Friday, March 25, 2016

Rolling fiebre Stones

El hombre se ajusta los lentes redondos y se levanta. Aún quedan algunas marcas del excremento que los pájaros han dejado sobre su ropa. La tarde es limpia, despejada y el parque está desierto, sin niños que atraviesen la hierba seca o la tierra casi gris por el sol reverberante, ni hombres que se sienten a tomarse una furtiva foto, tampoco las parejas parecen esconderse en las pocas curvas de los descarnados muros. La humedad del domingo ha pasado, como también su visita. Y él se levanta, cansado, con los huesos duros de metal calcinado, camina. Los pantalones se agolpan en los zapatos de piedra y barro, azules y cobrizos, que conoce las madrugadas calientes, solitarias, de orines y sexo apurado.
Button your lip baby
Button your coat
Let's go out dancing
Go for the throat
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
Make love together
Stay on the path
You're not the only one
With mixed emotions
Un viejo escarba la basura en el contenedor de la esquina y lo ve pasar, apurado. Se ha ajustado los audífonos a sus orejas de metal y los rayos le traspasan los cristales redondos, golpeándoles el color azul de unos ojos vivos 36 años atrás, azules, escondidos en la oscuridad de unas redondas gafas de sol oscuras. Se apresura.
Cerca de la Calle 23, frente al pórtigo del neoclásico Colón, ese reparto donde los vivos no regresan y los muertos no parecen descansar, un hombre canoso, despeinado, con una barba hirsuta también que pierde el color, trata de arrancar una aplanadora. Manuel Saavedra mira al hombre de los lentes redondos mientras trata de espantar a los niños y a los pájaros que le hacen imposible aplastar los papeles que el pavimento escalda con su calor. Una pareja de viejos lo ayudan a debaratar la conspiración de la soledad y la indiferencia.
Let's bury the hatchet
Wipe out the past
«Los jóvenes deben abstenerse de cuestionamientos ingratos de los  mandatos gubernamentales. En su lugar, tienen que dedicarse a estudiar, trabajar y al servicio militar.», le grita desde la plaza la figura hirsuta de otra barba, pero no lo ve, lo presiente. Aquellos ojos aplastados contra los muros de los altos edificios carecen de sus lentes redondos, pero miran con aplomo al hombre de los lentes que corre y desbanda al cortejo que atraviesa las columnas de mármol y arabescos, las rejas abiertas y el olor a flores marchitas. Por un minuto la ciudad pierde el sonido y todo es silencio.
En la tumba un grupo de pájaros revolotea sobre las hojas secas. Una vieja arrastra un saco con botellas, alguna ropa estrujada y sucia y montones de hojas arrancadas de revistas «Bohemia» de los setenta. Se sienta sobre la lápida desnuda y comienza a sermonear, en voz baja, algún sibilante nombre seguido de «Papito», que se esconde detrás de esa puerta horizontal al abismo atemporal con que nos saluda la muerte.
First time I saw baby
You were springin' like a young gazelle
And next thing I know, we're way down the road
And you're flying like a bat outta hell

It's rough justice, oh yeah!
You're attitude's disgusting
You're gonna have to trust me
But you know I never break your heart
Ya corre. Los botones de la camisa se le desprenden y deja ver un torso cobrizo, descarnado en azules y verdes, colores del destiempo y de las noches templadas del parque. El sudor se vuelve esa gota plomiza que resbala por su frente y se convierte en una bala de cobre, agridulce, que se lanza a los zapatos en su carrera a la fuente sin agua. Media ciudad se lanza a la locura y parece arder y escaparse. Jóvenes sin camisa, o con banderas de colores cruzados y labios rojos, exhuberantes. Viejos con el ansia de una adolescencia perdida en sonidos y letras escurridas, niños que persiguen a sus padres y abuelos. Se oyen los primeros ajustes del audio y el nerviosismo de agolpa en su frente perlada. Ya llega, ya está cerca de la entrada, los huesos corroidos por la espera de metal silban una vieja melodia imaginaria. Es un lugar sin religión, pero aún con muchos odios enterrados.
Estamos llegando a la ciudad del deporte hoy convertida, por la santidad de algún caudillo, en la ciudad de la música gratis, peregrina. Una música que fue cárcel en el pasado, cuando eran todos jóvenes. También él. Hoy peinan canas, enflaquecen de vejez y las voces, mucho más ásperas, entonan los mismos arpegios.
Under my thumb
The girl who once had me down
Under my thumb
The girl who once pushed me around
It's down to me
The difference in the clothes she wears
Down to me, the change has come,
She's under my thumb
Ain't it the truth babe?
Under my thumb
The squirmin' dog who's just had her day
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
The way she does just what she's told
Down to me, the change has come
She's under my thumb
Carteles, un grupo de mujeres se agolpan en la puerta, detrás, hombres, niños, perros, policias y cámaras. Alguien levanta una bandera, otros el puño, un tercero una gorra miliciana. No es un concierto y no son artistas. Unos sonríen, otros levantan otra vez el puño, y las mujeres gritan mientras levantan una flor. Las arrastran, las levantan por las piernas y los hombres y los gritos se confunden con las notas, los colores blancos con las sonrisas rojas de los que se apresuran al concierto, a encontrar su música en otra parte. Es solo viernes santo, pero nadie reza ni entona un cántico. El hombre de los lentes redondos trata de hallarle un sentido al concierto inequívoco de gritos, mientras se alisa la melena oscura, de metal. No tiene barba, el pecho lo tiene desnudo de vello, guarnecido con ese azul verdoso de la antigüedad del parque, salpicado solo con esas excrecencias caídas de los árboles que desprenden los pájaros, en el viaje de su sobrevida a su destierro como hez.
Under my thumb
A girl who has just changed her ways
It's down to me, yes it is
Y se la llevan, la abalanzan por las piernas y los brazos en el auto blanco con un letrero que dice «P lice», la «o» es una boca desdentada oscura, sin lengua para gritar o mascullar una vieja melodía de rock. Son mujeres y hombres y uniformes y gritos, pero no es un concierto. Se siente viejo, cansado, ajado por la edad y la espera. Casi cincuenta años esperando en el olvido, y después en un parque solitario hecho estatua. Desterrado a ver pasar el tiempo y envejecer en silencio. Hoy es el «milagro» del viernes santo. Mañana será otra vez el silencio y la rutina ardiente de cada día. Un aburrido sábado. Otro más.
Corre, agoniza para encontrar la entrada y escuchar esa música que alguna vez estuvo prohibida, perseguida, condenada, entre rejas de silencio mientras flirteaba en campamentos juveniles, en una radio sintonizada en la oscuridad y la complicidad de los amigos.
Please allow me to introduce myself
I'm a man of wealth and taste
I've been around for a long, long year
Stole many a man's soul and faith
And I was 'round when Jesus Christ
Had his moment of doubt and pain
Made damn sure that Pilate
Washed his hands and sealed his fate
Pleased to meet you
Hope you guess my name
En la puerta el mismo hombre que aplanaba papeles y espantaba a los niños. Viste de verde, con una camiseta con esa boca sangrante que parece escupir su lengua en una canción prohibida de los setenta. Lleva unas viejas tijeras en el bolsillo izquierdo, y en el derecho parece asomarse una pequeña botellita de algún líquido parecido al agua, pero más oloroso a alcohol. El pelo se le desgarra en canas y unos espejuelos de sol, oscuros, parecidos a los del chofer de la patrulla en que se llevaban a la mujer de blanco, parecen sonreir otra vez.
Está muerto, él sabe que está muerto, hecho huesos y cenizas y recuerdos, pero el espíritu parece sobrevivir otra vez y levantarse de su tumba. No es Manuel, ni tampoco Saavedra, y tal vez ni el «Papito» de la vieja del saco, hoy se ha convertido en algún otro nombre mientras vigila en este día de música y rock y canciones prohibidas. No es Miami, ni tampoco La Habana, es un lugar atemporal en la geofísica caprichosa de esta primavera.
«Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba», me dice.
No existían. Flotaban en otra galaxia, murmuran los labios secos del hombre de los lentes. O tal vez estaban como él, solidificados en un parque para que se le hiciera el triste espectáculo de los pájaros en su nocturnidad.
While your kings and queens
Fought for ten decades
For the gods they made
I shouted out,
"Who killed the Kennedys?"
«Fidel Castro», responde el de los lentes, pero nadie le escucha. Ya a nadie le importa el nombre, la historia. Los acordes de esa música loca, desaparecida de los sesenta y setenta parecen acallar sus palabras de cobre. El sudor azulado de la frente se desprende y parece escapar con el pensamiento hacia los primeros acordes. Rueda, cae en pequeñas piedras sobre la hierba rala, casi seca. Mujeres, niños, viejos, corren en la desbandada para ver desde cualquier lugar a quienes fueron sus vecinos del mismo país, mientras él parece perdido, escapado de otra latitud, inexistente.
Presiente que ya no pertenece a esta época. Ya su música no provoca el dolor, el grito, la peligrosa melodía de una estación extranjera que se escabullía en los albergues de jóvenes en el campo, de los que despeinaban también melenas como la suya sobre sus cabezas, y desafiaban con el vaquero prohibido a la humilde ropa uniformada de verde y a las botas.
So button your lip
And button your coat
Let's go out dancing
Let's rock 'n' roll
You're not the only one
With mixed emotions
You're not the only ship
Adrift on this ocean
You're not the only one
That's feeling lonesome
Esta vez no decide entrar. El concierto sucederá, la música provocará su furia, el portero solo estará esperando su billete, la censura es una estación que se compra con los afeites de moda, pero él regresará solo a su parque, cansado, abatido con la decepción y la burla a su memoria rebelde. Se volverá a sentar y cruzar sus largas piernas, y permanecerá allí, perdido en su mirada de lentes redondos. Una mirada que ya no parece descubrir ningún futuro, y unos labios que no describen ningún imaginario lugar sin religiones ni odios.
Ya es demasiado viejo, tan viejo como ese parque que se ha convertido en su propia cárcel sin muros. Comparte la edad de los que ofician el concierto, de sus músicos, de oficiales y sargentos de protocolo y de los que cortejan al poder o so ejercen, en aquella ciudad de aquel parque.

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