Saturday, July 23, 2016

Diez años

La percepción de un país se puede conocer no por los que se quedan sino por los que se van. ¿Quiénes son? ¿Por qué lo hacen? ¿Qué porción de la población es la que se marcha? ¿Cuáles fueron las condicionantes que ejercieron presión para que decidieran irse?
La historia de los últimos sesenta años de Cuba puede escribirse por los que se fueron, mucho más que por los que se quedaron. Hoy tenemos un país que envejece, en todos los sentidos. En población, en estructuras sociales, en pensamientos.
La llamada «revolución cubana» surgió con el espíritu de la juventud, hoy envejece encayada en un país anciano, con dirigentes que no quieren comprender que el sentido de pertenencia a la nación desapareció, no existe, fue desgajado de su proyecto social. No quieren reconocer que su momento histórico finalizó y deben ceder a una nueva realidad; que las ideas que formaron aquel movimiento fueron trascendidas por realidades, circunstancias y procesos sociales naturales. Tenemos un país con un rostro diferente, con un espíritu distinto y con una población que ya no comparte sus fidelidades, pero que no cree que su futuro permanece ahí, entre los que no se quieren ir y establecen parámetros de conducta y de acción para su permanencia.
Diez años es tiempo suficiente para valorar un gobierno, sesenta para valorar una historia.
En un país democrático el fracaso de políticas, la bancarrota económica y la desilusión personal provoca la crisis de la bancada gobernante. En Cuba la crisis es endémica, las destituciones de ministros y de supuestos  líderes políticos esconden el fracaso de sus gobernantes. Y el fracaso de las estructuras de poder de provocar y generar el cambio demuestra que el país no funciona sobre un carril de democracia y comprensión social, sino sobre las ruedas del autoritarismo.
Pero eso es conocido. Los jóvenes se marchan porque, desde la comprensión de esta verdad política, aspiran a un futuro, y esconden entonces el apellido político a la crisis y a sus motivaciones. La economía define una política de gobierno, es la base estructural de cualquier sociedad. Lo reconoce hasta el mismo marxismo en sus fundamentales escritos viscerales. Pero en Cuba, y en sus gobernantes, el marxismo fue el fetiche de sus palabras pero no el de su accionar como entidad política. En Cuba, la economía se ajusta con el cinturón de fuerza de una ideología desbancada, fracasada de muchos años de historia. Los que permanecen no desean que las fuerzas económicas ejerzan su dominio natural porque significa el fin de sus privilegios, de su gobierno.
Pero esto también es conocido.
¿De qué sirve entonces destituir un Ministro de Cultura, y poner otro, sino para reescribir otra vez, como tantas, una mistificación política?
¿De qué sirve remplazar el Ministro de Educación y escribir otro nombre en su despacho?
¿De qué vale desplazar nombres, úcases políticos, apellidos en organizaciones que no ejercen sus principios?
La Unión Comunista de Jóvenes cambió un nombre, ¿Cuántas veces lo ha hecho? ¿Desde cuándo representa esa organización a sus afiliados que hoy se marchan por Ecuador, Colombia, Costa Rica, Panamá, México, que encayan en los cayos y las costas de Florida?
Los mercados vacios, un país cuya economía descansa en la superestructura ilegal de todo: mercado, relaciones mercantiles, productos, servicios, ofertas. A las casas de los ministros llegan esos mismos productos y también ellos mismos acuden a esos servicios. La ilegalidad es el recurso básico de vida del cubano, de todos. Gobernantes y gobernados, generales y doctores, ministros y defenestrados ¿Es simple hipocrecía o sentido visceral de supervivencia de un régimen anciano?
Nadie sabe. La mistificación es parte del fracaso de los gobiernos espurios. Napoleón terminó en Santa Elena, muerto por un cáncer de estómago o por dosis mortales de arsénico, ¡quién sabe!, porque quiso conquistar Europa. Dio el salto, intentó cambiar el destino de la humanidad cambiando su propio destino. Y fracasó. Eso transcurrió en quince años. Algo bueno quedó de todo aquello. La historia social de Europa, las instituciones legales del viejo continente sufrieron el cambio definitivo que los llevó a una estructura más democrática y moderna.
Nada de eso ha ocurrido en Cuba.
Los que gobiernan en aquel país quisieron cambiar su destino, para terminar cambiando el suyo propio, olvidándose del país. Las historias sociales siempre tienen un sello personal detrás de las tragedias de héroes, villanos y procesos. No han muerto de ni de cáncer ni de arsénico en Cuba; no llegaron a las puertas de moscu con bayonetas, sino con bolsillos vacios y la mano extendida. En cambio hacen fallecer a un pais, desaparecer a una generación, fracasar un empeño histórico.
No son diez años, son sesenta, pero esto también se mistifica en los titulares noticiosos, en los tributos en que la gran prensa pretende encerrar el destino de un país. Mientras, por aire, mar y tierra, una multitud se marcha, una generación sucumbe a su muerte. La consecuencia es esa huida, y sus causas no las soportan leyes externas, condicionamientos políticos ajenos, ni siquiera facilidades migratorias de pies húmedos y secos. Las causas están en el país que quiere seguir aislado, que permanece con los mismos gobernantes ejercitando su flecha, la de Robin Hood, mientras su hijo se escapa por Centroamérica.
Dejémonos de engaño, no son diez, son sesenta.

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