Sunday, January 31, 2016

Los sacrificados de Keats

El país donde los Derechos Humanos tuvieron su origen fundacional recibe al representante de los Humanos sin Derechos, y le ofrece la bienvenida cómplice a Occidente debajo del mismo arco que simboliza la Democracia. Paris, Ciudad Luz, alumbra al capitoste que oscurece otra ciudad en el Caribe, aquella que un día fue llamada la «Llave del Golfo» y hoy es su candado.
Roma  esconde sus desnudas estatuas  detrás de cajones de madera para recibir al representante de la (in)civilización de la oscuridad, de la ignorancia y el abuso. Esconden las desnudeces marmóreas para exhibir la obscenidad de su cobardia y desverguenza, de su propia debilidad ante el verdugo.
Y en América, ¡qué decimos de América!, un Presidente que pacta su humillación con la bota del enemigo que siempre soñó su sobrevida para tenerlo bajo sus suelas de verdeolivo. Y no harto de concesiones y benevolencias, sediento aún de pactos y humillaciones, acudirá a sus mismas puertas y castillos, a su lecho de moribundo para estrecharle la mano, concederle el perdón, bajar la cabeza, rendirle pleitesía al tirano, bendecir la impudicia, santificar la desverguenza. Hoy acude presuroso a la entrada de la primera mezquita para ofrecer la mejilla, la palma de conseción y hasta su pequeña honrilla en los mismos altares donde se cuece la destrucción de todas las piedras angulares de la civilización occidental, la civilización a la cual repite pertenecer y haber hecho juramentación presidencial.
Y, ¡no atrevernos a olvidar!, en ese mismo país un candidato proclamado «Socialista» denueda espadas con los representantes de la más pura ortodoxia del partidismo establecido dentro de una agrupación que reclama el apellido de Demócrata, y lo van empujando sus mismos íconos «libertarios» hasta arrastrarlo al poder, a las mismísimas puertas de su primer desgobierno. ¡Un «Socialista» en América! ¿Quién lo hubiera soñado? ¿Qué terrible destino se avecina para este mundo en este nuevo siglo? ¿Qué esperar del resto?
De un salto en la misma península, en Europa, en España, se apresuran a imponer a una mafia del mismo ADN totalitario que del otro lado del Atlántico nos ha podrido nuestros pueblos, y «Podemos» se convierte en la tumba de los últimos vestigios de la misma sociedad que fue quebrada por el estalinismo, el terrorismo de estado y las bandas de mercenarios ideológicos de todas las latitudes. ¿Y hablan de Franco? ¿Y recuerdan al fascismo? ¿Por qué no recuerdan también los crímenes comunistas en aquella Barcelona «pasionaria»? ¡Pobre de España si hubiera quedado en manos de la República «pasionaria» de Stalin! ¡Pobre de España si recurva y cae en las garras de los «Podemos»!
Y más al Norte, en ese Canadá que hiela y que acoge con hoteles, reservas federales, dinero de nuestros bolsillos y sudores, aviones militares de traslado, acomodaciones y vestuarios a los miles de desplazados, o supuestos desplazados, con aplauso y mucha onomastia. Vengan, les entregamos nuestras cabezas, ¡degollédnos! ¡Somos sus víctimas!
¡Bienvenidos victimarios!
Me parece ver a Keats reescribiendo sus antiguas odas, preguntándose «¿Quiénes son estos seres que van al sacrificio? ¿Qué pueblo con pacífica ciudadela, erigido en un monte o al lado de un río o de un océano, se vacia de gentes esta pía manana?».
La propia civilización occidental coloca las guadañas en las manos de sus propios verdugos para ser ejecutada en la picota ante la vista de todos. Y todos conceden, y aplauden a los que inspiran crímenes y sharias y fatwās, y códigos rígidos, e islotes de multiculturalismos y obediencia ciega dentro de nuestras propias ciudades y naciones, y acuden a los templos a sembrar los vientres de futuros seguidores de nuestros propios verdugos.
Y así seguimos, autoflagelándonos, entregándonos nosotros mismos a la picota. Aplaudiendo y reclamando benevolencia en labios que nunca la ofrecen.
¡No!, no soy políticamente correcto. ¿Ya lo adivinaron? No quiero  ser esa otra cifra de mañana en el listado de víctimas y muertos, presa de los que ponen bombas y estallan granadas o aterrorizan con armas rusas en bares, conciertos y escuelas en nombre de un Dios de Odio, que dice amar solo a los suyos, a los que le entregan cabeza, alma y hasta su verguenza. O de los que reclaman a las víctimas las razones de ser los provocadores de sus muertes en manos de sus victimarios.
Degolladores de todos los paises, ¡uníos! – dicen nuestros políticos, y corremos a aplaudirnos.
No, Keats, ¡yo no voy a ningún sacrificio!

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