Monday, February 15, 2016

El ojo de la serpiente

El poeta le cantó a su pasaporte y se suicidó. Describió su orgullo con letras de sangre y se suicidó. No hay nada más patético en este mundo, y en cualquier otro, que la muerte de la poesía por sus propios versos. Al menos, de consuelo con su espíritu de poeta, aquel otro puede reclamarle coherencia a sus versos. Les fue fiel.
La muerte de Maiakovski me recuerda la puta sobrevivencia de algún Silvio, y el compromiso de lo que queda de sus versos con la incoherencia.
Hoy tiene un blog, una «segunda cita», porque ya no puede ser la primera. En ella, alguna vez, se deshielan sus dedos arrancando alaridos a sus antiguos versos. No le quedan.
En ocasiones, muchas, le prestan las palabras algunos otros. Y hacen preguntas, y construyen respuestas, y entretejen su red de razones por las ramas para atrapar la mariposa, que nunca se deja enredar en sus fibras viscosas.
He leído algunas de esas palabras prestadas. Unas oraciones que se autosuicidan, ¡como si el suicidio no transcurriera con las manos propias!, pero hasta esa muerte es prestada por otras seculares manos en los confines de aquel archipiélago.
«Los olvidados, los que se quedan», parpadea el titular. Mientras, las luminarias celebran los encuentros fortuitos de religiones ancestrales, que alguna vez se cortaran sus cabezas por el mismo Dios, en salas protocolares.
¿Por qué se van nuestros jóvenes? ¿Por qué otros se quedan? Se pregunta la segunda voz en la «segunda cita». Y se responde: «porque se acabaron los paradigmas de nuestros padres». ¿Y ellos tuvieron?
¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Para construir qué? ¿Qué nos dejaron?
Y entonces, deshilvanada por el mismo trillo de las viejas pautas, la respuesta secular se metamorfosea en un delirio de mala poesía: «visibilizar» a los que se quedan, que «son los olvidados». Que se quedan «porque los mueven fuerzas mayores»
¿Cuáles?, le pregunto.
¿Dónde están?, vuelvo a insistir.
No se entiende que se siga haciendo un ejercicio metafísico con preguntas cuyas respuestas se conocen desde hace mucho tiempo, porque la época de los ornamentos teóricos a la caída de los paradigmas del socialismo ya ha pasado. Ya no quedan, incluso, argumentos contra un enemigo que cada día sigue extendiendo la mano, ofreciendo una benevolencia a cambio de nada.
¿Qué tenían nuestros padres? ¿Qué nos dejaron? Le pregunto a la voz segunda en la «segunda cita».
La culpa, el oficio de creer en algo que fueron culpables de crear: la destrucción del futuro de sus hijos con desventuradas ideologías ajenas. Eso nos dejaron. Ese fue su «paradigma».
Entonces, ¿de qué vale volver a preguntar si no es con el conocido oficio de la serpiente de cerrar el ojo cuando se empeña en la mordida?
Que nuestros padres tenían un «proyecto de nación»; que habia una «estabilidad» en los años 80; que existía el liderazgo carismático de aquel otro que ya no existe, o se diluye en sus vías naturales biológicas de extinción.
Los ciegos de cualquier fe la seguirán ejerciendo aunque le sigan prestando otros ojos, porque no es en el órgano de percepción donde está el problema sino en el órgano de la palabra, que ejerce el ocultamiento, la distracción, la autocomplacencia.
Pero para destruir, emborronar esos mediocres versos están los recuerdos, la memoria histórica, los desastres transcurridos.
No dejamos de tener éxodos en ninguna época, aun con algunos mercados llenos. Aun con «estabilidades» en supuestas décadas. Aun con «proyectos y carismas» y poemas. La memoria, al parecer, no la ejercen algunos poetas, o los que les prestan las palabras en algunas «citas».
Se nos han ido todos, en silencio y sigilosamente por algunas cercanas playas unos; en los ochenta en las escandalosas marejadas de embajadas y cruceros temporales del estrecho; o arracimados en consulados y embajadas en los noventa; lanzados por esos líderes de carisma a noches turbulentas en el ojo de nuestro estrecho tormentoso.
La memoria, poeta, la memoria es el último recurso que puede olvidar la poesía. Ella, en sí misma, es recuerdo.
Por eso, y muchas otras razones que todos silenciosamente SI recordamos  aunque algunos prefieran olvidar , siento pena de los versos por la traición de su poeta, que ha convertido su palabra en el sonido sibilante de la serpiente.

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