Monday, August 8, 2016

El carácter en el espejo

El hombre en el espejo se mira, ensaya la mirada, el gesto, detalla el rictus de la boca, las líneas del cuello. Se arregla con esmero casi coqueto las lisas guedejas rubias. No le gusta la gomina porque puede reflejar, con ese oculto pudor que posee, que algo femenino esconde, algo que va más allá del muy caro traje azul, la corbata roja, larga, escrupulosamente larga, como el singular objeto fálico que intenta reafirmar, por sí mismo, una masculinidad sobredimensionada más allá de las pequeñas manos en el espejo, minúsculos testigos indiscretos de su estatura.
Todo se ha convertido en esta persona en el carácter que se refleja en el espejo. Hasta los sobredimensionados trajes caros murmuran una palabra del individuo que pretende ser y no es. Una o dos tallas más grandes, una o dos tallas que cuelgan para animar el personaje que quiso ser y no fue, y que se transfigura en esa imagen de ilusión en la superficie perlada que personaliza su reflejo.
En aquel la obscenidad se transforma en «el mejor temperamento»; la arrogancia, en distinción de realeza de príncipe elegido; la palabra, en elocuencia de inteligencia superior al humano medio; la histeria, en carisma; la blasfemia, en pudor; el odio, en pizca divina de elocuencia; el desprecio, en instante fugaz de divinidad; la pomposidad, en discreción de humanidad suprema.
No, no es un monstruo, es un príncipe, aclaman. La corrección es de mediocres, seres patéticos que retornan del paraíso para poblar la mediocridad. Los demás deben arrastrarla desde la estatura de cuerpo, él se levanta sobre aquellos, los hace sucumbir, los desprecia y dice adiós hasta la sombra que lo acompaña del otro lado del espejo, y allí despide hasta la última línea de decrepites que se descubre alrededor de sus propios ojos.
No sucumbe a la disculpa. No termina las oraciones en la palabra. No reconoce otra humanidad más allá de su imagen en aquel espejo. Nunca, ¡jamás!, ha habido un caso más evidente de discrepancia entre la capacidad y las exigencias de una imagen.
En su ático perlado, sobre la alturas mortales de 66 niveles humanos, el moderno Narciso sobrevive entre acentos dorados de 24 quilates que lo adornan todo: las lámparas dieciochescas, la porcelana de china, las bañeras de mármol, el techo abovedado de la sala de estar, pintado con un fresco de mortales jóvenes ligeras de ropa, las cucharas de plata, las figurinas de amanerados arabescos, las cortinas de seda, la larga y gruesa alfombra de Persia por la que los mortales visitantes de ocasión deben caminar en estériles botines de algodón, guardados primorosamente en un armario con perfiles de nacar y oro, primorosamente organizados por tamaño, color y sexo en el salón de entrada, debajo de un cuadro a estatura natural de esa imagen del espejo, al perfecto estilo de un decimonónico François Hyacinthe Rigaud.
El carácter en el espejo es todo presunción y petulancia. Perfección.
No busquéis la huella minúscula de racismo, la xenofobia estéril, la misoginia rampante, la grosería y el esperpento, tampoco el ridículo. Ni disculpas ni agradecimientos. En el espejo solo vive su carácter. Y allí, solo, en su propio mundo perlado, nadie más lo sobrevive.
¿Los demás? Los demás esperan ante el cuerpo material de su imagen. Aplauden cuando deben aplaudir; gritan cuando deben gritar; blasfeman cuando deben hacerlo; adoran cuando la sonrisa infalible del espejo contorsiona el gesto, lo torna hostil, hunde aquel dedo infalible en el espacio inmaterial y las rubias guedejas se levantan como rabiosas llamas en el infierno. Desde allí, otros son los diablos, otros los demonios, otros.
Es un monstruo, pero está ajeno a su propia verdad.
Es un ignorante, pero ignora su propia ignorancia.
Es un iletrado, pero los libros no tienen sobrevida en aquel espejo.
No tiene alma, pero se prescribe belleza.
Narciso también era bello. Tan bello y tan joven que las jóvenes, frescas y hermosas de todas latitudes, perseguían su belleza y se entregaban a aquel dios exuberante y perfecto. Pero él solo admiraba su imagen en la fuente donde iba a calmar la sed de caminante. Se enamoró de sí mismo. La imagen se inventó su propia imagen y recreó un mundo, para olvidar el otro. Desde entonces nada existió mas allá aquella realidad, su realidad.
Hoy vaga por algún lugar, trata de recuperar la corona para atrapar al príncipe que vive sin alma en el espejo.
¿Y los demás? ¿Aquellos que miran esta dramaturgia del hechizo?
¿Cuánta oportunidad se le debe dar a la ignorancia para comprender que es la ignorancia?
¿Cuánta oportunidad se le debe otorgar al ignorante para que comprenda que es un ignorante?
¿Cuánta oportunidad se le debe ofrecer a Narciso para que entienda de una vez, y por todas, de que esa imagen, aquella en la que se acicala las rubias guedejas, el rictus orgulloso de la frente y hasta la simulada sonrisa, es solo el reflejo de un carácter que no existe, un carácter en el espejo?
Hay una historia de Narciso contada por el poeta y escritor inglés Oscar Wilde. Se llama «The story of Narcissus», y en ella cuenta el escritor:
“Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí y me miraba, veía yo en el espejo de sus ojos el reflejo de la belleza de mis aguas.”

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