Thursday, February 4, 2016

Cruz - Rubio

Esto no pretende ser una valoración política de los dos aspirantes a ser candidatos de su partido a la presidencia de los Estados Unidos, ni tampoco de su plataforma y pronunciamientos. No pretendo que lo sea, ni lo es. Me aventuraría a llamarlo una especie de quema personal de los demonios sobre estos dos políticos que dicen tener con mi persona algo en común: ser cubanos.
Pero no lo son.
Me explico.
Cruz es hijo de un padre cubano. Nació en un hospital de Calgary y luego, a los tres años, su familia se trasladó a los Estados Unidos. Este senador-pastor-evangelista-aspirante-a-candidato es hijo de dos computer programmers, yo también lo soy, así que además por ahí hay alguna conexión perdida con este mortal que escribe.
Rubio es hijo de dos cubanos por lo que, tal vez, pueda reclamar un poquito más esa conexión con Cuba. Su madre, cajera; su padre, camarero. Los dos trabajaron para que su hijo pudiera ir a la universidad y convertirse en un abogado. Hoy es aspirante a candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Como puede inferirse, cualquier padre cuyo hijo alcanzara esas metas pudiera sentirse orgulloso de lo alcanzado con su sacrificio y trabajo honrado.
Definitivamente puedo tener un poquito más de sensibilidad con la historia de Rubio que con la historia de Cruz, por la idea romántica de que los padres de Rubio lograron hacer de su hijo alguien más allá de un simple obrero, o camarero, o empleado de algún banco o comercio. Cruz proviene de una familia con mejor respaldo financiero, sus padres no tuvieron que contar, moneda a moneda, para que su hijo pudiera alcanzar lo que es hoy. ¿Me entienden ahora?
Así las cosas, ¿qué tienen de cubanos estos dos hombres más allá que un apellido o, tal vez, el conocimiento de un sabor en la comida, una tradición en el idioma, y pudieramos agregar que una conexión más cercana a Cuba que la de un candidato como Trump, que no tiene ningún ADN criollo?
La respuesta es MUY POCO.
No conocen Cuba. Toda la información que pudieran tener, o tienen, es de referencia, servida a través del tamiz político de sus tendencias partidistas. Por supuesto, lo evidente es decir que ninguno de los dos han visitado el país de sus respectivos padres. Me imagino que los que gobiernan allá ni quisieran dejarlos entrar si, en caso muy hipotético, alguno de los dos dijera desear visitar la isla, que no lo harán.
A veces siento que se mistifica demasiado esa supuesta pertenencia o ese sentido de «ser» cubano, o italiano, o portugués, o de cualquier otra nacionalidad solo porque nuestros padres nos hayan engendrado y ellos verdaderamente lo sean, lo hayan sido, y hoy vivan en otra parte y hayan procreado a este nuevo ciudadano que dice ser «cubano», «italiano», «portugués». Las preguntas que siempre se me presentan son ¿qué es la pertenencia? ¿Aquella arraigada a la tierra que nos vio nacer o a la otra, a la que nos dejó crecer y hacernos hombres de bien y tener un futuro?
Yo soy hijo de españoles, pero nací en Cuba, ¿es que soy español?
Por supuesto, siento una subterránea simpatía que me hace temblar la piel, la subjetividad, el sentimiento cuando algo le sucede a España, la tierra donde nacieron mis padres, pero yo no soy español, soy cubano, y a veces quiero seguir diciéndolo que lo soy cuando, y aquí golpea la cotidiana realidad, debería decir que soy canadiense, porque este país donde hoy vivo me abrió sus puertas y me permitió vivir en paz, ser lo que soy hoy, rebasar el marco cotidiano de la sobrevivencia.
Es por eso que cuando me enfrento a la profunda incertidumbre de intentar comprender la sicología, los comportamientos y la forma de ser de estos dos políticos, hay algo que se debate confusamente en mis pensamientos que me hace mirarlos con demasiada aprensión. Se dicen cubanos, pero ellos no saben qué cosa es ser cubano, porque la verdadera cubanía no puede ser trasplantada, y lamento sinceramente desafiar a aquellos que pretenden negar esta gran verdad. La conexión de nuestro corazón con nuestro país tiene raices instaladas en aquella isla que, aunque nos vayamos y naufraguemos en cualquier otro lugar, se quedarán profundamente asidas de por vida en nuestro cuerpo, en nuestro organismo de subjetividad y de sentimientos, es un ancla que se hunde y se queda engarzada en lo profundo de nuestra existencia como seres humanos. El resultado es esta embarcación biológica que navega libremente por el mundo con el alma y el corazón anclado muy lejos, en aquella franja de tierra enclavada entre los contornos difusos de dos mares.
Y entonces regreso a Cruz y Rubio. Ninguno de ellos saben qué cosa es eso, porque su país no es Cuba, son los Estados Unidos, por eso cuando en sus discursos políticos me hablan «como cubanos» siento que sucede como una cierta desconexión, como si algún interruptor interno en mi cerebro diera ese «click» que desconectara o apagara el flujo necesario de corriente de veracidad en sus palabras.
No les creo, y sus mentiras le saltan como conejos del sombrero de copa de un mediocre mago en una corte de bufones.
Lo contradictorio de todo esto es que los dos, Cruz y Rubio, son hombres locuaces, estructurados, coherentes en muchos aspectos de su vida pública. Por supuesto, Cruz con ese aura evangélica no deja de influirme negativamente en mi percepción sobre su persona. Para decirlo de una vez, detesto profundamente los evangelistas, estas personas que a todas horas están «con la palabra de Dios» y conjuran y miden a la humanidad con una muy corta y estrecha cinta métrica.
¡Pobre del país gobernado por un todopoderoso señor evangelista! Ya lo digo.
En el otro lado está Rubio, abogado. Sí, ya pueden adivinarlo, ya para mi eso tiene su gota ácida de suspicacia. Sabe hacerse oir, tiene una mente conectada y en sintonía con su audiencia y sabe pulsar los botones para, con su cara de niño mimado, pueda conseguir el aplauso feliz. Rubio es un hombre que sabe aprovechar el tiempo recetado en los debates, está preparado para eso. Y eso también influye en mi botón de apagado.
¡Qué dilema!
A estas alturas se estarán preguntando ustedes hacia dónde se encaminan mis palabras. Bueno, por ahora hacia ningún lado, soy todo un paciente espectador del show mediático más grande del universo en política y, como dije al principio, esto es solo una imagen cerebral de lo que estas dos personas proyectan subjetivamente en mis pensamientos. Por suerte, yo no soy ciudadano americano y no tengo que votar en sus elecciones porque, de suceder, escogiera a cualquiera de los otros candidatos, por la sencilla razón de que yo no puedo creer a alguien que me diga sea cubano cuando lo que debería decir «yo soy norteamericano» y como norteamericano enfocar cualquier discurso político, incluso el de los cubanoamericanos de cualquier estado de esa unión, especialmente de la Florida.
¡Ya sé!, me dirán que eso es, electoralmente visto, políticamente incorrecto. Lo siento, pero así lo pienso y lo digo. Yo no ganaría ni un voto cubanoamericano de esa forma, temo confesarlo y tal vez por eso no me gusta ser político ni miembro de ningún partido, pero al menos fuera coherente con quien debiera ser, en el caso de Rubio, con su país, con los Estados Unidos, y dejar esta diplomacia de la hipocrecia que es lo que, parece ser, es el sentido común de todo candidato a presidente en ese gran país.
De consecuencia tendría entonces que cosechar votos sería cosechar hipocrecia. Lo entiendo.
Así, desde ahora mismo, y quizás para enfado de algunos cubanos que aplauden a Cruz o a Rubio, solo porque alguna corriente subterránea lejana los acerca – ya lo dije antes –, me descarto por que ninguno de estos dos pueda alcanzar la candidatura hasta tanto rectifiquen su enfoque y dejen de estar tejiendo mensajes románticos sobre un país  que ni conocen y al cual no pertenecen, Cuba.
¡Y ya pueden estarse enfadando conmingo! La opción parece que me queda es Trump, porque ni modo estarán pensando que a un viejo flatulento como Sanders y a la más perfecta marioneta de las mentiras como Clinton le estaría ofreciendo mi apoyo, ni en la peor de las pesadillas, se los adelanto.

3 comments:

Mario Riva said...

José Martí y Pérez, español e hijo de padres españoles, nació en Cuba. A los 16 años fue deportado a España y solo regresó a Cuba una vez (por poco tiempo). Cuando murió en combate por una Cuba libre, llevaba pocos días en la manigua.

Habiendo pasado José Martí, más de la mitad de su vida fuera de Cuba, puede llamársele cubano?

Sé que esto es casi un sacrilégio.

Juan Martin Lorenzo said...

Rivas:

Marti fue hijo de padres espanoles, pero cubano el, toda su vida estuvo al servicio de Cuba, dondequiera vivio y permanecio penso en ella y dedico su alma, su poesia y su esfuerzo a la libertad de Cuba. Fue un cubano desposeido de su pais, pero anclado en ella. Por eso es que digo en el post, y cito:

"La conexión de nuestro corazón con nuestro país tiene raices instaladas en aquella isla que, aunque nos vayamos y naufraguemos en cualquier otro lugar, se quedarán profundamente asidas de por vida en nuestro cuerpo, en nuestro organismo de subjetividad y de sentimientos, es un ancla que se hunde y se queda engarzada en lo profundo de nuestra existencia como seres humanos. El resultado es esta embarcación biológica que navega libremente por el mundo con el alma y el corazón anclado muy lejos, en aquella franja de tierra enclavada entre los contornos difusos de dos mares."

Y es lo que me pasa a mi, pero no a ninguno de estos dos politicos, y es ahi la gran diferencia.

Un saludo,

Juan Martin

Mario Riva said...

Estimado Juan Martín:
José Martí nació en Cuba y por eso, en la metrópoli, era reconocido español de origen cubano. Nació en Cuba, siendo nuestro archipiélago parte de España y considerado «territorio de ultramar».
José Martí se sentía criollo y reaccionaba en contra de cualquier atropello que se cometiera en contra de los nacidos en Cuba.
Sufrió prisión con tan solo 16 años en los primeros años de de la guerra del 68 y, deportado a España, logró publicar (España 1871) El Presidio Político. No es hasta 1877 que regresa a Cuba, tan solo unos días y de incógnito (han transcurrido 6 largos años). Al mediados del año siguiente regresa a Cuba (agosto 1868 tras el Pacto del Zanjón).
Aparte de la denuncia de los hechos del presidio, el jóven Martí no ha realizado otra cosa por la libertad de su patria. Eso le saldría constantemente durante su descomunal esfuerzo por realizar "La Guerra Necesaria".
Es en su breve estancia en Cuba es que conoce a Juan Gualberto y comienzan a conspirar siendo nombrado subdelegado (para Cuba), por Calixto García, del Comité Revolucionario radicado en Nueva York. Ese mismo año es deportado nuevamente a España.
En fin, que practicamente no vivió en Cuba.
No creo que pudiese estar anclado a ella como pudiéramos estar anclados nosotros, que la vivimos.

Saludos