Saturday, March 26, 2016

Segunda Piel

Hay algo que no comprenden muchos, especialmente los que se arriman al ala izquierda de la política y no conocen al cubano, al hombre de verdadero espíritu cubano, a su idiosincracia de ser un pueblo que supera las desgracias, que las sobrepasa con su humor, que ha podido subsistir dentro de uno de los regímenes más asfixiantes porque tiene la capacidad infinita de sonreír, de degustar la música, de buscarla, de ofrecer la sonrisa a la desgracia, al abandono, a las carencias, que descubre la manera sutil de burlarse de las circunstancias, que hace de la broma y el desparpajo un medio de vida para sobrellevar las tragedias y carencias. Nosotros reímos mientras las lágrimas cuelgan desamparadas de nuestros ojos por la fuerza natural de la tragedia. Somos un pueblo tragicómico, que no soporta el llanto más allá del preámbulo de la risa.
Por encima del resto de toda América, no somos un pueblo que esconde sus sentimientos, y hablo de pueblo, no de país, porque a la nación algunos le han querido enganchar etiquetas, otorgarle sobrenombres, establecerle seculares protocolos. Por ese camino la nacionalidad cubana fue acercándose al teatro trágico de la antigua Grecia. Pero nunca llegó a ocurrir, ¡jamás!
Somos abiertos, espontáneos, buyangueros, bailadores empedernidos porque la sangre nos hace saltar en la cama y la cintura vuelve trepidante el ritmo cuando hacemos el amor bailando. Bailamos teniendo sexo y tenemos sexo en el baile, en la contorsión voluptuosa que produce la música cuando se nos introduce en el cuerpo, en el lenguaje, en el ritmo cadencioso de las palabras.
Tal vez Brasil sea el único país que se nos acerque y pueda comprendernos en la trepidante fiesta que es nuestra vida porque, aun no teniendo un plato de comida decente en la mesa, acudimos en masa a ver a los «Rolling Stones» y la felicidad entonces abarca esas dos horas, olvidándonos que, de regreso a casa, el refrigerador estará semivacio o con solo agua, el pan tengamos que comerlo con poca grasa, cueste encontrar una verdura o un buen solomillo para comer el domingo, sin olvidar que, posiblemente, hayamos tenido que ir a pie a ver a la banda de rock británica a la «Ciudad Deportiva», los que fueron a verla.
No se puede olvidar de que fueron, después de todo, 50 años de prohibición callada, silenciosa, que sigue en el ADN de la cultura socialista, pero que no ha podido imponerse porque nuestra idiosincracia hispanoafricana nos hizo gozadores y rientes, que cuando se apagaban los altavoces de las tribunas de consignas buscábamos la estación en el radio sovietico para escuchar a estos viejos, entonces jóvenes rebeldes, hoy casi achacosos, que aún siguen tocando de maravilla.
Ayer pudo perfectamente levantarse  John Lennon de su asiento en aquel parque del Vedado, inaugurada su figura de bronce por el mismo animal político que nunca tuvo el espíritu del cubano, que no entendió su ritmo, que desconoce aún su verdadera música, que nunca supo bailar ni contorsionarse en la cintura porque estuvo naufrago de su sangre inmóvil, demasiado española y miserable, demasiado enterrada en su arrogancia y en su importancia en el espejo.
No entienden, muchos no entienden como un pueblo puede aplaudir a América, sonreir a Obama, al americano que llega, recién estrenado después de cinco décadas, o calzar un «Adidas» y mover el trasero por las calles de La Habana mientras la bandera americana se contonea en el bolsillo izquierdo de su vaquero. Algunos están tan enterrados en sus ideologías y frases y consignas que no pueden entender que, bajo la piel delgada de las tribunas, los aplausos, las manos levantadas, los fusiles y las boinas verdeolivos, siempre hubo un pueblo abierto, musical, jodedor y caliente, que atesoraba su interna osadía para ofrecerla gratis al menor ritmo, cualquiera, a la minúscula partícula de diversión que apareciera en su camino. La sangre nos baila su ritmo por las venas.
A falta de entretenimiento, a la sustitución de la cultura del ritmo por las consignas, Cuba no desterró su gozadera, su ferviente ebullición y su frescura. Porque otros eran enemigos de los vaqueros, el pelo sobre los hombros, la música rock, la guitarra y el idioma extranjero no dejamos de tenerlo y adquirirlo en el mercado negro de todas las cosas terrenales, divinas y espirituales. Creíamos en Dios, el Corazón de Jesús aún colgaba de las paredes de nuestras casas, sintonizábamos una frecuencia pitiyanqui – ¿no es así como le dicen en latinoamérica a los norteamericanos? – y bailábamos rumba con Janis Joplin. Lo buscamos, lo encontramos enterrado en nuestras privaciones, en nuestros silencios.
Que no podíamos oir a los «Stones», lo buscábamos en las frecuencias inverosímiles, enganchados con un perchero en el radio «VEF» que alguna vez otorgaban de «premio al trabajo». Orientábamos las antenas y conseguíamos «guachipupa», esa bebida inventada cuando el alcohol era tan «diversionista» como «The Beattles» y «The Rolling Stones». John Lennon cantó primero en nuestras radios clandestinas antes de que apareciera, por las inevitables circunstancias de la realidad que supera cualquier imposición ajena, en las emisoras verdeolivos. Fue su primera derrota, allí, en la música, en la cultura de estos sargentos que hasta peinan largas melenas y se convierten en asesores de generales para asistir ayer a conciertos que no se atreven a valorar como diversionistas, hoy.
La música les provocó su primera gran derrota. Y la música despojó al sistema, a su régimen y a su ideología de su ritmo. Hoy el socialismo cubano no tiene melodía para su baile. Un par de trovadores viejos, casi sin pelo, que siguen descuartizando versos con una guitarra, que han abandonado la poesía y se han incorporado a las consignas, con aviones y fusiles, pero sin ritmo y jacundia.
El cubano, el criollísimo cubano sigue moviéndose. Riendo y burlándose, intimamente, de sus jefes. Nunca dejó de hacerlo. Pepito ayer pudo salir por fin de su casa, reir sus propios cuentos, cantar a los acordes de Richards y Jagger. Hacerlos públicos entre el rock'nroll y los gritos, el sudor y la risa espontánea.
Acudieron al evento mucha juventud de entonces, maduros, casi viejos. Y los jóvenes de hoy, con mucha seguridad, debieron sorprenderse de que sus propios padres siempre supieron cómo darle a la cintura y cabalgar cualquier montura al ritmo de un rock que nunca lograron disfrutar cuando tuvieron la edad de ellos, sus hijos. Pero siempre lo hicieron, no hay nada nuevo que descubrir.
Cuba siempre ha tenido dos pieles. La delgada de consignas e ideologías exógenas. La profunda de jolgorio y bachata. Gozadera pura somos.
Algunos se preguntan por qué no acuden a reclamar justicia y libertad, el derecho a decidir su destino y tener algún futuro en su propia casa. Nos la robaron, sí, quedamos atrapados en un mundo donde hasta la propia risa era una cuestión de estado, pero quedó en lo profundo, sin embargo, el aliento de seguir viviendo y se enmascaró en una seriedad que nunca formó parte de la idiosincracia del cubano. Los «Rolling Stones» desataron esas máscaras y mistificaciones, tal vez hoy vuelvan a cubrirse esos rostros. Es un pudor extraño, falso, hipócrita, foráneo, conque algunos adornaron el país, su gente, su misterio. Todos sabemos cómo sucedió, y quién lo hizo, y cuánto costó en vidas humanas y en espíritu. Pero Cuba no dejó de ser quién era y fue, quedó escondida en la profundidad de esa epidermis de discursos y palabras.
No hay una Cuba totalitaria, única, más allá de las oficinas refrigeradas del Consejo de Estado, de ese palacio de una «revolucion» que sepultó el espíritu de su pueblo. Lo ocurrido fue el accidente de un itsmo provocado por una personalidad sin sangre esencialmente cubana. Un títere de su ego, el espíritu mediocre de un ancestro que nunca supo ni siquiera bailar, reir, ponerle música a su cuerpo.
Para los mediocres que siguen pensando en vejestorios, los « Rolling Stones» pueden estar doblando cicatrices en su rostro, arrugas que pliegan su frente, cuerpos enjutos por sus años, figuras encorvadas por las décadas transcurridas. Ayer, ayer fue un día en que los viejos se hicieron niños, adolescentes ante los ojos de sus hijos. Por un día vieron regresar su libertad perdida por varias décadas. Y se lanzaron a gozar, a joder, allí, a tirarse en la hierba y hasta probarse a cantar las viejas viejas melodias que tuvieron que esconder en uniformes y botas, mientras en las noches de complicidades la gozaban con un trago inventado de alcohol, alguno hasta con alguna pastilla o alguna marihuana escurrida en el bolsillo no se sabe ni cómo. La juventud es la misma en cualquier parte del mundo, un río subterráneo discurre entre los continentes y naciones y naufraga en la conducta adolescente.
Cuba no es distinta a ayer, ni a hoy, ni a nunca. Hemos sido iguales todo el tiempo. Otros se la inventaron para ocultarla y exportarla como un sello de venta en el mercado político de las mediocres ideologías de Europa. 
Si, hay una desgracia que esconde todo el concierto de voces de ayer, y es que ha sido demasiado tarde. Muchos se han ido, otros regresan con la temporalidad marcada en sus pasaportes, algunos, o quizás muchos, añoran el tiempo perdido, hay personas que quedaron en el camino y no pudieron disfrutar del evento. Han sido 56 años en que los sueños fueron desgarrados, suprimidos, convertidos en un almacén de palabras y discursos y hoy todo parece atemporal, como si no existiera. Y entonces los extremos de Miami se convierten o se transforman o se transfiguran en los extremos de La Habana.
«Vigilia Mambisa» aplana programas del Partido Demócrata en Miami mientras en La Habana secuestran folletos de los Principios Universales de los Derechos Humanos de la ONU, ¿no resulta ridículo las coincidencias? Me imagino que Manuel Saavedra hoy estará convocando a la misma aplanadora para aplastar a los discos «castristas» de los «Rolling Stones» en una calle de Miami, de la misma forma que ayer en nuestras universidades expulsaban a rockeros y hippies, a quien usaba vaqueros y escuchaba música del «enemigo». En esa misma Habana, el mismo espíritu de extrema derecha, transfigurada en la izquierda, volverá a hablar de la «cultura de masas», tratará de recordar que los conciertos necesitan «disciplina y organización», o ¿ya no lo hicieron en algún periodico previo al evento? ¿No fueron esas las mismas palabras de Abel Prieto antes de acudir a la zona VIP del concierto?
El rock, Cuba, Pepito y la gozadera cubana es de espíritu desorganizado, protestón , buyanguero y jodedor. Nos burlamos de la Madre Teresa de Calcuta, de San Juan Bautista, de Castro, Obama y hasta del Papa Francisco lavándoles los pies a los menesterosos de Roma mientras pide duchas para los que no tienen casa. No hay programa ideológico de ningún tipo en el espíritu del cubano, no lo tuvimos ni lo tenemos. Tal vez sea esa la misma desgracia de la opisicion a Castro. Tratan de replicar los mismos métodos, la misma tesitura, el mismo programa de conservaturismo, mientras la realidad los supera a ellos y a sus enemigos, se han convertido en clubes exclusivos de disidencia. Demasiados organizados, demasiados con el espíritu de «pioneritos» de ideología saludando a la bandera y a héroes muertos.
Cuba nunca respetó ni a sus muertos. Los bailó en su tumba. Aprendió el inglés y mientras más odio pitiyanqui vociferaban las tribunas más gringo se transformaba el espíritu clandestino de sus propios hijos, y las banderas de las estrellas y barras iban surciéndose una vez más en esa epidermis profunda del cubano. ¿Se sorprenden hoy, entonces, los sargentos de la cultura y la enquistada izquierda de Latinoamérica que seamos más pitiyanquis que los pitiyanquis no siendo ni sombras de pitiyanquis? ¿Se sorprenden de que no nos consideremos latinos sino americanos?
Pues muéranse de miedo, nunca dejamos de serlo. Las prohibiciones viajaron por las venas ocultas y clandestinas de nuestras vidas y la música nunca dejó de recorrer nuestra sangre, toda la música. Tal vez sea ese la lección magistral de los británicos ayer en la «Ciudad del Deporte». Nunca dejamos de ser lo que fuimos, solo pasó a otra sobrevida y, con mucha probabilidad, lo sucedido ayer signifique que, después de mucho tiempo, tal vez Cuba esté verdaderamente cambiando. Por primera vez, y en muchos años, comienzo a tener un poco de optimismo. Si podemos hablar de una Cuba antes y después de la visita de Obama, tenemos que hablar de la cultura cubana antes y después de la visita de los «Rolling Stones».
He oído algunos lamentos, gente de izquierda que se queja de que aterrizarán las McDonalds, que el contorno de Cuba cambiará con los americanos, que la música yanqui sustituirá al ¿tango? Lo siento, siempre lo estuvo. Estamos más cerca de Miami que de Caracas y Sao Paulo. Las praderas argentinas ni las conocemos y el paso de ganso conque se recibió a Obama en aquella plaza ha quedado reducido a los protocolos y funciones de gobierno, un gobierno que no entiende a esa Cuba rpofunda en su segunda piel y que sustituyó esa piel por un abrigo extranjero, demasiado acartonado, demasiado enteco.
Por años he estado muy excéptico de los acontecimientos, del país profundo, de esa segunda piel sobreviviendo. He vivido demasiados desengaños. He visto como el espíritu de Cuba se enquistaba una y otra vez para volver a dejar mostrar su hipócrita envoltura, y desventura, «revolucionaria». No fuimos nunca los hijos de las revoluciones ideológicas. Aquellas ideas naufragaron en nuestros padres y el resto se transformó en estos nuevos adolescentes que tuvieron su orgasmo de música ayer. Esa es la verdadera piel, la segunda. Me pregunto si habrá quedado sepultada la primera después de escuchar a los «Rolling Stones» en el concierto.
No lo sé, no hay forma musical ni profética de saberlo.

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