Wednesday, March 23, 2016

Tendiendo Puentes

La visita del primer presidente norteamericano a Cuba en más de 80 años ha terminado. La ciudad que fue un fantasma sumida en el silencio, el cerco de seguridad, los arrestos y la práctica paralización de su vida ha vuelto a la normalidad, la normalidad que todos conocemos. Nada ha cambiado, los embargos internos continúan mientras el externo parece languidecer, tardíamente, lento en su camino a la extinción. Comienza a escucharse, tal vez, los acordes tempranos de los «Rolling Stones» y los cubanos prosiguen en sus intentos por escapar, hacia cualquier lado, con el rumbo dirigido siempre hacia el norte.
¿Cuánto ha cambiado Cuba después de Obama o cuánto no ha cambiado?
La prensa castrista se apresura hoy a establecer los mismos paradigmas, el mismo lenguaje, las mismas «razones y argumentos», la misma mistificación del enemigo que casi ayer saludó desde el atrio del «Teatro Tacón», rebautizado tantas veces con otros nombres. Pero todo eso es la reacción colérica o bochornosa al desamparo. Ningún reporte, análisis o comentario podrá opacar lo que es, a todas luces, un momendo inaudito, fugaz, tal vez, pero único en la historia.
¿Qué ha sido lo trascendente durante la visita del Presidente Obama?
Lo resumo en tres momentos importantes: la llegada, la conferencia de prensa después de la conversación con el dictador y las palabras del demócrata frente al silencio de la dictadura.
Preámbulo
Para aquellos que no me leen muchas veces, o nunca, o que por accidente le dieron un pícaro «click» a este enlace y se acercaron a este blog, desearía establecer una premisa. Algunas. Estas son.
No aplaudí con certeza el «deshielo» de aquel 17 de Diciembre del 2014. Tenía razones, y las tengo, para comprender que nada será posible mientras los principales miembros de la dinastía Castro se mantengan en el poder.
Tampoco me convencieron las razones para el ablandamiento del embargo, y las minucias que el régimen castrista le daba como «garantías» a la Administración Obama eran risibles, para decir lo menos.
Como cubano, viviendo en el exilio y considerándome un exiliado, no un emigrante – hay diferencias abismales entre los dos conceptos –, me daba tristeza ver como artistas, celebridades tontas, congresistas y senadores, políticos y lobbistas acudían a La Habana como las moscas acuden a consumir un despojo. Dejábamos de ser la causa para convertirnos en el efecto, en la moda, en el contorno turístico colorido para la foto casual y perlada en las conversaciones consumistas.
Y cuando la Casa Blanca anunció la visita del mandatario americano presentí que llegaba el final de la esperanza. Todo habia terminado.
Hubo un día en que saludé con simpatía y alivio la llegada de Obama al poder, pero también estuvo ese día en que hubiera decidido que mi simpatía se extinguiera y se convirtiera en un mal sueño, la pesadilla de un descalabro nunca ocurrido.
Este ha sido el preámbulo con el que contemplé la llegada del «Air Force One» al aeropuerto «José Martí». Después, todo ha sido historia.
La llegada
Analistas, comentaristas de CNN, cubanos de La Habana, activistas en el exterior, tuiteros y hasta algún escritor mediocre, teleconvertido en «sibila del criollismo», se apuraron a burlarse de Obama o, al menos, de minimizar su estatura al comprobar que, en el húmedo pavimento del aeropuerto habanero, no estaba el dictador Castro esperándole para darle la bienvenida. Parecía una burla al visitante, algunos llegaron a considerarlo una irrespetuosidad, otros intuyeron una intencionada minimización a la visita por parte de las autoridades oficiales cubanas. Podía ser posible, de hecho los acontecimientos de esa noche parecían confirmarlo.
La Habana «lloraba» en su naturaleza, despertando de una primavera que no existe – en Cuba solo tenemos dos estaciones, hasta la naturaleza nos ha privado de un poco de cambio –, las calles estaban artificialmente desiertas. El Malecón, siempre sitio de reunión de cubanos, aun bajo la lluvia y las inclemencias torrenciales de la naturaleza, estaba desierto. Un reportero de CNN comentaba que las medidas de seguridad de las autoridades cubanas eran extremas, que la ciudad parecía un fantasma. Agregaba como minutos antes habia pasado la caravana de autos de Obama y las autoridades policiales cubanas habían detenido a un hombre portando un cartel que decía «Viva Obama, Viva Fidel»; como un par de vecinas empuñando un oscuro paraguas habían intentado salir a la terraza de su casa, frente al Malecón, para saludar al presidente americano y miembros de la Seguridad del Estado las habían conminado a entrar a sus casas.
Las autoridades deseaban establecer un cerco de silencio alrededor de Obama. No querían ninguna muestra de afecto, ni de simpatía. No deseaban que el cubano mostrara su natural condescendecia con su ilustre visitante.
El era «el enemigo», como también lo hemos sido nosotros, los cubanos exiliados.
Para los mediocres, Obama fue tratado como «un embajador de Burundi», o de cualquier otra parte. Pero para mí al Señor Presidente le fue concedido el tratamiento que todo cubano recibe cuando llega a su casa natural por extensión: Cuba.
No somos bienvenidos, no les gusta nuestra palabra y mucho menos nuestra presencia, pero necesitan nuestros bolsillos.
Para mí, Señor Presidente, fue un privilegio verle tratarle como nos han tratado a nosotros, los cubanos. Y eso me hace feliz, no porque sea un gesto grosero, torpe, arrogante y de muy baja estatura intelectual, sino porque nos coloca en el mismo escalón humano, del mismo lado en el conflicto. Desde entonces hemos sido como hermanos, usted y yo. Y como usted yo también he sonreído, con altruismo y humildad, y modestia. Crecimos en la estatura que Martí nos privilegiaba, «de la frente al cielo».
La blasfemia de las autoridades cubanas a su llegada delimita, ante los propios ojos del pueblo de Cuba, de qué parte está cada protagonista de esta historia. Usted, como yo, de la del pueblo; el dictador y su corte, de sus intereses mezquinos.
Era mucho mejor que usted fuera recibido por aquel pavimento gris, húmedo, por aquellos muros de concreto que le saludaban con su vapor en oleadas. Ese era el verdadero representante del pueblo cubano, un pueblo que está mejor representado por esas gotas de lluvia, esa superficie plomiza y agrietada  y aquellos muros de fea estética seudocriolla, que por la aristocracia de sus autoridades. Ya al otro día usted se acercaría al cuartel general, aquel desde el cual su «majestad» le indica con su catalejo a sus tropas qué lugar, qué posición y qué palabra tienen que decir cada pieza en el estricto protocolo social de la Cuba de oficio.
La conferencia de prensa después del encuentro
Terminadas las conversaciones, el invitado y su anfitrión se dirigieron a la prensa. Y ocurrió lo insólito, un momento en la historia de Cuba que muy pocos podrán olvidar.
¿Fue una jugada suya o la casualidad del evento?
No importa lo que fuera. El resultado es que toda Cuba pudo ver qué personaje tienen como «presidente». Un pobre y mediocre tipo que no sabe enfrentar una pregunta – lo de «pobre» me lo perdonan por conmiseración a la figura de anciano de este déspota–; que no sabe articular un argumento; que se esconde en el risible gesto de «no entender» lo que todos oyen por los audífonos, risible justificación de idiotas; que suda, levanta la voz, convierte las palabras en rabia y tartamudea mientras el Presidente de los Estados Unidos mira a su anfitrión, sonriendo, casi con una burla condescendiente dibujada en sus labios.
Tal vez fue tristeza, o desprecio, o las dos cosas. Por supuesto que daba tristeza ver como el que mueve con un dedo los destinos de once millones de cubanos no sabe enfrentar la prensa, no sabe responder, no está acostumbrado a que le interpelen y le cuestionen sus palabras.
Lo trascendental, sin embargo, fue que toda Cuba pudo observar las diferencias entre el político articulado y el capitoste colocado, el estadista y el dictador, el hombre sereno y acostumbrado a rendir cuentas de su pensamiento y hacer, y el mandamás que no cuenta con nadie ni rinde tributo de su trabajo.
Fue un evento manufacturado por el propio presidente norteamericano, como ya dije en otro post. Lo ha hecho en otras ocasiones. Ya, con solo este suceso, la visita del Presidente Obama puede catalogarse de un gran éxito. Algunos dirán y exigirán y pedirán mil otras razones para catalogarlo de éxito, la realidad es que quien tienen que hacer los cambios en Cuba no es el presidente norteamericano, o el Congreso de los Estados Unidos o, incluso, los cubanos exiliados, sino todos los cubanos. Somos nosotros el sujeto del cambio, los demás son facilitadores, pero nada más.
El tributo de la arrogancia
Y entonces llegaron las palabras de Barack Obama al pueblo de Cuba. ¿Cómo catalogarlas?
Trancesdentales. Un discurso ecuánime, balanceado, articulado desde la primera genial línea con el verso martiano de «Cultivo una Rosa Blanca». Por primera vez, en más de cincuenta años, Cuba y los cubanos tuvieron a un presidente frente a sus televisores.
El discurso por sí mismo lo dice todo. En él Obama demuestra cómo actúa un demócrata, sin ocultar las verdades, sin esquivar los conflictos, con honradez pero, sobre todo, con modestia. Hizo la mas grande defensa, que no apología, de la democracia frente a la dictadura y sus representantes. Sin gritar, sin alzar la voz, con argumentos.
Demostró algo aún más importante, que un presidente americano – que hasta ese mismo día habia sido catalogado de «enemigo», y hoy prosiguen con esa mistificación, la idiotez es incurable – es capaz de demostrar la superioridad de un sistema con argumentos y reconociendo las bondades de su contraparte para señalarle sus flaquezas, y sin decírselo. La diplomacia es el instrumento intelectual para que el contrario comprenda sus errores sin tener que enumerarlos. Y eso hizo Obama. Todas sus palabras son un ejercicio del discurso positivo, nunca de la critica negativa y la condena.
Dejémoslo claro, esto no le ha gustado a algunos cubanos exiliados que querían, y pretendían, que el presidente americano «cantara las cuarenta» allí, en la misma casa del tirano. Tal vez por estar tanto tiempo lejos, o por la pasión política que nos hace muchas veces que nuestra inteligencia sucumba a las emociones, nos olvidamos que Obama, y nosotros mismos, somos visitantes en aquella casa. No hubiera sido inteligente o útil, no fuera de la trascendencia que es hoy, que el presidente condenara o impusiera una crítica en sus palabras. Lo trascendental del discurso es que lo dijo todo sin necesidad de entonar esas palabras.
Mucho más. Hizo el más grande elogio del exilio cubano, y de Miami, frente por frente a un auditorio que era totalmente hostil, y frente a frente al dictador y uno de los protagonistas causantes de ese exilio. Y lo hizo de manera articulada, sobria, pero contundente. Sin expresar hostilidad y tocando las fibras íntimas de los cubanos. Tal vez esta haya sido la parte más hiriente para la dictadura y sus protagonistas, y es tal vez por eso que la prensa hoy se lanza hostil sobre las palabras de Obama para recapturar a su habitual oyente. Pero es tarde, ha ocurrido el evento más importante y su actor principal fue… un presidente norteamericano.
Los cubanos pudieron constactar, sin intermediarios, que hoy el enemigo no está del otro lado, sino entre sus filas. Si algo valió la pena sufrir ha sido esta visita y ese momento. Algunos dirán que la memoria es corta y la realidad olvidará los hechos. Nadie puede pretender que una visita de dos días haga cambiar un país, provoque un cataclismo polático y ejecute un cambio.
Obama no fue el Reagan que mandó a derrumbar el muro. Sus palabras no fueron para el gobierno, sino para los cubanos. Y aunque hable de restaurar las relaciones con las autoridades cubanas, la realidad es que su visita tenía como objetivo restablecer las relaciones con el pueblo de Cuba. Y estoy seguro que lo ha logrado. Es muy dificil no oir con respeto y admiración lo que este hombre les dijo a todos. Su discurso fue una inteligente y audaz pieza de oratoria. Cuba pudo ver un político con carisma, que sabe argumentar con decencia y humildad, que reacciona con la inteligencia los insultos, que conmueve y sabe conmover, que habla de lo general y argumenta en lo particular, que es locuaz, simpático, que reacciona con soltura a la broma y la risa, que no es arrogante ni espera con especial celo el aplauso. No es ni el demagogo ni el caudillo, es el Presidente.
Y por eso el silencio de aquella sala, especialmente entrenada para callar y no aplaudir, es el tributo de la arrogancia a la modestia.
¿Algo más queda por decir?
Muchísimo, pero mejor que todas los análisis y criterios son las propias palabras del Presidente Obama. Les sugiero que las lean.

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