Monday, March 28, 2016

El riesgo de un infarto

Tiene razón el portavoz de la Casa Blanca, Josh Earnest, cuando afirma que las «críticas» del dictador cubano Fidel Castro a la visita de Obama a Cuba, y a sus palabras al pueblo,  demuestran que las palabras del presidente norteamericano fueron efectivas y lograron un efecto en las autoridades del régimen de La Habana, y también en la población cubana, no cabe dudas. Si fue «el efecto previsto», como afirma el portavoz, yo no lo puedo asegurar, él sabrá mejor por su cercania al mandatario pero, apartándome de las respuestas que Earnest ofreció en su encuentro diario con la prensa, la lechuga propagandística del sátrapa hoy en «Granma» demuestra algunas cosas.
Primero, que le costó trabajo estructurar una respuesta argumentada. Necesitó una semana para poder superar el bloqueo de la rabia en su mente y lograr publicar algún escrito, medianamente organizado y coherente, lo que demuestra no solo el deterioro de sus condiciones intelectuales por la edad, sino también el deterioro de las argucias que él mismo usó por 56 años para acusar a otros de sus propias mediocridades. El tiempo lo cambia todo, ya no cuenta con la posibilidad de hablar sin demostrar que está demolido como persona y que ya a nadie le interesa su existencia, la escritura, además, le falla, aunque parece nunca faltarle su siempre constante histeria.
Segundo, y esto también tiene que ver con la demora en responder, que la rabia y la pataleta del dictador por no ser objeto, y sujeto, de la visita del presidente norteamericano lo tuvo sumido en una histeria anestesiada de siete días. No hay nada peor que el desprecio a la vanidad de un dictador, y el que el señor Barack Obama no haya ni considerado la posibilidad de la visita, aun al peso de no ser recibido en el aeropuerto por el otro dictador – esta es la causa de la que se especula por qué la miniatura bípeda no acudió a la terminal aérea de La Habana, para mostrar la mínima cortesía al visitante más importante que ha tenido Cuba en cinco décadas – hirió la más profunda sensibilidad del orgullo de Fidel Castro. La arrogancia no es el peor defecto que tienen los dictadores y las dictaduras, sino el sentido enorme del ridículo ante la modestia y la sencillez del hombre de verdadera inteligencia, dos de las partículas divinas de las que carece el individuo de «Punto Cero».
Puedo verlo, sentado frente al televisor, encogido, con la bilis subiéndole a espasmos hasta agriarle la boca, los labios secos, grises por la rabia, los dedos que pellizcan nerviosamente las guedejas secas blancas que se le desprenden del labio inferior, la boca abierta, la lengua seca, que agrieta los labios con la ansiedad y la ira, los ojos que parecen perderse en la pantalla, tratando de interpretar los gestos del Presidente Obama, a ratos halándose nerviosamente, de forma automática y rítmica, la esquina del labio, esperando oir mencionar al menos su nombre para descubrir, aun con más rabia y dolor, de que el ilustre visitante no tuvo ni la mas mínima intención de mencionarle.
No nos equivoquemos, el ladrillo de «Granma» es el resultado de una semana filípica para Fidel Castro. No hay ni que buscar mucho las razones, la presencia de Obama, su porte y coherencia y, sobre todo, la imagen proyectada en sus palabras, sus gestos y su elocuencia desmarcan quién era el presidente y quiénes eran los dictadores. Herida suficiente.
Hay que entenderlo. La prensa cubana, y especialmente estos ladrillos proféticos a los que hemos estado sometidos los cubanos por 56 años, hay que leerlos siempre entre líneas. Están nerviosos, y desesperados. El inquilino de «Punto Cero» estuvo al borde de la muerte, infarto de por medio. Es por eso que habla de que «los cubanos corrieron el riesgo de un infarto». Está hablando de sí mismo, acostumbrado a hablar en nombre de Cuba y tomarlo por el suyo propio.
¡Entiédalo de una vez! La única pena que tenemos los cubanos, señor Castro, es que ese riesgo de infarto no se haya traducido completamente en uno definitivo, para el bien de todos los cubanos que apludieron a Obama: 11 millones.

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