Saturday, March 19, 2016

La audiencia de un secuestro

Mientras el teatro Tacón, renombrado «García Lorca» en 1961, renombrado «Alicia Alonso» en este año de «gracia» del 2016, por las tantas desventuras del lenguaje político cubano, se alumbra y decora, se maquilla para recibir la nueva avalancha cultural del norte, los cubanos que vivimos en todas las latitudes de este mundo seguimos secuestrados.
Mientras las luces se tornan tímidas, el telón rojo de sangre descubra las butacas también ensangrentadas, mientras los aplausos, los balcones aconchados, la famosa araña de la sala que algún glorioso día descubrió a Enrico Caruso, Fanny Elssler, Jenny Lind y Anna Pavlova, y las palabras sean pronunciadas, y los discursos terminen y el protocolo culmine su farándula, cuando todo pase a engrosar una línea de la historia para los que la escriban, seguirá faltando la memoria para los que quedamos fuera, los secuestrados, los que regresamos con las cadenas de un permiso, el grillete que Martí recordaba en el acero de su anillo, su anillo de bodas con su Patria.
Hoy, o mañana, o pasado, cuando aparezca en el tablado sus excelencias, los políticos, ese anillo seguirá estando en la forma de una estampa, un cuño de fuego en nuestros documentos obligatorios de indignidad ante el régimen, el mismo que nos obligó a escapar de nuestra desesperada prisión.
No soy de los que le reclaman a un presidente americano nuestra cuota de libertad. No, señor, ¡eso no les toca a los americanos!
No soy de los que aplaude un programa que condene el retorno de un presidente o la apertura de una embajada. No, señor, ¡eso tampoco les toca a los americanos!
Quizás las playas, la foto ocasional, el paseo curioso por las calles en un viejo adulterado automóvil americano de aquellos cincuenta, como la foto de la memoria turística frente al esqueleto adocenado de un dinosaurio. Los museos son el culto de la ignorancia pública de las muchedumbres. Cuba uno de ellos. ¡Bienvenida las multitudes entonces!
Un tabaco, una figura morena, un mojito criollo, la melodia sentimental de un bolero cubano, cualquier otra cosa que descubra la conocida estampa del turista. ¡Eso les toca!
Después de todo, los canadienses lo han estado haciendo por más de dos decadas, y los españoles, antiguos colonos, también desbancados de sus propiedades, retornados para ensayar nuevos esclavismos en tiempos de modernidad socialista, con nuevas filosofias del coloniaje y nuevas desmemorias. Y los italianos, y hasta algunos chinos mezclados con el retorno de los conocidísimos rusos.
Lo que nos toca a los cubanos está por hacer, ¿y se hará?
¡Quién sabe!
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué extraña aventura nos ha naufragado en un país donde solo se habla del resto de la tarde, pero no del siguiente día, de los años que restan a nuestras vidas, de las vidas de nuestros hijos, del futuro de nuestra generación y de las otras?
Cuando Obama visite La Habana encontrará un pueblo vibrante – ¡quién lo duda! –, un paisano dicharachero, un pillo, un bromista, un hombre colgado de su tabaco, un niño que inventa una pedrada, la adolescente que le guiña a su vecino, una abuela con su sonrisa desdentada, un uniforme de médico que entra en una vetusta escalera de vecindario, una mulata y su chancleta, el moreno sin camisa y con vaqueros, que sonríe una pegatina con la bandera americana en el bolsillo izquierdo de su trasero, una pepilla con su pantalón corto que descubre más allá de sus abultadas nalgas, un bicicletero que arrastra un racimo de plátanos – robado, tumbado, «luchado» como se populariza la ignominia hasta en el lenguaje –, unos niños con un desteñido uniforme que empalidece el morado en un rojo apagado, un perro abandonado, un pinguero con el pantalón cortado en una de sus rodillas, probablemente marcando su mercancía, una mulata que se contornea al doblar la esquina, un policía guantanamero, un fullero, un vacilador de la calle, la vecina que lanza su cubo de agua y salpica algún paseante, visitante quizás, un cubano, un turista con la enorme mochila surrealista que es su temporal casa, un ladrón de  cadenas, un mulato con su diente destellando el rayo caliente del verano, la vendedora de café de la esquina, la jinetera, el soplón, el florido amanerado de los altos, la culona, el desculado, el viejo que recoge pomos plásticos y arrastra su saco de milagros – aunque dicen que a estos los han recluido «amablemente» en los últimos días –, el santero, la negra con ese tabaco apagado que dobla la esquina, el gallo que despierta al vecindario en pleno Vedado, el viejo que espera la prensa, el kioskero, el viandero, las moscas curiosas en el mercado desvencijado de Centrohabana, hasta los santos.
Cubanos. Que se van. Que se quedan. Que regresan con una carga como la de la hormiga arrastrando al elefante a su hormiguero para surtir a toda su innumerable familia.
De todos los animales simbólicos de este mundo los cubanos nos asemejamos a esos pequeños seres con antenas. Nerviosos. Desesperados. Proveedores y desposeídos. Que un día levantamos en cualquier rincón el nido para ser arrasado al otro por cualquier aguacero.
Arrastramos comida, ropa, enseres, milagros, cruces y panfletos. Arrastramos la vida y los sueños, las esperanzas y los desencantos. Caminamos por todo el mundo sobre una hoja seca lanzada al mar, a los ríos, a los vientos, al universo infinito.
Y regresamos, arrastrando una milagrosa carga de cualquier cosa.
Acumulamos durante el año. Nos cargamos de esperanzas, dudas y deudas, tarjetas de créditos y dinero, préstamos y enseres, artilugios todos disímiles menos de la imprescindible verguenza. Somos esas hormigas incansables con su ladrillo a cuestas, no como decía Brecht para mostrar al mundo como es nuestra casa, sino para de alguna forma encontrarla, proveerla, sentir que todavía existe ese pedazo de tierra donde un día surgieron nuestros huesos y al que anhelamos el verdadero retorno sin ningún humillante costo.
Pero nadie nos va a salvar de nuestro naufragio. Ni el Presidente del país más poderoso de la tierra, ni las armas y discursos, ni Caruso ni cancilleres espurios, ni «Omertas» o biológicas muertes. Su excelencia pasará de viaje, discursará algunas nobles palabras al viento, saludará desde un asiento en el estadio a jugadores, asistentes de aplausos y de gobiernos. Las cortinas se cerraran, las luces de la «araña» del Tacón volverán a su sueño, los temporales asistentes a la tormenta política del momento regresarán a sus casas, las que tengan. El silencio retornará al salón y a sus asientos.
Mientras, las hormigas quedarán fuera, aún almacenando pedacitos de tejado, deseos, dicharachos y bromas, y alguna poca esperanza que traemos de los cuatro vientos. La tormenta pasará y seguiremos secuestrados, aún a pesar de nuestros mismos pesares y, con mucha seguridad, «gracias» a ellos.

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