Sunday, August 21, 2016

Yo no soy exCubano

Hay una raza vil de hombres tenaces de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente; y hay otros, como flor, que al viento exhalan en el amor del hombre su perfume. Como en el bosque hay tórtolas y fieras y plantas insectívoras y pura sensitiva y clavel en los jardines. De alma de hombres los unos se alimentan: los otros sus almas dan a que se nutran y perfumen sus dientes los glotones.
No puedo reclamar estas palabras. Quisiera hacerlo. Quisiera haber sido el hacedor de esos fieros versos y tener la memoria de haberlos escrito. Tienen la letra de fuego de alguien que me hicieron admirar, con fervoroso fuego, mis padres, mis buenos maestros, los buenos, los que aún tenían memoria y la veneraban con su honradez, y preservaban la palabra, los versos sin tintes políticos, sin trincheras ideológicas, sin acentos de oportunidad.
Son versos del Apóstol. ¿Acaso tengo que decirlo? ¿No lo conocemos todos? ¿Tengo que recordar su nombre y no tener que nombrarle aquí, decirle Apóstol?
Alguna vez hasta quisieron desaparecer esa palabra, los que no profesan nada más que su catequismo de miedo.
Aun antes de irme de Cuba, aun antes de coger aquel avión, mirar desde la ventanilla redonda, como desde el ojo de Dios, el contorno terrestre de mi país alejarse en el horizonte, sabía que mi país se esfumaba en la palabra, el intelecto y la espiritualidad de nuestros jóvenes. En Cuba ya no se habla de identidad, de patrimonio y desde mucho tiempo el vocablo «memoria» define un concepto diferente al que aprendí desde niño, entre los míos, y entre los maestros que hoy son también mi memoria.
En la redefinición oficial al sustantivo le acompaña un adverbio ideológico. Y el contorno desapareció el pasado para sustituir un patrimonio que no encontró un sustituto, que no halló el equivalente necesario para nuestra sobrevida espiritual. La joven generación no tiene espíritu. O, mejor, tiene el equivalente equívoco del vacío espiritual que le conformó el medio ambiente político en que creció, esa generación, y se convirtió en adultez, y se marchó a otros contornos geográficos.
Nada de eso sucedió en nuestro pasado. Nada de eso constituye la memoria histórica de nuestros héroes, apóstoles, guerreros. Martí desde sus primeros versos nos recordó que era «un hombre sincero de donde crece la palma».
Eran sus primeros versos. Después llegaron otros que inauguraron una época poética, no solo en Cuba, sino en nuestro contorno literario latinoamericano. En sus poemas libres nos recordó que «Cuba nos une en extranjero suelo, auras de Cuba nuestro amor desea: Cuba es tu corazón, Cuba es mi cielo, Cuba en tu libro mi palabra sea».
La primera agresión que sufrimos estos cincuenta años a nuestra memoria histórica la cometieron cuando trataron de dividir nuestra nacionalidad, cuando trataron de hacernos expatriados, excubanos, cuando trataron de transformar la cubanía en un istmo. Es el único patrimonio ideológico que ha preservado esa raza de enanos que nos han gobernado y destruido.
Nos convirtieron en «gusano» para de alguna manera cosmopolita asociarse con el nazismo. No éramos un pueblo de judíos, pero por magia ideológica nos reconvirtieron en aquel holocausto. Lo que sucede con nuestro patrimonio espiritual y cultural es la consecuencia de esa agresión, de ese exterminio.
Es por eso que cuando leí las palabras de Yasmani Copello no pude dejar de recordar en Twitter que estaba equivocado. Tengo que ofrecerle la débil excusa de ser él mismo la consecuencia orgánica de esa agresión a nuestro patrimonio espiritual común. Nos recuerda que su medalla no es de Cuba por las mismas razones que muchos cubanos hoy no reconocen sus símbolos patrios como un patrimonio aséptico a ideologías. Hay algunos que aun, precisamente por esas agresiones, nos despojan ya de esos símbolos. Me los han escrito en comentarios y tweets en mis años en las redes sociales. De esas redes proviene un muy saludable anticuerpo que ha ido creciendo, pobremente, lo admito, pero imprescindible, a los sórdidos comentarios de un libelo televisivo que conduce un miserable «que al buey sin pena imita».
¿Tengo que recordarte al Apóstol, Randy Alonso?
En «Yugo y Estrella» te retrata con letras de fuego: «Todo el que lleva luz se queda solo; pero el hombre que al buey sin pena imita, buey torna a ser, y en apagado bruto la escala universal de nuevo empieza.»
#YoNoSoyExCubano nació como reacción, como anticuerpo de algunos cubanos a las palabras soeces de esta «raza vil de hombres tenaces, de sí propios inflados, y hechos todos, todos del pelo al pie, de garra y diente». Las palabras inmundas de Alonso fueron defecadas contra el cubano Orlando Ortega, vallista cubano en el equipo español que le dio la medalla plateada a ese país en atletismo.
No ha sido la primera vez, no será la última. No es un desprecio, es el desecho espiritual de esta «raza vil de hombres». No vale la pena recordarle a Randy Alonso que Cuba es algo más intangible, algo más elevado y perdurable que una ideología, un proyecto político, el que fuere, que un partido, una agrupación senil de dictadores.
Cuba es algo intangible que escapa definición, trayectoria móvil, verso, palabra, categoría filosófica en gastadas enciclopedias de marxismo, objeto, sujeto, premonición, deseo. Aun cuando nos desprendamos, por indiferencia, maldad o ignorancia ese concepto humano permanece en nuestra sangre, atraviesa nuestros cuerpos, se convierte en hálito movible en nuestras venas, sobrevive en nuestros movimientos, palabras, pasiones, olores y desalientos. Somos el fruto de una cultura que desgarró con letras furiosas nuestro transcurso en la vida. Son huellas que ni el tiempo, ni los mortales despreciables gobernantes del miedo, ni secuaces petimetres, inquilinos de la usura, podrán desgarrar, borrar, desaparecer.
¡A todos nos pertenece!
No es una bandera, aunque sea un símbolo; no es un himno, aunque sean palabras de fuego; no es un pájaro cantor, un escudo, una palma, un color, letras escritas en verso en una canción, danza, sabores exóticos, esperma hirviente de nuestras entrañas.
Cuba está más allá de nuestras mismas manos y desengaños propios. Sobrevive porque no está anclada en filosofías, ni siquiera en versos, aun los más trascendentales y sublimes.
Nadie sabe lo que es. Ni Orlando Ortega, ni Yasmani Copello, ni el miserable espectro de Randy Alonso. No se hace imprescindible recordar que muchos Randys han poblado el istmo de Cuba en estos cincuenta años. Ninguno ha trascendido su estatura. Ninguno ha tenido memoria, ha sobrevivido su silencio y olvido. Pero de todo ese pasado, de esa memoria que han querido reescribir y rehacer, de nuevo Martí emerge, invencible, primer mártir de aquel holocausto, y nos habla desde lo profundo en su «Banquete de tiranos»:
 “Como en el bosque hay tórtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros sus almas dan a que se nutran
Y perfumen sus dientes los glotones.”
Se me hace imprescindible volverlo a recordar.

1 comments:

Roy Fernandez said...

Excelente, te felicito por este artículo y tu entereza