Sunday, January 17, 2016

PennRetrato de Narciso

El tipo escribe en una prosa digresiva, prolija en detalles que ni interesan ni van más allá de su persona, una narrativa sicodélica verbosa , a ratos  tortuosa y divagante. Lo vemos allí, bajándose del SUV, internándose en la línea de árboles para mear y observarse, como el espejo que de sí mismo es, mientras sostiene con su derecha su más largo apéndice muscular, el vulgar pene que todos tenemos pero que, en el caso de Penn, parece que se alarga como la península de su ego hasta las líneas infinitas del horizonte y transformarlo en una poesía surrealista de Dalí. Casi entretiene a la muchedumbre de árboles y espesura con su nihilista filosofía sobre aquel adminículo de su masculinidad que le provoca la dolorosa sensación del final de su protoexistencia, y se lo vuelve a guardar, entre sus piernas – ¿no lo hacemnos todos después de es vulgar acto? –, no sin pensar, con perturbadora pesadumbre, que tal vez esa fuera la última vez que lo sostuviera entre su mano derecha. Un pensamiento existencial que apela, de forma muy patética y melancólica, a nuestra identidad con la masculinidad, ¿no les parece? Quizás sea también el triste epigrama de la vejez ante el recuerdo, doloroso y placentero, que todos los hombres jóvenes tenemos cuando abandonamos la autosatisfaccion sexual para emprender el viaje más placentero a alguna vagina humana. ¿No es así, Sean?
De cualquier forma, son parrafadas tras parrafadas de una verborrea rampeante sobre Superman, drones de una mente tequilizada en un hotel cinco estrellas que dice compartis con Peña Nieto, suerte que da el dinero, Trump – ¿qué tiene que ver Trump en todo esto, Sean? –, pedos flatulentos viajeros sobre Kate, la del Castillo, laptops que desconoce de su existencia después de una vida de 55 años en la tierra del Valle de la Silicona que, hasta mi propia abuela conocia de su existencia en el país del desierto de internet, pero que al oscarizado Penn no sabe si aún siguen existiendo sus teclas y adminículos, tal vez porque su verga meadora no sabe tocar esas electrónicas teclas, o por estarla sosteniendo demasiadas veces en su viaje al meadero intelectual. Por cierto, estas cronicas del bálano de Narciso me recuerdan las memorias del retrete de Nabokov, solo que aquellas se las merecen. Hablo de la memoria, no de la meadera.
Narcisismo, poesía corriente, vulgar, de alcoholizada trapaceria que, para elevarnos al plano metafísico se su autoalabanza – evidentemente no tiene abuelita Penn –, nos quiere recordar, en pleno vuelo «poético» que «Espinoza es el buho que vuela entre los halcones». ¿A quéviene Espinoza en el relato, Sean? ¿Solo para vendernos tu imagen en el espejo y recordarnos que somos esa pequeñez vulgar ante el PHD de tu rabo cabreador?
El escrito del actor en «Rolling Stones Magazine» es el epítome del Narciso frente a su espejo. Y así lo vemos, con su pene agarrado a su mano derecha, en una masturbadora meada intelectual, mostrándonos que el mundo está agarrado de ese único ojo que empina el chorro y gotea, pese a los millones en el banco, el calzoncillo de marca y los jeans caros. A todos la próstata se nos vuelve vieja y usada y tenemos que acudir con frecuencia al baño o, más perrunamente, a sacárnosla destrás de un árbol. Todos meamos, Penn, y nos sacudimos el rabo, nos lo guardamos entre las piernas y no le damos mucha más importancia hasta que nos llevamos a la cama a cualquier mujer y nos la cabreamos por entre sus montes de «Venus», que es algo más disfrutable que estar hablando idiotecez en el camino de un narcotraficante romantizado por tu vieja Remington. O, ¿cuál usas, ya que no sabes golpear en una laptop?
En definitiva la «entrevista» del tipo revela más de sí mismo que del «Chapo», pero sus dos personalidades corren una suerte de vidas paralelas que ni el mismo Marcel Schowb hubiera podido escribir sin mencionar a Narciso, unidas en la simetría de su egocentrismo. Penn no ve más allá que a sí mismo en las ropas caras de este asesino del narcótico, y también en la carrera del estrellato público. De hecho, no hay nadie más cercano en sicologia y en actuació social que el propio «sujeto» de la «entrevista». Y ese monólogo con su pene se me antoja la vulgar preocupación del personaje griego con su fantasía  por el éxito, el poder, la belleza, la inteligencia o lograr el amor ideal que, en su caso, no se extiende más allá de su meada.
¿Para qué ese enorme preámbulo de chorrada ampulosa para conducir una entrevista que tiene como condicion ígnea original que nada se publicará sin la autorización del «sujeto» de la entrevista?
¿Y alguien menciona la palabra periodismo por algún lado? ¿Alguien trata de elevar a este Narciso al pedestal de un buen periodista? ¿Qué profesional de la prensa hubiera aceptado esas condiciones?
Cito:
“Algunos nombres han tenido que ser cambiados, las ubicaciones no nombradas, y un entendimiento fue negociado con el «sujeto» de que esta pieza [la entrevista, no la chorrada de verborrea narcisista peneiana] se presentará para su aprobación del «sujeto» antes de su publicación”
Y ahora se nos viene con que la crónica de su meada fue «un fracaso». Pero, ¿será cinico este tipo?
Llegado a este punto quisiera decir algo de Kate del Castillo, diana del romance narcoépsico del «Chapo» y de la pedorrería viajera de Penn. Por cierto, el narcotraficante no conocia de la existencia del, ¿cómo es que se autodescribe Penn en la entrevista ante su espejo?, «Full-Trump-Gringo», solo le interesaba Kate, la adorable Kate, la inteligente Kate, la deseable Kate, pero Kate, que sí es todo eso, queria a todas luces a Penn, era su ticket para la globalización de su nombre. Marketing apropiado para el público en inglés. Lo ha logrado.
No, no, no, la chica no es tonta, y sabe no va a encontrar ninguna orden judicial en su contra, y si la encuentra el beneficio del riesgo vale la afronta. Kate necesitaba a Narciso porque sin Narciso Kate no tenía su ticket de venta. Y si en ello no estaba Penn pues no estaba su nombre en «Rolling Stones», una revista que en muchas ocasiones ha glamorizado personajes y personajillos con la crónica ligera del romance.
Y eso lo escribió Penn. Claro, recuerden la esencia del tipo. No puede dejar de peinarse frente a su espejo, enseñar el pene, mencionar a Espinoza para que sepan todos que conoce ese nombre, lanzar un dardo a Trump, es otro guiño para ganar prominencia no podia faltar, algo de lo que es un experto, vender la marca de macho y, además, discurrir en esos pedos literarios que si usted le gusta sufrirlos pues se zambulliría en la revista hasta alcanzar la profundidad de la entrevista, que es pura mierda rosada.
Ahora todos especulan qué hay detrás del «tequila de Kate», si también esta «El Chapo» conectado a ese alcohol mexicano, que si su dinero y su mansión, etcétera. Vamos, que como está el narcotráfico enraizado en toda la sociedad mexicana hasta el más inocente se le podrá encontrar una posible conexión con las drogas y el blanqueado de dinero. Dejémonos de tonterías, ese no es el pecado capital de Kate, y mucho menos de Narciso.
El pecado está en la intención deshonrosa de esta entrevista. Este romance del  narcotráfico que se nos quiere vender, y que ha sido el objetivo desde el mismo momento en que sus sujetos, Pen y Kate, accedieron a publicar lo que el «otro sujeto» quería que fuese publicado, ¿se olvidan de eso? Pero esa es la médula del problema, y no la picha de Penn, o los mensajes de texto del narcotraficante mexicano a la belleza de telenovelas borrachas de México.
Y entonces, para acabar la actuación oscarizada del gringo hollywoodense tenemos que soportar de que nos hable del «fracaso» de su entrevista, de sus nobles objetivos frustrados y volver a sufrir de lo que es evidente, del trastorno de personalidad narcisista que padece. Este tipo ha estado recorriendo el planeta para venderse como periodista emérito. ¿Se nos olvida su intento de entrevistar a Castro para «Vanity Fair»? ¿Y las entrevistas con Chavez? Lo sucedido con el capo de la droga mexicana es un capítulo más.
Narcisismo en estado puro. Se aprovecha de otros para lograr sus propias metas, y así usa a Kate del Castillo, que está en su propia búsqueda para ser usada, no nos engañemos, esta es una tragicomedia a dos manos. Exagera sus logros y talentos. Vamos, Espinoza, el rabo meador y la poesía de tequila televisado. Fantasías de éxitos y poder. Expectativas irracionales de tratamiento favorable y, cuando no lo obtiene, una reacción rabiosa de vergüenza y humillación ante la crítica.
¿No es eso lo que presume ahora Sean Penn en sus declaraciones después de todo este tomance narcoléptico?
Hay que escucharlo como en la cumbre de esa narcicolepsia acusa al gobierno mexicano de«ir a por EL» por la humillación de la afrenta de ser EL, típico, ¿no es cierto?, quien haya podido contactar con el capo. Pero, idiotas que le creen, ¿es que alguien se cree que el narcotraficante iba a acceder a algún contacto con el gobierno?
Pero así estamos, hay en este mundo idiotas que aún creen hasta los peores preceptos de la ignorancia. Y le creen. Para Kate del Castillo «Univision» le falta solo un paso para que le levante un pedestal. Y al Narciso hasta le siguen aplaudiendo algunos consumidores de ese tequila mexicano que, con pedos y orina aguada, chorreando de su pene y fondillo, expele este payaso en su largo espejo de conciencia o, como debe ser descrito, excesiva trranscripción de su propia presencia.
No estamos ante «El Chapo» en «Rolling Stones», estamos ante Sean Penn, y Penn, haciendo la crónica de su propio narcisismo.
Nota: La imagen que encabeza el post pertenece a la obra de Salvador Dalí «La Metamorfosis de Narciso».

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