Monday, January 25, 2016

Yo, tú, él, nosotros, todos y la aldea

Decidió emigrar, pero siguió siendo el mismo. Se levantaba temprano, preparaba un café fuerte, con poca azúcar, y extrañaba la toxicidad de aquel otro, que tenía chícharos u otra cosa desconocida en su química criolla. Le parecía que si se despertaba temprano, encendía la luz de la minúscula cocina y se apresuraba a preparar ese café estaría de regreso en La Habana.
Cuando miraba afuera, sin embargo, el entorno era distinto, y tenía que apresurarse entre semanas por ir a trabajar, ganarse el sustento y la renta, que era bastante alta. En la noche iba a la escuela de inglés, ese idioma distinto e igual a cualquier otro. Todo era distinto, pero también era igual a cualquier otra cosa. Se preocupaba porque las palabras tuvieran el sabor de las antiguas, el acento del criollo de aquella ciudad en que amanecía con una luz dorada y cálida, demasiado.
Quizo olvidar el entorno al que acudían los conocidos, no escuchar más las viejas palabras, el conocido lenguaje, la música, el olor, los aromas del transporte público. Precisaba olvidar, hacerse a la nueva vida, pero estaba enterrado en la vieja, demasiado.
Ahora mismo está nevando. Son como pelotitas de melancólicas lágrimas blancas. El cielo llora en colores, pensó. ¡Qué tontería! De pensar en poesía pasó a pensar en movimientos y cadencias. Cuántas veces alguna cubana lo rechazó por su poesía, querían más de cualquier otra cosa, pero los versos eran como la basura del cuerpo, al menos así se apresuraban a decírselo. Mucho más movimientos, menos palabras. Quejidos, no poemas. ¿Patadas, no versos? Presumo que no era así, pero ya ahora da igual, estamos en el otro borde del tiempo, como si fueramos el doblez del albornoz con que nos cubrimos en la noche. La otra vuelta de la vida, de tu pequeña vida.
En La Habana lo despertaba el escándalo del tráfico bullanguero de Neptuno, que corría presuroso a los pies de la casa de su madre. Una casa demasiado grande, tan grande que el apartamento de hoy cabe en su cuarto. Pero eso tal vez sea un truco de la memoria, que es el enemigo de la felicidad. Aquí el silencio se desgaja como en un abismo, te destroza, te hace añicos en el recuerdo. El café sabe hoy demasiado amargo, se necesita azúcar.
El autobús es otra historia diferente. Ni correr a atraparlo media cuadra antes o después, ni el apretujón donde te puedan robar la cartera y los pocos dólares, ni la música que se te mete en el oído y te lanza la bofetada hasta el infinito, como si los sentidos te abandonaran desde lo alto de tu balcón, allá arriba, en el cielo. El techo de tu casa necesitaba pintura, alto, a los inalcanzables cinco metros de sus despintadas estrellas, con ornamentadas figurinas de principios de siglo XX, desteñidas en blanco y dorados, descascarando su memoria en este otro apartamento enano que recorres en escasos diez segundos. Los metros de añoranza se convierten en segundos de desverguenza. Eres un pobre tipo, te dices mientras ajustas las letras de tu teléfono inteligente.
Hoy todo adminículo es tan inteligente o mucho más que tu cabeza. El celular, la computadora, el autobús que te da los buenos días cuando se detiene en la acristalada parada y te repite, culposo por tu imbecilidad terrestre, hacia dónde marcha, qué es y para qué sirve, los bancos, las tiendas electrónicas, elevadores y escaleras, urinarios y tendederas eléctricas, si te descuidas hasta el cenicero te pide que deseches su ceniza a una hora determinada de la tarde, en el punto preciso y de la forma necesaria. Eres peor que ese cenicero.
La cama la dejas sin hacer. De todas formas no te has acostado con nadie, y nadie regresará a ella para revolcar tus olores, tus rincones de deseo. Estás solo, tú y tus pensamientos, y tus deseos, y este sabor amargo del café. Se te olvidó tomar el agua que acostumbras para eliminar el sabor y la mancha oscura en tus dientes, esa mancha que te podrá separar de algún importante puesto en tu futura entrevista de trabajo, y que hace la diferencia entre la marca de esa caliente bebida tropical y la compra de un nuevo auto, y ahí te acompaña en tu diario viaje, en el aliento, entre los dientes, como un rastro de fango entre los que se aglomeran, unos pocos a esta hora, en la «guagua» diurna, destino al trabajo. Otra vez.
Son pocos, y todos escuchan pacientemente música con sus pequeños adminículos perdidos en su cerebro. Astronautas con destino al espacio, es lo que parecen. O aquel otro habla interminablemente de cualquier cosa con un oidor pasivo a la distancia infinita de la tecnología. Esclavos del infinito, de lo inalcanzable, del final.
En La Habana era diferente. Cuando doblabas en Consulado, en aquella otra ciudad, temprano para coger la otra «guagua», todo estaba en un silencio abismal, como este que trafica toda tu vida, la de hoy. En la noche, el horizonte sonoro era el escándalo, las peleas, palabrotas acompañadas del policia de la esquina que manoseaba a la puta del solar, mientras el jinetero de los altos reía algún chiste verde con el vendedor de maní que se sentaba en los bajos de tu casa. Vigilante, eterno sabedor de todos los chismes. Alguien me dijo que era el chivato de «la gestapo» en el barrio. Yo no lo creí, pero hoy ya lo creo.
Quieres olvidar el ruido, la música estridente del negro que ponía los enormes cajones de reproducción en el carcomido balcón, para que todos los demás oyeran la mierda de música en que se ha convertido nuestra tradición. Nada de Celeste Mendoza ni de Benny, pura bachata erótica de cama sucia, palabrotas de sudor y orgasmo de putas y desencuentros. Banalidad bailadora de sudores insanos.
Llegas al trabajo, el de hoy, y recuerdas el de ayer, aquel del que querias irte, desaparecer, borrarte, trascender. Añoras las conversaciones triviales, la pérdida de tiempo con la sensual secretaria del jefe, el no hacer nada y ganar el miserable salario y esperar la hora del regreso al mismo lugar, como el espectro de la oscuridad. Hoy trabajas duramente, ganas diez veces más en un día de lo que ganabas en un mes en el otro lado del charco, y te quejas.
Entonces te quejabas del mal olor, del parque que antes era un edificio de viviendas, convertido hoy en pequeña esquina de periódicos que nadie lee, y solo sirven para limpiarse el culo o envolver trastos en cualquier mudada. No hay papel higienico, ni pasta de dientes, ni cepillo, los zapatos duran poco, y las tiendas huelen a vejez cuando funcionan los acondicionadores de aire. Aquí, pues aquí te quejas cuando no encuentras la marca acostumbrada del papel que no encontrabas en La Habana, la deseada, la que te hace sonreír las nalgas. Eres un saco de añoranza o de pendejismo.
Allá ni querías hablar, aquí tampoco. Tienes que resguardar las palabras para capturar el pasaje de regreso. Otra forma es imposible. La sobrevida es una percha de silencio colgada en tu vestuario. Aquí no oyes nada en español y pretendes pensar en inglés, pero añoras pararte en la esquina del malecón, agarrar alguna puta o menear el culo cuando le das al coñazo en alguna cama sudorosa. ¡Qué mierda eres! O te has convertido, que es la conclusión sensata.
¿Para qué vinistes? O mejor, ¿para que no te fuiste?
Ni para olvidar ni para regresar, para perderte en tu misma indiferencia. Novalis decia que el camino misterioso va hacia el interior, en nosotros mismos, y allí está la eternidad de los mundos, el pasado y el futuro. Pero Novalis solo le hablaba a la muerte, de la muerte y para la muerte. Es su poeta, y tú no deseas morir, pero estás muerto, de alguna forma.
Te moriste cuando te fuiste, y estabas muerto antes de la ida. Ni sobrevives ni vives, divagas en el entremundo, como una sombra. Los recuerdos son como el burdel de putas que regalan por placer, solo por placer, su sexo. Tú te regalas a tí mismo, te quitas esos pantalones largos, despliegas lo que te queda en el badajo, dejas correr tu vida, ni te presignas ante ninguna iglesia. Eres una sombra. No existes, por eso Novalis no puede decirte nada, hablar con algún poema en sus labios contigo, cruzar una voz, un contagio divino. Eres la puta indiferencia.
Y te vas de nuevo a casa, a ese minúsculo lugar de la desmemoria donde algún dia falleciste, sin preocuparte de nada.
¿Cuántos quedan en el silencio?
Todo tu país. Todos o muchos de los que marcharon fuera. Los de adentro y los de afuera. Muertos. Espectros. Sombras.

Nota: La imagen del post es la reproducción de Marc Chagall «Yo y la aldea».

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