Tuesday, August 2, 2016

Tres crímenes contra la infancia



Hay hechos que son inadmisibles. Hay algunos que, siéndolo, trascienden su inadmisibilidad y se convierten en un símbolo. El domingo pasado en La Habana ocurrió un hecho que, no por su cuasi cotidianidad, debe dejar de llamar la atención de todos los que aún les queda un pequeño rastro de pudor. Un grupo de niños, “movilizados” por el régimen cubano, participaron en un mitin de repudio y ejecutaron lo que, inevitablemente, puede trascender por su simbología: rompieron la Declaración de Derechos Humanos de la ONU.
El artículo 19 de esa declaración señala, y cito:
“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”
El artículo 30 de esa misma declaración señala, además:
“Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendentes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración.”
Las personas que cada domingo acuden, o quieren acudir, a un espacio público a manifestar sus opiniones, están respaldadas por estos dos artículos de la declaración para poder ejercer su derecho a disentir, y así expresar libremente su opinión «por cualquier medio de expresión», como bien lo señala el organismo internacional, del cual Cuba es subscriptor y miembro.
Resulta patético entonces ver cómo domingo tras domingo un grupo de personas, instrumentos del poder estatal del régimen de Cuba, intentan socavar que otro grupo de ciudadanos cubanos, con todos sus derechos otorgados por el organismo internacional al que pertenece ese régimen, no puedan ejercerlo.
El patetismo que provoca su reacción sobredimensionada, y evidentemente ilegal, no nos puede dejar de recordar que, en muchas ocasiones, ese régimen utiliza a menores para condonar el derecho de su propia población a ejercer esos derechos.
Ocurrió este pasado domingo, pero ha ocurrido otras veces. Piense en lo sucedido: un grupo de niños frente a la sede de la agrupación opositora «Damas de Blanco», casa particular de una de sus miembros, en un acto represivo contra sus derechos a expresar su opinión «por cualquier medio de expresión», rompieron la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU.
Lo primero que me pregunto y les pregunto, ¿qué reacción inmediata les causa estos hechos?
¿Estupor? ¿Lástima? ¿Desconcierto?
El solo acto de romper esa declaración lo dice todo. ¡Es todo un símbolo!
Me pregunto, ¿la habrán leído? ¿Conocerán lo que rompen? ¿Tendrán alguna idea del símbolo que genera su acción?
Por supuesto, los niños que aparecen en las imágenes no tienen la edad suficiente para conocer el alcance y todo el significado de esas preguntas. Pero, más allá de ellas, y pasado cualquier desconcierto y estupor, hay otros pensamientos que asaltan. Esos niños, sin edad para darse cuenta de que rompen el derecho a exigir sus propios derechos como niños hoy, para crecer y convertirse mañana en adultos sin ellos, ¿conocerán el alcance criminal que tienen sus acciones?
Son niños, no son los culpables de este engendro despreciable al que les han llevado sus mayores. Los adultos, sin embargo, que los movilizan y los llevan a estos lugares, cometen el primer crimen contra su infancia. Los padres que permiten que los utilicen, como víctimas de una guerra silenciosa, cometen el segundo crimen contra esa infancia, la de sus hijos. Y los que presencian indiferentes el acto, en silencio, también ejecutan de manos caídas el tercer crimen.
Se comete una cadena de crímenes, todos, absolutamente todos, contra una inocente víctima: la infancia.
Se podrán alegar, para esconder nuestro escarnio, la propia culpabilidad y la vergüenza, muchas razones para el silencio, pero cualquiera que se alegue no puede ocultar lo evidente: es un crimen.
Por más que tratemos de ocultarla, esconderla o justificarla, la hipocresía social será siempre hipocresía, aun cuando tome el formato de presunta ignorancia de lo que sucede. Permítanme ir un poco más allá, ya que hablamos de hipocresía, y de la hipocresía social que en Cuba se vive.
Estos actos de repudio donde infantes son utilizados como instrumentos ideológicos para ejecutar la represión al ciudadano con opinión solo pueden ocurrir por la hipocresía social que existe en Cuba. Una hipocresía que está a todos los niveles sociales. Desde el oficial de alto rango que acude a su oficina o a una sesión de la Asamblea Nacional, el secretario del partido provincial o local, el maestro, oficial de policía, atleta, estudiante universitario, militante de la juventud comunista, maletero de un hotel, simple ama de casa o retirado, miembro de las FAR, viejo militante, hombre viejo, padre o madre de familia, ciudadano común.
¿Cuántos han presenciado a estos niños que son arrastrados como reses a un matadero a lanzar consignas, entre sus risas, la burla, el desparpajo y la sonrisa, y música incluida?
¿Cuántos artistas acuden a leer un poema «patriótico» o tocar una guitarra?
¿Cuántos permiten que su música, sus obras artísticas y ellos mismos sean utilizados en estos actos de violencia?
Después llegan a casa, los padres escuchan las anécdotas, y el suceso transcurre como si la escuela, el maestro, el instructor, hubieran llevado a los niños a tomar un helado, disfrutar un tiempo libre en el parque, leer algunos poemas, jugar.
Mi pregunta, ¿escuchan los padres? ¿Entienden el alcance del problema? ¿No les sobrecoge el uso de su hijo como un instrumento político? ¿A nadie le conmueve, le provoca la más mínima de las dudas que lo que está ocurriendo con su hijo es una manipulación, una aberración del sistema educativo? ¿Nadie entiende que lo que ocurre allí es una lección de violencia ejecutada desde el más alto nivel político y que esos actos de terror, esos mítines de repudio, son una «educación» de violencia legal?
Sobrecoge tanta indiferencia. Sobrecoge tanta hipocresía social. Sobrecoge tanto cinismo.
¿Es que la sociedad cubana se ha vuelto totalitariamente cínica?
Y si es así, ¿hasta dónde llegará?

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