Friday, August 12, 2016

Trump y el problema cubano


He aquí el dilema fundacional y funcional del cubano. Y fíjense que digo fundacional y funcional. Desde el surgimiento de la lucha por la formación de nuestro país y nuestra nacionalidad hubo un grupo, creciente o decreciente en dependencia de la época y las circunstancias, que centró su búsqueda y su lucha en algún factor foráneo, muy fundamentalmente en las fuerzas políticas de los Estados Unidos, su interés de incorporar Cuba al grupo de territorios que compone hoy esa federación.
No sucedió, pero nunca el concepto y la estrategia política del cubano abandonó aquella intención originaria. Basta solo buscar ese rastro en la historia política y social de nuestro país para encontrarlo. Tal vez el símbolo más evidente y superficial pudiéramos hallarlo en nuestra propia bandera: creación de un anexionista, Narciso López, en lugar de la clara opción independentista que siempre significó Carlos Manuel de Céspedes. Pero esto es un accidente casi circunstancial, sin dejar de marcar su huella indeleble en el espíritu cubano de toda nuestra historia.
Tal vez y en ese sentido la peor tragedia sufrida por nuestro país como nación por ser y ser fue la muerte de Martí, porque perdimos al intelectual, político y poeta más cosmopolita de nuestra historia, sin constituir su independentismo una expresión estrecha de su cosmopolitismo, sino un nacionalismo de espíritu internacional. Su ausencia nos reconvirtió la isla que éramos en el promontorio y península que somos.
Cuando Fidel Castro tomó el poder en 1959, toda su retórica política fue reinterpretar aquel pensamiento nacional-internacionalista de Martí, despojarlo de su espíritu democrático y cosmopolita y atrincherarlo en la doctrina del nacionalismo más estrecho, de cuartel y trincheras, de barricadas y discursos. Desde entonces, y por más de 50 años, el régimen cubano nos ha vendido la imagen de un país independiente, nacionalista, aferrado intrínsecamente en las raíces de su cubanía.
No se entiende entonces por qué la nación escapa en vez de enclavarse en su geografía. No se explica por qué de desarrollar su economía a base de las fuerzas productivas cubanas, depende su existencia del vampirismo foráneo a sistemas, países, agrupaciones políticas y alianzas ideológicas.
El resultado ha sido no haber tenido una política exterior verdaderamente independiente en su historia. Hemos sido agregados de algún otro. Dependientes de la brújula de intereses políticos norteamericanos en la primera mitad del siglo XX, accesorio político de la expansión soviética en América en su segunda mitad. Hoy nadamos en el limbo. Seguimos teniendo el mismo parasitismo económico, y por ende político, de otros y no hacemos más que zozobrar en esta veleta de dependencia extranjera a la sobrevivencia económico-política. Somos el remanente raro de una época desaparecida, el parásito político en un mundo que se ha reestructurado ya muchas veces.
Y esta es nuestra segunda tragedia.
Al vampirismo político no sucumbe solo el castrismo, sino también el anticastrismo. Son páginas de un mismo libro. La primera oleada de la emigración política pos Castro le reclamó, desvergonzadamente, a las administraciones americanas que resolvieran lo que esencialmente era su problema: enfrentar la cosmopolitización soviética en Cuba.
Y así la segunda, y la tercera, y todas las otras llegando a la actual.
Si hoy queremos deshacernos de Castro y sus continuadores primero debemos de formar esa continuación. Tengo que hacer una no muy difícil confesión: causa lástima escuchar a la oposición cubana. Causa lástima ver la confrontación televisiva entre José Daniel Ferrer y el pederasta ideológico Edmundo García. Los argumentos del poliglota rancio del castrismo en Estados Unidos, fácilmente deconstructibles, se convierten en una muralla de barro, patéticamente indestructible, en las palabras de Ferrer. Es sencillamente patético.
Pero eso no es lo fundamental. Lo esencial en la confrontación entre Ferrer y García es que los dos demuestran a la saciedad lo que es evidente: no existe una alternativa al pensamiento y el accionar cubano más allá de la que representa el continuismo devastador del castrismo o la apelación a lo que ha sido la política del parasitismo al «buen vecino»: los Estados Unidos.
El anuncio de la nueva política de Obama hacia el régimen de Cuba me encontró entre los que la rechazaron y la atacaron con la dolorosa premonición de iba a ser un paso sin retorno. Han pasado dos años, Cuba no ha cambiado mucho y la vida sigue su curso en todos los sentidos, menos en uno. Los cubanos no hemos aprendido la más importante lección que la historia ha dado a todas las naciones del mundo: para sobrevivir, para constituirse en nación, cada país tiene que caminar sobre sus propios cimientos, sus ciudadanos tienen que construirlas por sí mismos y el apoyo extranjero solo puede medirse en solidaridad, pero nunca como un factor de cambio.
La realidad de la política norteamericana hacia Cuba es una: no puede ser cambiada por los sucesores de Obama, cualesquiera que sean, sin erosionar su propio prestigio internacional y su propio crédito político en el entorno mundial. Hay que ser realistas, la política de Obama llegó para quedarse y significa un verdadero cambio. La incoherencia en política se paga con aislamiento. La política americana hacia el régimen cubano nunca ha sido acompañada por ninguna de las otras naciones del primer mundo que, hay que decirlo, se apresuraron a ocupar el sitio que ocupó aquel en el nuestro país.
Hay que decir algo más. ¿Por qué tenemos que pedirle más a los Estados Unidos que a Europa? ¿Por qué ser demasiado benévolos con unos y demasiado estrictos con el otro?
Debo agregar algo más: La política de Obama  es la correcta.
Aceptando la existencia del enemigo en Cuba Obama retornó a los cubanos el lugar que le corresponde: luchar por su propio futuro, ser el actor fundamental del cambio y no su accesorio. Necesita, por supuesto, él o su sucesor, cambiar algo más: la ley que ampara el éxodo de cubanos, no por su extraterritorialidad, sino porque discrimina al resto de sus emigrantes en aquel país. Y también tienen que cambiar el embargo, ya no tiene sentido.
¿Se sorprenden que lo diga? Yo también me opuse al levantamiento de ese embargo, y con toda razón. Los que le condenaron porque no tenía ningún sentido siempre olvidaron que los que lo condenaron, y se apresuraron a comerciar con el régimen de Cuba, traicionando al aliado que les tendió una mano en el peor de sus momentos, demostraron que la negociación tampoco resolvía el problema cubano. Para ser honestos debemos decir que ninguna de las dos «soluciones» lo resuelve, por una razón: el cubano ha cedido su papel a algún otro, de ser actor se ha convertido en accesorio.
Y es aquí donde viene a llegar el dilema de las actuales elecciones en los Estados Unidos. Una agrupación cubana denominada «Foro por los Derechos y Libertades», formada por un grupo muy disímil, y debilitado, de agrupaciones opositoras – digámoslo de una vez, muy anémicas – ha lanzado una campaña a los dos más visibles candidatos a la presidencia de los Estados Unidos: Hillary Clinton y Donald Trump.
Como petición de solidaridad no es un mal gesto, pero desgraciadamente algunos de sus componentes hacen sospechar, con demasía, que el sentido del petitorio sigue el curso del dilema fundacional y funcional, como decía al inicio, de nuestra historia como nación: dependencia funcional del «buen vecino».
Es hora que acabemos de darnos cuenta que el defecto fundacional de nuestra misma historia como nación ha sido este dilema. Pre castrismo y pos castrismo, pro norteamericanismo y pro sovietismo. Y no es que eludamos la búsqueda de nuestros amigos en el campo más cercano a nuestras posiciones políticas, lo que no puede ocurrir es que estemos en nuestro petitorio a otros de lo que tenemos que hacer nosotros mismos, acudiendo a nuestros propios conciudadanos.
La política de Obama es correcta porque devuelve a los cubanos su protagonismo. Somos nosotros los que tenemos que hacer cambiar nuestra historia, y por tanto los componentes de este petitorio a los candidatos presidenciales norteamericanos es otro de nuestras mistificaciones políticas y nuestros errores funcionales.
Y ya que hablamos de los candidatos. Clinton fue factor fundamental para el cambio de política de Obama, lo dice en su libro y lo ha dicho públicamente en su candidatura, será su continuidad. En lo que respecta a Trump las aguas se enturbian en su totalidad.
Los cubanos que hoy sueñan, suspiran y se encaprichan con el candidato se equivocan por partida doble. Trump no cambiará nada si llega a la presidencia, y será un componente corruptor en su accionar con el régimen cubano. Ya lo ha sido. Antes que Obama cambiara la dirección de la política americana hacia Cuba, los representantes del magnate ya acudían a Cuba, silenciosamente, exploraban codiciosamente el terreno de su expansión. Cuba sería en una supuesta presidencia Trump la India o el Bangladesh de este petimetre. Y el gobierno cubano amablemente le concedería presencia y arrendamiento cómodo, como hoy se lo concede a los trabajadores indios en la expansión de los aeropuertos cubanos.
Para su país, aquellos que en Estados Unidos apoyan y siguen ciegamente al magnate de bienes raíces están colocando los cimientos suicidas del final del sueño americano. Y los cubanos que apuestan a la victoria de Trump están concediéndole el ticket barato al continuismo castrista. Seríamos la fábrica de corbatas Trump, la maquiladora de trajes, la industria local de muebles para los negocios trasatlánticos del errático candidato, la mano de obra barata, los 30 centavos de esclavitud, el tratado transpacífico del Caribe para el magnate, la Suiza tropical para la evasión de los impuestos de multimillonario Don.
Trump ha demostrado en demasía, en negocios y en política, que no le interesa nada más que su figura en el espejo, erigirse sobre los hombros del 99.99999% de los demás a quienes considera mediocres y a quienes ni considera más allá de la estatura de su propia existencia. Aquellos que lo apoyan no solo se colocan del lado de los que soportan la política más rapaz, sino que acompañarían mañana, con el aval galante del castrismo, en convertir a Cuba en el paraíso fiscal de la evasión de impuestos, gracias a las «superiores» dotes de negociador de este filibustero. Recabar su apoyo es apelar a la sumisión de la nación cubana a la presunción, la arrogancia y la ambición desmedida del más grande, peor y más errático representante de la dolarocracia norteamericana, aquella que nos veía como «una fruta», a madurar o a recoger podrida., que regala dinero para recabar favores, que no teme mentir para después aun volver a mentir bajo juramento para volver a mentir al decir que no mintió. Inescrupuloso, arrogante, corrupto hasta la médula de ignorar su propia corruptibilidad, cínico, mordaz, petulante. Como dice Andy Robinson, ahorrándonos, por supuesto, su pro-izquierdismo:
“Trump es la expresión máxima de la dolarocracia y, al mismo tiempo, la subvierte porque … él sabe perfectamente que el sistema es un sistema amañado y corrupto porque ha sido testigo y protagonista de esa corrupción” 
Para desgracia de Cuba y de los cubanos, el futuro no parece tener mucho cambio. No existe la figura del cambio, no existe la intención del cambio, no existe ni siquiera la comprensión de la necesidad del cambio. Y el dilema que se percibe no es ni siquiera un dilema, porque no existe el componente de oposición al continuismo, lo que existe es un doble-continuismo: del régimen y de la oposición.
Así el problema no reside ni siquiera en Trump, en Clinton o en Castro, el problema esencialmente es que aun, a estas alturas de nuestro siglo, Cuba se debate en  la disfuncionalidad de su existencia como nación.

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