Wednesday, January 6, 2016

Lágrimas

Asumen un rol protagónico en muchas de las más conocidas obras pictóricas en la historia del arte, desde el clásico toledano de «El Greco» conocido como «Las lágrimas de San Pedro», donde aparece el santo lamentando su negación de conocer a Cristo, hasta la muy cubista «Mujer que llora» de Picasso. Las lágrimas han estado presentes como paradigma del dolor en toda la historia de la pintura. En «El descendimiento de la Cruz», de Rogier van der Weyden, vemos a una muy apesadumbrada María de Cleofas que llora mientras presencia el descenso de Cristo de la Cruz. A Edvar Munch lo conocemos por «El grito», pero no menos conocida es su «Mujer desnuda llorando», un tema que repite el muy popular Fernando Botero en otra de sus muy famosas pinturas de gordas y gordos.
Las lágrimas, y el acto de llorar, muchos de los grandes maestros de la pintura las han reservado para las mujeres, como un acto de infinita debilidad y apesadumbramiento. Son muy escasas  las obras que muestren a un hombre llorando, y cuando sucede los artistas acuden a la niñez o a los hombres viejos para hacerlas brotar, una vez más como los signos evidentes de debilidad ante el destino y las circunstancias, la cercania de la muerte o el abandono en la ancianidad de la vida. Infancia y ancianidad dibujan las lágrimas en los hombres, como lo demuestra el muy popular pintor italiano conocido como Bragolin con el grupo de 65 pinturas tituladas «Niños llorando», donde podemos ver en cada una de ellas la imagen llorosa de un niño mirándonos de frente; o al Van Gogh de «Viejo aflijido».
Los romanos medían la profundidad de sus sentimientos con lágrimas derramadas que guardaban en vasos llamados «lacrimatorios». De aquella época nos viene la imagen más conocida de un llorón histórico, cuando Nerón ordenó el incendio de Roma se apresuró a llenar uno de esos lacrimatorios mientras contemplaba el espectáculo, dice Will Cuppy que también tocaba la lira. Si es cierto o no esa fantástica idea de llorar mientras se sacan melodías de unas pocas cuerdas, a costa de un incendio salvaje, no es mi intención corroborarlo o denegarlo, es bueno aclararlo, porque yo no soy historiador ni lo pretendo serlo.
Por otra parte, de la España de los Reyes Católicos en plena conquista de Granada se cuenta que al moro Boabdil se le escaparon unas pocas al entregar las llaves de la ciudad y es curioso que sea una mujer, su madre, quien le dijera aquello de que «lloras como una mujer lo que no has sabido defender como un hombre».  De lo que se puede inferir de que nosotros los hombres carecemos de glándulas lacrimales, o que cuando las tenemos es que hemos perdido la tetosterona. ¡Vaya dilema!
Por lo que parece que a las lágrimas los pintores, los historiadores y casi todos los artistas conocidos nos las han reservado cuando nuestro espíritu masculino nos abandona, desesperadamente, por algún motivo. No estoy cuestionando aquí qué paradigmas de machismo o masculinidad puede suponer la ausencia o presencia de esa secreción salina en nuestros ojos. Las lágrimas, sin embargo, también han estado presentes en la política, no podían faltar, como lo demuestra la leyenda del buen romano Nerón, pero también su presencia oportuna en muchos de nuestros contemporáneos.
Recordemos algunos.
Empezando por España deberíamos recordar, creo que en «Youtube» se puede encontrar, al Primer Ministro de Franco, Arias Navarro, sollozando como una grisácea magdalena al anunciar la muerte del dictador, y quedar en la historia de la península por aquella conocida frase de «Españoles, Franco ha muerto», posiblemente por lo único que esos mismos españoles lo deben aún estar recordando.
Más contemporáneo con nuestro siglo, el ex ministro de Asuntos Exteriores de Zapatero, Miguel Ángel Moratinos, no pudo reprimir las suyas al despedirse del que fue por unos años, y para desgracia también de España, su Departamento. Hoy se consuela viajando a Cuba para invertir con las lágrimas de otros.
Pero, ¡vamos!, hasta los tipos más duros lloran, como lo demostró el señor Vladimir Putin al ganar, una vez más, las elecciones presidenciales del 2012. Yo me imagino que el mundo lo miraría de una forma más simpática si este «lado más delicado» del ruso asomara con más frecuencia en su rostro
Por Latinoamérica tenemos lloronas y llorones. Cristina Fernández no dejaba de «echar el moco» en los minutos posteriores al anuncio de la muerte de Nestor Kirchner, su esposo. Esta señora sería la perfecta amenaza a la cursilería romántica de Corín Tellado si se le ocurriera comenzar a publicar pequeñas novelitas lloronas y hacerle su desleal competencia. En aquella oportunidad no dejaba de lloriquear:
“Que corazón que tenía, tan grande que no le entró en el cuerpo. Tan grande que le estalló de tanto pelear por mí, de tanto defenderme, de tanto quererme".
Si el tipo no hubiera sido, como dijo Mujica, bizco, la señora Tellado hubiera salido de pataditas de su trono novelero, si no lo ha sido ya en la Argentina kirchnerista a estas alturas.
Pero la Kirchner no ha sido la única llorona, la secundó el muy masculino ex presidente brasileño, Luis Inácio Lula da Silva, quien se emocionó, no porque alguien lo quisiera tanto como para que no le cupiera un corazón dentro, sino por los logros sociales conseguidos durante sus dos gobiernos consecutivos, lo que demuestra que, en el caso de los hombres, las lágrimas acuden del cerebro y no precisamente del corazón. Se hace importante señalar la diferencia.
Por otra parte el bien muerto y desaparecido, ¡gracias a Dios!, Hugo Chávez no pudo contener un desesperado llanto para pedir por su sobrevida antes de su fatal último viaje a La Habana. De allá regresó en «plan horizontal» para el «reparto bocarriba», lo que demuestra que a veces Dios oye mejor a los pueblos que a sus propios gobernantes, aunque no sucede con mucha frecuencia de esa forma, para desgracia nuestra.
Regresando a la vieja Europa, y especialmente a Italia, las cosas cambian. En el país que dio la primera actriz porno miembro de su parlamento, la Cicciolina, el muy farandulero y escandaloso Berlusconi en su visita al Parlamento de Israel, se secó más de una lágrima cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu recordó cómo la madre del italiano, frecuentador de faldas, ayudó a una niña judía durante la Segunda Guerra Mundial. Por cierto, ¿qué edad tendría esa niña?, y ¿dónde estaba entonces Berlusconi? Me pregunto.
En cuanto a la antigua URSS, el que fuera primer ministro durante el mandato de Gorbachov, Nicolai Ryzhkov, se ganó el apodo de «el bolchevique lloroso», cuando lloró frente a los representantes de la prensa al visitar Armenia, después del terrible terremoto de 1988. Yo me preguntaría mejor ¿cuántos hoy estarán llorando por las víctimas del imperialismo ruso en esa misma Armenia?
No conozco ese dato.
¿Y de América?
Hmm. Tenemos al Presidente George Bush cuando le concedió la medalla, póstumamente, al suboficial Michael Monsoor, muerto en la guerra de Iraq, una guerra que él mismo ordenó. Pero mucho antes que Bush ya habia llorado Edmund Muskie, quien en 1972 se tuvo que retirar de las primarias presidenciales y cayó en una verdadera crisis de llanto ante la mirada sorprendida de los reporteros americanos. De la misma manera, y de forma más contemporánea, Bill Clinton y Al Gore lloraron durante el tiempo que estuvieron rondando la Casa Blanca, lo que demuestra que Clinton no solo le gusta entretenerse con un tabaco y Lewinski, sino también con una buena lloradita… compartida con su vicepresidente. Por cierto, ¿lloraba Al Gore por el medio ambiente entonces?
¡No lo sé!
Así las cosas, el último en las listas, y para que siga acumulando un legado en la historia contemporánea de llorones en la Casa Blanca, ha sido Barack Obama, quien no solo ha llorado una vez sino unas cuantas, ya he perdido la cuenta, de lo mismo y por lo mismo. La última fue este lunes, cuando presentó sus nuevas órdenes ejecutivas sobre la restricción de ventas de armas en los Estados Unidos. No creo recordar que este presidente haya llorado cuando firmó las órdenes ejecutivas con respecto a Cuba.
No, he revisado en «google» y parece que no. Las lágrimas entonces no mostraron la angustia de Munch, ni el acongojamiento de Van Gogh, mucho menos las imágenes lacrimosas de esos niños de Bragolin. No se si es porque la situación de Cuba no lo merece, o porque allá solo esperan ir a tomarse unas buenas vacaciones de verano, como lo hizo su ex  jefe de despacho, Emmanuel Rahm, recientemente, para disfrutar el sol, las nalgas amulatadas y los tabacos.
En definitiva, los políticos también pueden ser humanos, o eso ellos piensan y, creyéndolo así, pues lloran… delante de las cámaras.
Es de usted el creerles o cambiar el canal a tiempo.

2 comments:

Mario Riva said...

Faltan las lágrimas de La China, mientras se cepillaba los dientes (frente al espejo) y de paso, a los principales imputados de la Causa 1/89.

Juan Martin Lorenzo said...

Mario:

Es cierto, como también la «voz quebrada» de Castro cuando el atentado al avión de Barbados, pero lo hice a propósito. De Castro I, ¿que decir? Todos los testimonios demuestran que no tiene raigambre alguna de sentimientos con su propia familia, así que las voces quebradas son un panfleto ya demasiado teatral para reconocerlo con harta evidencia, algo que difiere de estos otros políticos que mencionaba. Y las lágrimas del Castro II ante el espejo mientras se cepillaba los dientes seguro tiene que ver con una carie en una de sus viejas piezas dentales.

Un saludo