papito» de la vieja del saco, hoy se ha convertido en algún otro nombre mientras vigila en este día de música y rock y canciones prohibidas. No es Miami, ni tampoco La Habana, es un lugar atemporal en la geofísica caprichosa de esta primavera.
«Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba», me dice.
No existían. Flotaban en otra galaxia, murmuran los labios secos del hombre de los lentes. O tal vez estaban como él, solidificados en un parque para que se le hiciera el triste espectáculo de los pájaros en su nocturnidad.
While your kings and queens
Fought for ten decades
For the gods they made
I shouted out,
"Who killed the Kennedys?"
«Fidel Castro», responde el de los lentes, pero nadie le escucha. Ya a nadie le importa el nombre, la historia. Los acordes de esa música loca, desaparecida de los sesenta y setenta parecen acallar sus palabras de cobre. El sudor azulado de la frente se desprende y parece escapar con el pensamiento hacia los primeros acordes. Rueda, cae en pequeñas piedras sobre la hierba rala, casi seca. Mujeres, niños, viejos, corren en la desbandada para ver desde cualquier lugar a quienes fueron sus vecinos del mismo país, mientras él parece perdido, escapado de otra latitud, inexistente.
Presiente que ya no pertenece a esta época. Ya su música no provoca el dolor, el grito, la peligrosa melodía de una estación extranjera que se escabullía en los albergues de jóvenes en el campo, de los que despeinaban también melenas como la suya sobre sus cabezas, y desafiaban con el vaquero prohibido a la humilde ropa uniformada de verde y a las botas.
So button your lip
And button your coat
Let's go out dancing
Let's rock 'n' roll
You're not the only one
With mixed emotions
You're not the only ship
Adrift on this ocean
You're not the only one
That's feeling lonesome
Esta vez no decide entrar. El concierto sucederá, la música provocará su furia, el portero solo estará esperando su billete, la censura es una estación que se compra con los afeites de moda, pero él regresará solo a su parque, cansado, abatido con la decepción y la burla a su memoria rebelde. Se volverá a sentar y cruzar sus largas piernas, y permanecerá allí, perdido en su mirada de lentes redondos. Una mirada que ya no parece descubrir ningún futuro, y unos labios que no describen ningún imaginario lugar sin religiones ni odios.
Ya es demasiado viejo, tan viejo como ese parque que se ha convertido en su propia cárcel sin muros. Comparte la edad de los que ofician el concierto, de sus músicos, de oficiales y sargentos de protocolo y de los que cortejan al poder o so ejercen, en aquella ciudad de aquel parque.

Comité de Defensa de Cruz

La contienda de las primarias norteamericanas viene siendo como el exclusivo carnaval de los pronunciamientos más extravagantes e indignantes en la historia de las elecciones norteamericanas. La presencia de Trump, un candidato antisistema, bordeándolo, despreciándolo con su factura multimillonaria, su ego inflacionario, su arrogancia de corbata y peluquín, despreciando todos los preceptos establecidos, lo garantiza.
Pero no es el único, y es aquí lo que hace exclusivo el momento. El otro contendiente en esta lucha de sobrevivientes entre la extravagancia electoral es Ted Cruz, que para decorar más esa contienda resulta una extraña mezcla cubano-canadiense-norteamericana.
Lo curioso de todo el caso es que, mientras Trump ha recogido todos los dardos de la prensa, Cruz guarda muy escasa distancia en la esencia de sus planteamientos con respecto al magnate sin constituir el mismo apetitoso blanco. Y así el sistema republicano se ha girado hacia Cruz para derrotar al magnate, desconociendo, olímpicamente, que los dos son en esencia casi lo mismo. 
Personalmente yo tendría más miedo a una «Presidencia Cruz», con toda la simbología evangélica de prejuicios que su apellido reserva, que a una «Presidencia Trump», y esto a pesar de que el multimillonario de Bienes Raíces ha tenido la insólita y descarada satisfacción de declarar que acudiría a las torturas de asfixia, conocidas como «waterboarding», de infame memoria de la era Bush, para rendir terroristas, algo insólito a estas alturas del Siglo XXI. Lo verdaderamente preocupante es que muy pocas personas y profesionales de la prensa se han indignado, muy poca gente ha recordado aquella época Bush, y a las despreciables imágenes de Abu Graib, para recordar aquel escándalo y remarcar la bochornosa blasfemia del magnate.
Pero acudir a la tortura no es lo único que desnaturaliza estas primarias republicanas. Que bien pudiera ser este su sucinto resumen:
Misoginia. Insultos. Mentiras. Ataques personales de la más indigna extravagancia. Extremismo. Xenofobia. Asociación con lo peor del período pro-derechos civiles de la población negra de Estados Unidos. Ataques inauditos a todo tipo de minorias, especialmente latinas. Apelación a la violencia y al odio.
Trump no ha dudado en atacar todo lo humano y divino, lo cual lejos de traerle desgracia le ha llevado a situarse en la puntera de la candidatura de «su partido». ¿Sorprendente?
Pues no.
Cruz no se queda atrás. Ahora mismo exige establecer el patrullaje policial de los vecindarios musulmanes. Pero, ¿a qué alude con sus palabras el senador de Texas?
¿Crear los «Comité de Defensa de Cruz»? 
No en balde el actual mandatario norteamericano le ha recordado al candidato republicano sus raíces cubanas, el haber estado recientemente visitando el país ícono de este patrullaje de vigilancia vecinal y señalarle, muy adecuadamente al cubano-canadiense-cualquier-cosa, que su padre era cubano y precisamente emigró de aquel país.
Lo peor de todo esto es que las declaraciones de Cruz suceden a raíz de los atentados de Bruselas. Típica técnica electoralista del más típico estructurado oportunista. Y, nos guste o no Trump, pero tiene razón en llamarle mentiroso a un politiquero de ADN esencialmente enraizado en la mentira.
La idea del patrullaje vecinal es en principios inconstitucional en los Estados Unidos, pero no es descabellado que ocurra. ¿Podemos olvidar los campos de concentración japoneses en ese país durante la II Guerra Mundial? Existieron a contrapelo de la propia Constitución Americana y la existencia de una democracia en aquel país, y sus víctimas no pudieron acudir a ninguna corte y protestar su reclusión. Fue un hecho criminal, ¿se repetirá otra vez?
Un detalle de orden práctico. ¿Cuáles son los vecindarios musulmanes? ¿Tienen algún territorio de exclusividad en América? ¿Es que viven en exclusivas burbujas sociales en ese país como en Bruselas? ¿Guardan algún especial estereotipo que los hace diferentes del «norteamericano normal»? ¿Es que la policía estará en «puntos de chequeo» pidiéndole los documentos de identificación a cualquier persona que tenga la imagen estereotipada del musulmán para encaminarse a su casa, lugar de residencia o reunión? ¿Significará que las autoridades policiales estarán tocando a las puertas de los hogares de cada musulmán, de sus negocios y lugares de encuentro social?
No soy un pro-musulmán, no tengo ninguna simpatía por el islam y sus prácticas religiosas, su cultura y sus estereotipos, que incluyen su misoginia, su odio visceral a la mujer, a la libertad individual, a los valores esenciales que constituyen la piedra fundacional de América. Pero eso es, precisamentre, lo que también están atacando estos dos candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. Es un ataque frontal a los valores democráticos esenciales que hicieron de los Estados Unidos el hogar libre de todos los hombres necesitados del mundo, la tierra de la Libertad, donde la figura enhiesta de bronce y concreto de «Lady Liberty» era la primera imagen de un futuro de prosperidad que saludaba al emigrante, desde ese promontorio de sueños que les prometía America. ¿Ya no lo será más?
Es muy peligroso que un candidato a la nominación presidencial en las próximas elecciones norteamericanas esté proponiendo un mecanismo de vigilancia típico de una sociedad totalitaria para una democracia, mientras critica, precisamente, la falta de democracia del país de origen de su propio padre, ícono mundial de ese mecanismo de vigilancia, que pretende establecer en su patria postiza, un candidato al que ahora se une todo el «establishment» republicano para combatir al otro candidato que propone torturas para combatir el mismo fenómeno.
No solo hay límites a la hipocrecía peligrosa de sus pronunciamientos en el marco de una sociedad democrática, sino también tiene que haber límites jurídicos bien claros a los pronunciamientos de los candidatos a la más alta posición ejecutiva, con claras ventajas legislativas, en su lucha por alcanzar esa posición de poder.
Y aquí no solo está en peligro el carácter esencialmente democrático de ese país, sino el balance de poder en el mundo actual, por el importante papel que los Estados Unidos ejerce en el equilibrio de fuerzas a nivel mundial. Que la democracia americana resbale demasiado a la izquierda – Sanders –, o demasiado a la derecha – Cruz y Trump –, constituiría una premisa de un enorme impacto político en el mundo actual.
Es hora de detener esta locura, aunque el precio que tengamos que pagar sea sufrir a otro Clinton en la Casa Blanca.

Wednesday, March 23, 2016

Tendiendo Puentes

La visita del primer presidente norteamericano a Cuba en más de 80 años ha terminado. La ciudad que fue un fantasma sumida en el silencio, el cerco de seguridad, los arrestos y la práctica paralización de su vida ha vuelto a la normalidad, la normalidad que todos conocemos. Nada ha cambiado, los embargos internos continúan mientras el externo parece languidecer, tardíamente, lento en su camino a la extinción. Comienza a escucharse, tal vez, los acordes tempranos de los «Rolling Stones» y los cubanos prosiguen en sus intentos por escapar, hacia cualquier lado, con el rumbo dirigido siempre hacia el norte.
¿Cuánto ha cambiado Cuba después de Obama o cuánto no ha cambiado?
La prensa castrista se apresura hoy a establecer los mismos paradigmas, el mismo lenguaje, las mismas «razones y argumentos», la misma mistificación del enemigo que casi ayer saludó desde el atrio del «Teatro Tacón», rebautizado tantas veces con otros nombres. Pero todo eso es la reacción colérica o bochornosa al desamparo. Ningún reporte, análisis o comentario podrá opacar lo que es, a todas luces, un momendo inaudito, fugaz, tal vez, pero único en la historia.
¿Qué ha sido lo trascendente durante la visita del Presidente Obama?
Lo resumo en tres momentos importantes: la llegada, la conferencia de prensa después de la conversación con el dictador y las palabras del demócrata frente al silencio de la dictadura.
Preámbulo
Para aquellos que no me leen muchas veces, o nunca, o que por accidente le dieron un pícaro «click» a este enlace y se acercaron a este blog, desearía establecer una premisa. Algunas. Estas son.
No aplaudí con certeza el «deshielo» de aquel 17 de Diciembre del 2014. Tenía razones, y las tengo, para comprender que nada será posible mientras los principales miembros de la dinastía Castro se mantengan en el poder.
Tampoco me convencieron las razones para el ablandamiento del embargo, y las minucias que el régimen castrista le daba como «garantías» a la Administración Obama eran risibles, para decir lo menos.
Como cubano, viviendo en el exilio y considerándome un exiliado, no un emigrante – hay diferencias abismales entre los dos conceptos –, me daba tristeza ver como artistas, celebridades tontas, congresistas y senadores, políticos y lobbistas acudían a La Habana como las moscas acuden a consumir un despojo. Dejábamos de ser la causa para convertirnos en el efecto, en la moda, en el contorno turístico colorido para la foto casual y perlada en las conversaciones consumistas.
Y cuando la Casa Blanca anunció la visita del mandatario americano presentí que llegaba el final de la esperanza. Todo habia terminado.
Hubo un día en que saludé con simpatía y alivio la llegada de Obama al poder, pero también estuvo ese día en que hubiera decidido que mi simpatía se extinguiera y se convirtiera en un mal sueño, la pesadilla de un descalabro nunca ocurrido.
Este ha sido el preámbulo con el que contemplé la llegada del «Air Force One» al aeropuerto «José Martí». Después, todo ha sido historia.
La llegada
Analistas, comentaristas de CNN, cubanos de La Habana, activistas en el exterior, tuiteros y hasta algún escritor mediocre, teleconvertido en «sibila del criollismo», se apuraron a burlarse de Obama o, al menos, de minimizar su estatura al comprobar que, en el húmedo pavimento del aeropuerto habanero, no estaba el dictador Castro esperándole para darle la bienvenida. Parecía una burla al visitante, algunos llegaron a considerarlo una irrespetuosidad, otros intuyeron una intencionada minimización a la visita por parte de las autoridades oficiales cubanas. Podía ser posible, de hecho los acontecimientos de esa noche parecían confirmarlo.
La Habana «lloraba» en su naturaleza, despertando de una primavera que no existe – en Cuba solo tenemos dos estaciones, hasta la naturaleza nos ha privado de un poco de cambio –, las calles estaban artificialmente desiertas. El Malecón, siempre sitio de reunión de cubanos, aun bajo la lluvia y las inclemencias torrenciales de la naturaleza, estaba desierto. Un reportero de CNN comentaba que las medidas de seguridad de las autoridades cubanas eran extremas, que la ciudad parecía un fantasma. Agregaba como minutos antes habia pasado la caravana de autos de Obama y las autoridades policiales cubanas habían detenido a un hombre portando un cartel que decía «Viva Obama, Viva Fidel»; como un par de vecinas empuñando un oscuro paraguas habían intentado salir a la terraza de su casa, frente al Malecón, para saludar al presidente americano y miembros de la Seguridad del Estado las habían conminado a entrar a sus casas.
Las autoridades deseaban establecer un cerco de silencio alrededor de Obama. No querían ninguna muestra de afecto, ni de simpatía. No deseaban que el cubano mostrara su natural condescendecia con su ilustre visitante.
El era «el enemigo», como también lo hemos sido nosotros, los cubanos exiliados.
Para los mediocres, Obama fue tratado como «un embajador de Burundi», o de cualquier otra parte. Pero para mí al Señor Presidente le fue concedido el tratamiento que todo cubano recibe cuando llega a su casa natural por extensión: Cuba.
No somos bienvenidos, no les gusta nuestra palabra y mucho menos nuestra presencia, pero necesitan nuestros bolsillos.
Para mí, Señor Presidente, fue un privilegio verle tratarle como nos han tratado a nosotros, los cubanos. Y eso me hace feliz, no porque sea un gesto grosero, torpe, arrogante y de muy baja estatura intelectual, sino porque nos coloca en el mismo escalón humano, del mismo lado en el conflicto. Desde entonces hemos sido como hermanos, usted y yo. Y como usted yo también he sonreído, con altruismo y humildad, y modestia. Crecimos en la estatura que Martí nos privilegiaba, «de la frente al cielo».
La blasfemia de las autoridades cubanas a su llegada delimita, ante los propios ojos del pueblo de Cuba, de qué parte está cada protagonista de esta historia. Usted, como yo, de la del pueblo; el dictador y su corte, de sus intereses mezquinos.
Era mucho mejor que usted fuera recibido por aquel pavimento gris, húmedo, por aquellos muros de concreto que le saludaban con su vapor en oleadas. Ese era el verdadero representante del pueblo cubano, un pueblo que está mejor representado por esas gotas de lluvia, esa superficie plomiza y agrietada  y aquellos muros de fea estética seudocriolla, que por la aristocracia de sus autoridades. Ya al otro día usted se acercaría al cuartel general, aquel desde el cual su «majestad» le indica con su catalejo a sus tropas qué lugar, qué posición y qué palabra tienen que decir cada pieza en el estricto protocolo social de la Cuba de oficio.
La conferencia de prensa después del encuentro
Terminadas las conversaciones, el invitado y su anfitrión se dirigieron a la prensa. Y ocurrió lo insólito, un momento en la historia de Cuba que muy pocos podrán olvidar.
¿Fue una jugada suya o la casualidad del evento?
No importa lo que fuera. El resultado es que toda Cuba pudo ver qué personaje tienen como «presidente». Un pobre y mediocre tipo que no sabe enfrentar una pregunta – lo de «pobre» me lo perdonan por conmiseración a la figura de anciano de este déspota–; que no sabe articular un argumento; que se esconde en el risible gesto de «no entender» lo que todos oyen por los audífonos, risible justificación de idiotas; que suda, levanta la voz, convierte las palabras en rabia y tartamudea mientras el Presidente de los Estados Unidos mira a su anfitrión, sonriendo, casi con una burla condescendiente dibujada en sus labios.
Tal vez fue tristeza, o desprecio, o las dos cosas. Por supuesto que daba tristeza ver como el que mueve con un dedo los destinos de once millones de cubanos no sabe enfrentar la prensa, no sabe responder, no está acostumbrado a que le interpelen y le cuestionen sus palabras.
Lo trascendental, sin embargo, fue que toda Cuba pudo observar las diferencias entre el político articulado y el capitoste colocado, el estadista y el dictador, el hombre sereno y acostumbrado a rendir cuentas de su pensamiento y hacer, y el mandamás que no cuenta con nadie ni rinde tributo de su trabajo.
Fue un evento manufacturado por el propio presidente norteamericano, como ya dije en otro post. Lo ha hecho en otras ocasiones. Ya, con solo este suceso, la visita del Presidente Obama puede catalogarse de un gran éxito. Algunos dirán y exigirán y pedirán mil otras razones para catalogarlo de éxito, la realidad es que quien tienen que hacer los cambios en Cuba no es el presidente norteamericano, o el Congreso de los Estados Unidos o, incluso, los cubanos exiliados, sino todos los cubanos. Somos nosotros el sujeto del cambio, los demás son facilitadores, pero nada más.
El tributo de la arrogancia
Y entonces llegaron las palabras de Barack Obama al pueblo de Cuba. ¿Cómo catalogarlas?
Trancesdentales. Un discurso ecuánime, balanceado, articulado desde la primera genial línea con el verso martiano de «Cultivo una Rosa Blanca». Por primera vez, en más de cincuenta años, Cuba y los cubanos tuvieron a un presidente frente a sus televisores.
El discurso por sí mismo lo dice todo. En él Obama demuestra cómo actúa un demócrata, sin ocultar las verdades, sin esquivar los conflictos, con honradez pero, sobre todo, con modestia. Hizo la mas grande defensa, que no apología, de la democracia frente a la dictadura y sus representantes. Sin gritar, sin alzar la voz, con argumentos.
Demostró algo aún más importante, que un presidente americano – que hasta ese mismo día habia sido catalogado de «enemigo», y hoy prosiguen con esa mistificación, la idiotez es incurable – es capaz de demostrar la superioridad de un sistema con argumentos y reconociendo las bondades de su contraparte para señalarle sus flaquezas, y sin decírselo. La diplomacia es el instrumento intelectual para que el contrario comprenda sus errores sin tener que enumerarlos. Y eso hizo Obama. Todas sus palabras son un ejercicio del discurso positivo, nunca de la critica negativa y la condena.
Dejémoslo claro, esto no le ha gustado a algunos cubanos exiliados que querían, y pretendían, que el presidente americano «cantara las cuarenta» allí, en la misma casa del tirano. Tal vez por estar tanto tiempo lejos, o por la pasión política que nos hace muchas veces que nuestra inteligencia sucumba a las emociones, nos olvidamos que Obama, y nosotros mismos, somos visitantes en aquella casa. No hubiera sido inteligente o útil, no fuera de la trascendencia que es hoy, que el presidente condenara o impusiera una crítica en sus palabras. Lo trascendental del discurso es que lo dijo todo sin necesidad de entonar esas palabras.
Mucho más. Hizo el más grande elogio del exilio cubano, y de Miami, frente por frente a un auditorio que era totalmente hostil, y frente a frente al dictador y uno de los protagonistas causantes de ese exilio. Y lo hizo de manera articulada, sobria, pero contundente. Sin expresar hostilidad y tocando las fibras íntimas de los cubanos. Tal vez esta haya sido la parte más hiriente para la dictadura y sus protagonistas, y es tal vez por eso que la prensa hoy se lanza hostil sobre las palabras de Obama para recapturar a su habitual oyente. Pero es tarde, ha ocurrido el evento más importante y su actor principal fue… un presidente norteamericano.
Los cubanos pudieron constactar, sin intermediarios, que hoy el enemigo no está del otro lado, sino entre sus filas. Si algo valió la pena sufrir ha sido esta visita y ese momento. Algunos dirán que la memoria es corta y la realidad olvidará los hechos. Nadie puede pretender que una visita de dos días haga cambiar un país, provoque un cataclismo polático y ejecute un cambio.
Obama no fue el Reagan que mandó a derrumbar el muro. Sus palabras no fueron para el gobierno, sino para los cubanos. Y aunque hable de restaurar las relaciones con las autoridades cubanas, la realidad es que su visita tenía como objetivo restablecer las relaciones con el pueblo de Cuba. Y estoy seguro que lo ha logrado. Es muy dificil no oir con respeto y admiración lo que este hombre les dijo a todos. Su discurso fue una inteligente y audaz pieza de oratoria. Cuba pudo ver un político con carisma, que sabe argumentar con decencia y humildad, que reacciona con la inteligencia los insultos, que conmueve y sabe conmover, que habla de lo general y argumenta en lo particular, que es locuaz, simpático, que reacciona con soltura a la broma y la risa, que no es arrogante ni espera con especial celo el aplauso. No es ni el demagogo ni el caudillo, es el Presidente.
Y por eso el silencio de aquella sala, especialmente entrenada para callar y no aplaudir, es el tributo de la arrogancia a la modestia.
¿Algo más queda por decir?
Muchísimo, pero mejor que todas los análisis y criterios son las propias palabras del Presidente Obama. Les sugiero que las lean.

Tuesday, March 22, 2016

Barack Obama: Cultivo una Rosa Blanca

He decidido reproducir íntegramente el discurso del Presidente de los Estados Unidos. Está de más decir que es histórico, y si de alguna forma tuviera que catalogarlo con una frase, lo llamaría «Tendiendo Puentes». Al pueblo de Cuba, al pueblo.
Hay algunos cubanos que la visita no les ha hecho feliz. Hay otros que tienen tanto odio contra Obama que ni siquiera le prestan su intelecto a leer la magnífica pieza oratoria del presidente. En lo personal pensé, y lo expresé en el blog, que era una mala idea. Rectificar es de sabios. Hoy, en vista de los resultados, pienso que fue útil, pero de analizar la visita o las palabras del presidente no se trata este post, lo haré en el próximo, dejemos entonces que Obama hable por sí mismo:

Presidente Castro, pueblo de Cuba:
Muchas gracias por la cálida acogida que hemos recibido yo, mi familia y mi delegación. Es un honor extraordinario estar hoy aquí. Antes de empezar, permítanme por favor, quiero comentar sobre los ataques terroristas que tuvieron lugar en Bruselas.
Los pensamientos y las oraciones del pueblo de Estados Unidos están con el pueblo de Bélgica. Somos solidarios con ellos, condenando estos indignantes ataques contra personas inocentes. Haremos todo lo que sea necesario para apoyar a nuestro amigo y aliado, Bélgica, para llevar ante la justicia a los responsables, y este es otro recordatorio más de que el mundo debe estar unido.
Debemos cerrar filas, al margen de nacionalidad, raza o creencias religiosas, en la lucha contra este flagelo del terrorismo. Podemos derrotar, y derrotaremos, a aquellos que amenazan nuestra seguridad y la de las personas en todo el mundo.
Al Gobierno y al pueblo de Cuba quiero agradecerles la amabilidad que han demostrado hacia mí, hacia Michelle, Malia, Sasha, mi suegra, Marian.
 “Cultivo una rosa blanca”. En su más célebre poema José Martí hizo esta oferta de amistad y paz tanto a amigos como enemigos. Hoy, como Presidente de Estados Unidos de América yo le ofrezco al pueblo cubano el saludo de paz.
La Habana está a solo 90 millas de la Florida, pero para llegar aquí tuvimos que recorrer una larga distancia, por encima de barreras históricas, ideológicas, de dolor y separación. Las azules aguas bajo el Air Force One, fueron una vez surcadas por acorazados hacia esta isla para liberar a Cuba, pero también para ejercer control sobre ella.
Esas aguas también fueron surcadas por generaciones de revolucionarios cubanos hacia Estados Unidos, donde recabaron apoyo para su causa. Y esa corta distancia ha sido cruzada por cientos de miles de exiliados cubanos, en aviones y balsas rústicas, quienes vinieron a Estados Unidos en busca de libertad y oportunidades, a veces dejando atrás todo lo que tenían y a todos sus seres queridos. Como tantos, en nuestros dos países.
Toda mi vida se ha desenvuelto en una era de aislamiento entre nosotros. La revolución cubana tuvo lugar en el mismo año en que mi padre emigró a Estados Unidos desde Kenya. Bahía de Cochinos tuvo lugar en el año en que yo nací. Al año siguiente el mundo entero quedó en suspenso observando a nuestros dos países mientras la Humanidad se acercaba más que nunca antes al horror de una guerra nuclear.
Con el paso de las décadas nuestros Gobiernos se quedaron estancados en una confrontación aparentemente interminable, librando batallas a través de terceros. En un mundo que se rehizo a sí mismo una y otra vez, el conflicto entre Estados Unidos y Cuba era una constante. Yo he venido aquí a enterrar los últimos remanentes de la Guerra Fría en las Américas. Yo he venido aquí a extender una mano de amistad al pueblo cubano.
Quiero ser claro: las diferencias entre nuestros Gobiernos al cabo de tantos años son reales, y son importantes. Estoy seguro de que el presidente Castro diría lo mismo. Lo sé, porque he escuchado y abordado esas diferencias en profundidad. Pero antes de discutir esos problemas, también tenemos que reconocer cuantas cosas compartimos porque, en muchas formas, Estados Unidos y Cuba son como dos hermanos que han estado distanciados por muchos años, aunque llevemos la misma sangre.
Ambos vivimos en un Nuevo Mundo colonizado por europeos. Cuba, como Estados Unidos, fue en parte fundada por esclavos traídos de África. Como el de Estados Unidos, el pueblo cubano puede trazar sus ancestros hasta esclavos y dueños de esclavos. Ambos acogimos a inmigrantes que vinieron de muy lejos para empezar una nueva vida en las Américas. A lo largo de los años nuestras culturas se han entremezclado. La labor del Dr. Carlos Finlay en Cuba allanó el camino para generaciones de médicos, entre ellos Walter Reed, que se basó en el trabajo del Dr. Finlay para ayudar a combatir la fiebre amarilla.
Tal como Martí escribió su obra más famosa en Nueva York, Ernest Hemingway hizo de Cuba su hogar y encontró inspiración en las aguas de estas costas. Compartimos el mismo pasatiempo nacional: la pelota. Y hoy mismo, más tarde, nuestros jugadores van a competir en el mismo terreno habanero donde jugara Jackie Robinson antes de debutar en las Grandes Ligas. Y se dice que nuestro más grande boxeador, Mohamed Alí, rindió tributo una vez a un cubano con el que nunca pudo pelear, diciendo que lo más que podía alcanzar era un empate con ese gran cubano, Teófilo Stevenson.
Así que aun cuando nuestros Gobiernos devinieron adversarios, nuestros pueblos compartían estas pasiones comunes, particularmente con la llegada a Estados Unidos de tantos cubanos. En Miami o La Habana usted puede encontrar lugares donde bailar cha-cha-cha o salsa; donde comer “ropa vieja”; la gente en nuestros dos países ha cantado con Celia Cruz, Gloria Estefan, y ahora escuchan el reggaetón de Pitbull.
Millones de los nuestros tienen una misma religión, una fe a la que yo he rendido tributo en la Ermita de la Caridad de Miami, la paz que los cubanos encuentran en La Cachita.
A pesar de nuestras diferencias, cubanos y estadounidenses comparten valores comunes en sus vidas: un sentido de patriotismo y de orgullo, un gran orgullo; un profundo amor a la familia; pasión por nuestros hijos; un compromiso con su educación. Y es por eso que creo que nuestros nietos mirarán este período de aislamiento como una aberración, y apenas un capítulo en una historia más larga de familiaridad y amistad.
Pero no podemos ni debemos ignorar las diferencias reales que tenemos, acerca de cómo organizamos nuestros Gobiernos, nuestras economías y nuestras sociedades. Cuba tiene un sistema de partido único; Estados Unidos es una democracia multipartidista. Cuba tienen un modelo económico socialista; Estados Unidos uno de mercado abierto. Cuba ha enfatizado el papel y los derechos del Estado; Estados Unidos fueron fundados en los derechos de la persona individual.
A pesar de estas diferencias, el 17 de diciembre del 2014 el presidente Castro y yo anunciamos que Estados Unidos y Cuba comenzarían un proceso de normalización de las relaciones entre nuestros países.
Desde entonces, hemos establecido relaciones diplomáticas y abierto embajadas. Hemos puesto en marcha iniciativas para cooperar en la salud y la agricultura, la educación y la aplicación de la ley. Hemos llegado a acuerdos para restaurar los vuelos y el servicio de correo directo. Hemos ampliado los lazos comerciales, e incrementado la capacidad de los estadounidenses para viajar a Cuba y hacer negocios aquí.
Y estos cambios han sido bien recibidos, a pesar de que todavía hay quienes se oponen estas políticas. Pero aún así, muchas personas en ambos lados de este debate se han preguntado: “¿Por qué ahora?" "¿Por qué ahora?”.
La respuesta es simple: Lo que Estados Unidos estaba haciendo no estaba funcionando. Tenemos que tener el valor de reconocer esa verdad. Una política de aislamiento diseñada para la Guerra Fría tenía poco sentido en el siglo XXI. El embargo sólo estaba perjudicando al pueblo cubano en lugar de ayudarlo. Y yo siempre he creído en lo que Martin Luther King, Jr. llamó "la feroz urgencia del ahora": No debemos temer al cambio, debemos abrazarlo.
Esto me conduce a una razón mayor y más importante de estos cambio. Creo en el pueblo cubano. Creo en el pueblo cubano. Esto no es sólo una política de normalización de las relaciones con el Gobierno cubano. Estados Unidos de América están normalizando sus relaciones con el pueblo cubano.
Y hoy, quiero compartir con ustedes mi visión de lo que puede ser nuestro futuro. Quiero que el pueblo cubano –especialmente los jóvenes– entiendan por qué creo que ustedes deben ver el futuro con esperanza; y no es la falsa promesa que insiste en que las cosas son mejores de lo que realmente son, o el optimismo ciego que dice que todos sus problemas podrán desaparecer mañana. Es una esperanza que tiene sus raíces en el futuro que ustedes pueden elegir, y pueden conformar, y pueden construir para su país.
Yo tengo esa esperanza porque creo que el pueblo cubano es tan innovador como cualquier otro pueblo del mundo.
En una economía global, impulsada por las ideas y la información, el mayor recurso de un país es su gente. En Estados Unidos, tenemos un claro monumento a lo que el pueblo cubano es capaz de construir: se llama Miami. Aquí en La Habana, vemos ese mismo talento en los cuentapropistas, las cooperativas, los autos antiguos que todavía ruedan. El cubano Inventa del aire.
Cuba cuenta con un extraordinario recurso: un sistema de educación que valora a cada niño y cada niña. Y en los últimos años, el Gobierno cubano ha comenzado a abrirse al mundo, y a abrir aún más espacio para que el talento florezca. En pocos años, hemos visto como los cuentapropistas pueden salir adelante, mientras conservan un espíritu netamente cubano. Ser trabajador por cuenta propia no significa ser más como Estados Unidos, significa ser uno mismo.
Miren a Sandra Lídice Aldama, que decidió comenzar un pequeño negocio. Los cubanos, dice, podemos "innovar y adaptar sin perder nuestra identidad... nuestro secreto está en no copiar o imitar sino, simplemente, en ser nosotros mismos".
Es ahí donde comienza la esperanza: con la posibilidad de ganarse la vida y construir algo de lo que uno pueda estar orgulloso. Es por eso que nuestras políticas se centran en el apoyo a los cubanos, y no en hacerles daño. Es por eso que nos deshicimos de los límites en las remesas: para que los cubanos tengan más recursos. Es por eso que estamos alentando los viajes, que construirán puentes entre nuestros pueblos, y traerán más ingresos a las pequeñas empresas cubanas. Es por eso que hemos ampliado el espacio para el comercio y los intercambios, de modo que los estadounidenses y los cubanos puedan trabajar juntos para encontrar curas a las enfermedades, y crear puestos de trabajo, y abrir las puertas a más oportunidades para el pueblo cubano.
Como Presidente de Estados Unidos, he exhortado a nuestro Congreso a levantar el embargo. Es una carga obsoleta sobre el pueblo cubano. Es una carga para los estadounidenses que quieren trabajar y hacer negocios o invertir aquí en Cuba. Es hora de levantar el embargo. Pero incluso si se levantara el embargo mañana, los cubanos no se darían cuenta de su potencial sin una continuidad de los cambios aquí en Cuba.
Debiera ser más fácil abrir un negocio aquí en Cuba. Un trabajador debiera poder conseguir un trabajo directamente con las empresas que invierten aquí en Cuba. Dos monedas no deben separar el tipo de salarios que los cubanos pueden ganar. Internet debe estar disponible en toda la isla, para que los cubanos puedan conectarse con el resto del mundo y con uno de los grandes motores del crecimiento en la historia humana. Estados Unidos no limita la capacidad de Cuba para tomar estas medidas. Depende de ustedes. Y puedo decirles como amigo que en el siglo XXI la prosperidad sostenible depende de la educación, la salud, y la protección del medio ambiente. Pero también depende del intercambio libre y abierto de ideas. Si uno no puede acceder a la información en línea, si no puede estar expuesto a diferentes puntos de vista, no alcanzará su máximo potencial. Y con el tiempo, la juventud va a perder la esperanza.
Sé que estos son temas sensibles, sobre todo viniendo de un presidente estadounidense. Antes de 1959, algunos americanos veían a Cuba como algo que explotar, ignoraban la pobreza, facilitaban la corrupción. Y desde 1959, hemos estado boxeando con nuestras sombras en esta batalla de la geopolítica y las personalidades. Conozco la historia, pero me niego a ser atrapado por ella.
He dejado claro que Estados Unidos no tiene ni la capacidad, ni la intención de imponer un cambio en Cuba. Cualquier cambio que venga dependerá del pueblo cubano. No les vamos a imponer nuestro sistema político o económico. Reconocemos que cada país, cada pueblo, debe trazar su propia ruta y dar forma a su propio modelo. Pero después de haber eliminado de nuestra relación la sombra de la historia, debo hablar con honradez acerca de las cosas en que yo creo: las cosas en las que nosotros, como estadounidenses, creemos. Como dijo Martí, "La libertad es el derecho de todo hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía".
Así que, déjenme decirles en qué creo. No puedo obligarles a estar de acuerdo conmigo, pero ustedes deben saber lo que pienso. Creo que cada persona debe ser igual ante la ley. Todos los niños merecen la dignidad que viene con la educación y la atención a la salud, y comida en la mesa y un techo sobre sus cabezas. Creo que los ciudadanos deben tener la libertad de decir lo que piensan sin miedo de organizarse y criticar a su Gobierno, y de protestar pacíficamente; y que el Estado de Derecho no debe incluir detenciones arbitrarias de las personas que ejercen esos derechos. Creo que cada persona debe tener la libertad de practicar su religión en paz y públicamente. Y, sí, creo que los electores deben poder elegir a sus gobiernos en elecciones libres y democráticas.
No todo el mundo está de acuerdo conmigo en esto. No todo el mundo está de acuerdo con el pueblo estadounidense acerca de esto. Pero yo creo que los Derechos Humanos son universales. Creo que son los derechos del pueblo estadounidense, del pueblo de Cuba, y de las personas en todo el mundo.
Ahora bien, no es ningún secreto que nuestros Gobiernos están en desacuerdo sobre muchos de estos asuntos. He sostenido conversaciones francas con el presidente Castro. Durante muchos años, él ha señalado las fallas en el sistema americano: la desigualdad económica; la pena de muerte; la discriminación racial; guerras en el extranjero. Eso es sólo una muestra. Él tiene una lista mucho más larga. Pero esto es lo que el pueblo cubano necesita comprender: yo estoy abierto a ese debate público y al diálogo. Es bueno. Es saludable. No le temo.
Tenemos demasiado dinero en la política estadounidense. Sin embargo, en Estados Unidos, todavía es posible para alguien como yo –un niño que fue criado por una madre soltera, un niño mestizo que no tiene mucho dinero– aspirar al más alto cargo de la tierra y ganarlo. Eso es lo que es posible en Estados Unidos.
Tenemos desafíos de discriminación racial –en nuestras comunidades, en nuestro sistema de justicia criminal, en nuestra sociedad– un legado de la esclavitud y la segregación. Pero el hecho de que tengamos debates abiertos dentro de la propia democracia estadounidense es lo que nos permite mejorar.
En 1959, el año en que mi padre se trasladó a Estados Unidos, en muchos estados americanos era ilegal que se casara con mi madre, que era blanca. Cuando empecé la escuela, todavía estábamos luchando por eliminar la segregación en las escuelas de todo el sur de Estados Unidos. Pero las personas se organizaron; protestaron; debatieron estos temas; desafiaron a los funcionarios del gobierno. Y debido a esas protestas, y debido a esos debates, y debido a la movilización popular, es que yo puedo estar aquí hoy, un afroamericano, presidente de Estados Unidos. El que pudiéramos lograr un cambio se debió a las libertades que disfrutamos en Estados Unidos.
No estoy diciendo que sea fácil. Todavía hay enormes problemas en nuestra sociedad. Pero la manera que tenemos para resolverlos es la democracia. Así es como obtuvimos atención de salud para más estadounidenses. Así es como hemos hecho grandes avances en los derechos de la mujer y los derechos de los homosexuales. Así es como atendemos la desigualdad que concentra tanta riqueza en los estratos superiores de nuestra sociedad. Gracias a que los trabajadores pueden organizarse y la gente común tener una voz, la democracia estadounidense ha dado a nuestra gente la oportunidad de realizar sus sueños y disfrutar de un alto nivel de vida.
Ahora bien, todavía nos quedan algunas peleas difíciles. No siempre es bonito el proceso de la democracia. A menudo es frustrante. Lo pueden ver en las elecciones que tenemos allá. Pero deténganse un momento y consideren este hecho: en la campaña electoral estadounidense que está teniendo lugar en este momento hay dos cubanoamericanos del Partido Republicano, compitiendo contra el legado de un hombre negro que es Presidente, mientras aducen ser la mejor persona para vencer al candidato demócrata que, o bien va a ser una mujer, o un socialdemócrata. ¿Quién lo hubiera creído en 1959? Esa es una medida de nuestro progreso como democracia.
Así que aquí está mi mensaje para el Gobierno de Cuba y el pueblo cubano: los ideales que son el punto de partida de toda revolución –la revolución americana, la revolución cubana, los movimientos de liberación en todo el mundo– esos ideales encuentran su expresión más auténtica, creo yo, en una democracia. No porque la democracia estadounidense sea perfecta, sino precisamente porque no lo somos. Y nosotros –como todos los países– necesitamos para cambiar el espacio que la democracia nos da. Ella da a los individuos la capacidad de ser catalizadores para pensar en nuevas formas, y reimaginar cómo debe ser nuestra sociedad, y hacerse mejores.
Ya está teniendo lugar una evolución dentro de Cuba, un cambio generacional. Muchos sugerían que viniera aquí y le pidiera al pueblo de Cuba que echara abajo algo, pero estoy apelando a los jóvenes cubanos, que son los que van a levantar algo, a construir algo nuevo. El futuro de Cuba tiene que estar en las manos del pueblo cubano.
Y al presidente Castro –a quien le agradezco estar aquí hoy– quiero que sepa, creo que mi visita aquí demuestra, que no tiene por qué temer una amenaza de Estados Unidos. Y teniendo en cuenta su compromiso con la soberanía y la autodeterminación de Cuba, también estoy seguro de que no tiene por qué temer a las voces diferentes del pueblo cubano, y su capacidad de expresarse, reunirse, y votar por sus líderes. De hecho, tengo una esperanza para el futuro porque confío en que el pueblo cubano tomará las decisiones correctas.
Y como ustedes, también estoy seguro de que Cuba puede seguir desempeñando un papel importante en el hemisferio y en todo el mundo, y mi esperanza, es que pueda hacerlo como socio de Estados Unidos.
Hemos desempeñado roles muy diferentes en el mundo. Pero nadie debería negar el servicio que miles de médicos cubanos han prestado a los pobres y los que sufren. El año pasado, trabajadores de la salud estadounidenses –y militares de EEUU– trabajaron codo a codo con los cubanos para salvar vidas y acabar con el Ébola en África Occidental. Creo que deberíamos continuar teniendo esa clase de cooperación en otros países.
Hemos estado en el lado opuesto de muchos conflictos en el continente americano. Pero hoy en día, los estadounidenses y los cubanos están sentados juntos en la mesa de negociación, y estamos ayudando a los colombianos a resolver una guerra civil que se ha prolongado durante décadas. Ese tipo de cooperación es bueno para todos. Brinda esperanza a todos en este hemisferio.
Tomamos diferentes caminos en nuestro apoyo al pueblo de Sudáfrica para la abolición del apartheid. Pero el presidente Castro y yo pudimos estar al mismo tiempo en Johannesburgo para rendir homenaje al legado del gran Nelson Mandela.
Y al examinar su vida y sus palabras, estoy seguro de que ambos nos damos cuenta de que tenemos más trabajo por hacer para promover la igualdad en nuestros propios países: para reducir la discriminación de las razas en nuestros propios países. Y en Cuba, queremos que nuestro compromiso ayude a levantarse a los cubanos de ascendencia africana, que han demostrado que no hay nada que no puedan lograr cuando se les da la oportunidad.
Hemos sido parte de diferentes bloques de naciones en el hemisferio, y vamos a seguir teniendo profundas diferencias sobre las maneras de promover la paz, la seguridad, las oportunidades y los Derechos Humanos. Pero a medida que se normalicen nuestras relaciones, creo que podremos ayudar a fomentar un mayor sentido de unidad en las Américas. Todos somos americanos.
Desde el inicio de mi mandato, he instado a la gente en las Américas a dejar atrás las batallas ideológicas del pasado. Estamos en una nueva era. Sé que muchos de los problemas de los que he hablado carecen del drama del pasado. Y sé que parte de la identidad de Cuba es su orgullo de ser una pequeña nación insular capaz de defender sus derechos, y estremecer al mundo. Pero también sé que Cuba siempre se destacará por el talento, el trabajo duro, y el orgullo del pueblo cubano. Esa es su fuerza. Cuba no tiene que ser definida por ser adversario de Estados Unidos, más de lo que Estados Unidos deben ser definidos por ser adversarios de Cuba. Tengo esa esperanza para el futuro debido a la reconciliación que está teniendo lugar en el pueblo cubano.
Sé que algunos cubanos en la isla pueden tener la sensación de que los que se fueron de alguna manera apoyaron el viejo orden en Cuba. Estoy seguro de que hay una narrativa que perdura aquí, y que sugiere que los exiliados cubanos pasaron por alto los problemas de la Cuba pre-revolucionaria, y rechazaron la lucha por construir un nuevo futuro. Pero hoy les puedo decir que muchos exiliados cubanos guardan recuerdos de una dolorosa –y, a veces violenta– separación. Ellos aman a Cuba. Una parte de ellos todavía considera que este es su verdadero hogar. Es por eso que su pasión es tan fuerte. Es por eso que su dolor es tan grande. Y para la comunidad cubanoamericana que he llegado a conocer y respetar, no se trata sólo de política. Se trata de la familia: el recuerdo de una casa que se perdió; el deseo de reconstruir un vínculo roto; la esperanza de un futuro mejor; la esperanza del retorno y la reconciliación.
A pesar de las políticas, las personas son personas, y los cubanos son cubanos. Y he venido aquí –he viajado esta distancia– sobre un puente que fue construido por cubanos a ambos lados del estrecho de la Florida. Primero llegué a conocer el talento y la pasión de los cubanos en Estados Unidos. Y sé cómo han sufrido algo más que el dolor del exilio: también saben lo que es ser un extraño, y pasar trabajos, y trabajar más duro para asegurarse de que sus hijos puedan llegar más lejos en América.
Así que la reconciliación de los cubanos –los hijos y nietos de la revolución, y los hijos y nietos del exilio– es fundamental para el futuro de Cuba.
Uno lo ve en Gloria González, que viajó aquí en 2013, por primera vez después de 61 años de separación, y fue recibida por su hermana, Llorca. "Tú me reconociste, pero yo no te reconocí a ti", dijo Gloria después de abrazar a su hermana. Imagínese eso, después de 61 años.
Se ve en Melinda López, que llegó a la antigua casa de su familia. Y mientras caminaba por las calles, una anciana la reconoció como hija de su madre, y se puso a llorar. La llevó a su casa y le mostró un montón de fotos que incluían algunas de Melinda cuando era una bebé, que su madre le había enviado hacía 50 años. Melinda diría más tarde: "Muchos de nosotros estamos recuperando tanto ahora".
Se ve en Cristian Miguel Soler, un joven que fue el primero de su familia en viajar aquí después de 50 años. Y al encontrarse con sus familiares, por primera vez, dijo: "Me di cuenta de que la familia es la familia, sin importar la distancia entre nosotros".
A veces los cambios más importantes comienzan en lugares pequeños. Las mareas de la historia pueden dejar a las personas atrapadas en situaciones de conflicto, y exilio, y pobreza. Se necesita tiempo para que esas circunstancias cambien. Pero en el reconocimiento de una humanidad común, en la reconciliación de personas unidas por lazos de sangre y en el creer el uno en el otro, es donde comienza el progreso. En el entendimiento, y el saber escuchar, y el perdón. Y si el pueblo cubano enfrenta el futuro unido, será más probable que los jóvenes de hoy puedan vivir con dignidad y alcanzar sus sueños aquí en Cuba.
La historia de Estados Unidos y Cuba abarca revolución y conflicto; lucha y sacrificio; retribución y, ahora, reconciliación. Es ya hora de dejar atrás el pasado. Ha llegado el momento de que miremos juntos hacia el futuro, un futuro de esperanza. Y no va a ser fácil, y habrá adversidades. Tomará tiempo. Pero mi tiempo aquí en Cuba renueva mi esperanza y mi confianza en lo que el pueblo cubano puede hacer. Podemos hacer este viaje como amigos, y como vecinos, y como familia: juntos. Sí se puede.
Muchas gracias.

Nota: La foto y la transcripción del discurso de Obama la he tomado de «MartiNoticias». He eliminado los señalamientos de [aplausos] por ser irrelevantes. De la misma forma, he colocado en negritas aquellas partes del discurso que pronunció en español.

Monday, March 21, 2016

La trampa de Obama a Castro

En un momento inédito, y por primera vez en la historia, los cubanos han podido ver cómo era interpelado el dictador por un periodista extranjero y perder la compostura, mostrarse nervioso y montar en cólera y malamente articular una bochornosa respuesta que ha hecho la delicia en los medios de prensa internacionales. La foto ha recorrido el mundo y es, con toda certeza, una jugada astuta ejecutada y, casi puedo afirmarlo, planificada por el mismo presidente norteamericano, Barack Obama.
En varias ocasiones Obama ha bromeado diciendo que le gustan las ruedas de prensa, pero lo cierto es que en múltiples ocasiones el presidente ha utilizado esos momentos en sus giras internacionales cuando quiere poner a prueba regímenes totalitarios.
Lo hizo en China en el 2013, concediéndole una pregunta a Xi Jinping, justo después de que el gobierno de Pekín había expulsado a un reportero del «The New York Times», el mismo tipo de traspiés que le ejecutó hoy a Castro. Lo hizo en Etiopía, el año pasado, cuando obligó al primer ministro etíope, famoso por encarcelar periodistas y reporteros, permanecer junto a él mientras hablaba sobre los antecedentes de ese país en materia de derechos humanos. Y lo hizo hoy en La Habana cuando, con toda intención, él mismo, en su palabra, le redirigió la pregunta sobre los presos políticos del periodista incómodo al dictador.
Es un hecho inédito, y es casi un hito histórico, el papelazo del nervioso y molesto Castro frente al pueblo de Cuba. Como afirma el dicho popular: a confesión de parte, relevo de pruebas:
Raúl Castro: «Dame la lista de los presos políticos y antes de la noche estarán sueltos»
Por supuesto, todos sabemos que Castro II nunca ha sido un hábil interlocutor político, ni un discursero y agitador de masas. Fue siempre lo que es, un cabo de cuartel con grados de general y en el asiento de dictador, hoy. Pero por esta foto, y por ese momento, el viaje de Obama puede catalogarse de un rotundo éxito.
Y es un éxito del señor Presidente de los Estados Unidos porque, sin lugar a dudas, ese instante fue de su factura personal. ¡No les quepa la menor duda!

Sunday, March 20, 2016

Unas notas al margen del arribo de Obama a Cuba

Un día lluvioso. Es fácil, casi una cursileria literaria decir que la naturaleza lloraba, por eso me resguardo de afirmarlo. Lo escribo por la presencia de los paraguas, que me hacían recordar a aquellos que en Hong Kong lo usaban mientras protestaban contra las autoridades chinas de ese antiguo enclave inglés.
¿Un guiño de la naturaleza?
¿También un guiño el que el dictador no haya acudido a recibir al aeropuerto a Obama y su familia?
¿Una descortesía provocadora?
Por CNN los comentaristas hablaban de que el cubano común, el de Cuba, se sorprenderían de no ver acudir a Castro al aeropuerto. Tal vez para los cubanos de la desmemoria, pero para mi fue un alivio, una muy personal alegría de que al Presidente de los Estados Unidos lo hubiera recibido una muy pequeña comitiva, y que Cuba estuviera representada por ese pavimento gris, húmedo de esas «lágrimas naturales» que descolorían la tarde cubana.
Obama llegó como lo hacemos muchos cubanos. Con su familia, sin que ningún alto oficial nos reciba. Tomar su auto y, sí, una larga hilera de autos perseguirlo en su trayecto a su temporal morada; como también es la nuestra cuando regresamos.
¡Todo un símbolo!
No se preocupe, Presidente, así lo hacemos muchos cubanos que no somos bienvenidos por el dictador, que no les agrada nuestra palabra y mucho menos nuestra presencia, pero que acude veloz a nuestros bolsillos para sostener su sobrevida.
Tal como le pasa a usted.
¿A quién tendremos que agradecer este «milagro»?
¿A Dios? ¿A los poderes sobrehumanos de algo divino o al capricho de ese que se momifica en algún «punto cero»?
No importa. Ese pavimento gris, esas nubes oscuras, la humedad, el calor, las grietas y el edificio austero son más representativos de Cuba que la oficialidad que mañana lo saludará en el «palacio de gobierno».
Sí, me alegro mucho, casi me siento feliz de que usted, Señor Presidente, haya llegado a Cuba de esta muy sencilla y modesta forma, y sentir que, aunque ese punto del planeta nos pertenece a todos los cubanos, hay un grupo de ellos que la tienen secuestrada, aun en contra de nuestra propia pertenencia.

A propósito de Sanders y Trump

No se si son coincidencias, pero son tres ya las personas que me han escrito, de una forma u otra, por Twitter o por email, para que hable de Sanders. A las tres les he dicho lo mismo: Sanders no me preocupa porque ese tipo no saldrá nunca elegido presidente de los Estados Unidos.
Dejémoslo claro, Sanders es un fenómeno más preocupante y desestabilizador que Trump, y también más peligroso. No solo por la inexperiencia del hombre de Vermont, especialmente demostrada en sus declaraciones sobre qué no debe hacer los Estados Unidos en política exterior, lo que demuestra que este «socialista» es el Caballo de Troya que el castrismo estaría feliz de tener en la Casa Blanca. Y con el castrismo, el chavismo, madurismo, correismo, moralismo y todos los itsmos.
Pero peligroso también por la política interior que el personaje desearía instaurar en los Estados Unidos, un país que no se debe darse el «lujo» de intentar ningún socialismo, el que fuere.
Una de las tres personas me llegó a decir que «atacar a Trump es fácil… pero para hacerlo con Sanders hay que ser astuto». Totalmente en desacuerdo.
Sanders es la presa mas fácil de explicar y enfrentar en cualquier argumento, pero de ahí no parte mi indiferencia a abordar este accidente, que solo puede ser entendido  en la sociedad americana conociendo a quiénes les resulta «simpático» el personaje, suerte de «Einstein en calzoncillos» – entiéndanlo bien, por su parecido físico al viejo cientifico –. Estudiantes, jóvenes, gente que necesita acceder a la educación sin pagar un centavo, blanquitos que no quieren sudar el fondillo como sus padres para levantar su propio futuro con su trabajo, y también algunas perlas del «intelecto artístico» que ganan millones sin haber asistido ni a un college, algo muy tradicional en Hollywood.
Sanders no presenta ningún peligro para el sistema Demócrata porque ese partido está mucho mejor preparado para enfrentar los candidatos indeseables a sus intereses. Entiéndase bien, búsquese el significado de lo que son los «superdelegados» y se darán cuenta que si los republicanos hoy lo tuvieran el «fenómeno Trump» no quitaría tantos sueños y provocara tanto revuelo.
Pero de alguna forma tengo que responder a los que insisten y siguen escribiendo. No acabo de entender por qué no lo hacen ellos mismos, por qué no responden su propias preguntas o invierten sus propias palabras en argumentos.
Por otra parte, los que creen que atacar a Trump, entender ese curioso «accidente» dentro del Partido Republicano es fácil se están equivocando. El problema del magnate va más allá de las simples variables que la gran prensa le ha dedicado, y que alguna sigue ignorando en su totalidad. Trump sobrepasa al sistema, tiene que ver con una reacción de la misma sociedad americana y, especialmente, de la base conservadora entre las huestes republicanas, que tradicionalmente no acuden a las primarias, o no acudían, y que hoy parecen responder al populismo del multimillonario. Pero aun así es mucho más complejo que todo eso.
Hay componentes raciales, hay componentes de xenofobia, hay componentes de desigualdades. Sí, también hay todo eso, como la prensa golpea a Trump, pero no son los únicos componentes ni los esenciales. Hay una reacción a los ocho años de Barack Obama, hay también una pérdida de liderazgo y carisma en el partido, hay falta de autenticidad en las figuras públicas. El carisma no es un componente que se pueda contabilizar, es algo inasible, accidentado, dificil de entender. Trump no es bien parecido, el moño rubio parece un peluquín desordenado, la voz no es agradable, la gestualidad a veces es adocenada y es, para rematar, multimillonario, que a los ojos de un simple trabajador blanco joven sería algo absurdo como para simpatizar con él como su futuro presidente.
Y, sin embargo, Trump causa furor en esos sectores. ¿Cómo entenderlo?
El mensaje. No responder a ningún donante. Lanzar dardos a todos. Salir airoso siempre, aun en los peores contextos sociales. Ser practicamente un «apátrida» dentro de su propio partido. Y, muy importante que se entienda, verlo como el centro absoluto del ataque de todos: prensa, políticos, sistema, caciques republicanos, millonarios y bandidos políticos de las dos partes y, por supuesto, la izquierda toda.
Nada de esto tiene Sanders. El «socialista», sin embargo, a pesar de arremeter contra Wall Street es una máquina de capturar millones de dólares para su campaña, pero su partido ya tiene la respuesta adecuada. Así que, cualquier línea perdida en este oscuro blog sobre Cuba, aun cuando el viejo flatulento le ha dedicado sus malabares laudatorios, no me causa ni el menor de los resquemores ni la simple curiosidad.
Se puede quedar ahí, limpiándose con su papel caro su diarrea política. Así que, por favor, dejen de hacerme solicitudes al respecto: no le dedicaré ni una línea más, ni un minuto de mi tiempo, que es poco.