Friday, August 14, 2015

Cosas del Mar

Dice Richard Blanco en La Habana, leyendo al viento salado y al mar su poema este viernes:
“Nadie es el otro para el mar,
Seamos apartada isla o vasto continente.”
Sí, el mar nos abraza a todos, estemos donde estemos. Anclados en la isla, o exiliados de ella. Aquejados de tanto bochorno, o embriagados de tanto olvido y desvergüenza.
Para algunos el mar limpia sus caras, y sus manos. Para algunos pocos son el doloroso recipiente de nuestras lágrimas.
Y prosigue Blanco:
“Hoy, el mar sigue diciéndonos
el fin de todas nuestras dudas y miedos
es admirar a los azules lúcidos de nuestro horizonte compartido
para respirar, juntos,
para sanar, juntos.”
Pero hay algunos que no quieren compartir, que no quieren sanar, que no quieren respirar juntos. ¿Qué hacer con ellos?
¿Cerrar nuestras heridas y abandonarnos a la desidia e indiferencia?
¿Olvidar?
Y comienza:
“El mar no importa,
lo que importa es esto.
Todos somos del mar entre nosotros,
todos nosotros.”
He elegido este orden. He  cambiado el curso del poema, los versos. He olvidado algunas palabras, demasiado zalameras, demasiado obvias para la amnesia en que algunos prefieren vivir. A pesar de Richard Blanco, a pesar de todos estos poemas conciliadores con el terror, el miedo, la lujuria de la arrogancia y del arrogante, la desidia de los que prefieren olvidar para alimentar su panza, la descerebralización de los que prefieren corromper sus principios éticos por seguirle la corriente a un mar que sigue siendo hoy el recipiente de nuestras lágrimas, a pesar de todo eso, yo elijo seguir contracorriente, navegar ese estrecho sin justicia.
He elegido sentirme humillado, abofeteado por tanta mentira y tanta retorica política. Vencido por la temporalidad, pero no derrotado.
No, Richard Blanco, yo admiro el azul lucido del horizonte que me lleva a Cuba, agrego una lagrima mas a ese mar, «para respirar juntos y sanar», junto a los justos, junto a las víctimas por su justicia contra los victimarios.
El mar sigue siendo nuestro común recipiente de lágrimas, por los caídos.

Sunday, August 9, 2015

La CocaCola del periodismo de inmundicia

Al parecer las recientemente restablecidas relaciones Cuba – Estados Unidos no solo nos ha traído los románticos paseos exploratorios de los hombres de negocios norteamericanos a Cuba, las múltiples ofertas de viajes de cadenas televisivas, payasos mediáticos de shows nocturnos y científicos desmelenados del «Discovery Channel» en la búsqueda de la virginidad de nuestros corales y tiburones, sino también el florecimiento de un periodismo de inmundicia, con cierto tufillo progre que no se cansa de explotar, ahora en re-contra, la «desgracia» de la reconversión americana de Cuba.
Me resisto a creer que existan estos personajes, pero desgraciadamente la realidad me abochorna y me abofetea con los descubrimientos.
Y así nos cuentan la fábula de esta poshistoria de restablecimiento con una CocaCola de desfallecimiento ideológico:
“Los 11 millones de consumidores que gana el mercado estadounidense seguro que beneficiarán también por poco que sea a su resentida economía. Los chavales aficionados al béisbol calzarán unas Nike, mientras que sus padres harán la compra en Walmart y se tomarán un pésimo café en Starbucks. En el otro lado de la balanza, Cuba, con sus fronteras abiertas al país vecino, será el principal atractivo turístico del Caribe, compitiendo en igualdad de condiciones con Cancún y la costa caribeña de México. El ron y los puros multiplicarán su producción, pero las constructoras yankies aprovecharán también este aperturismo para levantar lujosos resorts y altas torres de hoteles y apartamentos.Motorola, Verizon y AT&T colapsarán la isla con cables, wifis y teléfonos móviles de última generación. Apple y Microsoft harán lo propio con ordenadores y demás aparatos tecnológicos para competir con Cubacel, la empresa cubana de telecomunicaciones. El consumismo irrumpirá en la isla y Ford y General Motors sustituirán con sus modernos vehículos a los clásicos carros que todavía hoy discurren por las calles de La Habana. La autogestión se acabará y todos los cubanos se endeudarán gracias a los créditos de Citibank para comprar las viviendas que habrán levantado Turner, Bechtel o incluso ACS.”
La respuesta inevitable de la lectura de este post de un tal «David Val Palao», curioso apellido por cierto, nos lo desliza en su final:
“Por eso, creo que el discurso de Obama no puede entenderse como una derrota de EEUU frente al régimen cubano. Más bien, pienso que es la enésima victoria del capitalismo que, con esta decisión, gana once millones de consumidores y un país virgen donde levantar todo su emporio destructivo. ¿O podrán los Castro evitarlo y minimizar ese impacto salvaje sobre la isla?”
La clave principal para comprender la visión primermundista progre es un adjetivo: destructivo.
Es el capitalismo el que es «destructivo», y no los 56 años de una dictadura que ha dejado todo el país hambriento, más de 2 millones de cubanos náufragos en el mundo y un turismo de calzones, para entes de izquierdas, que desesperadamente luchan porque no naufrague «su sueño revolucionario» caribeño.
Es el capitalismo, quien destruirá con cafés desabridos de Starbucks a Cuba, y no La Habana en ruinas del castrismo.
Es el capitalismo destructor de Walmart, Apple y Microsoft, y no el «constructor» socialismo de centrales vendidos, tiendas y hospitales de doble moneda y derrumbes a domicilio.
Es el destructor capitalismo de Ford y General Motors, y no la inexistencia de una red ferroviaria, vial y motorizada en una ciudad que no sale del colapso de su transporte público y que acude, mal que bien, a los rastrojos de aquel capitalismo perdido de Ford y General Motors, convertido en esos «almendrones» que simbolizan el país acacharrado que defiende la ideología progre.
Los cubanos se endeudarán con el Citibank por «comprar las viviendas que habrán levantado Turner, Bechtel o incluso ACS». Nunca lo hicieron antes, el «mundo feliz» del socialismo castrista no construía, así los cubanos no se endeudaban.
¡Qué mundo feliz!
¿No les resulta conmovedor?
El señor Val Palao, con la típica arrogancia que caracteriza la izquierda española colonialista, vestida de «okupa», cierra el ojo izquierdo a lo que es La Habana de hoy, el paraíso de la destrucción castrista, y deja que el derecho se apodere de ese raciocinio que hace al capitalismo el eje del mal, el causante de todos los problemas mundiales de esta época nuestra.
Para ellos, fue la democracia quien destruyó Rusia, y no la mafia putinista, ni los líderes stalinistas. Es Ronald Reagan quien hundió al Kremlin y sus satélites europeos. Antes que Reagan nunca la Rusia soviética cometió crímenes, no existieron los campos de concentración en la Siberia, ni las represiones sangrientas a los soldados polacos. Fue Franco quien ordenó los fusilamientos que las propias guerrillas de izquierda en Barcelona ejecutaron contra sus propios «camaradas comunistas», por oponerse a la visión estalinista de sus correligionarios, donde hasta el propio Orwell casi ni escapa de la condena de las tropas de la «pasionaria», mientras el hijito sagrado de la Ibarruri vivía en el «mundo feliz» de la Rusia soviética, lejos de esos paredones de fusilamiento, las balas y la miseria de sus camaradas de lucha.
La izquierda útil, el periodismo menesteroso, la tinta venenosa, la mala leche.
Hay un detalle que, no obstante, se le escapa a esta inmundicia. Este es: ni WalMart, ni Nike, ni Starbucks, ni el Citibank, ni Ford, ni la General Motors, y mucho menos las grandes compañías de telecomunicaciones como Motorola, Verizon y AT&T colapsarán la isla con cables, wifis y teléfonos móviles, autos, cafés desabridos y artículos de primer uso que hoy no tienen los cubanos.
Nada de eso sucederá.
No porque no quieran esas compañías hacerlo, si no porque los que gobiernan ese país, que ya han construido un capitalismo de estado familiar, no se lo permitirán. Aquí no se admiten ni surrealismos, ni imaginaciones periodísticas, ni cuentos y fantasías de una profesión que parece estar prostituida en España. Los dueños de Cuba han anunciado que no admitirán la competencia con sus empresas y monopolios de telecomunicación, como la Cubacel de la macondiana reedición de Val Palao.
Los que como este «gallego» hacen estas enfebrecidas afirmaciones surrealistas no solo yerran en su línea de pensamiento, con impúdica ignorancia, sino que fantasean con un entorno que no existirá, precisamente, por la condición indispensable que necesita el castrismo para sobrevivir: la subsistencia del mismo modelo de esta poshistoria, la exclusión de toda competencia, la inevitable mano de hierro estatista. De esa sobrevida depende la suya propia, es así de simple.
Y no crean que este señor muestra alguna originalidad en lo que dice, lo contrario es lo correcto. Busque en Google y se tropezará con algunos cuantos sitios que gritan la imperiosa necesidad de acudir a Cuba a disfrutar el turismo cubano antes que llegue «la desgracia» del turismo norteamericano, de los mismos turistas por los que gritan desesperadamente los Castros, precisamente para seguir en  la construcción socialista de la destrucción de Cuba.
No obstante, para un  señor que dice ser periodista y trabajar con la información y los medios, debe ser motivo de un incuestionable bochorno desconocer que el turismo en España, para hablar de su país de origen, es la primera industria, y la primera que registró el golpe de la crisis económica de los pasados años, y la ausencia de ese mismo turismo norteamericano «destructivo», y su invasión de «yankies», el primer signo del colapso de la «alpargata española». Entonces gritaron bastante por la ausencia de los «destructivos americanos».
No obstante, su actitud fuera comprensible si me escribiera desde Cataluña, la provincia mas industrial de España, y la mas rica, pero al provenir de Madrid y hablarnos con este lenguaje de rancia izquierda no me hace otra gracia que la muy conocida actitud del canilludo avestruz al llamarle zancudo al flamenco.
Esta «progresía» peninsular nos condena a vestir de indígenas y limitar nuestro destino como  nación a ser colonizados o por los «yankies destructivos» o por los «constructivos» colonialistas gallegos de izquierda.
Y lo peor de su estulticia, se olvidan que fueron los españolitos pro diálogo y comercio los que establecieron las «reglas del juego» del mercadeo con Cuba, convirtiendo al nacional cubano en el indito explotado, narigonado con un salario de miseria, unas condiciones de semi esclavitud laboral, condescendiente a la amanerada ideología progre y a una subcontratación laboral que los condena a ser simples alfeñiques de la partida sucia de estos «okupas» de la prensa peninsular.
Este presupuesto ideológico de la «destrucción americana» y la «constructividad europea y canadiense» es la que ha sostenido la dictadura cubana en los últimos 25 años. Por supuesto, la destrucción de la que hablan es la de su paraíso turístico, inmune a la competencia americana, conociendo de primera mano de que el cubano, a pesar de más de 56 años de embate antiamericano, es profundamente pro yanqui. Hasta el señor Eusebio Leal ha tenido que sucumbir a admitirlo con algunos eufemismos imprescindibles para su lenguaje.
Val Palao sencillamente teme perder el terreno en Cuba, y así su ideología okupa.
Pero calma, señor Palao, calma. Las invasiones comerciales «yankies» a La Habana no existirán mientras estén los jerarcas destructivos del actual gobierno de ese país. Ya se lo contestó el mismo Malmierca en estos días por la península, ¿o es que no ha leído a su propia prensa?
Periodismo de profundo y rancio espíritu progre, inmundicias colaterales de un movimiento que evidentemente irrumpió en la vida española con esperpentos como Willy Toledo y otras inmundicias peninsulares, cornucopia del «ocupa Wall Street».
Pura basura.

Thursday, August 6, 2015

Mas allá del mundo feliz

No se puede negar que vivimos en un mundo tecnológico. Nos levantamos, preparamos un café, chequemos el celular, encendemos la computadora o abrimos el iPad para leer algún libro mientras tomamos ese café, y tal vez, como me sucede a mí, chequeamos las noticias con un «click» en el telemando del televisor a la vez que acedemos a sitios web en todos los equipos electrónicos con que nuestra vida se rodea. Somos como esos pequeños átomos de información reclamando constantemente a otros átomos, y disgregando nuestra presencia, con huellas invisibles de nuestra privacidad, aprovechadas por agencias federales y entidades comerciales para capturar nuestros deseos, frustraciones y pensamientos.
Pero internet y su tecnología no nos ha hecho más libres, sino mas esclavos de nuestros vicios y nuestras cadenas tecnológicas. Twitter nos enferma de adicción; Facebook nos aburre de la misma adicción con fotos, videos y comentarios; Instagram nos envicia de rostros frescos, fotos tomadas en cualquier esquina de este mundo, o coqueteo instantáneo  del oculto universo de nuestra vida cotidiana.
La tecnología nos ha hecho más esclavos de nuestras rutinas y frustraciones personales, de nuestros deseos ocultos y de nuestras malicias. Hasta leer se ha convertido en algo muy peligroso, porque nos aleja de su raíz, la imaginación, la fantasía y el pensamiento individual. Al leer un libro nos sumergimos en él y el universo exterior desaparece. Al leer en un iPad o en un eReader no estamos solos, no nos sumergimos en su lectura, y la concentración que un libro nos obliga se desvanece a la distancia peligrosa de nuestros dedos sobre la pantalla ciega de ese aditamento tecnológico que nos hace olvidar, por demasiado largos momentos, que el mundo real existe. Internet nos acerca, y tambén nos aleja de los seres humanos, de los seres humanos de carne y hueso. En su lugar tenemos ese espectro electrónjico engañoso, como su tecnología.
Internet es un monstruo colectivo pero individual de pensamiento. Conecta en una línea, o divide en muchas para desenfocar nuestras vidas. Y algunos le otorgan un poder que nunca tiene ni tendrá. Algunos reemplazan la voluntad del hombre al capricho algorítmico de la tecnología.
«Internet nos hará libres», alguien dice.
¿En qué lugar ha ocurrido?, pregunto.
Miro esa línea de jóvenes que se "incomodan" en ese muro de concreto y chequean sus teléfonos móviles. Navegan por un "wifi" reciente inaugurado en algunos de los puntos de Cuba, esta vez en Holguín,  y me recuerdo aquellas tertulias tuiteras donde reclamábamos internet para los cubanos.
«Ya vienen llegando», nos guiña Willy Chirino desde una salsera y contagiosa melodía de dos décadas de ancianidad.
Ya siguen llegando, propondría yo a la melodía. ¡Y seguirán!
Las libertades no llegan por los tejidos tecnológicos de internet en estos días, en ningún lugar, bajo ninguna circunstancia, mucho menos si las capacidades de conexiones están reguladas, controladas, supervisadas. Leo en el "Wall Street Journal" que China colocará ciberpolicías en las principales compañías de internet del país. Cuba los ha tenido siempre, y seguirán ahí, patrullando las redes internas.
En China la censura a internet cubre desde legislaciones aprobadas por su «Parlamento» hasta acciones técnicas dentro del ambiente tecnológico de la navegación. Entre estas últimas, las mas «invisibles», estuvo la construcción del «Gran Cortafuegos», en inglés el «Great Firewall of China» o como oficialmente se conoce, el «Proyecto Escudo Dorado». No se ocultan para decirlo, no se avergüenzan de su censura. Lo típico de los sistemas sociales como los que, ideológicamente, impulsan países como China y Cuba es la sinceridad impúdica a su vigilancia, espionaje desvergonzado y censura ilimitada.
Los «otros» son el «imperialismo salvaje» y ellos las «ovejitas inocentes».
La filtración en China abarca toda una serie de técnicas tan viejas como la misma tecnología que las soporta: listas de direcciones IP bloqueadas, palabras claves censuradas, envenenamiento de DNS y la instalción de brigadas de internet conformadas por alrededor de 30 mil efectivos que buscan controlar el contenido de lo que se comparte, mediante la instrumentación de la ley oficial. China tiene su propio buscador, «Baidu», y así también lo tiene Cuba, desde el 2007.
La China de las ciberbrigadas es la Cuba de los ciberpolicías que conocemos desde hace mas de cinco años. Pero, ¿de qué hablábamos cuando pedíamos internet para Cuba?
No puedo hablar por los demás, pero en mi caso hablaba de acceso libre a la información. Hablaba de eliminar a esas ciberbrigadas "Made in UCI", fantasmitas escondidos detrás de un avatar, sin rostro, sin nombres o con ellos falsos, que condenaban pensamientos, cubanos que se atrevían a emitir su opinión a través de las pocas opciones tecnológicas en Cuba. Los ciberpolicías cubanos tenían el poder del ciberestado, al punto de que oficiales del propio clan familiar Castro, como Mariela Castro, los saludaban y aplaudían en las redes, acudian a su apoyo en la confrontación libre que es internet.
Si el mundo occidental, especialmente Norteamérica, se inflamaba y enfurecía con las revelaciones sobre el ciberespionaje de la NSA, a través de las declaraciones de Snowden – ciberespía asalariado, contratado por el gobierno y convenientemente arrepentido – ¿qué diríamos nosotros, los cubanos, que hemos vivido una gran parte de nuestra vida, casi toda nuestra vida, o toda nuestra vida en el "mundo feliz" de Aldous Huxley?
Miro con curiosidad esa larga hilera de rostros jóvenes hundidos en las pequeñas pantallas de sus teléfonos móviles, computadoras portátiles e iPads, navegando una internet ya cibervigilada por el ciberestado, y autocensurada por ellos mismos para "no buscarse problemas" y "seguir en la lucha", que es decir sobrevivir en Cuba, y me da pena su autodisciplina, ver como sucumben pacientemente a un destino «feliz Huxleyano».
Los cubanos se han disciplinado en el conocimiento de que cualquier acceso que el ciberestado les abra a sus medios está controlado, supervisado, cibervigilado. Hay algunos que creen que hasta el "ciber paquete" es una cibermaniobra controlada. En última instancia a lo que acceden esos jóvenes es a su ciberfuturo, ejercen su ciberlucha cotidiana, muchos de ellos engarzándose en una ciberbúsqueda romántica para enganchar el cebo de su salida del país, o el cibercontrato con alguna entidad en el extranjero, o la necesaria cibercomunicación con sus familiares en Miami, Barcelona o Rio de Janeiro, que le garantizarán su escape.
Todos saben qué sitios eludir, qué palabras usar y cuales no, qué vericuetos y normas seguir, sobre todo de qué esencialmente se deben cuidar. Las reglas están silenciosamente establecidas y todos la conocen. Tal vez esta sea la única diferencia entre China y Cuba. Los mandarines cubanos son más sutiles, a pesar de la milenaria sutilidad de la China que todos conocemos.
Pero mas allá de toda fantasía política, y tecnológica, está el hombre, su voluntad personal y su talento. Los cubanos tenemos talento, lo hemos demostrado para sobrevivir en la peor de las sociedades del rudimentario físico-ciber-espionaje. Después de todo, la estructura de vigilancia del barrio, del ministerio, del centro de trabajo, de la escuela-tecnológico-universidad, tiene que sobrevivir y acude a los mismos mecanismos del mercado negro, de todo tipo, que delata y condena en su rutinaria vigilancia. El ciberespía comercia él mismo con su conexión privilegiada con los mismos que condena en las redes sociales, y el funcionario ministerial cierra algún ojo con el familiar, el amigo o la conveniente conexión de su entorno. La cibervigilancia comercia con su ciberilegalidad.
En realidad, el espectro tecnologico en Cuba es una extensión de su fisicalidad: toda una red de corrupción social a todo nivel, estamento y ordenamiento cívico. Nadie puede reclamar ingenuidad, desconocimiento, virginidad política. Los cubanos viven para luchar su sobrevida, pero no para reconstruir su sociedad, su entorno, su país. Esto no es nada nuevo, pero muchos eluden decirlo o por vergüenza, o por conveniencia o sencillamente porque no quieren admitirlo.
Se hace de una ingenuidad bochornosa pensar que esos que se alinean ahí, en el parque «Calixto García» de Holguín, inclinándose, sumergiéndose en sus pequeñas pantallas, lo hacen para cambiar el futuro de su país. Lo hacen para cambiarse el futuro propio. Yo también estuve en Holguín, caminé por sus calles, conversé con jóvenes y adultos. Yo también fui un joven como ellos, esa atómica partícula de voluntad buscando el conejo que me hiciera escapar con Alicia del «mundo feliz» de Huxley.
Nadie los condena, yo tampoco. Es una inmensa desgracia que no se den cuenta que cambiando el futuro de todos, que es el de su país, cambian el suyo propio, sin necesidad de abandonar su entorno. No digo que no se den cuenta, que lo hayan pensado o, incluso, que lo piensen ahora mismo. Pero la sicología social pasa por la de cada ser humano, y lo primero que tiene que aprender ese joven que esta ahí, ensimismado en su ciberconversación, es a levantar su mirada de esa pantalla gris, mirar su entorno, preguntarse qué hace allí, cuál es su propósito, dónde estará en el futuro y qué hará. En dependencia de sus respuestas así será su actitud.
Pero, desgraciadamente, en Cuba seguimos esa tonadilla de Oscar D’Leon «defiéndete tú y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda». La tonadilla puede que saliera en aquella Cuba de entonces, de los muros de la «Casa de la FEU», en 27 y L, La Habana. Sigue saliendo hoy de todas sus latitudes, también de Holguín y su parque central.
Algunos dirán que oponerse a la maquinaria del gobierno es una inutilidad. Demasiado inmensa, monopólica, abrumadora. Pero esa maquinaria gubernamental está sobredimensionada y es fácilmente destructible si, conscientemente, un grupo humano se propone destruirla. Para eso hay leyes que tienen que cumplir, porque ese «mundo feliz» de Aldous Huxley no admite acciones improvisadas, como las que ejercita la «oposición cubana», demasiado vigilada, supervisada, construida sobre intereses definitivamente personales, tutorizada desde lejos, condicionada por financiamientos y toda una telaraña de condicionamientos sicológicos, personales y políticos.
Definitivamente, para que el «mundo feliz» cubano de Huxley desaparezca tiene que existir una oposición de Cuba para Cuba. Pero eso, desafortunadamente, no existe.
Y así, para que esa oposición exista esos mismos jóvenes tienen que hacer consciencia de su país, levantar su mirada de sus pantallas, dejar de esperar la libertad tecnológica que vendrá por internet y los saludará, alguna afortunada mañana de Agosto, por las puertas de una embajada americana enclaustrada entre los muros del Malecón, las calles, los guardias y los oficiales de gobierno, de los dos gobiernos.
La libertad no tiene otro actor tecnológico que no sea el actor humano, el hombre y su voluntad.
Mientras, solo existirá, desde ese muro sentado en un parque holguinero, la libertad personal de ese conjunto de jóvenes… en algún otro lado mas allá de su país.

Monday, August 3, 2015

Las falsas pretensiones

En 1962, el año en que el mundo estuvo mas cerca de una catástrofe nuclear "gracias" a la instalación de misiles nucleares en Cuba, los "Beatles" remplazaban al baterista Pete Best por Ringo Starr y el piloto del U-2, Francis Gary Powers, abatido sobre  Rusia era intercambiado por el espía soviético Rudolf Abel en Berlín, el gobierno norteamericano imponía un embargo económico a Cuba, según el "The New York Times", para subvertir a Fidel Castro.
Según el diario neoyorquino, durante todos estos años el gobierno de los Estados Unidos ha apretado o relajado las políticas impuestas por el embargo, pero:
"... La red de leyes y reglamentos promulgadas en un fallido intento de cambiar al régimen de La Habana a través de medios coercitivos permanece en gran parte congelado en el tiempo."
Tiempo de descongelamiento, según el diario.
Desde «su perspectiva» - al parecer o muy cercana al gobierno o respondiendo a sugerencias del gobierno - el diario se olvida en recordar que el embargo fue impuesto a La Habana, en primer término, como medida punitiva y de respuesta a las expropiaciones sin compensación e ilegítimas de propiedades norteamericanas por parte del regimen.
Desde esa misma perspectiva se olvida, - ¿ignorancia, escrúpulos, conveniencias del grupo editorialista? -  también de recordar que el fallo del embargo contra Castro no tiene sus causas en el establecimiento y sostén de esas políticas, sino en la traición de los socios comerciales europeos de Washington, que apelaron a gritos al Plan Marshall cuando sobrevivieron a Hitler, pero se olvidaron de Washington al acudir a Cuba, tomar las tierras y ex propiedades norteamericanas, en lo que a todas luces fue un Plan Marshall al régimen de los Castros a contrapelo, no solo de los Estados Unidos, su ex-salvador, sino a cuesta de la libertad del propio pueblo cubano.
Y algo mucho mas importante que olvida el NYT, que gracias a la política del embargo norteamericano otros regímenes y políticos del hemisferio occidental, en la Latinoamérica del populismo y la izquierda, se cuidaron de aplicar la misma medicina cubana. Desde entonces las propiedades norteamericanas y europeas han estado un poco mejor protegidas. El precedente cubano sirvió de medicina que, no obstante, no se hace en balde recordar no está lejos en la historia, y se sigue usando en la isla contra hombres de negocios occidentales, canadienses, ingleses, de Norteamérica y de Europa.
El NYT también practica el olvido conveniente sobre una historia muy conocida, aunque muy convenientemente callada e ignorada, que países como México y Canadá nunca rompieron relaciones, nunca sus embajadas se fueron de La Habana, nunca sus embajadores empacaron sus maletas y bajaron sus banderas. Que fue un Primer Ministro canadiense el primero de la comunidad occidental, socio de Washington, en visitar al dictador en La Habana. Y que fueron los canadienses los primeros en establecer las "reglas del juego" al estilo del castrismo. Las "reglas del juego" que tendrán que acatar los hombres de negocios americanos que deseen establecerse en La Habana... si el embargo "fallido" desaparece.
¿Le ha preguntado al gobierno de Ottawa el NYT qué ha logrado cambiar en lo que respecta a democracia su política de «buen amigo» con Cuba?
Mientras, el castrismo solo desea abrirle la puerta al turista americano. Nada más.
El editorial del "The New York Times" reproduce unas declaraciones de la senadora demócrata por el estado de Minnesota, Amy Klobuchar. Este es el "razonamiento de Klobuchar:
"Lo que va a pasar es que los americanos que acudan a Cuba van a albergarse en hoteles españoles, comer comida alemana y usar ordenadores chinos."
Las palabras de Klobuchar describen a la perfección, no solo lo que hoy ocurre en Cuba, sino lo que ocurrirá siempre mientras subsista el castrismo. Nada va a cambiar sencillamente porque cambie la política de embargo, porque el gobierno cubano y sus pretensiones son el mismo de ayer.
Es una falsa pretensión, alimentada por ignorancia política, tal vez por la arrogancia de pertenecer a una nación que moldeó la Europa de la postguerra, puede que también reproducida por la mistificación creada después de la caída de la Rusia soviética, o sencillamente por presupuestos establecidos en ese pasado en el que Estados Unidos era una primera potencia y ejercía su influencia inmune a cualquier otro germen social, económico y político. La falta de competencia en esos terrenos alimentaron estas pretensiones. Hoy la señora Klobuchar es víctima de ellas, y así el NYT también.
Lo esencial es que el régimen de Cuba no ha cambiado, ni tampoco su gente, su pueblo, los componentes que pueden cambiar el curso de los acontecimientos. La misma pasada semana los vendedores del país se fueron de paseo por Europa para vender las propiedades públicas de la isla a los que "le fueron fieles" por muchos años, y le seguirán siendo.
La Europa que negoció con el régimen de Cuba permitió el tratamiento neo esclavista de los nacionales cubanos. Admitió que el gobierno de los Castro controlara la mano de obra, los salarios, la empleomanía, las prácticas de mercado, la contratación y hasta el marketing de las instalaciones turísticas y de los productos de las inversiones extranjeras. Nada de eso cambiará con el levantamiento del embargo. Y no se trata de una mera especulación, lo han dicho claramente los que sostienen el poder en Cuba y sus voceros en todas partes, incluso frente al flamante Kerry.
Los americanos "regresarán a Cuba" para llenar las instalaciones, para llevar el turismo, llenar las playas y las calles de La Habana Vieja, pero no tendrán ninguna prioridad hasta tanto no firmen su cuota de sangre sumisa, como lo hizo Europa. Las condiciones que el régimen le ha estado imponiendo a "los negociadores" obamistas describe el ajuar de novia del castrismo. Las pautas la ha impuesto el gobierno de Raúl Castro, el ajuar lo ha financiado Obama y también la fiesta, y las fotos de la fiesta, y la mención de la fiesta en sus periódicos, y el cake y sus invitados.
Al final del editorial el diario menciona unas palabras de la  flamante candidata demócrata Hillary Clinton, el viernes en La Florida. Dice Clinton a través del NYT:
"Ellos quieren comprar nuestras mercancías, leer nuestros libros, navegar por nuestra web y aprender de nuestro pueblo. Ese es el camino hacia la democracia y la dignidad, y debemos caminar juntos”.
Sí, ellos quieren las mercancías, leer algunos libros (los apropiados) y lo del aprendizaje de los americanos se lo encargo a que se lo pregunten a los canadienses. Llevan mas de 25 años teniendo sus mercancías, despreciando sus libros y disfrutando del turismo de la indiferencia del país del norte de donde es la flamante demócrata, candidata a lograr la presidencia desde el asiento de un tractor de las «Brigadas Venceremos».
Ah, y todavía no han encontrado el camino alegado hacia la democracia y la dignidad. Son falsas pretensiones, mitos de conveniencia, política de Poncio Pilatos modernos.
Tal vez Bob Dylan pudiera escribir alguna canción al respecto. O tal vez tenga que agregar algunas líneas a aquella canción de 1964, “Chimes of Freedom”:
In the city’s melted furnace, unexpectedly we watched
With faces hidden while the walls were tightening
As the echo of the wedding bells before the blowin’ rain
Dissolved into the bells of the lightning
Tolling for the rebel, tolling for the rake
Tolling for the luckless, the abandoned an’ forsaked