Sunday, January 31, 2016

Los sacrificados de Keats

El país donde los Derechos Humanos tuvieron su origen fundacional recibe al representante de los Humanos sin Derechos, y le ofrece la bienvenida cómplice a Occidente debajo del mismo arco que simboliza la Democracia. Paris, Ciudad Luz, alumbra al capitoste que oscurece otra ciudad en el Caribe, aquella que un día fue llamada la «Llave del Golfo» y hoy es su candado.
Roma  esconde sus desnudas estatuas  detrás de cajones de madera para recibir al representante de la (in)civilización de la oscuridad, de la ignorancia y el abuso. Esconden las desnudeces marmóreas para exhibir la obscenidad de su cobardia y desverguenza, de su propia debilidad ante el verdugo.
Y en América, ¡qué decimos de América!, un Presidente que pacta su humillación con la bota del enemigo que siempre soñó su sobrevida para tenerlo bajo sus suelas de verdeolivo. Y no harto de concesiones y benevolencias, sediento aún de pactos y humillaciones, acudirá a sus mismas puertas y castillos, a su lecho de moribundo para estrecharle la mano, concederle el perdón, bajar la cabeza, rendirle pleitesía al tirano, bendecir la impudicia, santificar la desverguenza. Hoy acude presuroso a la entrada de la primera mezquita para ofrecer la mejilla, la palma de conseción y hasta su pequeña honrilla en los mismos altares donde se cuece la destrucción de todas las piedras angulares de la civilización occidental, la civilización a la cual repite pertenecer y haber hecho juramentación presidencial.
Y, ¡no atrevernos a olvidar!, en ese mismo país un candidato proclamado «Socialista» denueda espadas con los representantes de la más pura ortodoxia del partidismo establecido dentro de una agrupación que reclama el apellido de Demócrata, y lo van empujando sus mismos íconos «libertarios» hasta arrastrarlo al poder, a las mismísimas puertas de su primer desgobierno. ¡Un «Socialista» en América! ¿Quién lo hubiera soñado? ¿Qué terrible destino se avecina para este mundo en este nuevo siglo? ¿Qué esperar del resto?
De un salto en la misma península, en Europa, en España, se apresuran a imponer a una mafia del mismo ADN totalitario que del otro lado del Atlántico nos ha podrido nuestros pueblos, y «Podemos» se convierte en la tumba de los últimos vestigios de la misma sociedad que fue quebrada por el estalinismo, el terrorismo de estado y las bandas de mercenarios ideológicos de todas las latitudes. ¿Y hablan de Franco? ¿Y recuerdan al fascismo? ¿Por qué no recuerdan también los crímenes comunistas en aquella Barcelona «pasionaria»? ¡Pobre de España si hubiera quedado en manos de la República «pasionaria» de Stalin! ¡Pobre de España si recurva y cae en las garras de los «Podemos»!
Y más al Norte, en ese Canadá que hiela y que acoge con hoteles, reservas federales, dinero de nuestros bolsillos y sudores, aviones militares de traslado, acomodaciones y vestuarios a los miles de desplazados, o supuestos desplazados, con aplauso y mucha onomastia. Vengan, les entregamos nuestras cabezas, ¡degollédnos! ¡Somos sus víctimas!
¡Bienvenidos victimarios!
Me parece ver a Keats reescribiendo sus antiguas odas, preguntándose «¿Quiénes son estos seres que van al sacrificio? ¿Qué pueblo con pacífica ciudadela, erigido en un monte o al lado de un río o de un océano, se vacia de gentes esta pía manana?».
La propia civilización occidental coloca las guadañas en las manos de sus propios verdugos para ser ejecutada en la picota ante la vista de todos. Y todos conceden, y aplauden a los que inspiran crímenes y sharias y fatwās, y códigos rígidos, e islotes de multiculturalismos y obediencia ciega dentro de nuestras propias ciudades y naciones, y acuden a los templos a sembrar los vientres de futuros seguidores de nuestros propios verdugos.
Y así seguimos, autoflagelándonos, entregándonos nosotros mismos a la picota. Aplaudiendo y reclamando benevolencia en labios que nunca la ofrecen.
¡No!, no soy políticamente correcto. ¿Ya lo adivinaron? No quiero  ser esa otra cifra de mañana en el listado de víctimas y muertos, presa de los que ponen bombas y estallan granadas o aterrorizan con armas rusas en bares, conciertos y escuelas en nombre de un Dios de Odio, que dice amar solo a los suyos, a los que le entregan cabeza, alma y hasta su verguenza. O de los que reclaman a las víctimas las razones de ser los provocadores de sus muertes en manos de sus victimarios.
Degolladores de todos los paises, ¡uníos! – dicen nuestros políticos, y corremos a aplaudirnos.
No, Keats, ¡yo no voy a ningún sacrificio!

Thursday, January 28, 2016

1984

En una subrepticia nota de la emisora capitalina «Radio Enciclopedia», la misma conque el régimen «complace» a la alta jerarquía católica en sus transmisiones especiales por los días conmemorativos del almanaque católico, se informó que la editorial «Arte y Literatura», adscrita al Ministerio de Cultuta – no hay ni que mencionar que todas las editoriales cubanas están controladas por el gobierno castrista, pero para si queda alguna duda es bueno repetirlo, ya se sabe, para atajar las malas intenciones y a los idiotas útiles de los que está lleno este mundo – publicará, en el marco de la próxima Feria del Libro, la obra del escritor inglés George Orwell «1984».
La noticia se esparce como si fuera un verdadero suceso, cuando no deja de ser un simple guiño de ironia y cinismo del consejo editorial castrista. Y lo llamo así porque, cuando una decisión de ese tipo se toma, es porque cuenta con toda la aprobación secular de todas las «santas vírgenes» del santuario castrista.
¿Es que es un «verdadero suceso editorial», como lo califican algunos sitios cubanos?
Bueno, digamos que sí. Un libro como el de Orwell que es, sin lugar a dudas, uno de los más despiadados alegatos contra las sociedades totalitarias y la carencia de libertades bajo los sistemas socialistas, tiene que ser un suceso cuando se publica en un país que es el espejo de lo que describe el inglés. Más allá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos cuál será el tamaño de la edición, porque en otras ocasiones también las «vírgenes vestales» del santuario castrista han editado, en el mismo marco de ferias de libros o de festivales de cine, obras cuyo mejor tejido de vida es el propio régimen político de ese país.
Y no ha pasado nada.
Lo que me viene a recordar cómo a veces nosotros mismos, los cubanos, nos «vamos con la de trapo» cada vez que ocurre uno de estos guiños de «flexibilización» con que payasea el régimen cubano, y esperamos que Obama y sus hermanas occidentales no interpreten estas muecas de marionetas como lo que no son, simples amagos publicitarios para atrapar idiotas.
¿Es que no hemos visto antes como se apropian de la propiedad intelectual de aquellos escritores, poetas y autores musicales que fueron esencialmente anticastristas para publicarlos y usarlos, después de muertos, como marionetas de cambio en su rejuego político, y en su marketing de artificio?
Un suceso editorial fuera si, además de publicar «1984», publicaran también de Orwell «Barcelona», donde el mismo autor expone las consecuencias de aquella república española prosoviética y como él mismo casi paga con su vida el paso por las cárceles comunistas de «la pasionaria» estalinista.
Fuera un suceso si, además de ese «1984», la editorial del Ministerio de Cultura publicara, en el marco de esa misma Feria del Libro, algunos de los libros de los intelectuales cubanos de éxito que viven aún en el extranjero, como por ejemplo la cubana Zoe Valdes.
Un gran suceso sería si «La ficción Fidel» de Zoe ocupara un puesto junto al «1984» de Orwell, y el libro de Juan Reinaldo Sánchez, «La vida oculta de Fidel Castro», también estuviera a su lado. O las obras completas de Guillermo Cabrera Infante, o las de un Reinaldo Arenas, entre ellas sus memorias.
Fuera un gran suceso si, además de «1984», los cubanos pudieran disfrutar de las obras de muchos, cientos de artistas cubanos que han vivido, y viven, en el exilio, y que tienen a Cuba como el centro gravitacional de sus vidas y de su talento e inspiración. O que, además de ese libro de Orwell, y acompañando a las obras de los cubanos, también se asomara «Persona non grata» del chileno Jorge Edwards y, por justicia, los poemas de Heberto Padilla, así como su libro de memorias «La mala memoria».
Pero ya sabemos que para que eso suceda tienen que cambiar algunas cosas en Cuba, entre ellas el que los personajes inspiradores de esos libros condenados acaben de morirse, y se vayan con una buena patada para el »reparto bocarriba», que es donde debieran haber estado desde hace mucho tiempo.
Y sería también un  gran suceso si las casas editoriales cubanas dejaran de estar en manos del régimen ni de ningún gobierno local, sino en manos privadas, fueran totalmente independientes del control político e ideológico; que el Ministerio de Cultura no fuera un Ministerio de Control de Censura, como se describe en el propio «1984»; que las organizaciones de prensa y artísticas no fueran Comités de Defensa del Castrismo, como lo es la UNEAC; y que la prensa fuera totalmente independiente del gobierno.
Pero nada de eso lo es así que, lo que pudiera haber sido «un suceso», es solo el guiño escuálido de un régimen que sabe articular muy bien, y sin sonrojo, el marketing de cambio, sin existirlo.
Pura payasada, bandidaje de arte y expropiación de la libertad ajena para vender un teatro de marionetas demasiadas veces ya ensayado.

Monday, January 25, 2016

Yo, tú, él, nosotros, todos y la aldea

Decidió emigrar, pero siguió siendo el mismo. Se levantaba temprano, preparaba un café fuerte, con poca azúcar, y extrañaba la toxicidad de aquel otro, que tenía chícharos u otra cosa desconocida en su química criolla. Le parecía que si se despertaba temprano, encendía la luz de la minúscula cocina y se apresuraba a preparar ese café estaría de regreso en La Habana.
Cuando miraba afuera, sin embargo, el entorno era distinto, y tenía que apresurarse entre semanas por ir a trabajar, ganarse el sustento y la renta, que era bastante alta. En la noche iba a la escuela de inglés, ese idioma distinto e igual a cualquier otro. Todo era distinto, pero también era igual a cualquier otra cosa. Se preocupaba porque las palabras tuvieran el sabor de las antiguas, el acento del criollo de aquella ciudad en que amanecía con una luz dorada y cálida, demasiado.
Quizo olvidar el entorno al que acudían los conocidos, no escuchar más las viejas palabras, el conocido lenguaje, la música, el olor, los aromas del transporte público. Precisaba olvidar, hacerse a la nueva vida, pero estaba enterrado en la vieja, demasiado.
Ahora mismo está nevando. Son como pelotitas de melancólicas lágrimas blancas. El cielo llora en colores, pensó. ¡Qué tontería! De pensar en poesía pasó a pensar en movimientos y cadencias. Cuántas veces alguna cubana lo rechazó por su poesía, querían más de cualquier otra cosa, pero los versos eran como la basura del cuerpo, al menos así se apresuraban a decírselo. Mucho más movimientos, menos palabras. Quejidos, no poemas. ¿Patadas, no versos? Presumo que no era así, pero ya ahora da igual, estamos en el otro borde del tiempo, como si fueramos el doblez del albornoz con que nos cubrimos en la noche. La otra vuelta de la vida, de tu pequeña vida.
En La Habana lo despertaba el escándalo del tráfico bullanguero de Neptuno, que corría presuroso a los pies de la casa de su madre. Una casa demasiado grande, tan grande que el apartamento de hoy cabe en su cuarto. Pero eso tal vez sea un truco de la memoria, que es el enemigo de la felicidad. Aquí el silencio se desgaja como en un abismo, te destroza, te hace añicos en el recuerdo. El café sabe hoy demasiado amargo, se necesita azúcar.
El autobús es otra historia diferente. Ni correr a atraparlo media cuadra antes o después, ni el apretujón donde te puedan robar la cartera y los pocos dólares, ni la música que se te mete en el oído y te lanza la bofetada hasta el infinito, como si los sentidos te abandonaran desde lo alto de tu balcón, allá arriba, en el cielo. El techo de tu casa necesitaba pintura, alto, a los inalcanzables cinco metros de sus despintadas estrellas, con ornamentadas figurinas de principios de siglo XX, desteñidas en blanco y dorados, descascarando su memoria en este otro apartamento enano que recorres en escasos diez segundos. Los metros de añoranza se convierten en segundos de desverguenza. Eres un pobre tipo, te dices mientras ajustas las letras de tu teléfono inteligente.
Hoy todo adminículo es tan inteligente o mucho más que tu cabeza. El celular, la computadora, el autobús que te da los buenos días cuando se detiene en la acristalada parada y te repite, culposo por tu imbecilidad terrestre, hacia dónde marcha, qué es y para qué sirve, los bancos, las tiendas electrónicas, elevadores y escaleras, urinarios y tendederas eléctricas, si te descuidas hasta el cenicero te pide que deseches su ceniza a una hora determinada de la tarde, en el punto preciso y de la forma necesaria. Eres peor que ese cenicero.
La cama la dejas sin hacer. De todas formas no te has acostado con nadie, y nadie regresará a ella para revolcar tus olores, tus rincones de deseo. Estás solo, tú y tus pensamientos, y tus deseos, y este sabor amargo del café. Se te olvidó tomar el agua que acostumbras para eliminar el sabor y la mancha oscura en tus dientes, esa mancha que te podrá separar de algún importante puesto en tu futura entrevista de trabajo, y que hace la diferencia entre la marca de esa caliente bebida tropical y la compra de un nuevo auto, y ahí te acompaña en tu diario viaje, en el aliento, entre los dientes, como un rastro de fango entre los que se aglomeran, unos pocos a esta hora, en la «guagua» diurna, destino al trabajo. Otra vez.
Son pocos, y todos escuchan pacientemente música con sus pequeños adminículos perdidos en su cerebro. Astronautas con destino al espacio, es lo que parecen. O aquel otro habla interminablemente de cualquier cosa con un oidor pasivo a la distancia infinita de la tecnología. Esclavos del infinito, de lo inalcanzable, del final.
En La Habana era diferente. Cuando doblabas en Consulado, en aquella otra ciudad, temprano para coger la otra «guagua», todo estaba en un silencio abismal, como este que trafica toda tu vida, la de hoy. En la noche, el horizonte sonoro era el escándalo, las peleas, palabrotas acompañadas del policia de la esquina que manoseaba a la puta del solar, mientras el jinetero de los altos reía algún chiste verde con el vendedor de maní que se sentaba en los bajos de tu casa. Vigilante, eterno sabedor de todos los chismes. Alguien me dijo que era el chivato de «la gestapo» en el barrio. Yo no lo creí, pero hoy ya lo creo.
Quieres olvidar el ruido, la música estridente del negro que ponía los enormes cajones de reproducción en el carcomido balcón, para que todos los demás oyeran la mierda de música en que se ha convertido nuestra tradición. Nada de Celeste Mendoza ni de Benny, pura bachata erótica de cama sucia, palabrotas de sudor y orgasmo de putas y desencuentros. Banalidad bailadora de sudores insanos.
Llegas al trabajo, el de hoy, y recuerdas el de ayer, aquel del que querias irte, desaparecer, borrarte, trascender. Añoras las conversaciones triviales, la pérdida de tiempo con la sensual secretaria del jefe, el no hacer nada y ganar el miserable salario y esperar la hora del regreso al mismo lugar, como el espectro de la oscuridad. Hoy trabajas duramente, ganas diez veces más en un día de lo que ganabas en un mes en el otro lado del charco, y te quejas.
Entonces te quejabas del mal olor, del parque que antes era un edificio de viviendas, convertido hoy en pequeña esquina de periódicos que nadie lee, y solo sirven para limpiarse el culo o envolver trastos en cualquier mudada. No hay papel higienico, ni pasta de dientes, ni cepillo, los zapatos duran poco, y las tiendas huelen a vejez cuando funcionan los acondicionadores de aire. Aquí, pues aquí te quejas cuando no encuentras la marca acostumbrada del papel que no encontrabas en La Habana, la deseada, la que te hace sonreír las nalgas. Eres un saco de añoranza o de pendejismo.
Allá ni querías hablar, aquí tampoco. Tienes que resguardar las palabras para capturar el pasaje de regreso. Otra forma es imposible. La sobrevida es una percha de silencio colgada en tu vestuario. Aquí no oyes nada en español y pretendes pensar en inglés, pero añoras pararte en la esquina del malecón, agarrar alguna puta o menear el culo cuando le das al coñazo en alguna cama sudorosa. ¡Qué mierda eres! O te has convertido, que es la conclusión sensata.
¿Para qué vinistes? O mejor, ¿para que no te fuiste?
Ni para olvidar ni para regresar, para perderte en tu misma indiferencia. Novalis decia que el camino misterioso va hacia el interior, en nosotros mismos, y allí está la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. Pero Novalis solo le hablaba a la muerte, de la muerte y para la muerte. Es su poeta, y tú no deseas morir, pero estás muerto, de alguna forma.
Te moriste cuando te fuiste, y estabas muerto antes de la ida. Ni sobrevives ni vives, divagas en el entremundo, como una sombra. Los recuerdos son como el burdel de putas que regalan por placer, solo por placer, su sexo. Tú te regalas a tí mismo, te quitas esos pantalones largos, despliegas lo que te queda en el badajo, dejas correr tu vida, ni te presignas ante ninguna iglesia. Eres una sombra. No existes, por eso Novalis no puede decirte nada, hablar con algún poema en sus labios contigo, cruzar una voz, un contagio divino. Eres la puta indiferencia.
Y te vas de nuevo a casa, a ese minúsculo lugar de la desmemoria donde algún dia falleciste, sin preocuparte de nada.
¿Cuántos quedan en el silencio?
Todo tu país. Todos o muchos de los que marcharon fuera. Los de adentro y los de afuera. Muertos. Espectros. Sombras.

Nota: La imagen del post es la reproducción de Marc Chagall «Yo y la aldea».

Saturday, January 23, 2016

Haciendo Literatura

En «El libro de la risa y el olvido» hay un pasaje en que el narrador de la historia, que es la voz transfigurada de Kundera, ve como un grupo de jóvenes comunistas checos, despojados de todas las exigencias mundanas de la vida, como lo exige su ortodoxia ideológica, comienza a flotar sobre la plaza de Wenceslao, bailando en círculos que semejaban, mientras se alejanban en su altura, gigantes coronas de flores volando.
El narrador omnisciente entonces agrega, con una velada envidia por aquella acrobacia ideológica:
“Corrí a la plaza, debajo de ellos, y los miré mientras se remontaban más y más lejos en su altura, y debajo de ellos estaba Praga con sus cafés llenos de poetas y sus cárceles llenas de traidores.”
Casualmente una acción semejante, en las mismas entrañas del arte, la hizo otro artista checo, Michal Trpák , años después de la caída del comunismo, y tal vez inspirado por las imágenes de Kundera, o tal vez inspirado por las soledades de nuestras sociedades occidentales, o de la occidentalidad en que se ha transformado la misma Praga. ¡Quién sabe! Sucedió tambien allí, aunque yo no puedo enunciar cuáles eran las lecturas o los propósitos del artista en ese instante.
Como siempre, las fantasías de Kundera y las veleidades del artista plástico checo provienen del realismo mágico, omnipresente en la obra del narrador, aunque sin olvidarnos que todas ellas tienen un origen secular en la novela que es la madre de todas, «El Quijote», y el zafarrancho del manchego contra los molinos de viento es la versión originalísima de todas las chifladuras de la literatura universal.
Todo esto me lo hizo recordar unas tristes líneas que leí en un sitio sobre Cuba sobre la ordenanza de la policia política para quemar los pasquines con la «Declaración de los Derechos Humanos», que los activistas cubanos habían lanzado al aire frente a la sede de la organización disidente «Damas de Blanco».
Me pareció un hecho escrito por nuestro «realismo mágico» socialista, y la danza de Kundera podría haber sido aquel corro que, desesperadamente, las autoridades formaron frente a la agrupación opositora. En realidad hay tantas manifestaciones de literatura  en la realidad «mágica» de Cuba que uno a veces no sabe si lo que sucede está ocurriendo en un plano real, o en una traslación temporal paralela en el tiempo.
O, ¿qué otra cosa no eran aquellos corros de «pueblo enardecido» tirándole huevos a las casas de los que se iban por «El Mariel», en un país donde aún los huevos seguían estando regulados por «la libreta»?
He ahí otra expresión de «realismo mágico» criollo, un pais «sin huevos» que no estén regulados, o comprados en las «shopping» con dólares. Un país donde las «masas patrióticas» lanzan a lo mejor de la intelectualidad y de sus profesionales a «¡Que se vayan!» y «¡Pin Pon Fuera!», como para que el mismo país sea verdaderamente una nación socialista enteramente compuesta de apretadores de tuercas, que es como lo exige el marxismo ortodoxo, no olvidemos.
¿Nos habremos convertido los cubanos en personajes de una literatura mágica en plena composición de «reality-show»?
La primera foto que atrapan los turistas es la de un «almendrón» del cincuenta, esos dinosaurios mecánicos que todavia transitan en nuestras bacheadas calles resolviendo el transporte diario, aún después de medio siglo, y persistentemente desmontando el mito de las calamidades.
O «Ubre Blanca» y su esfigie, que todavia nos recuerda del vaso de leche diario que sigue sin tocar las puertas de nuestras casas. Se nos olvida, o nos hacen olvidar con demasiada frecuencia, que la famosa lechera tenía sangre holandesa, sí, del mismo lugar donde se fabrica una deliciosa y esquisita mantequilla que sigue escaseando en el mismo país que esperaba el milagro de la leche.
Una vez, mirando uno de esos «actos de repudio», me tropecé con la imagen de uno de estos que nos disfrazan de pueblo para provocar el tumulto, la bachata represiva contra la oposición. Ya saben, la imagen típica del «asere», piel oscura, diente de oro a un lado, ojos desorbitantes en su desafuero de histeria, voz atronadora que, por encima del griterío y la pachanga política, gritaba «Abajo los Derechos Humanos», y continuaba en su histeria enfurecida contra aquellos derechos que podían destruir la estabilidad de un pueblo, y de su ignorancia, o de su imbecilidad, porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre, se me quedó la duda de si lo que estaba viendo era una comedia silente de la vieja matineé dominical mañanera de Arnaldo Calderón, ¿se acuerdan?, en que al pobre beodo se le iba el hilo de lo que decía, por los tragos o ya por lo viejo y flatulento, y terminaba con aquello que provocó su desaparición televisiva:
«Y esto está de p…, queridos amiguitos, papaítos y abuelitos».
Y apagar el televisor y no verlo nunca más. También sucedió. O es un mito. O constituye parte del realismo mágico. O es todo eso a la vez.
Es por eso que, cuando se lee buena literatura, como la de Kundera, o al maestro de todos, Cervantes, a veces hay que recordar que la realidad no está ni demasiado lejos, ni demasiado cerca, pero que a veces supera la peor de nuestras fantasías, o la más absurda de ellas.
Hoy leo las noticias de Cuba, con tristeza. Acuden en tropel artistas, ganadores de Oscares, series televisadas americanas, celebridades que solo tienen el dinero y un videito porno que los lanzó a la fama de las revistas y eventos, o tal vez la foto en una cama de un solar habanero de «Vanity Fair», y la sensación es que todos estos visitantes, todas estas visitas acuden a vernos con la misma curiosidad conque, en aquel trashumante circo pendenciero que recorría pueblo a pueblo, se apretujaba el público al anuncio de «la mujer elefante», «el enano de dos caras», y otras barbaridades físicas que era la atracción de los pobres.
Hemos dejado de estar haciendo literatura para convertirnos en los seudocaracteres de ese «realismo mágico» de opereta que se destapó un 17 de Diciembre, casualmente – demasiado casualmente –, el día de un santo leproso.
¡Damos lástima!

Sunday, January 17, 2016

PennRetrato de Narciso

El tipo escribe en una prosa digresiva, prolija en detalles que ni interesan ni van más allá de su persona, una narrativa sicodélica verbosa , a ratos  tortuosa y divagante. Lo vemos allí, bajándose del SUV, internándose en la línea de árboles para mear y observarse, como el espejo que de sí mismo es, mientras sostiene con su derecha su más largo apéndice muscular, el vulgar pene que todos tenemos pero que, en el caso de Penn, parece que se alarga como la península de su ego hasta las líneas infinitas del horizonte y transformarlo en una poesía surrealista de Dalí. Casi entretiene a la muchedumbre de árboles y espesura con su nihilista filosofía sobre aquel adminículo de su masculinidad que le provoca la dolorosa sensación del final de su protoexistencia, y se lo vuelve a guardar, entre sus piernas – ¿no lo hacemnos todos después de es vulgar acto? –, no sin pensar, con perturbadora pesadumbre, que tal vez esa fuera la última vez que lo sostuviera entre su mano derecha. Un pensamiento existencial que apela, de forma muy patética y melancólica, a nuestra identidad con la masculinidad, ¿no les parece? Quizás sea también el triste epigrama de la vejez ante el recuerdo, doloroso y placentero, que todos los hombres jóvenes tenemos cuando abandonamos la autosatisfaccion sexual para emprender el viaje más placentero a alguna vagina humana. ¿No es así, Sean?
De cualquier forma, son parrafadas tras parrafadas de una verborrea rampeante sobre Superman, drones de una mente tequilizada en un hotel cinco estrellas que dice compartis con Peña Nieto, suerte que da el dinero, Trump – ¿qué tiene que ver Trump en todo esto, Sean? –, pedos flatulentos viajeros sobre Kate, la del Castillo, laptops que desconoce de su existencia después de una vida de 55 años en la tierra del Valle de la Silicona que, hasta mi propia abuela conocia de su existencia en el país del desierto de internet, pero que al oscarizado Penn no sabe si aún siguen existiendo sus teclas y adminículos, tal vez porque su verga meadora no sabe tocar esas electrónicas teclas, o por estarla sosteniendo demasiadas veces en su viaje al meadero intelectual. Por cierto, estas cronicas del bálano de Narciso me recuerdan las memorias del retrete de Nabokov, solo que aquellas se las merecen. Hablo de la memoria, no de la meadera.
Narcisismo, poesía corriente, vulgar, de alcoholizada trapaceria que, para elevarnos al plano metafísico se su autoalabanza – evidentemente no tiene abuelita Penn –, nos quiere recordar, en pleno vuelo «poético» que «Espinoza es el buho que vuela entre los halcones». ¿A quéviene Espinoza en el relato, Sean? ¿Solo para vendernos tu imagen en el espejo y recordarnos que somos esa pequeñez vulgar ante el PHD de tu rabo cabreador?
El escrito del actor en «Rolling Stones Magazine» es el epítome del Narciso frente a su espejo. Y así lo vemos, con su pene agarrado a su mano derecha, en una masturbadora meada intelectual, mostrándonos que el mundo está agarrado de ese único ojo que empina el chorro y gotea, pese a los millones en el banco, el calzoncillo de marca y los jeans caros. A todos la próstata se nos vuelve vieja y usada y tenemos que acudir con frecuencia al baño o, más perrunamente, a sacárnosla destrás de un árbol. Todos meamos, Penn, y nos sacudimos el rabo, nos lo guardamos entre las piernas y no le damos mucha más importancia hasta que nos llevamos a la cama a cualquier mujer y nos la cabreamos por entre sus montes de «Venus», que es algo más disfrutable que estar hablando idiotecez en el camino de un narcotraficante romantizado por tu vieja Remington. O, ¿cuál usas, ya que no sabes golpear en una laptop?
En definitiva la «entrevista» del tipo revela más de sí mismo que del «Chapo», pero sus dos personalidades corren una suerte de vidas paralelas que ni el mismo Marcel Schowb hubiera podido escribir sin mencionar a Narciso, unidas en la simetría de su egocentrismo. Penn no ve más allá que a sí mismo en las ropas caras de este asesino del narcótico, y también en la carrera del estrellato público. De hecho, no hay nadie más cercano en sicologia y en actuació social que el propio «sujeto» de la «entrevista». Y ese monólogo con su pene se me antoja la vulgar preocupación del personaje griego con su fantasía  por el éxito, el poder, la belleza, la inteligencia o lograr el amor ideal que, en su caso, no se extiende más allá de su meada.
¿Para qué ese enorme preámbulo de chorrada ampulosa para conducir una entrevista que tiene como condicion ígnea original que nada se publicará sin la autorización del «sujeto» de la entrevista?
¿Y alguien menciona la palabra periodismo por algún lado? ¿Alguien trata de elevar a este Narciso al pedestal de un buen periodista? ¿Qué profesional de la prensa hubiera aceptado esas condiciones?
Cito:
“Algunos nombres han tenido que ser cambiados, las ubicaciones no nombradas, y un entendimiento fue negociado con el «sujeto» de que esta pieza [la entrevista, no la chorrada de verborrea narcisista peneiana] se presentará para su aprobación del «sujeto» antes de su publicación”
Y ahora se nos viene con que la crónica de su meada fue «un fracaso». Pero, ¿será cinico este tipo?
Llegado a este punto quisiera decir algo de Kate del Castillo, diana del romance narcoépsico del «Chapo» y de la pedorrería viajera de Penn. Por cierto, el narcotraficante no conocia de la existencia del, ¿cómo es que se autodescribe Penn en la entrevista ante su espejo?, «Full-Trump-Gringo», solo le interesaba Kate, la adorable Kate, la inteligente Kate, la deseable Kate, pero Kate, que sí es todo eso, queria a todas luces a Penn, era su ticket para la globalización de su nombre. Marketing apropiado para el público en inglés. Lo ha logrado.
No, no, no, la chica no es tonta, y sabe no va a encontrar ninguna orden judicial en su contra, y si la encuentra el beneficio del riesgo vale la afronta. Kate necesitaba a Narciso porque sin Narciso Kate no tenía su ticket de venta. Y si en ello no estaba Penn pues no estaba su nombre en «Rolling Stones», una revista que en muchas ocasiones ha glamorizado personajes y personajillos con la crónica ligera del romance.
Y eso lo escribió Penn. Claro, recuerden la esencia del tipo. No puede dejar de peinarse frente a su espejo, enseñar el pene, mencionar a Espinoza para que sepan todos que conoce ese nombre, lanzar un dardo a Trump, es otro guiño para ganar prominencia no podia faltar, algo de lo que es un experto, vender la marca de macho y, además, discurrir en esos pedos literarios que si usted le gusta sufrirlos pues se zambulliría en la revista hasta alcanzar la profundidad de la entrevista, que es pura mierda rosada.
Ahora todos especulan qué hay detrás del «tequila de Kate», si también esta «El Chapo» conectado a ese alcohol mexicano, que si su dinero y su mansión, etcétera. Vamos, que como está el narcotráfico enraizado en toda la sociedad mexicana hasta el más inocente se le podrá encontrar una posible conexión con las drogas y el blanqueado de dinero. Dejémonos de tonterías, ese no es el pecado capital de Kate, y mucho menos de Narciso.
El pecado está en la intención deshonrosa de esta entrevista. Este romance del  narcotráfico que se nos quiere vender, y que ha sido el objetivo desde el mismo momento en que sus sujetos, Pen y Kate, accedieron a publicar lo que el «otro sujeto» quería que fuese publicado, ¿se olvidan de eso? Pero esa es la médula del problema, y no la picha de Penn, o los mensajes de texto del narcotraficante mexicano a la belleza de telenovelas borrachas de México.
Y entonces, para acabar la actuación oscarizada del gringo hollywoodense tenemos que soportar de que nos hable del «fracaso» de su entrevista, de sus nobles objetivos frustrados y volver a sufrir de lo que es evidente, del trastorno de personalidad narcisista que padece. Este tipo ha estado recorriendo el planeta para venderse como periodista emérito. ¿Se nos olvida su intento de entrevistar a Castro para «Vanity Fair»? ¿Y las entrevistas con Chavez? Lo sucedido con el capo de la droga mexicana es un capítulo más.
Narcisismo en estado puro. Se aprovecha de otros para lograr sus propias metas, y así usa a Kate del Castillo, que está en su propia búsqueda para ser usada, no nos engañemos, esta es una tragicomedia a dos manos. Exagera sus logros y talentos. Vamos, Espinoza, el rabo meador y la poesía de tequila televisado. Fantasías de éxitos y poder. Expectativas irracionales de tratamiento favorable y, cuando no lo obtiene, una reacción rabiosa de vergüenza y humillación ante la crítica.
¿No es eso lo que presume ahora Sean Penn en sus declaraciones después de todo este tomance narcoléptico?
Hay que escucharlo como en la cumbre de esa narcicolepsia acusa al gobierno mexicano de«ir a por EL» por la humillación de la afrenta de ser EL, típico, ¿no es cierto?, quien haya podido contactar con el capo. Pero, idiotas que le creen, ¿es que alguien se cree que el narcotraficante iba a acceder a algún contacto con el gobierno?
Pero así estamos, hay en este mundo idiotas que aún creen hasta los peores preceptos de la ignorancia. Y le creen. Para Kate del Castillo «Univision» le falta solo un paso para que le levante un pedestal. Y al Narciso hasta le siguen aplaudiendo algunos consumidores de ese tequila mexicano que, con pedos y orina aguada, chorreando de su pene y fondillo, expele este payaso en su largo espejo de conciencia o, como debe ser descrito, excesiva trranscripción de su propia presencia.
No estamos ante «El Chapo» en «Rolling Stones», estamos ante Sean Penn, y Penn, haciendo la crónica de su propio narcisismo.
Nota: La imagen que encabeza el post pertenece a la obra de Salvador Dalí «La Metamorfosis de Narciso».

Friday, January 15, 2016

Una carrera de dos caballos

Sin tener la pretensión de ser un analista político ni tampoco ser un experto en las elecciones americanas, la carrera republicana para ganar la Casa Blanca, en mi muy humilde opinión, se está reduciendo a una carrera de «dos caballos», Donald Trump y Ted Cruz. Así, al parecer, lo avala no solo el último debate público de los candidatos republicanos, si no también la carrera que han ido sosteniendo ellos dos. Y ambos apelan, en su discurso para la candidatura, a las raíces más conservadoras de su partido.
Desde que Donald Trump bajó por la escalera de su torre dorada en Manhattan para lanzar su voraz discurso para la candidatura a la presidencia por su partido, al que dice pertenecer – todo un símbolo por sí mismo –, la inmensa mayoría del gremio del periodismo norteamericano, de los analistas políticos, de los que se jactan de vivir de las predicciones presidenciales, intelectuales, artistas, personalidades influyentes en el mundo de la política, expertos de todo género, todos en casi su inmensa mayoría, han estado apostando a la caída inevitable de Trump.
Bueno, ya estamos a mediados de Enero, casi a las puertas de Iowa, y el prohombre denegocios de la torre dorada sigue encabezando las encuestas de su partido, y nadie lo tumba. Ha batido todos los posibles conflictos; ha roto con todas las incomodidades políticas; se ha convertido en el candidato por excelencia de lo políticamente «incorrecto»… y sigue lidereando las encuestas, ampliamente.
Rompe todas las fronteras de la comprensión para los que viven del análisis y del periodismo.
Mundanos, bien educados, prósperos, urbanistas y citadinos, los reporteros, analistas políticos y los «profesionales de la información» que han estado prediciendo la caída inevitable de Trump viven en una muy pequeña y aislada burbuja social, convirtiédolos en mucho menos conocedores de la vida y la cultura americana de lo que ellos piensan.
Es esa burbuja la razón fundamental por la que muy pocos de esos reporteros y expertos notaron la presencia de Donald Trump y el inicio, en serio, de su carrera por la presidencia. Para decirlo con todas las palabras, la inmensa mayoría de la prensa lo consideró un payaso, un personaje de farándula, que nunca enfrentaría una candidatura a la presidencia, al que no se podria nunca tomar en serio cualquier anuncio de luchar por llegar a la Casa Blanca.
Hoy deben estar bastante molestos de su propia idiotez, de su flatulencia intelectual y su esnobismo político.
Al final de la jornada, los payasos, los tontos, los que quedaron totalmente burlados por la astucia del magnate fueron los «conocedores», los expertos, los analistas, los reporteros. Como el conocido cuento del pastor que no se cansa de gritar, a toda hora, siempre en broma, «¡Que viene el lobo!» hasta que todos se cansan de la broma, del bromista y del falso lobo, y no acuden en el momento exacto en que aparece la fiera.
Bueno, ¡pues la fiera estuvo allí y ellos se quedaron sin ovejas!
Y es que dentro de esa burbuja, donde la gran mayoría de esos reporteros y expertos viven, América es un pais sereno, confortable, tranquilo, mientras que para el resto, fuera de esa burbuja plácida y «tranquila», piensa que los Estados Unidos está moribundo, en plena convalecencia hacia la muerte. El mismo señor Obama les canta su poema de la «magnificencia» de América en su último «Estado de la ¿Unión?», y ellos se lo siguen creyendo.
 Y así estamnos a dos semanas de Iowa, con Trump lidereando todas las encuestas y muy lejos de que su apoyo disminuya, desfallezca. Por lo contrario, el magnate se está solidificando como candidato y como un buen polemista.
El único otro candidato haciendo olas es Ted Cruz, otro hombre que muchos de los que viven en la «América de Burbuja» catalogaron como demasiado divisivo y desagradable para que pudiera ganar la candidatura, y que tuvo también una excelente actuación en este último debate. Todavía leo por doquier decir, a estos mismos americanos «burbujeantes que siguen cantando el poema de «la caída de los dos caballos», que Marco Rubio está destinado a tener un gran rebote, o que Jeb Bush, con sus recursos, puede de alguna manera remontar su caída. Y supongo que sí, lo pudieran hacer. El único problema con estas teorías es que, en estos momentos, no hay evidencia de que vaya a suceder y ya estamos a las puertas de las primeras acciones importantes. Entonces, ¿cuánto más hay que esperar para que se acaben de enterar «los expertos» en su burbuja de que el repunte para los Rubio y los Bush ya no llega?
Y así hemos entrado en una carrera de dos hombres por la nominación del Partido Republicano. Está Trump, está Cruz, y luego hay un montón de algunos otros que luchan por no caer de la carrera, pero que parecen simplemente destinados a no ganar.
Lo que quiero decir es que, si es usted un republicano que no le gusta Trump o Cruz, entonces la única opción real que le queda es Rubio.
Marco Rubio es, al menos en un sentido tradicional, el mejor político en el montón. El más elocuente, que demostró una vez más en este ultimo debate una actuación excelente, una más en toda la serie de debates en que ha participado. Rubio conoce la política, y la forma de hablar en la politica. Es joven y atractivo.
Suena bien, ¿verdad?
WRONG!!!!!!
Lo que sucede con este paradigma es que el mejor candidato en el papel no está funcionando en la vida real, al menos no en ningún sentido que lo haga superar a sus rivales. No ha sido capaz de capitalizar el colapso total y permanente de Bush. Y, por supuesto, sus idas y venidas sobre un tema tan caliente como la inmigración, tema que ha sido el pan comido de Trump, en los últimos años le han hecho un daño considerable. El único camino plausible para su victoria es el colapso de Trump y Cruz, algo que no veo que vaya a suceder ni mucho menos, a no ser que alguna catástrofe natural les ocurra a ambos candidatos.
Los teóricos más serios, un poco ya fuera de la «burbuja», piensan que al final ocurrirá un colapso de Trump dentro del «establishment» de las primarias, precisamente por lo que muchos de los que no acuden a las primarias, siendo republicanos, apoyan al magnate de Bienes Raíces, su temperamento «no presidencial», esta suerte de esnobismo egocéntrico que Trump en todo momento demuestra, y que le hace lanzar espadas contra todos y todo. Tales «teóricos» afirman que será Ted Cruz el hombre beneficiado de esa «caída» y que «salvará» al Partido Republicano del «huracán Trump».
¿Ocurrirá?
Y si ocurre, ¿se quedará Trump de brazos cruzados y no saldrá como candidato independiente?
No se puede olvidar que la caracteristica fundamental del magnate es su impredecibilidad. Si así sucediera, inevitablemente, quien ganaría sería el candidato demócrata, sin ningún género de dudas.
Así las cosas, lo que hoy sucede en las primarias republicanas es, como ya dije, una carrera de dos caballos. Solo dos.

Wednesday, January 13, 2016

La guerra fría se acabó

El gran autor ruso Vladimir Nabokov ofreció cursos sobre Literatura Europea en la Universidad de Cornell, New York, entre los años 1948 y 1958. Fueron conferencias en las que el propio autor demostró el talento y las dotes que le hicieron brillar en lo que se considera la mejor novela escrita en lengua inglesa en el Siglo XX, «Lolita». Según algunos hoy renombrados intelectuales, sus alumnos de entonces, Nabokov fue un gran profesor, no porque enseñara bien la materia, sino porque daba el ejemplo e inculcaba en sus estudiantes una actitud profunda y afectuosa hacia la literatura que impartía. En los cuadernos de aquellas memorables clases nos recuerda el ruso:
“La literatura es invención. La ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad. Todo gran escritor es un embaucador, como lo es la architramposa Naturaleza.”
Para más adelante insistir:
“Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.”
Se preguntarán ustedes ¿por qué Nabokov hoy acude a mi memoria?
Bueno, por Obama ayer. Fue su último «Estado de la Unión» lo que provoca esta desdichada disgresión en mi mente. El presidente americano me recordó, de maravilla, las palabras de Nabokov sobre las cualidades que debe tener un buen escritor para escribir un gran libro. El problema está en que Obama no hace literatura ni ficción, sino política, vulgar y corriente política, pero desdichadamente escrita en un discurso encantador con la architramposa intención de vender su libro sobre la historia de su presidencia, reescribiéndola como un relato de historia verídica cuando es un insulto al arte y a la verdad, lo que viene a demostrar, no obstante, que es un gran escritor, porque precisamente, como decía Nabokov, es un buen embaucador sobre lo sucedido en América en estos últimos 7 años.
En un momento de su re-escritura el presidente dijo que el progreso experimentado por la nación en estos últimos años «es el resultado de las elecciones que hacemos juntos».
Sí, señor Presidente, me resulta usted un gran escritor. Tiene talento como narrador, demuestra aptitud como maestro de su relato y le sobran cualidades como encantador. ¿Es por eso que tanto acude a las órdenes ejecutivas para después convertirlas en «elecciones que hacemos juntos»? ¿O es porque, precisamente, lo que le ha sucedido en estos años no es precisamente el resultado de las elecciones que han hecho juntos todos ustedes? Pero, si es así, si han elegido juntos, ¿por qué tanto acude al úcase en vez de negociar con el ala legislativa?
Un buen presidente es, en esencia, un buen negociador y usted ha demostrado ser, precisamente, todo lo contrario. Pero cuando se enfrenta a la labor de escribir su literatura política, la de sus memorias en estos siete años como inquilino de la Casa Blanca, demuestra, con exceso, cuáles son las cualidades que debe tener la literatura, la buena literatura que, como decia Nabokov, era pura invención.
No voy a perder el tiempo despejando la duda sobre la realidad de América en el mundo, por ejemplo, sobre lo que Obama declara son «simples habladurías»: el declive económico de los Estados Unidos, la fortaleza de los enemigos políticos de su país,especialmente ISIS y Al Qaeda, y el debilitamiento de esa nación, la pérdida de la influencia de norteamerica en los destinos políticos del mundo.
Para usted eso es solo la ficción dentro de su ficción. No se sabe aquí si es que es como usted se lo cree, o si realmente lo está ahora mismo inventando, fabulando, reescribiendo. Hay demasiada falta de originalidad, demasiada ligereza en el pensamiento.
No se puede entender que los Estados Unidos sea el «país más poderoso del mundo» y «Punto», como usted demanda, y tratar de ajustar esta categórica afirmación con el desafio que representa Corea del Norte y sus ensayos nucleares, o la presencia de embarcaciones estratégicas de Irán en las aguas del Atlántico, algo nunca antes ocurrido, o el desafio abierto de Rusia con respecto a Siria y Bashar Al Assad.
Pero los límites de la credibilidad poética y literaria del Obama de ayer noche fluye hacia la narrativa de la fantasía, y de la sicodelia, cuando nos acercamos al proceso de deshielo que ha seguido esta administración con el régimen de La Habana, o el convenio de este autor-escritor-presidente con Irán sobre su inversión nuclear que, no podemos cansarnos de recordar, lo único que hace es desplazar en el tiempo los planes de desarrollo en ese país de las tecnologías nucleares armamentistas.
En el caso de Cuba no ha habido una exigencia de la dictadura que usted mismo no haya accedido, y lo sigue haciendo. Y así en su literatura de ayer sobre La Habana volvió a su repetido poema:
"¿Quieren consolidar nuestro liderazgo y credibilidad en el continente? Reconozcan que la Guerra Fría ha terminado. Levanten el embargo".
Y aquí me detengo un poquito.
Siempre he condenado el uso, y el abuso, de los términos. Los políticos los usan en exceso, y los políticos con ínfulas de plumaje literario elevan su uso a la enésima potencia. Es una aritmética a la que ayer el presidente acudió con excesiva redundancia. Primero intentando vendernos la ficción de que «la guerra fría se acabó» y, por tanto, hay que enterrar el hacha de los viejos enemigos. ¿Ya no lo son? ¿Nunca lo fueron?
A veces el exceso de metáforas e imágenes confunden el lenguaje y los pasajes narrativos en una obra de ficción, como la suya de ayer noche.
Segundo, ¿quién define el principio y el fin de algo? A fin de cuentas, la historia la cuentan los vencedores, o esa es la crónica que prevalece en la memoria de la humanidad. Los países de Europa del Este no muestran una estabilidad democrática y Rusia, bueno, Rusia sigue siendo Rusia. El señor Putin distribuye su amenaza en Siria y el señor Obama no tiene muro de contencion que interponerle, ni siquiera existe hoy el de Berlín, y aquel fue construido por el Este. La historia a veces da bofetadas de venganza.
Resulta verdaderamente paradójico. Rusia al parecer desapareció y con ella sucedió «el fin de la historia». ¿Cómo se comprende entonces que Putin hoy decida cuándo, cómo y en qué momento se deba o no negociar a Al Assad? Hoy mismo lo está diciendo y usted no cuenta.
Y sobre Cuba, ¿quién garantiza que el embargo traza la historia del renacer democrático de ese país? ¿Quién escribe este cuento?
La memoria es el mejor amigo de la escritura y de los buenos escritores. ¿Qué ha pasado con Vietnam, con la misma Rusia, y la China de los mandarines rojos que es hoy un imperio económico, adonde fluye el capital y las compañias americanas, que abandonan los Estados Unidos y se trasladan al Oriente? América apoyó su industria automovilística gracias a los préstamos de estos mandarines neocapitalistas, fue en su gobierno, es parte de su literatura, ¿la volvió a reescribir?
Los destinos del dólar hoy juegan su cachumbambe por aquellos lejanos lugares, en la tierra de los mandarines y las sombrillas. Y ellos invaden las tierras del oeste, comprando gigantes corporativos en todos los estamentos de América. ¿Usted no se entera desde los jardines de la Casa Blanca o se trasladó ayer a Manderley?
La poesía del embargo es la de la transacción condescendiente con el enemigo, que no quiere cambiar su lectura, pero que impone el cambio en su contrario. Hoy, cincuenta años después, no es América la que ha cambiado al régimen de La Habana. Todo lo contrario. Ha sido La Habana la que ha cambiado a Washington, y con el mismo poema ideológico de entonces.
Lo que significa la novela de Obama es que el fin de la guerra fría es el fin del sueño de un presidente americano de cambiar una dictadura para convertirla en una democracia. En su lugar, ha decidido escribir la novela de su vida: acceder a la coexistencia de América con una dictadura para que le permitan coexistir con el resto de las otras dictaduras de la izquierda en el continente, y que le abran las alamedas al aplauso en esas tierras de izquierda.
La izquierda es generosa con las mentiras, señor presidente, a lo mejor usted  lo logra.
Como dije al inicio, recordando las conferencias de Nabokov en la Universidad de Cornell, «la literatura es invención; la ficción es ficción». La ficción y la literatura del señor  Presidente Obama es el sacrificio de Cuba para lograr la coexistencia indefinida de una democracia con la más larga dictadura del continente, tal vez recordando que ese mismo país mantiene la misma narrativa con el bloque árabe, con Arabia Saudita, Qatar y el resto del puñadito de naciones musulmanas que controlan el petróleo en el Oriente cercano. Tal vez por eso en su relato de ayer noche le pasaba tanto la mano a los musulmanes, con demasiado cariño.
Quizás sea su falta de originalidad literaria, o tal vez que sus recursos como creador literario sean demasiado pobres. O, ¡quién sabe!, como más de uno ha insistido, algo tenga que ver con su verdadera agenda escondida de socialista convencido. Y tal vez una muestra de esta agenda oculta tenga algo que ver con el anuncio, por parte de uno de sus voceros, de que no hará público pronunciamiento de apoyo a ninguno de los dos más importantes candidatos a las primarias demócratas. Su narrativa es que se lo cederá al partido, su partido.
Algunos han sugerido que esto se debe a que el presidente se inclina por la señora Hillary Clinton, pero, y esto es lo que yo me temo, lo que verdaderamente pudiera esto demostrar es que, el presidente, el Obama de la ficción televisada de ayer, evidentemente guarda más simpatías por el socialista Sanders que por la «conservadora» Clinton.
En Cuba nosotros decimos «a buen entendedor pocas palabras bastan».

Sunday, January 10, 2016

La «política» de la olla arrocera

Tal vez lo haya dicho más de una vez y sea redundante recordarlo, pero la intromisión e injerencia total en la vida personal y privada del cubano de las politicas estatales, y de sus figuras más icónicas, en especial de su dictador en jefe, ha sido una de las causas de la indiferencia y la absoluta abulia de las generaciones jóvenes de cubanos sobre el futuro destino políticode nuestro país.
Pero la historia sabe pagar con ironía los despechos de los sujetos de su cronica, esa indiferencia, que pudo ser en un momento el talón de Aquiles del régimen castrista, al no sumar las sucesivas generaciones de cubanos al carro de la dictadura, le ha servido en última instancia para sobrevivir en el poder. Sí, ha desangrado las bases de sus organizaciones políticas, que han visto decrecer no solo su membresía, sino tambien su crédito y eficacia como poleas de transmisión de las órdenes del poder. Pero también ha hecho que las generaciones que le han seguido a las «histtóricas» se hundan en la indiferencia.
No es extraño que los jóvenes, que ingresan casi con automatismo a las juventudes comunistas, se descarten de continuar su «vida política» en la organización paterna, el partido. Y los CDR, aquella agrupación que nucleaba mirones y chivatos, sobrevive sobre las espaldas de generaciones antiguas de serviles y están muy lejos ya de movilizar orgánicamente su «nutrida» membresía – prácticamente todo cubano que habita ingresa sin que nadie se lo pegunte, por oficio, a esa organización. El ejemplo claro de esta falta de membresía órganica lo vemos en los contemporáneos «actos de repudio», a los que el régimen acude para reprimir o amurallar a la estructura oficial represora contra la disidencia en nombre de «un pueblo» que ya no existe ni tiene.
¿Por qué entonces tienen que acudir a movilizar escuelas para «armar» los actos de «repudio»?
¿Por qué tienen que acudir a niños, adolescentes, centros de trabajo y estudios, y organizaciones paramilitares exógenas de los lugares de residencia de esos disidentes?
La sociedad cubana ha resistido la guerra sicológica del gobierno y de sus estructuras políticas olvidando, cerrando los ojos a su derredor, hundiéndose en la indiferencia y, a veces, pocas veces, cooperando clandestinamente y en silencio, con algunos disidentes. La historia y la realidad de esas «colaboraciones» demuestran también que el «hombre nuevo» ha decidido sobrevivir por encima de vivir su experiencia en la isla. Ha decidido tender un puente, «por si acaso…». Es una historia de indiferencia social, de alienación política, más que de verdadera cooperación y solidaridad, y mucho menos compromiso.
Pero el verdadero culpable y promotor de este cisma social ha sido el promotor del intento de comprometimiento involuntario de todo el cuerpo civil de Cuba, su dictador en jefe, Fidel Castro.
Y ahí lo vemos, levantando hasta una olla como si levantara un fusil, o una consigna, o una de aquellas palabras en su histeria verbal contra «el imperio».
Capricho personal, egolatría, misoginia y mucho de divismo mesiánico. Quería ordenarlo todo. La forma en que cocinábamos nuestro arroz, la taza de café, la música que entretuviera nuestros sentidos, los colores, el arcoiris, los juegos y hasta la manera frugal de vivir el amor, su forma. Todo en una dictadura se personaliza y se trata de expandir sobre el sujeto del poder personal, la sociedad.
Esta «revolución» que devino chisme, burla de sí misma y broma ante el ojo universal.
¿Y nos preguntamos por qué nos vamos de Cuba? ¿Y alguien se asombra que volvamos y nos importe «un pepino» por qué siguen los mismos en el gobierno?
Mírenlo levantar la olla como si levantara el vestido de tu novia, esposa, amante o de esa chica encontrada por accidente en la escuela, el trabajo o la esquina. Nos quiso ordenar hasta nuestra cama y terminó obteniendo el fruto de la indiferencia de todos. Ha sido nuestra tragedia, y posiblemente la única contribución cubana a los anales del marxismo, su política de «la olla arrocera».
¿Cuándo nos daremos cuenta?

Friday, January 8, 2016

Imágenes sagradas

Un hombre carga sobre su espalda la imagen del expresidente Hugo Chávez, una imagen simbólica de lo que han sido 17 años de hegemonía chavista sobre las espaldas de Venezuela. La foto fue retirada del parlamento venezolano el miércoles 5 de enero, junto con todo vestigio gráfico de esos años de sobrecarga política sobre el Legislativo venezolano. En las calles se levantó la furia del chavismo, recalcitrante.
«¡Facistas! ¡Asesinos!», gritaban.
Pareciera que ese grupo de estridentes protestantes le estuvieran gritando a la policia política venezolana, el SEBIN, que allana oficinas de opositores y alcaldes sin órdenes judiciales. O, tal vez, a la Guardia Nacional, que dispara bombas lacrimógenas, balas plásticas, y también de las otras, de las que matan y dejan jóvenes estudiantes tronchados en la flor de su vida, por querer una Venezuela sin el peso que esas mismas imágenes acarrean en su mochila de estudios, y en su futuro.
¡Pero no! Son chavistas, gritándole a la oposición porque se llevan toda la parafernalia de imágenes del expresidente muerto, aún gobernando desde su tumba, los pasillos y la sala del Legislativo de Venezuela. Desde Miraflores, también se escuchan los mismos gritos.
Desde los cuarteles, hablan de falta de respeto a la Patria. Así, en mayúsculas.
¿Desde cuándo un muerto es la Patria? ¿Desde cuándo alguien que secuestra una nación es un país? ¿Desde cuándo alguien que divide a una sociedad representa a un pueblo?
Pero el tiempo es «como un niño que juega a los dados», como decía Heráclito. Todo lo cambia, todo lo derriba. También las imágenes.
Ayer escuchaba y veía el reportaje de «Univisión» sobre la retirada de esas mismas imágenes, de donde nunca debieron estar. Una señora de mediana edad, con el puño levantado, la boca descompuesta y los ojos como que se lanzaban en un bolido interplanetario desde las cuencas de su rostro decía al reportero:
“En Corea del Norte los hubieran fusilado”.
Y otro chavista, un hombre de alrededor de treinta años, también en la misma histeria «patriótica», afirmaba que estaban cometiendo «un crimen contra nuestro padre».
No entiendo mucho la sicología de esta chusma. No puedo entender que alguien reemplace la figura paterna por un líder de cualquier cosa, cualquier partido, religión o creencia intelectual, cualquiera que sea.
Cuando los líderes se levantan sobre la media de un pueblo, el pueblo pierde su propia voz y el líder suprime el entendimiento humano. Se convierten en dioses, de barro, para algún día ser reemplazados, derrumbados como esas estatuas de Lenin, Mao y Saddam Hussein. Siempre serán derrumbados, porque el tiempo es ese niño de Heráclito que no cesa de jugar a los dados y hace que les pierda el respeto, la sacralización, esa deificación suprahumana.
Existe la ley de la gravedad que provoca que todo objeto caiga desde su altura cuando pierde su base. También existe la ley de la gravedad en la política, que hace que todas las figuras que se erigen por encima de la realidad, para convertirse en un mito, caigan cuando también pierden su base.
Chávez nunca debió estar en ningún parlamento sacralizado en imágenes. Entiéndaseme bien esto. Ninguna imagen debe estar en ningún parlamento. Allí se legislan las leyes de los hombres, allí está el sagrario humano de nuestra sociedad y la única imagen posible a sacralizar es la que nos une a todos, en un común lazo de igualdad, pero NUNCA las que nos divide.
La señora que quería que Venezuela fuera Corea del Norte, para fusilar a alguien, vive en un país fracturado, por esa deidad que pesa sobre la espalda del hombre que la carga, llevándosela de la Asamblea Nacional. Es por eso que hizo muy bien Ramos Allud en decirle, con todo el irrespeto que se merece:
“Llévatela para Sabaneta”.
Para la basura, debió de decir.

Wednesday, January 6, 2016

Lágrimas

Asumen un rol protagónico en muchas de las más conocidas obras pictóricas en la historia del arte, desde el clásico toledano de «El Greco» conocido como «Las lágrimas de San Pedro», donde aparece el santo lamentando su negación de conocer a Cristo, hasta la muy cubista «Mujer que llora» de Picasso. Las lágrimas han estado presentes como paradigma del dolor en toda la historia de la pintura. En «El descendimiento de la Cruz», de Rogier van der Weyden, vemos a una muy apesadumbrada María de Cleofas que llora mientras presencia el descenso de Cristo de la Cruz. A Edvar Munch lo conocemos por «El grito», pero no menos conocida es su «Mujer desnuda llorando», un tema que repite el muy popular Fernando Botero en otra de sus muy famosas pinturas de gordas y gordos.
Las lágrimas, y el acto de llorar, muchos de los grandes maestros de la pintura las han reservado para las mujeres, como un acto de infinita debilidad y apesadumbramiento. Son muy escasas  las obras que muestren a un hombre llorando, y cuando sucede los artistas acuden a la niñez o a los hombres viejos para hacerlas brotar, una vez más como los signos evidentes de debilidad ante el destino y las circunstancias, la cercania de la muerte o el abandono en la ancianidad de la vida. Infancia y ancianidad dibujan las lágrimas en los hombres, como lo demuestra el muy popular pintor italiano conocido como Bragolin con el grupo de 65 pinturas tituladas «Niños llorando», donde podemos ver en cada una de ellas la imagen llorosa de un niño mirándonos de frente; o al Van Gogh de «Viejo aflijido».
Los romanos medían la profundidad de sus sentimientos con lágrimas derramadas que guardaban en vasos llamados «lacrimatorios». De aquella época nos viene la imagen más conocida de un llorón histórico, cuando Nerón ordenó el incendio de Roma se apresuró a llenar uno de esos lacrimatorios mientras contemplaba el espectáculo, dice Will Cuppy que también tocaba la lira. Si es cierto o no esa fantástica idea de llorar mientras se sacan melodías de unas pocas cuerdas, a costa de un incendio salvaje, no es mi intención corroborarlo o denegarlo, es bueno aclararlo, porque yo no soy historiador ni lo pretendo serlo.
Por otra parte, de la España de los Reyes Católicos en plena conquista de Granada se cuenta que al moro Boabdil se le escaparon unas pocas al entregar las llaves de la ciudad y es curioso que sea una mujer, su madre, quien le dijera aquello de que «lloras como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre».  De lo que se puede inferir de que nosotros los hombres carecemos de glándulas lacrimales, o que cuando las tenemos es que hemos perdido la tetosterona. ¡Vaya dilema!
Por lo que parece que a las lágrimas los pintores, los historiadores y casi todos los artistas conocidos nos las han reservado cuando nuestro espíritu masculino nos abandona, desesperadamente, por algún motivo. No estoy cuestionando aquí qué paradigmas de machismo o masculinidad puede suponer la ausencia o presencia de esa secreción salina en nuestros ojos. Las lágrimas, sin embargo, también han estado presentes en la política, no podían faltar, como lo demuestra la leyenda del buen romano Nerón, pero también su presencia oportuna en muchos de nuestros contemporáneos.
Recordemos algunos.
Empezando por España deberíamos recordar, creo que en «Youtube» se puede encontrar, al Primer Ministro de Franco, Arias Navarro, sollozando como una grisácea magdalena al anunciar la muerte del dictador, y quedar en la historia de la península por aquella conocida frase de «Españoles, Franco ha muerto», posiblemente por lo único que esos mismos españoles lo deben aún estar recordando.
Más contemporáneo con nuestro siglo, el ex ministro de Asuntos Exteriores de Zapatero, Miguel Ángel Moratinos, no pudo reprimir las suyas al despedirse del que fue por unos años, y para desgracia también de España, su Departamento. Hoy se consuela viajando a Cuba para invertir con las lágrimas de otros.
Pero, ¡vamos!, hasta los tipos más duros lloran, como lo demostró el señor Vladimir Putin al ganar, una vez más, las elecciones presidenciales del 2012. Yo me imagino que el mundo lo miraría de una forma más simpática si este «lado más delicado» del ruso asomara con más frecuencia en su rostro
Por Latinoamérica tenemos lloronas y llorones. Cristina Fernández no dejaba de «echar el moco» en los minutos posteriores al anuncio de la muerte de Nestor Kirchner, su esposo. Esta señora sería la perfecta amenaza a la cursilería romántica de Corín Tellado si se le ocurriera comenzar a publicar pequeñas novelitas lloronas y hacerle su desleal competencia. En aquella oportunidad no dejaba de lloriquear:
“Que corazón que tenía, tan grande que no le entró en el cuerpo. Tan grande que le estalló de tanto pelear por mí, de tanto defenderme, de tanto quererme".
Si el tipo no hubiera sido, como dijo Mujica, bizco, la señora Tellado hubiera salido de pataditas de su trono novelero, si no lo ha sido ya en la Argentina kirchnerista a estas alturas.
Pero la Kirchner no ha sido la única llorona, la secundó el muy masculino ex presidente brasileño, Luis Inácio Lula da Silva, quien se emocionó, no porque alguien lo quisiera tanto como para que no le cupiera un corazón dentro, sino por los logros sociales conseguidos durante sus dos gobiernos consecutivos, lo que demuestra que, en el caso de los hombres, las lágrimas acuden del cerebro y no precisamente del corazón. Se hace importante señalar la diferencia.
Por otra parte el bien muerto y desaparecido, ¡gracias a Dios!, Hugo Chávez no pudo contener un desesperado llanto para pedir por su sobrevida antes de su fatal último viaje a La Habana. De allá regresó en «plan horizontal» para el «reparto bocarriba», lo que demuestra que a veces Dios oye mejor a los pueblos que a sus propios gobernantes, aunque no sucede con mucha frecuencia de esa forma, para desgracia nuestra.
Regresando a la vieja Europa, y especialmente a Italia, las cosas cambian. En el país que dio la primera actriz porno miembro de su parlamento, la Cicciolina, el muy farandulero y escandaloso Berlusconi en su visita al Parlamento de Israel, se secó más de una lágrima cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu recordó cómo la madre del italiano, frecuentador de faldas, ayudó a una niña judía durante la Segunda Guerra Mundial. Por cierto, ¿qué edad tendría esa niña?, y ¿dónde estaba entonces Berlusconi? Me pregunto.
En cuanto a la antigua URSS, el que fuera primer ministro durante el mandato de Gorbachov, Nicolai Ryzhkov, se ganó el apodo de «el bolchevique lloroso», cuando lloró frente a los representantes de la prensa al visitar Armenia, después del terrible terremoto de 1988. Yo me preguntaría mejor ¿cuántos hoy estarán llorando por las víctimas del imperialismo ruso en esa misma Armenia?
No conozco ese dato.
¿Y de América?
Hmm. Tenemos al Presidente George Bush cuando le concedió la medalla, póstumamente, al suboficial Michael Monsoor, muerto en la guerra de Iraq, una guerra que él mismo ordenó. Pero mucho antes que Bush ya habia llorado Edmund Muskie, quien en 1972 se tuvo que retirar de las primarias presidenciales y cayó en una verdadera crisis de llanto ante la mirada sorprendida de los reporteros americanos. De la misma manera, y de forma más contemporánea, Bill Clinton y Al Gore lloraron durante el tiempo que estuvieron rondando la Casa Blanca, lo que demuestra que Clinton no solo le gusta entretenerse con un tabaco y Lewinski, sino también con una buena lloradita… compartida con su vicepresidente. Por cierto, ¿lloraba Al Gore por el medio ambiente entonces?
¡No lo sé!
Así las cosas, el último en las listas, y para que siga acumulando un legado en la historia contemporánea de llorones en la Casa Blanca, ha sido Barack Obama, quien no solo ha llorado una vez sino unas cuantas, ya he perdido la cuenta, de lo mismo y por lo mismo. La última fue este lunes, cuando presentó sus nuevas órdenes ejecutivas sobre la restricción de ventas de armas en los Estados Unidos. No creo recordar que este presidente haya llorado cuando firmó las órdenes ejecutivas con respecto a Cuba.
No, he revisado en «google» y parece que no. Las lágrimas entonces no mostraron la angustia de Munch, ni el acongojamiento de Van Gogh, mucho menos las imágenes lacrimosas de esos niños de Bragolin. No se si es porque la situación de Cuba no lo merece, o porque allá solo esperan ir a tomarse unas buenas vacaciones de verano, como lo hizo su ex  jefe de despacho, Emmanuel Rahm, recientemente, para disfrutar el sol, las nalgas amulatadas y los tabacos.
En definitiva, los políticos también pueden ser humanos, o eso ellos piensan y, creyéndolo así, pues lloran… delante de las cámaras.
Es de usted el creerles o cambiar el canal a tiempo.