Monday, September 28, 2015

¿Dónde está el vaso de leche, general Castro?

En las democracias los gobernantes tienen que responder por su programa de gobierno. Los partidos de la oposición, los Parlamentos y, fundamentalmente, los pueblos son los encargados de ejercer el escrutinio diario de su haber, de su hacer y de su cumplimiento durante el tiempo de vida del gobierno electo. La prensa, por supuesto, es el instrumento ideal para golpear, sin misericordia, contra aquellas promesas que se quedaron en el camino, como las hojas secas de un árbol infértil.
¿Y en las dictaduras?
Bueno, las de derecha fundamentalmente no destruyen el aparato económico del capitalismo, y aunque siguen siendo dictaduras, los procesos económicos continúan ininterrumpidamente. Está, incluso, el caso chileno que, a la par de un baño de sangre y vidas perdidas, la junta militar logró colocar al país en la avanzada económica de Latinoamérica.
Pero no nos equivoquemos, era una dictadura.
Las de izquierda. ¡Ah!, las de izquierda.
Destruyen todo, devastan el país, provocan los mismos cataclismos sociales de las de derecha con la agravante de que se convierten en dictaduras totales, en esa maquinaria sangrienta que aplasta todo, siega todo, silencia todo..
En Latinoamérica tenemos la veterana e icónica de todas ellas: la dictadura cubana.
¿Cuántas promesas incluyó el señor Fidel Castro en su agenda sin elecciones, en sus largas décadas de dictador ilustrado?
¿Tendremos que recordarlas todas?
Y después, el señor general que hoy se aclaró la voz tomando ese vaso de agua antes de decir que los derechos humanos son una «utopía».
¿También lo es el prometido vaso de leche, señor general?
Los niños cubanos siguen esperando.
Y el café, ese líquido precioso para todo cubano. Mezclado con cuanta gramínea existente. Adulterado. Vendido a precio de oro en las tiendas en divisas, mientras para la canasta básica siguen enviando esa extraña mezcla que tupe las cafeteras creadoras del precioso líquido criollo.
¿Es también una «utopía» el café, señor general?
Un «diablito burlón» me sopla en el oído izquierdo, sí, en el izquierdo sobre aquel «anillo de La Habana» que nunca logró existir, a pesar de las algunas promesas utópicas.
¿Pero hasta cuándo debemos esperar?
¿Es que están esos dos preciosos líquidos, que con el azúcar, hacen el maravilloso café-con-leche, esa bebida desaparecida desde hace años de la mesa cotidiana cubana, bloqueados por la guerra asimétrica cibernética de algún país?
Ah, ¡y el azúcar!
¿Dónde quedaron los centrales?
¿También fueron «víctimas» de las «guerras asimétricas cibernéticas»?
¿O lo fue de la senectud de un dictador que hasta el día de hoy sigue dictando úcases desde un punto que llaman «CERO»?
Cero Cuba. Cero País. Cero Futuro.
Los derechos de los ciudadanos no son NINGUNA UTOPIA, señor general. Las utopias son sus promesas.

Sunday, September 27, 2015

Y tú, ¿qué vas hacer?

Son palabras de León XIII, recordadas ayer por el Papa Francisco en Filadelfia, palabras que pudieran muy bien servir de corolario a su reciente gira por Estados Unidos y Cuba y, tal vez, del propósito cardinal de su papado.
A veces es difícil encontrar respuestas a los pensamientos más profundos de los Pontífices Católicos Romanos. Es difícil entenderlos porque lidian con preguntas eternas, cuestiones espirituales que transcienden nuestra cotidiana vida, o deberían trascender. Frente a Dios, ellos tienen respuestas, o quizás solo tengan la oportunidad de hacerlas con más frecuencia. De todas formas a mi el Papa Francisco me ofrece muchas más preguntas que respuestas, y así también con lo ocurrido con este viaje a Cuba y a los Estados Unidos.
Por ejemplo, decidió encontrarse con Raúl Castro, concederle audiencia en Roma y visitarlo a su palacio en La Habana, recibir, incluso, y como «regalo» ese Cristo degenerado crucificado sobre los restos de las balsas del tráfico humano que el régimen castrista ha establecido con su pueblo como vía de escape a su Capitalismo Autoritario de Estado, y le concedió una hora de tributo al dictador en jefe en la finca personal que nadie le otorgó como propiedad. Y, a su vez, Francisco le negó la audiencia a Maduro en La Habana, pedida a gritos de ruego, para una vez más ignorarlo en la ONU, a pesar de todo el ridículo al que el venezolano se dejo arrastrar para al menos tocar su mano, sin lograrlo.
¿Cómo interpretar el saludo y la complacencia con el régimen de Cuba y el desprecio a la provincial Venezuela?
Preguntas que podrían tener muchas respuestas, o incluso, ninguna.
He tratado por estos días, sin embargo, de enfrentarme al «enigma Francisco». He tratado de pensar qué le hizo eludir confrontar la otra Cuba, palpar el pueblo, encauzar su causa franciscana como buen jesuita, acercarse a la realidad que, después de todo, es la pública imagen que nos quieren regalar en las páginas de los diarios sobre este Santo Padre.
Estas son algunas de mis impresiones.
Francisco conoció y vivió también dentro de una dictadura militar y sabe, de primera mano, que el lidiar con las dictaduras siempre ha sido «el negocio» de las iglesias locales, que nunca la central se entromete. Es quizás esta orfandad su legado psicológico como Papa. Tal vez la clave se encuentra en sus declaraciones al partir de Cuba, cuando expresa que descansa en los hombros de la jerarquía católica local cubana los entresijos de su relación con el gobierno de su país. Es decir, descansa en las manos y la voluntad del Cardenal Ortega. Ya sabemos entonces qué esperar. O al menos, qué no esperar.
Hay un antecedente, sin embargo, que no debemos olvidar. Francisco ha sido acusado de entregar a miembros de la iglesia argentina, o cuanto menos no hacer nada en su favor, durante la dictadura militar en ese país. Es un argumento que se debería tomar con reservas en tanto en cuanto hay otros que han dicho que el actual Papa intercedió por ellos de manera silenciosa y privada, como conociendo que solo con sigilo y silencio se puede trabajar con las dictaduras.
La pregunta, sin embargo, que se levanta armoniosamente de este argumento es, ¿lo hizo así también con sus encuentros privados con el gobierno de Cuba?
La respuesta, desafortunadamente, tiene que ser no, y recordemos sus declaraciones a la prensa cuando dijo que ningún disidente se le presentó y saludó como tal. Conocedor de las dictaduras debe saber que no le permitirían llegar a su encuentro. Pero se hace mucho más una certeza este argumento cuando expresó que su visita a Cuba tenía carácter eminentemente pastoral, y no político. Entonces, ¿cómo interpretar la explicación, separada unas pocas palabras minutos más adelante, de que cambió su primera elección de cruzar la frontera de Estados Unidos vía México por su preámbulo en la isla, en vista de los acontecimientos del 17 de Diciembre? ¿No se hace evidente que la elección de Cuba solo parte de una premisa política y no pastoral?
Algunos nos quieren regalar la imagen de este Papa como un cura simple, humilde, sencillo, casi casto con el mundo de la realidad política. ¡Vamos!, un cura de pueblito perdido en las pampas argentinas, que visita la familia ganadera el domingo en la tarde, saluda a los niños, los bendice y conversa bondadosamente con sus padres. Todos se olvidan que es esencialmente un jesuita, o quieren que nos olvidemos de eso.
Yo conozco a jesuitas. Son maestros de la sagacidad y la inteligencia con segundas intenciones. Hombres habilidosos, astutos, con el rostro sereno, a veces bonachón del buen samaritano, ojos dulces, sonrisa a flor de labios, pero que saben escrutar el espíritu humano con solo una mirada, y conocen cómo llegar, introducirse en cualquier sociedad, sobrevivir lo peor. Maestros del detalle. Incisivos. Pacientes.
Se ha hablado mucho por estos días de la «sencillez» del Papa a raíz de querer el «cargar con su maleta», donde guarda sus libros y documentos. Lo vemos arrastrar esa pesada maleta negra y muchas veces salta la curiosidad de saber por qué nadie le ayuda, cuál es la razón de su especial apego por ese peso adicional, por esa carga. Pero eso responde, esencialmente, a la típica desconfianza jesuita, así como su capacidad de resistir y no salvar distancias en su automóvil o que le ayuden al subir al avión, aun a temor de un traspié y caída, como ya sucedió. Pero eso también Francisco se lo debe a su formación jesuita, como su capacidad de rechazar los «lujos papales», zapatos rojos exclusivamente hechos para él con la mejor piel, dejación de lujosos automóviles por el sencillo «Fiat», residencias exclusivas en el Vaticano, su propia relación con el peligro de muerte, etc.
Olvidan, o ignoran, los que hacen su apología en la prensa que esas sencilleces están dentro de la doctrina cotidiana de todo jesuita, y fue típico desde sus inicios también de los franciscanos, que caminaban a pie las distancias enormes de aquella Europa de carruajes y caballos. Los jesuitas y los franciscanos fueron populistas desde sus inicios, y conllevaron cismas sociales con seguidores que llevaron al extremo sus doctrinas.
¿Sorprende entonces sus palabras populistas, sus gestos aparentemente irreverentes?
¿Qué cultura poseen estos periodistas, estos escribidores de la prensa que hablan del Papa, mencionan el nombre y no se toman siquiera el esfuerzo de recordar que Francisco, San Francisco, el santo padre de la iglesia del cual Bergoglio tomó su nombre, fue posiblemente uno de los primeros populistas de la Edad Media?
No hay, de hecho, ninguna «revolución» en este Francisco mas allá de la revolución en la ignorancia de sus apologéticos escribidores. Corre demasiada tinta.
En la realidad la palabra del Papa no ha trascendido a sus hechos, no ha enfrentado con acciones reales lo que tantas víctimas de martirio pederasta le exigen: entregar a la justicia seglar los culpables de tanta atrocidad sexual a menores. Gestitos, pequeños «pininos» en algunos dogmas, como el del divorcio, ya hartamente superados en el tiempo, y oscuras declaraciones entre su concepción de lo que es la familia y el matrimonio homosexual.
Se hace inevitable la comparación entre Juan Pablo II y Francisco. Evidentemente, sin Juan Pablo II no hubiera existido este Papa, y esto no es una proposición herética, es una realidad. Pero, a la vez, las diferencias se hacen demasiado evidentes. Pertenecen a dos escuelas doctrinales diferentes. Juan Pablo, además, vivió el «socialismo real», sabía lo que significaba una sociedad claustrofóbica como la de Cuba y por eso insistió incorporar su mensaje desde el misado. Conocía, en carne propia, que solo dándole la oportunidad a las voces disidentes dentro de la iglesia local, dentro del marco de su presencia y el ritual ordinario de su misado, lograría que fuera escuchada la voz de esa otra sociedad oprimida, silenciada. Es así como se explica la dura admonición de Monseñor Pedro Meurice en Santiago durante la misa de Juan Pablo. Castro no iba tampoco a permitir a los disidentes encontrarse con el Papa. Eso no se lo tenía que decir nadie, y conocía muy bien que no iba a poder a saludar a nadie que se le presentara como disidente, como pretendía Francisco.
La Cuba de entonces también era distinta a esta actual, como también su iglesia. Entonces aun persistían voces duras, discordantes, que enfrentaban la condescendencia del Cardenal Ortega con la dictadura con la actitud vertical crítica de obispos que hoy ya no están entre los vivos. Y Juan Pablo II sabía que las autoridades cubanas le iban a imposibilitar su encuentro con la disidencia cubana y con la porción irreverente de la sociedad. De hecho, se descartaba ese encuentro porque la visita había llevado un largo camino de negociaciones entre el Vaticano y Castro, sellado con la audiencia del dictador en Roma. El Santo Padre decidió lo que ya había hecho una práctica usual en sus visitas, incorporar su mensaje político a su mensaje pastoral, hablar todo en público. Solo se necesita comparar las palabras iniciales de los dos Pontífices a su llegada a Cuba para descubrir sus diferencias, como también el ritual pastoral de sus misas públicas.
Pero en lo personal los dos continuadores de San Pedro demuestran sus contrastes en sus vidas cotidianas, y en su haber ritual.
Juan Pablo II con su intangible acceso a su persona que lo hacía rodear de esa cualidad cuasi mística, proverbial, que siempre queremos descubrir en cualquier Santo Padre. No ofrecía muchas declaraciones a la prensa, casi ninguna. Rabiosamente, y con todas sus fuerzas, trataba de ocultar su debilidad física, la dolorosa presencia de esa terrible enfermedad conque batallaba diariamente. Nunca confesó una debilidad, en voz alta, ni en palabras, ni en gestos. Se sobre impuso a los obstáculos de la enfermedad y su destino con una voluntad de acero. Juan Pablo II no valoraba con buenos ojos el gesto de Fidel Castro de acercarse al borde de la escalera del avión, aun después de habérsele prevenido que el Papa no lo deseaba. Con Juan Pablo teníamos al Santo Padre místico, al Santo Varón que miraba al César por lo que era del César.
En Francisco tenemos al jesuita pícaro, que sabe aprovechar con astucia los instrumentos que la sociedad le entrega en su cotidianeidad. Cuando Juan Pablo iba a algún lugar no calculaba el fruto político consecuencia de su visita para madurar la próxima parada en su gira, como hizo Francisco con su soplo cubano. Juan Pablo II estaba interesado en la Iglesia y los hombres, pero no en su legado y el de su iglesia entre los políticos. Es, aunque parezca contradictorio, lo que algunos políticos echan de menos de este nuevo Papa.
En el caso de Francisco es evidente que su agenda en Cuba estaba subordinada a lo que deseaba lograr en Estados Unidos. Cuba era solo una antesala, un pre-show, no buscaba nada mas, no pretendía incluso ni remojarse los dedos con el problema cubano. Para ello le dejaba las manos libres a los padres actuales de su iglesia en el país, que es decir literalmente: le dejaba los hilos en los dedos lujuriosos del Cardenal Ortega. 
Hay una imagen que describe exactamente el jubiloso placer del Cardenal en esta visita papal, y es aquella sonrisa lujuriosa con que Ortega se paseó durante todo el recorrido de Francisco en el «Papamóvil» a su llegada a La Habana. Aquella imagen no era la del Ortega de cuando Juan Pablo II, entonces el Cardenal tenía las manos y los labios aun muy atados por el polaco, probablemente porque veía en el Cardenal un posible émulo de aquel Juliusz Paetz, arzobispo polaco que trabajó en el Vaticano desde los tiempos de Pablo VI y que, según como explica el arzobispo polaco Tadeusz Isakowicz-Zaleski en su libro «Los sacerdotes frente a la policía comunista», trabajó como informante de los órganos de espionaje comunista de la Polonia y la Rusia soviética.
A mi Francisco, de cierta forma, me recuerda a un Girolamo Savonarola, cura febril que supo muy bien utilizar su habilidad con la palabra y su ferviente pasión para encender las iras populares contra las autoridades poderosas de Florencia. No se puede olvidar que los franciscanos y los jesuitas han tenido, históricamente, mucha más influencia de la que se conoce y se dice en voz alta de las doctrinas y las palabras del florentino Savonarola que del mismo Erasmo de Rotterdam, del cual sí reconocen públicamente sus influencias teofilosóficas.
Es bajo esta luz que veo el paso de Francisco por Cuba y por los Estados Unidos. Y así, esas palabras del Papa reclamándole a las jóvenes generaciones en Filadelfia, que no en Cuba, qué hacer,  que «hagan lio» como dice en su porteño acento, cómo comportarse y enfrentar la realidad, las observo, no sin cierta ironía, debo admitirlo por mi parte. Se la hago también a él: y usted, ¿qué va a hacer?
Evidentemente, solo quiso hacer de Cuba la antesala conveniente para su entrada en norteamerica. Decidió «establecer» que su visita era Pastoral, no política, aun cuando la decisión de visitar a Cuba y no México fue, a todas luces, una decisión tomada desde lo político.
En Cuba no oímos mencionar términos como libertad y democracia. Para alguien que ha creado su imagen y persona pública alrededor de los desposeídos, las desigualdades y exclusiones, haber ignorado a aquellos que sufren en Cuba lo priva de todo presupuesto moral para, horas después, lanzar clamorosamente esos mismos presupuestos desde las antesalas políticas del Congreso de los Estados Unidos y en el plenario de la sesión anual de la Organización de Naciones Unidas.
El Savonarola que unció Francisco en la ONU pareció abrazar las mismas palabras fatídicas del florentino en su confesión antes de su muerte en la hoguera, que la historia recoge como suscrita con la mano derecha por ser la única que podía firmar después de más de cuarenta días de tortura – el florentino era zurdo –. La historia también nos dice que esa confesión es falsa, que él nunca escribió ni dijo y mucho menos suscribió con su mano derecha, pero ahí están, tozudamente registradas por alguien, algún escriba las garrapateó en los órganos oscuros de la seguridad vaticana en la misma Florencia:
"Me di cuenta de que la palabra inspirada por Dios, anunciada y proclamada en nombre de Dios, podía ser un medio para la adquisición de un poder absoluto sobre las almas de los hombres. Vi, por experiencia, que algunos pueblos son llevados a obedecer más con la amenaza y con el terror que con las suaves caricias de la esperanza."
¿No nos suena a nuestros oidos demasiado contemporaneas estas palabras renacentistas?

Tuesday, September 22, 2015

¿Santo Padre o Jefe de Estado?

Terminada la visita del Papa nos queda esta pregunta, que con una azarosa angustia nos tratamos de responder. No es ¿a qué fue el Papa a Cuba?, que esa puede tener una respuesta poco ambivalente, o tal vez no, quizás también tenga mucho sesgo, en dependencia de qué lado se quiera mirar con más insistencia y con más incisiva inteligencia, sino en calidad de qué fue Francisco a Cuba, ¿cómo Jefe de Estado del Vaticano o como el Santo Padre?
Y, a fin de cuentas, el Papa pudo haber ido a Cuba solo como una simple introducción mediática a lo que es, sin discusión, su visita más importante: los Estados Unidos.
Si sencillamente nos atenemos al fruto de su estancia en Cuba podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todo consistió en un pre-show a lo que será el plato fuerte de esta gira. La comparación del programa que Francisco tuvo en Cuba con el que tendrá en Estados Unidos es abrumadora, y nos ofrece la respuesta.
En los Estados Unidos se reunirá con el Presidente Obama y hablará en los jardines de la Casa Blanca, asistirá a una sesión del Congreso y también en la sede de la ONU en Nueva York, visitará una escuela en esa gran ciudad y se reunirá con familias de inmigrantes en Harlem, sostendrá un encuentro con personas sin hogar en un centro caritativo de la Parroquia de San Patricio. Mientras, en Filadelfia se reunirá con la comunidad hispana y con otros emigrantes y también visitará a presos en un instituto correccional, sin olvidar, por supuesto, las misas públicas masivas como la que celebrará en el Madison Square Garden.
En Cuba, sin embargo, el Papa Francisco ni visitó a presos, ni se reunió con el pueblo o con personas pobres o enfermas, ni asistió a un encuentro interreligioso, ni siquiera visitó hospitales e instituciones correccionales, mucho menos se reunió con miembros de la oposición cubana, a la que sencillamente ni mencionó, ni se conmovió por ella a pesar de conocer, de primera mano, que algunos sufrieron represión por tratar de contactar con su persona. Todo consistió en un encuentro público con la familia primada de la dictadura cubana: los Castro.
Y así en los Estados Unidos tenemos la visita del Santo Padre, con sus dos deberes, el de Jefe de Estado del Vaticano y el de Santo Padre de la Iglesia Católica, mientras en Cuba solo asistimos a la visita del Jefe de Estado del Vaticano, todavía estamos esperando la de su Santidad. Son  dos visitas con un profundo estilo y contenido diferentes, y también con sus diferentes resultados.
Ya pronto veremos criticar las políticas neoliberales. Ya veremos levantar las reclamaciones con un alto contenido político en el show principal. Ya veremos las palabras sobre la ecología, la emigración y las desigualdades sociales. Ya lo veremos. En La Habana, pues en La Habana, en Holguín y en Santiago, solo asistimos a la «revolución de ternura» con la dinastía Castro. El pueblo quedo esperando, a un lado, rodeado de seguridad, acorralado por el orden y el silencio.
No se puede ser ciego aunque se crea en Dios y la Iglesia sea nuestro templo. No se puede. Es lo que tenemos, y también lo que debemos sufrir por un buen rato.

Monday, September 21, 2015

Un regalo abominable

Como si el «regalo» de un crucifijo con la «hoz y el martillo» de Evo Morales al Papa Francisco no hubiera sido el colmo de la desfachatez y la burla, «santificada» por la «locura divina» de un sacerdote jesuita, el «regalo» del anfitrión de la visita papal a Cuba, Raúl Castro, al Santo Padre alcanza los limites abominables del cinismo desvergonzado, habida cuenta de la responsabilidad criminosa que ese mismo régimen y ese mismo individuo tiene en la muerte de seres inocentes en el cruce de balsas, y en el trasiego de civiles, por las aguas tumultuosas que dividen el contorno liquido de Cuba y los cayos y costas de la Florida.
Un Cristo crucificado sobre remos de un llamado «artista» plástico comprometido con el pincel, la palabra y la responsabilidad culposa que toda persona ¿humana? tiene cuando ampara un crimen. Un Cristo crucificado por su muerte en una balsa, en un transbordador «13 de Marzo», hundido por ese anfitrión que estrecha las manos, comparte esa sangre que aun gotea y que no ha alcanzado su justicia, divina o terrena, de esos dedos que no temblaron un día, una noche, en plena oscuridad, con la complicidad de guardacostas y civiles, con la complicidad de la impunidad que da el poder ABSOLUTO sobre las vidas, TODAS, de niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos.
Un Cristo crucificado sobre balsas e inocentes, hombres y mujeres y niños, un Cristo que ayer domingo estuvo con «las manos en alto» frente a un canalla esculpido en hierro en una plaza que ya no es de ninguna revolución, sino de una dictadura, y que después descansa, desangrado y sufrido, con las llagas de la huida sobre maltrechas balsas, islotes de maderas o inventos de la fantástica desesperación de un pueblo que escapa, que huye, que no quiere seguir viviendo entre criminales que desposan la Patria con su destrucción, por más de cincuenta y seis años, como decía el poeta:
«Cohesionados con “obras”, con entereza y ensañamiento, a la jauría desatada ¡retorcedles el cuello!».
Aquel poeta fue también un degenerado escribidor que escaldó el futuro, cantándole a los victimarios, aplaudiendo un crimen, muchos, demasiados, y que se quitó la vida en medio del desprecio de los mismos a quien escanció su verbo en elogios: Mayakovski.
Este otro fulano, sin poesía, sin verbo, sin metáforas en versos y palabras, pero que con maderos sangrientos ha hecho el poema del despojo, del crimen, de la burla, la cuarteta de la ignominia, entregada con cinismo por su sargento en jefe.
¿Vale la pena mencionar su nombre?
Como Mayakovski morirá por sus propias manos, en el suicidio oneroso de su propia vergüenza.

Sunday, September 20, 2015

La palabra desaparecida

Llegó el Papa a La Habana, descendió del avión de «AlItalia» en uno de esos días calurosos, soleados y ventosos, y aquel viento inclemente le levantó no una, sino dos veces el «capelo», como un símbolo irreverente del lugar en que plantaba sus pies y oía sus palabras. No sonrió mucho en su llegada, tal vez una o dos veces, ante la presencia de niños que lo saludaron. Un saludo formal, ordenado.
Todo en esta visita parece demasiado formal, impropio de este Papa que desgarra los protocolos, desde aquella salida al balcón del Vaticano cuando saludó por primera vez a sus feligreses. Hasta las palabras parecen congelarse, en una estalactita de oraciones previsibles, que se adivinan demasiados pensadas y vueltas a pensar, demasiado equilibradas, cuidadosamente rebuscadas en ese género de prosa que parece decir algo, sin decirlo. Todo un ejercicio de autocensura, propio mas de un filme de Luis Buñuel que de una autoridad internacional con el peso de la palabra divina y de la autoridad vaticana.
Hoy en la misa, sin embargo, hubo más sonrisas. El «PapaMóvil» se detuvo algunas veces para bendecir a niños que se lo acercaban en andas, sobre hombros, cargados en las manos de padres y creyentes, y también cinco jóvenes disidentes se arriesgaron a clamar «Libertad» y lanzar algunas octavillas ante el avance del Santo Padre.
Violencia incluida, «los cinco» fueron barridos de su presencia, ante los ojos internacionales de la prensa y la televisión. Esperemos que él les recuerde a los inquilinos de la casa de gobierno, aquel palacio rectangular que se adivina detrás de la estatua del Apóstol, que deben otorgarle esa misma Libertad que reclamaron esos jóvenes.
Esa palabra. ¡Ah!, ¡divina palabra!
Es todo un adagio de lo que esta visita significa, y es. Por supuesto, es solo el primer día, y yo no puedo predecir, ni aun con el poder divino de la especulación si el Papa Francisco hablará de ese concepto maldito en la isla, si la pronunciará en algún momento.
¿Tal vez en alguna otra ciudad cubana?
Pero no en La Habana, ¡tan necesaria!
La ausencia de esa palabra es el adagio de esta visita. Todo lo expresado por Francisco fue dicho tan cuidadosamente pensado, y leído, con esa pausa melodramática que adivina el respiro comedido ante el Angel Perverso, ante el Mal. Aun en las palabras sobre el conflicto en Colombia se le olvidó a Francisco mencionar el conflicto de ese país con su vecino, Venezuela, un conflicto artificialmente creado por los Cabellos y los Maduros, y apoyado por los inquilinos de esta cárcel que visita en Pontífice.
Y aquí esta esa imagen, casi toda una metáfora de lo que es todo esto: Cristo con los brazos levantados frente al rostro adusto y condenatorio de aquel que murió, afortunadamente, en Bolivia. Un Cristo que semeja la visión de un prisionero delante de sus esbirros.
«!Manos arriba!», parece decir Guevara. Y Aleida Guevara, la hija pastiche, obesa comemierda que rueda en sus palabras de sargento cuartelero en un campamento militar stalinista, no quiere escuchar a Francisco por no ser «hipócrita».
Tal vez las manos levantadas de Cristo, ante ese padre canalla cincelado sobre el muro cementado del Ministerio del Interior cubano, sea la «sinceridad» de este régimen y la concesión de beneplácito de la Iglesia Católica ante la hija ortodoxa de aquel ortodoxo canalla. Después de todo, siempre se encuentra una respuesta a cada pregunta incontestada.
Pero así estamos, con muchas palabras divinas desaparecidas del mapa, tal vez perdidas para siempre en las cárceles de la «Stasi» tropical. Y la más importante, «Libertad», a la que ni la misma autoridad Papal se atreve a balbucearla.
¡Qué pena de Cristo detenido en La Habana!
Una pincelada: las palabras del inquisidor cubano en la llegada del Sumo Pontífice resonaron como el quejido moribundo de unas instituciones que ya parecen muy cercanas a la tumba. La propia voz del emperador tropical sonaba como el quejido de un anciano quejumbroso, aquejado de enfermedad terminal, temible aun más por conocer cercana su muerte. Por supuesto, no pudo dejar de mencionar al hermano invisible, aun desde aquella cueva que llaman «punto cero» su sombra lo sigue atormentando hasta su mismo final, y todo su discurso pareció recordarle al Papa que todo lo que diga, absolutamente todo, a pesar de la ambigüedad, el cuidadoso balance de frases y la diplomacia serpentina de su Eminencia, se lo puede subscribir sus dictadores.
De cierta forma, ¡ha sido el ejercicio facilitado a La Habana por el Vaticano!

Monday, September 14, 2015

AnarCo-meMierdas

Mírenles las caras, disfrútenles sus figuras, detállenles la gorrita o el sombrero, la sonrisa plástica y el brillo pícaro de esos ojos que anhelan decir algo, no se sabe qué: dicen ser miembros de un grupo de anarquistas (¿?), sí, leyeron bien, anarquistas y están en la colecta de euros, doce mil preciosos euros, para fundar el «Centro Social Libertario». Libertario de ¿qué?. Pues… del Capitalismo, que no del Castrismo.
¿Y se preguntan por qué «estamos como estamos»?
Aquel viejito de «Alegrías de Sobremesa», magníficamente interpretado por Erdwin Fernández, decía esa estupenda frase que se la tomo prestada.
Estos AnarCo-meMierdas están a la caza de los treplemil bobos, idiotas y guanajos que les regalen los deseosos euros, los mismos que en nuestros países piensan que un grupo como este, así, tan mansito, es una molécula mas del entorno «reformista» del raulismo cubano, ignorando que son mas parte de la fauna bichidente, posiblemente creada, argumentada y flirteada por los mismos órganos de inteligencia cubana.
Aclaración: si lo son o no lo son, es lo mismo, juegan en la casa del trompo.
Luchan contra un capitalismo que no han conocido, ni conocen, mientras se arrastran en la chancleta del sociocastrismo cubano.
Les preguntaría, ¿qué les ha dejado de bueno ese castrismo al que no aluden y contra el cual no quieren luchar?
Pero, ¿se imaginan las respuestas?
Sinceramente, pensé que lo había visto todo, que había sufrido todas las decepciones de grupos, grupúsculos, marionetas y pescaditos financieros buscando postores en cualquier esquina. Pero, ¡no!
¡Cada día hay algo nuevo en el puesto de viandas!
¿Y se preguntan por qué unos mediocres han usurpado el poder, han destruido el país y siguen disfrutando de la fiesta por más de 56 años?
Miren esas caras, disfruten el montuno guajiro. ¿Se acuerdan de «La Chambelona»?
“De la Habana para aquí me han mandao
Y de todo te puedo vender
Lo que pidas muy barato lo doy,
Lo que pidas muy barato lo doy.”

Sunday, September 13, 2015

Re-escribir la Iglesia

La iglesia no tiene que suscribir ningún gobierno, solo tiene que celebrar al hombre y hablarle, convivir con su destino y acompañarle. No puede darle la espalda, no tiene la misión de acuñar una ideología, y no necesariamente tiene que condenarla en tanto esa ideología no condene al hombre al abuso y a su inquisición. No puede abrazar el poder, ni tampoco sustituirlo. Sin embargo, en una sociedad donde se ha asfixiado la individualidad por suscribir una colectividad que sostiene un poder, por sostenerlo, la iglesia tiene que ayudar al hombre a que se ocupe de su destino, a que ocupe su lugar, a enriquecer su individualidad como ser humano, a asumir su papel como motor de un país, de su propio futuro.
¿Ha hecho algo la iglesia en Cuba para garantizar que el cubano comprenda que es en su entorno natural donde debe asumir su rol transformador como ciudadano de su país, en primer lugar, y del mundo en consecuencia?
¿Lo asumió así la iglesia católica cubana cuando decidió servir de intermediario para el exilio de los prisioneros políticos a España?
Tres Papas han visitado Cuba o, para ser exactos, hasta el día de hoy dos y en esta semana lo visitará el último. Todos han compartido su presencia en plazas públicas ante los símbolos de la ideología local. ¿Por qué?
Sí, los símbolos son solo símbolos. Pero cuando levantamos la cruz creemos en ella. Los símbolos obtienen una fuerza y una presencia que establecen, por sí mismos, un lenguaje silencioso de complicidades. No podemos escapar a su presencia muda, a esos signos ocultos que conversan al intelecto desde su estancia en el panorama social.
Y por eso pienso, honradamente, que ningún Papa debió erigir su altar en las plazas que simbolizan una ideología excluyente, aun cuando las plazas sean públicas, pero ostenten contornos groseros. La presencia en ella no establece una conversación, ni siquiera un diálogo, sino una continuidad, una continuidad con visos de complicidad.
Sencillamente, debieron ir a otras plazas, a otros lugares lejanos de la presencia finisecular de esos dogmas políticos. Ahí estaban las grandes avenidas, los estadios, la avenida del puerto, amplia, serena, rodeada por el mar, símbolo de la patrona criolla cubana. No debieron sucumbir los príncipes de la iglesia a la jerarquía de símbolos del poder en la isla. Ni escoger la derecha de un rostro, o la izquierda o el frente del mismo. Tal vez sea esa la esencia oculta de todo lo que sucede y ha sucedido en Cuba, que la iglesia ha reescrito su nombre con los símbolos establecidos del poder y, a pesar de sus retruécanos, los ha subscrito.
Nos guste o no, les guste o no a los padres de la iglesia, moleste o fastidie a todos, muchos, pocos o ninguno. La iglesia ha reescrito su nombre, con ayuda del poder.
Me fastidia reconocerlo, pero yo no puedo cambiar esta historia. Y en esa reescritura la mano del cardenal Ortega tiene fuertemente asentada su rúbrica.
Y no me gusta el Cardenal. Y el Papa al que saludé con simpatía cuando salió aquel día al balcón en el Vaticano hoy me asusta, y me causa malestar que se siente en el trono de Pedro.
Fastidia reconocerlo, pero yo no puedo cambiar tampoco eso.
No puedo cambiar tampoco que la iglesia se confraternice con la ideología de la exclusión para sobrevivir, pero lo ha hecho siempre. Eso tampoco puedo cambiarlo.
¿Qué nos queda?
Muy poco, queda muy poco.
Siempre he partido de una idea elemental: la de que la verdad no necesita ser justificada por la adecuación a un objetivo superior. La verdad es la verdad, y nada más. Debe ser servida, no servir.
La verdad me obliga a decir que no me agrada la mediación que la iglesia católica ha ejercido con el poder en Cuba, porque no ha habido mediación, sino contubernio con el poder, intercambio de intereses estrechos. 
La curia cubana se vio frente a sostener una lucha en que no era secundada por el pueblo o tender la rama de olivo al otro olivo militarizado. En vez de incentivar la civilidad, servir de claustro para el surgimiento de la sociedad civil, decidió ayudar al poder para obtener sus dádivas y crecer en seguidores.
«Al César lo que es del César, y también al pastor», como pudiéramos decir.
Podría pensarse que logrado eso emprendería el cultivo de su feligreses en lograr el despertar social. No ha sido así, y eso fastidia, pero tampoco eso puedo cambiarlo.
Esencialmente, esa ha sido la culpa del cardenal. Es su culpa personal, y por ser la representación mas alta del poder del Vaticano en La Habana no puede eludirlo. Para colmos, ha ejercido la maledicencia, y ha insultado. Ha molestado a quienes no debería haber molestado y ha sometido el templo de Dios a la autoridad seglar del poder, para seguir sosteniendo ese balance frágil, quejumbroso establecido con la bota militar en Cuba.
Cuesta trabajo entender la postura «evangélica» de este hombre convertido en Cardenal. Cuesta comprender que utilice los mismos verbos del oficialismo, las mismas palabras groseras, las acusaciones intolerantes y las mismas frases contra una oposición que solo le pide una postura de tolerancia y de verdadera intercesión en la sociedad rígida que es Cuba.
Pero, al fin y al cabo, dentro de la lógica claustrofóbica del castrismo, si alguien es acusado tiene que ser de antemano culpable, del mismo modo que si algo viene publicado en «Granma» automáticamente es verdad, aunque resulte en principio increíble. Y así no es en balde que aparezcan entrevistas en los sitios oficiales, crispados por las mismas consignas y los mismos términos acusatorios y rígidos del oficialismo usados en el verbo del «príncipe de la Iglesia cubana».
Me pregunto si alguna vez ha sentido vergüenza de sus palabras, si la sentirá en algún futuro, si recordará estos últimos días de su «principado» cardenalicio con postrera serenidad y se arrepentirá de su mano cargada de estulticia. O será lo contrario, será que en aquel entonces, encerrado entre las «heces revolucionarias», en el UMAP, que sintió la azarosa vergüenza, una vergüenza amañada y decidió desde entonces elegir entre los bandos, el ganador.
Como se sabe la vergüenza es anterior a la lucidez: es un aviso instintivo, una alerta que viene de mucho más hondo que la conciencia aletargada, que la inteligencia, intoxicada por los efectos de una educación demagógica y el hechizo místico de las consignas de un Partido, un gobierno, un demagogo demasiado cultivado en todos los medios, de manera absoluta.
¿Decidió claudicar Ortega entonces?
¿Decidió elegir el camino mas cómodo?
Observando detenidamente las palabras de este hombre de sotana cardenalicia me invade los pensamientos más heréticos sobre cuán frágil es el límite entre la rígida honestidad y la más obtusa intolerancia, y sobre cuán sectarias y relativas son todas las ideologías, y en cambio, qué absolutos son los tremendos tormentos que los hombres se infligen recíprocamente.
Las ideologías totales, como la del castrismo, presente en todos los estratos intelectuales y sociales en Cuba, aun en los de la iglesia católica, tienden a disolver a los seres humanos reales y concretos, los únicos que existen, en bloques sólidos, en categorías absolutas. Quizás en aquellas «granjas de rehabilitación proletarias», como eufemísticamente se conocían por el oficialismo, el Cardenal Ortega se rindió, de manera anestesiada, al dogmatismo, y por esa su renuncia personal desde entonces, y por tanto tiempo, se rindió al ejercicio de la inteligencia personal, de la observación de las cosas reales.
Hoy subsiste en su Cuba de hipótesis.
La memoria de tales rendiciones, de esos períodos considerados por él mismo como bochornosos o dolorosos, su amarga experiencia de verse entre los diferentes estratos del marginalismo postrevolucionario castrista le hizo condenar a sus compañeros de inquisición, y decidió marginarlos en cuanto tuviera la oportunidad y el momento adecuado para levantarse sobre ellos. Y esta es su hora.
No se puede olvidar de que la memoria preserva la humanidad del condenado y al mismo tiempo le inocula la vergüenza y la culpa: la vergüenza de no haber sabido ver, de no haber tenido compasión.
Definitivamente hoy esa vergüenza ha vencido a su culpa, y se siente libre de su pasado. Reescribe su historia, y así la de su iglesia.
No, definitivamente no espero nada de la visita de este tercer Papa. No es que no crea en Dios, no es que no crea que aun podemos contar con su interlocución, es que la iglesia, especialmente la cubana, ha dejado de celebrar al hombre para compartir el poder, para acceder a la Cuba oficial, para obtener el reconocimiento público que perdió de sus mismos interlocutores. Colocarse en los medios, en definitiva, escalar al poder.
Lo cual es un sacrilegio en su Nombre.

Saturday, September 12, 2015

Usher, Café y Tabaco

No sé qué lastima mas, ver un artista del que muchos pronosticaron – tempranamente, muy tempranamente – se transformaría en el próximo «Michael Jackson» - ¿quién pudo llegar a pensar semejante tontería? –, ser el vehículo idóneo de la próxima payasada extra-musical norteamericana en Cuba para vender la apertura política al castrismo, o ver convertida la isla en lo que fue, o acusaron de ser cuando Batista, el prostíbulo de América, o el casino de la mafia ítalo-americana, o el traspatio de celebridades del cine y de la música norteamericana. Pasillos por los que celebridades como Nat King Cole, Frank Sinatra o Ava Gardner paseaban sus glamorosas figuras, tomándose el «jaibol» de la inocentada, entonando alguna cancioncilla dulzona para encantar doncellas o mostrando ese rostro demasiado aterciopelado de cirugías y cosmética parisiense.
Cuba era entonces la vitrina del ocio, hoy también remeda aquello. Una vitrina con muchos accidentes geográficos, y parches, un contraste de pobreza repartida y multiplicada, y las mismas circunstancias para el silencio de las celebridades de paso.
Resulta patético comprobar que lo tantas veces repudiado por las autoridades verde-revolucionarias, aquel país que alguna vez anunció el destierro de las luminarias y las máquinas tragamonedas por el campamento guerrillero y las botas rústicas, hoy retorna con muchas más sombras, carencias e insuficiencias sociales, y también mucha mas carencia de ética y principios.
Pero, ¿de qué sorprendernos?
Estos peregrinos de tabaco han viajado a Dubái, recorrido la muralla china, ofrecido conciertos a dinastías árabes, se pasean por todas las cárceles sociales del mundo con sus millones, fumándose sus tabacos o exhibiendo su riqueza obtenida de verdadero talento, y eso es lo que mas lastima, el talento que se desperdicia en menospreciar la falta de libertad de otros, solo por el placer arcano de sus bolsillos.
Pero, después de todo, Cuba solo es el destino de moda, temporal. Lo que me lastima, sin embargo, es que nos convirtamos en esto: una vitrina de café y tabaco para celebridades que quedaron a medias de convertirse en la gran estrella. Exhiben su dinero, malgastan las palabras para decir sentimentalidades como «las música nos une a todos» pero, eso sí, no los derechos de los que hacen alguna música.
Esas celebridades pasan, pasarán, inevitablemente por ese pasillo que hoy se antoja Cuba. Deteriorado en partes y rincones, adornado en afeites para el disfrute turístico de ocasión. Más doloroso, en cambio, es comprobar cómo los cubanos se marchan para entonces regresar en el mismo «plan de café y tabaco» estilo Usher.
Se convierten entonces en ese otro «Usher tropical» de miniatura que se sienta en alguna mesa de turismo local, enciende el mismo tabaco y amelcocha su café amargo. Sonríen una sonrisa plástica, demuestran una extranjeridad venérea, geriátrica, actúan en la película acaramelada de su regreso, que nunca fue partida.
Están atrapados, siguen siendo las mismas tuercas de aquel poder. Aceptan las reglas del juego. No hablan. No levantan la voz. Casi ni respiran para no molestar a los que se molestan con la respiración ajena.
Son peores que Usher que, a fin de cuentas, ni le importa el destino humano más allá de su bolsillo, ni se preocupa por servir de quiniela a un dictadorzuelo moribundo.
Las «celebridades de miniatura», cubanos engreídos de su nuevo acento y sus nuevos billetes de cambio, regresan para utilizar a los otros como contorno de su felicidad prestada. Pagan el diezmo del silencio y, vergonzosamente, hasta acusan al opositor de «comemierda», tonto y pagado por algún otro. Recorren sitios, blogs y noticias disgregando una opinión que se la tragan, como el café amargo y sin azúcar, cuando visitan el consulado de aquella dictadura geriátrica, para pagar la cuota bianual del vergonzoso diezmo que les permite el regreso tropicalizado de su nunca huida.
Para Cuba Usher o Beyonce o Jay-Z no son el problema, para Cuba el problema son los cubanos, más allá que la misma dictadura. Los cubanos que se apuntan al silencio, al coro de la represión, a los victimarios para después convertirse en víctimas ellos mismos y huir en pequeños sorbos por cualquier país de la región que conecte con su destino prioritario: los Estados Unidos.
Algunos hablan de pacifismo, algunos mencionan de vez en cuando a Gandhi y todos nos olvidamos que el hindú tenía miles y millones de seguidores, ganados con lucha y resistencia y proselitismo, y mucha encojonada valentía, que le presentaban el rostro al inglés para le abofeteara por exigir tener lo suyo, línea tras línea, hombre tras hombre, hasta que el cansancio y la erosión les hizo dejar de levantar la mano, abofetear aquellos indios incansables de pacifismo y entregarles su país, para siempre.
Para algunos Gandhi es solo un nombre, una etiqueta útil a la que acudir, un símbolo vacio, demasiado lejano para recordar todas sus enseñanzas. Nada más.
Pudiéramos todos igualar la paciencia temeraria de aquellos hindúes gandhianos. Levantarnos temprano algún día, mientras más pronto mejor, acercarnos a cada una de esas oficinas refrigeradas de consulados y embajadas del castrismo geriátrico y lanzarles a su rostro el pasaporte, como la bofetada pacífica a su vergüenza. Invadir aviones y cruceros. Amarizar y aterrizar en Cuba y exigir, de por todas, lo que es nuestro derecho: el acceso ilimitado a nuestro país, sin restricciones y sin listas de exclusiones, sin  permisos y cuños de autorizada entrada.
Constituiría la única posible y necesitada respuesta a los cientos de «Ushers que nos asaltan las fábricas robadas de «Partagás», para fumarse el oloroso tabaco y endulzar melódicamente el oscuro café, criollo y amargo, que nos pertenece, sin distinción y sin permisos aduanales, a todos los cubanos.

Monday, September 7, 2015

¿De qué han servido 56 años?

A veces me pregunto, cuando veo la marea continua de cubanos que arriban a cualquier punto geográfico del Caribe y México, cuando leo las noticias de "escapes" de misiones de trabajo, científicas, de brigadas de médicos en Brasil o Venezuela, de bailarines y atletas que «desertan», según autoridades que aun siguen considerando a civiles «sus soldados», sus cuerpos amaestrados de una ideología destruida, cuando le reclaman los "escapistas" a los gobiernos de Colombia o México lo que no le reclamaron a las autoridades de Cuba en sus predios.
Y entonces llegan a Miami, a la frontera americana, pisan suelo norteamericano y se convierten en residentes temporales o ciudadanos prestados, para a los pocos meses regresar en "escape de turismo" al mismo país del que huyeron.
¿Huida? ¿Escape? ¿Traspaso físico?
¿Han huido o simplemente se quedaron en él, en ese país inmaterial, aterrenal, sin geografía definida mas allá de la sicología especial del que se cataloga como escapista?
¿De qué han servido 56 años etiquetando de «traidores», «desertores», «vendepatrias» hoy cuando una espuria declaración de un finisecular ministerio se declara de rodillas ante la evidencia del deslave masivo de sus «fieles esclavos  en venta»?
Una sola cosa define: el reconocimiento tácito de que los escapistas aterrenales ya se han convertido en demasiados, y ofrecen a cambio un fruto seco, un puesto de trabajo en las mismas instituciones de las cuales huyeron, bajo las mismas condiciones de encarcelamiento.
Pero al menos "del lobo un pelo", dirán algunos. Reconocen, 56 años después, que todo ha fracasado, a pesar de terminologías, "robos cerebrales" inexistentes, categorías filosóficas que siguen articulando en algo ya desaparecido la geriatría evidente de ese sistema y la realidad del mercado que les rodea.
Lo patético de las declaraciones y «reconocimientos», envejecidos por la misma realidad, es que aun siguen pretendiéndose engañar a sí mismos, aun cuando ya ni creen en sus propios engaños.
Me fui del país, me «escapé» de la cárcel pequeña, «deserté» para utilizar sus propias categorías, me convertí en el verdadero átomo libre que siempre fui en mi persona aun cuando mis manos, mi voz y mi actuar estaban atados en un país de silencio. Soy libre y como tal persona desde ese mismo dia de «mi robo». Pero, ¿dónde esta ese «ladrón»?
En el mismo ministerio que pronuncia las palabras de la usurpación biológica.
Son ellos los ladrones, o los agentes del robo. Son ellos los que me empujaron a la geografía universal, los que me contrataron con su imposición, sus salarios de miseria, sus miserias ideológicas y sus propios engaños para el «escape».
¡Y desde entonces soy libre!
¡Verdaderamente libre!
Para atrás, ¡ni un paraíso pretendido y nunca logrado! ¡Ningún puesto de trabajo de esclavo enmudecido! ¡Ningún perdón! Ni lo quiero, ni lo necesito.
Estos encantadores de serpientes solo se engañan a si mismos, que ni a su pueblo, que sigue escapando.
Nadie roba a nadie, ningún cerebro se escapa por agente recolectores universales, y si algún agente existiera lo han creado ellos mismos con la "hoja de ruta" de sus propias condiciones, sus propias leyes contractuales en el trabajo, el hogar, en la sociedad, con la represión cotidiana de la palabra, la opinión y de la creación individual del ser humano. Los «ladrones de cerebros» hoy están sentados en los burós de ese «palacio de gobierno» que, con su arquitectura rectangular-cuadrada, define geométricamente el estado enquistado de su sistema.
Pero aquí estamos, escapados del país, de regreso a la misma cárcel, inertes y sin hacer nada. Aceptando lo que cualquier otro intente hacer por nosotros mismos o abofeteándonos nosotros mismos con muchas palabras, y pocos hechos. Nada ha cambiado en la Cuba del castrismo enciclopédico, y todo ha cambiado en la del realismo callejero.
Ni «hombre nuevo», ni «regalías sociales», instituciones que veladamente confiesan fracasos, aun en enquistadas fraseologías mas propias de la arqueología ideológica que de la realidad evidente, una sociedad que ve huir a sus jóvenes para una geografía exógena, cuando la sicología sigue siendo la misma del inxilio.
Cuba es un país que solo crece y solo vive a expensas de sus exportaciones humanas.
¿De qué han servido 56 años?
¿No iban a multiplicar los «panes y los peces»?
¿Dónde están?
¿No iba a multiplicar los rublos exportables, cambiar la mono producción, desarrollar el país, convertirlo en el imperio cultural e intelectual del universo?
¿Dónde está ese imperio, esa potencia, esa musculatura creativa?
Más de dos mil millones de dólares reciben los cubanos en sus bolsillos, "gracias" a la industria de las remesas y a la exportación de la familia. Del mono productor de azúcar Cuba se ha transformado en el mono productor y mono exportador de entes sociales amaestrados, repartidos por la geografía planetaria para alimentar una quimera que ya no existe. Por cierto, hasta la misma «mono-azúcar» se acabó en el imperio cultural «revolucionario».
Remesas, mercancías y baratijas, industria de sobrevida familiar que soporta un sistema que prometió el «paraíso» para convertirse en esta ciudadela acorralada por los propios muros, armas y guardianes de los engendros ideológicos que lanzaron al príncipe feudal para convertirse ellos mismos en ese príncipe, y en la familia real.
No, no nos engañemos. 56 años no ha servido de nada, ni para ellos ni para nosotros mismos.
Todos hemos perdido.