Sunday, April 26, 2015

La coherencia del abuso

A veces nos lamentamos, o nos quejamos, o reprochamos las incoherencias de artistas, pastores evangélicos, curas reconversos, Iglesias y prelados, políticos y disidentes, revolucionarios y revolucionarizados, de la total falta de escrúpulos de esos que, despojándose de viejas vestiduras, abrazan nuevos corolarios, teoremas que antes demostraban su irrealidad.
Sencillamente, nos dicen, cambiaron los tiempos, se reajustaron las llaves del viejo baúl, desaparecieron viejos juguetes de inconveniencia.
Es cierto. Hoy los que ayer mercadeaban con las armas a las guerrillas infestadas de drogas e infancia secuestrada, mercadean hoy con su desaparición.
Es cierto. Hoy los que ayer expulsaban monjes y curas, cerraban templos e invadían iglesias, arriman hoy la mano con el rosario colgados del meñique, suerte de sacerdotes de la sobrevida política. Casi se adornan los hombros con el benedictino escapulario.
En una tierra de contradicciones, donde el abono es la blasfemia y el bautismo la rabia y el encono, Cuba es territorio libre de coherencias. Fertilidad natural de contradicciones, las instituciones terrenas y divinas han bailado al son de ellas mismas.
¿Qué esperar entonces de las que los representan?
A Silvio Rodríguez que cantó despectivamente a serpientes, hoy la abraza con fruición.
A homoeróticos escribidores que fueron vapuleados en su homosexo, encerrados en alambradas y borrados del libro cultural del hombre nuevo, erotizan hoy versículos lunares sobre la masculinidad estilizada de viejos venéreos dictadores.
Más Raulistas que Raúl. Más Fidelistas que Fidelio. Más Papistas que el Papa.
El nuevo clero de conversos es la consecuencia típica de la coherencia del abuso.
Se dieron cuenta. Tarde, ¡sí!, pero a tiempo de reconvertirse.
No hay que lamentar. No hay que elevar ninguna queja. No hay que reprochar nada ni llorar, desvanecer ninguna lágrima, hojear ningún sermón del cielo, las estrellas y planetas invisibles, adyacentes. El «hombre viejo» hizo su pacto de sangre con el «hombre nuevo». Acabó reconociendo que el país no navega a su destino sino a su final. Que la sangre joven escapa, se desvanece, naufraga encontrando algún camino donde huir.
Y ellos se quedan.
Nadie se levanta. Nadie protesta. Nadie intenta siquiera levantar un dedo.
Se han dado cuenta que el pueblo de Cuba es una oveja mansa, en camino a su matadero. La única opción visible, con futuro para sus espaldas llagadas es la reconversión. Desvestirse, exponer sus carnes impúdicas y carroñeras de siempre. Bailar con el badajo senil enredándosele en las rodillas y besar con labios leprosos la mano enteca, huesuda, relamida por tantos otros.
Todas estas personas e instituciones sostienen una estrategia de supervivencia. Han llegado a la «honrada» conclusión de que su sobrevivencia depende de la del régimen, y el régimen sabe de esa estrategia, e intuye que no podría sobrevivir sin ellas, y sin alentar esa misma estrategia.
Todos, absolutamente todos, están convencidos de que el estatus político cubano sobrevivirá un par de muertes biológicas, no por los sofismas ideológicos construidos, ni por ninguna supuesta fortaleza política del régimen, sino porque las fuerzas sociales que pueden alentar el cambio alientan la huida, rehúyen el cambio.
En el caso particular de la Iglesia Católica hay que recordar que ha sido una sobreviviente mundial en todas las situaciones extremas. Tiene experiencia para no sucumbir ningún terremoto político y social. Sobrevivió lo peor, y hoy el régimen conoce que le debe su acercamiento al gobierno norteamericano.
Por décadas ese régimen cultivó el aislacionismo, a la vez de la «rara» pretensión de alentar el fin del embargo, puesto siempre de zancadillas cada vez que el guía ideológico intuía que se estaba demasiado cerca del fin del conflicto.
La Iglesia conoce eso, y también conoce que las nuevas generaciones que le siguen detrás no alientan el aislacionismo, y que quien está hoy al timón del país apuesta por el relevo del «batón» a sus retoños naturales. Quiere y necesita sobrevivir el poder para sus hijos y nietos. Ese conocimiento ha sido transmitido por el alto clero cubano cercano a Roma, al Vaticano, y ha dado sus resultados.
La Iglesia Católica, como máxima sobreviviente de todas las instituciones mundiales también sobrevivirá cualquier holocausto en Cuba, a cualquier precio. Y este lo es.
Amigos, enemigos, doctores y fulleros, todos camino al entierro, cargando una hoguera, lastimándose en su sacrificio de orgullo, pero refocilándose en su lujuria perversa. Le hacen la comparsa útil, la despedida oportuna. Celebran el nuevo poder que surge de la corrupción del viejo verbo.
Son los mismos. Los dueños de entonces. Sus hijos, sus leporinos hijos que hoy aprovechan viejas enemistades reconvertidas.
Exprimen viejas y escasas lágrimas por caricaturas populistas colgadas de viejas joyas que bailan un viejo tango argentino, resonando esas joyas al mejor estilo de aquel John Lennon al que erigieron su estatua de utilidad en algún parque del Vedado, y que solicitaba aplaudir las nuevas melodías beatleneanas con el «canto» de las joyas.
Viejas divas de la desvergüenza, pero ¿no es una desvergüenza que este país se desbarate, se desajuste, se acabe de emponzoñar y sus hijos ni siquiera tengan la voluntad del bostezo?
No nos engañemos.
Los nuevos apátridas de la coherencia solo abrazan una nueva, la coherencia del abuso, del estupro con el poder, de sostener una vida que no tiene utilidad en el escape. Tienen sus encías desdentadas, las canas demasiado podridas y los ojos hundidos en esos pobres lentes que ya no logran ver las viejas coplas, versos y rimas que escribían entonces.
No saben escribir, susurran.
No saben hablar, hacen muecas.
No saben fornicar, menean el culo.
Así, como la vieja prostituta del Apocalipsis, se han unido a la Bestia. Pretender vivir por los siglos de los siglos con ella. No porque la Bestia sea eterna, sino porque los que deberían matarla, huyen.
¿Es alentador conocer esto?
No, pero ¿qué se le puede hacer?

La Bestia que sube del mar

“Se le dio una boca que hablaba palabras arrogantes y blasfemias, y se le dio autoridad para actuar durante cuarenta y dos meses. Y se abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su tabernáculo, es decir, contra los que moran en el cielo. Se le concedió hacer la guerra contra los santos y vencerlos; y se le dio autoridad sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación.”
Apocalipsis 13:5
Este es, sin dudas, Raúl Suarez.
El Raúl Suarez que cerró la biblia de los oprimidos y pobres y cultivó el poder. El Suarez que cerró un pacto, aquella tarde de los noventa, cuando los aliados de la Bestia se le hacían cortos y decidió extender la mano, y alcanzar otros.
La Bestia nunca compartió el poder, pero supo crear aliados temporales para su poder ilimitado. Repartir migajas, aunque sea comprometiendo su historia pasada, sus palabras, sus promesas. Las palabras son hojas que se las lleva el viento.
Era el momento exacto de abrazar una doctrina escrupulosamente reventada, en los marcos de la muerte de los sesenta y el nacimiento de los 70, cuando se expulsaban padres de la iglesia, se cerraban templos, se despedía a Dios porque no era útil en los nuevos tiempos.
Fracasada la doctrina y la avalancha revolucionaria, era hora de abrazar nuevos cómplices.
Volvería un Dios, otro, en los noventa. El retorno era el compromiso de conveniencia, se tendía la mano a la iglesia «amiga», la de Suarez, un «apostolado» que concedía el poder de Dios por el poder terreno del Cesar.
El rostro del denario, ya que no la palabra de Dios del Nuevo Testamento.
Sellado el pacto de compromiso. Se abrían templos, las puertas para pastores antiembargos y ovejas pitiyanquis llenas de promesas. Se abría una plaza para un coro aplaudidor de un dios, en minúsculas, que ayer concedió el poder de la bofetada a la mejilla del cristiano.
Ya no es el Cristo redentor, el pastor de ovejas. Es el lobo puñetero de porras e histerias.
Las concesiones de ayer son las consecuencias de este día, de este hoy. La sonrisa benevolente de entonces, y su pacto, es el compromiso de coparticipación en el mismo coro de insultos y puñetas. El Dios rabioso del Viejo Testamento, no el sereno padre benevolente del Nuevo Testamento, de Jesucristo, del Nazareno.
¿De qué Dios habla Suarez?
¿A qué iglesia representa?
Ni él lo sabe. Tampoco EL.
 “Mostradme un denario. ¿De quién es la imagen y la inscripción que lleva? Y ellos le dijeron: Del César. Entonces El les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”
Lucas 20:25
La “casa de oraciones” no es la casa del César y su moneda, como muy bien conoce Raúl Suarez, sigue llevando la estampa del propio César.
No hubo Dios en Panamá, tampoco acompaño al antiguo pastor de ovejas. Fue solo el César, el mismo rostro del denario, las mismas barbas, el mismo espíritu vengativo que combatió a Jesús y su templo, que convirtió su casa en patrimonio de mercaderes y fariseos.
Ironías de una iglesia que acompaña a la Bestia: no logró la paz en Cuba. No logró que el César se sentara en la mesa de diálogo con el Norte, ni con su propio pueblo. No logró reconciliar las dos naciones enfrentadas, los dos gobiernos terrenales, las dos historias encontradas.
No hablo con su pueblo, puro comercio prostituido de frutas y monedas. Solo eso.
Y fue la otra iglesia, la que enfrento Suarez con su compromiso con el poder del César. La perseguida, expulsada, demolida casi hasta de cimientos terrenales. No fue la biblia golpeadora de este pastor quien intercedió entre los Césares. Fue la otra, la que un día consideraron bastarda, pitiyanqui, «gusana», contrarrevolucionaria, enemiga, antipatriótica, opio de los pueblos. A la que arrebataron padres curas, templos y ovejas.
Concesiones hubo, existieron. Existen. No debemos olvidralo.
Mientras Raúl Suarez golpeaba disidentes con la biblia de su Bestia, el Papa de la otra Iglesia, la «bastarda», conseguía sentar al dictador en la mesa. Curioso desencuentro de la historia.
A Raúl Suarez se le recordara como la mano que golpeaba con su biblia al prójimo. A Francisco I, el argentino, de tender puentes de entendimiento, de conversar, establecer el diálogo y creer en la paz sobre los bofetones.
¿A quién habló verdaderamente Dios?
¿Quién representó verdaderamente su Iglesia?
No hay ecumenicidad en el bofetón, sino en la mejilla dolida del que concede la respuesta violenta con la benevolencia de la misericordia. Esa es la verdad cristiana, cualquier otra es la verdad de la Bestia.
La que surgió del mar y habló con palabras arrogantes y blasfemias, y se otorgó a si misma autoridad para actuar durante cincuenta y seis años, y permitió y abrió su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su tabernáculo, y maldecir a los que moran en el cielo.
Fue la Bestia a la que cedió Suarez y ELLA, entonces, le concedió hacer la guerra contra los santos y vencerlos, y se le concedió autoridad sobre toda su tribu, pueblo, lengua y nación.
Fue solo el espíritu de esa Bestia, no el de Dios.

Thursday, April 23, 2015

El «Cuomo» de la Desfachatez

Es solo cuestión de ordenamiento ortográfico, y del intercambio de una letra, y tendremos la perfecta alineación de un apellido con su consecuencia.
Andrew Cuomo, gobernador de New York, ha sido el último «accidente político» demócrata que hemos tenido por Cuba, después del deshielo de Obama.
No tengo nada personal en contra de las «intenciones» con que supuestamente el gobernador de ese popular, y populoso, estado visitó mi país. De hecho, todo parece que lo único que necesitaban nuestros buenos vecinos norteamericanos era que la señal de la Casa Blanca diera el pestañazo, el presidente moderara el uso discrecional de la consigna y permitiera el «turismo de estado», eufemísticamente disfrazado de propósitos para hacer negocios con una dictadura sus correrías de placer.
Años llevan esperando la oportunidad y, sinceramente, después de la carrerita apurada de la Pelosi ya nadie puede sentirse muy avergonzado de dar el salto y también teñirse de sol caribeño.
Sin embargo, una cosa es visitar La Habana como turista, pantalón corto en cintura, camarita fotográfica para estampar la mulata, el tabaco moreno y esa vieja reliquia de los años cincuenta a las que los cubanos deberíamos hacerle una estatua en bronce, algún día, algún memorable día en que podamos decir que nuestro país nos pertenece.
Hablo de los «almendrones, como en el que está sentado el gobernador.
Pero Andrew Cuomo no es un turista accidental. Y que yo sepa los políticos en sus viajes de promoción no hacen la foto artera del «almendrón» con el cubano de fondo. Una escenografía que dista mucho de la honorabilidad al lidiar con personajes de una dictadura.
Pero aquí lo vemos, en el «cuomo» de la desfachatez demócrata.
Encantadores de turistas
La «revolución» verde olivo despidió turistas, hoteles, prostíbulos y casinos. Acuñó el turismo como un rezago burgués. Bien claro, mientras los jefes de esos revoltosos vivían en los modernos hoteles recién robados a la élite burguesa, y a la misma «canallada» norteamericana. Así le decían.
El turismo desfalleció. Los hoteles se deterioraron. La Habana se convirtió en un litoral gris donde solo se iba a ver la alineación de barbudos, los comandos de milicianos y la silueta verde olivo. Y comenzó la danza de los millones soviéticos, hasta su huida definitiva y su final.
¿Después? Ah, después sufrimos a los «encantadores de turistas».
Y comenzó la hemorragia de hoteles en Varadero, que hoy amenaza la franja playera natural y su medio ambiente. Y los cubanos se convirtieron en estos nuevos árabes encantadores de serpientes, ¡perdón!, de turistas, cazándolos en La Habana Vieja – de manera ilegal – y por todas las convenciones europeas del ramo – de manera legal –.
Y en este encantamiento se ha convertido la política turística cubana. Alimentando el sueño americano del retorno a Cuba, del disfrute de la arena paradisíaca de los cincuenta. Los mismos que ayer condenaron el burdel cubano hoy lo cosechan, lo promocionan, lo «marketizan» y esgrimen el derecho ciudadano del pitiyanqui americano para exigir la caída de la otra política de embargo.
Y es en este entorno en que resulta grotesca la visita del señor Cuomo, como la de muchos otros.
Lo grotesco está no en sus posibles intenciones, sino en sus actitudes, en esta saltimbanquería fotogénica de tomarse las bochornosas fotos, risa payasina incluida, como si de lo que se tratara es de una fiesta cabaretera en la Riviera francesa. Sí, por cierto, también los franceses vienen.
New York y La Habana – Spitzer y Cuomo
La metrópoli norteamericana recibe alrededor de 50 millones de visitantes al año. En el 2013 recibió 54.3 millones, cifra record. Esto no explica, sin embargo, la visita del gobernador a Cuba. Tampoco justifica la liviandad de su actitud farandulera que recuerda, me permito recordárselo, la de su predecesor, Eliot Spitzer.
Recordemos a Spitzer, solo para refrescar un poco la memoria y encajar con exactitud las actitudes neoyorquinas faranduleras de esta remesa de políticos metropolitanos.
El 10 de marzo del 2008, el “The New York Times” reportaba que Spitzer había frecuentado un servicio de prostitución de alto precio llamado “Emperors Club VIP”, y que había estado con una prostituta por alrededor de dos horas por el «moderado» precio de mil dólares. De acuerdo por el diario neoyorquino, Spitzer había frecuentado este servicio en siete u ocho ocasiones con mujeres de esa agencia, y había pagado más de 15 mil dólares en 6 meses. Según los investigadores, el ex gobernador de New York había pagado 80 mil dólares mientras ejercía su anterior cargo.
Andar con putas es punible para ser gobernador. Servir de puta con dictadores no lo es, al parecer.
Hasta aquí con Spitzer.
Me imagino que como quedaron las cosas el señor Cuomo no las tendrá fáciles en New York y, tal vez, pueda ser mucho más discreta su diversión en La Habana, de ahí sus sonrisas de orgasmo con sus anfitriones habaneros.
New York tiene buena y mala memoria para los cubanos. Fue una ciudad en la que Martí se sintió como un ciudadano más, a la que admiró y dedicó de sus más lúcidas estampas en su labor como periodista.
New York también les sirvió a los anfitriones de Cuomo en Cuba para pasar el sombrero en el lobby judío de esa gran ciudad para hacer de La Habana lo que es hoy, la tumba de su pasado.
¿Le haría feliz esto al señor Cuomo?
No lo sé.
La risa desfachatada de este payaso se me asemeja demasiado a la de Conan O’Brien. O lo contrario, creo que el señor O’Brien resultó mucho más coherente en su papel de visitante modesto, a pesar de que, en su caso, es el servir de payaso lo que se esperaba de su profesión, mientras estas maromerias del señor Cuomo resultan de una desfachatez bochornosa, muy apropiadas para un show de tarde en la noche, y muy poco conveniente en el curriculum vitae de un político que se respete, del estado que tiene el mismo nombre de la mas icónica metrópoli universal, por la cual Martí sintió poderosa atracción.
Pero así están los tiempos. Cuomo no fue el primero en hacerlo, tampoco será el último. Y tal parece que hoy, a diferencia del ayer, son los políticos occidentales los que salen a correr a la isla para «encantar a los tiranos».
Y no al revés.

Sunday, April 19, 2015

El castrismo se reinventa

Dos candidatos opositores a Castro salen al ruedo escénico hoy en las «elecciones municipales» en Cuba. ¿Podrán ser elegidos? ¿Podrán hacer algo al alcance de su poder de decisión si «triunfan» en esas «elecciones»? ¿Qué ganarón? ¿Qué perderan? ¿Quién ganará y por qué?
Las «elecciones cubanas» no tienen prestigio ninguno. No hablo de su «prestigio internacional», sino del local, aquel que ejerce sobre sus electores, que es en definitiva lo importante a la hora de definir el sistema político de un país.
Cuba no es una democracia, y los mecanismos electorales establecidos no se corresponden con la estructura y el alcance establecidos internacionalmente. Ya esta razón pudiera desinstalar al sistema cubano de todas las razones jurídicas y políticas para denominarlo como democrático, pero eso no necesariamente significa mucho.
Todos los antiguos países «socialistas» sufrían «elecciones» y ninguno era democrático. Cuba las «instaló» en 1976 con un mecanismo muy cómodo para provocar, desde su célula primaria, el rechazo a la posible aparición de una oposición política en los estamentos oficiales de las asambleas municipales.
No se puede olvidar que ser opositor en Cuba, al castrismo como debemos entenderlo, es un estigma social. Es el enemigo, el gusano, el mercenario, el provocador y el blanco perfecto para los dardos represivos de los órganos de la seguridad del estado del régimen.
¿Cómo surgieron entonces Hildebrando Chaviano y Yuniel Francisco López en ese contexto?
Nadie puede responder eso más que ellos mismos. ¿Les debemos creer? ¿Son realmente opositores? ¿Son «enemigos» del castrismo disfrazados para servir de «ovejas en lugar de aullar como lobos»?
Digamos definitivamente que hay muchas preguntas que responder. Pero estamos en el terreno que, por 56 años, el castrismo ha preparado para que todos juguemos nuestro rol: el de dudar, pensar lo peor y creer que estas dos «ovejas» son lobos.
Se une a esto una estrategia importante en el tiempo en que se desarrolla este juego de «estrellas». Se hace muy conveniente la existencia de estos dos opositores en el marco internacional en que se desarrolla el neo castrismo. Ya lo avala el impacto mediático que han tenido estos dos candidatos en la prensa mundial.
Son las «estrellas de la apertura cubana». Ni más ni menos.
Medios como «El País» o la BBC califican de «histórico» y «signo de apertura» la sola presencia de esos dos candidatos a las elecciones municipales de circunscripción. Pero eso lo hacen estos medios por exclusiva ignorancia del sistema electoral cubano.
¿Qué poder real tienen los «delegados de circunscripciones» en el sistema cubano?
Ninguno.
No pueden cambiar nada. El que los opositores hayan «ganado» la simpatía de sus electores para ser elegidos como candidatos solo significa que los cubanos han abandonado todo deseo de ganar esos escaños locales para luchar contra los que desean hacerlo. Algo que ocurre de hace mucho tiempo, casi desde sus inicios. De hecho, eso lo conocen las autoridades reales a todos los niveles y los mismos cubanos.
Nadie en Cuba desea ser candidato a delegado, precisamente porque todos los cubanos conocemos que de lo que se trata es de servir de «notario de quejas» y «justificador de negligencias».
Los dos opositores ocuparán las plazas de tuercas instrumentales de respuestas a hechos concretos de su circunscripción. El bache que no se arregla, el salidero de agua de la esquina, la falta de fluido eléctrico local, el escándalo cotidiano de algún lugar, el inodoro tupido, el techo de los que se les caen las casas.
Es muy posible no cejarán en opinar, buscar alguna respuesta, luchar por mejorar algo o incluso criticar, como lo hacen otros al ser golpeados por el cansancio de la inutilidad, que es la consecuencia de ser «delegados de circunscripción». Pero eso no implica ninguna reforma política ni ninguna apertura porque no está en sus manos cambiar nada ni ser instrumentadores de ningún cambio. No hacen política, solo son una estera de transmisión de quejas e inconveniencias.
Surtidor de dolencias. Recogedor de quejas. Plañidera anotación de consecuencias locales de un sistema que no funciona.
Serán.
Del poder político ni hablar. En sus asambleas municipales no podrán hacer nada. Muy posible que hasta le impidan la palabra, la opinión y le formen el «acto de repudio» político en aquel mismo centro de plañidera respuesta.
Vayamos entonces a lo que recibe el régimen «gracias» a esta ingenuidad política de estas dos personas porque, dejémoslo claro, yo parto de pensar que son personas honradas y piensan con sinceridad que están haciendo el bien, transcurriendo un camino en el que, de alguna manera, pudieran socavar, poco a poco, el muro de contención política del régimen.
Déjenme explicarme un poquito más. Pienso en su honradez porque no puedo comenzar pensando, en principio, que son agentes. No es honrado hacerlo sin tener pruebas. Ni siquiera debiéramos dudar, porque es precisamente eso lo que desea la maquinaria de «inteligencia» del castrismo. Y porque en vez de cultivar la duda, como es la política del régimen, los que nos oponemos al castrismo debemos cultivar la creencia en el hombre, en su potencialidad real, en su deseo sano de ser honrado y sincero.
Debemos creer.
Entonces, ¿qué logra el régimen con la existencia de estos dos opositores en las elecciones locales?
Credibilidad. Hildebrando y Yuniel están sancionando credibilidad a las elecciones cubanas, y le están dando el marco apropiado para que el castrismo se reinvente.
Mañana Obama podrá mostrarle al electorado que lo que ocurre en Cuba es un proceso de apertura. Que las negociaciones con Raúl Castro han desembocado en la primera muestra de cambio real en el sistema político del país. Y que es posible influir más estando en La Habana, que cerrando oficinas.
Para Europa también es un alivio, porque pueden sellar las negociaciones con La Habana sin ningún contratiempo ni con ninguna razón relamida de prejuicios. «Cuba está cambiando», será su mensaje.
Me pregunto, ¿utilizó la seguridad del estado totas las «herramientas» para impedir la aparición de Hildebrando y Yuniel?
No. En mi opinión hicieron algunos amagos, tensaron algunas cuerdas, pero nada más.
Por otra parte, el cubano medio no quiere ser «delegado». Sabe que el cúmulo de mierda, literalmente, es tan grande que lo ahogará y no tendrá ni forma de convivir y superarla. Me imagino que haya sido difícil, entonces, encontrar alguien dispuesto y con poder real de superar a los dos opositores en este primer encontronazo.
Eso lo desconoce la prensa mundial, muy ocupada en hacer entrevistas a «mendigos» oficiales en La Habana Vieja, con habanos cubanos y perros salchichas para que esos ciudadanos del mundo en pantalones cortos los fotografíen y hagan del lugar la «delicia turística» del planeta. ¿No es así AFP?
Pero este «show opositor» favorece al régimen que, al parecer, ya parece disfrutar en las páginas de «Granma» de la re-lectura de la Constitución de Cuba y de su re-escritura a conveniencia. Están manoseando el pastel en adelanto. Ya pueden gritar en todas las plazas que Cuba es «democrática».
Tiene a sus dos candidatos opositores.
¿Es ignorancia o es conveniencia política la de estas dos personas?
Solo pueden responder eso ante Dios. El hecho cierto está aquí, ante nuestros ojos. La fruta ha madurado y la conveniencia política hará que la prensa amaestrada del país no los muestre en el terreno, pero los utilizará la castroburguesia en su negociación internacional, y en su represión diaria al resto de la pequeña comunidad opositora que no negocia, no sucumbe a mecanismos ortopédicos de estado para encaminar «algún cambio».
Lo que tenemos es, en realidad, un castrismo que se reinventa, para sobrevivir.
Nada más.

Friday, April 17, 2015

Una sociedad crispada

Quisiera pensar que fue un exabrupto aislado, de una persona no preparada para enfrentar argumentos o responder una pregunta «con filo».
Quisiera pensar que Sucelys Morfa González no es una representación de Cuba, de la sociedad y de la juventud, de este cúmulo de generaciones que  han surgido y crecido conociendo solo un argumento, el oficial.
Quisiera pensar que fueron los nervios, el temperamento de una persona inexperta, sin experiencia, sin preparación previa al evento, sin conocer siquiera cuáles eran sus principios, qué defendía, cómo y para qué.
Quisiera pensar que no fue como representante de un conjunto humano, sino solo un accidente casuístico del encontronazo virtual de un momento.
Una persona aislada, común, sin preparación y sin estatus jurídico y representatividad política, sin perfil ocupacional de dirigente y sin conciencia ideológica, o al menos social y cívica, pudiera tener un exabrupto, reaccionar como la «chusmita» del barrio, esa que sale en chancletas, manitas al aire y el lenguaje de «perlas pedorreras» gritado a todo metal de voz.
Pero, ¡no!
Sucelys - ¡vaya nombre! – es segunda secretaria de la «Juventud Comunista» y es ¿sicóloga? de profesión.
Me pregunto qué clase de profesional puede ser este espécimen que no sabe argumentar con compostura, responder una pregunta con firmeza, sí, digámoslo así, sin necesidad de la histeria, de la actitud descompuesta y de esta presencia crispada que pudimos observar frente a una cámara de televisión, frente a un antiguo cubano de su propia orilla, hoy en la opuesta, micrófono en mano, pregunta de cuchillo en la lengua.
He aquí las dos caras de un país crispado.
Mario Vallejo, reportero de Univisión en Panamá, era un cubano como Sucelys por allá por los 90, trabajando en la radio cubana, la única, la oficial. Ganaba más o menos lo mismo que lo que gana esta «sicóloga» y, por supuesto, presentaba la cara permitida de Cuba, la autorizada por el departamento ideológico del Partido Comunista, que es quien «orienta» - dirige – los medios de comunicación del país.
De entonces para acá, Vallejo cambió de orilla en el problema cubano, hoy trabaja para Univisión en Miami, y gana mucho mas también. Tiene independencia para preguntar, opinar, presentar su reportaje, y hace un trabajo «mas o menos» presentable de acuerdo a los estándares latinos, que no son necesariamente los estándares de la televisión norteamericana en inglés, ni del periodismo americano tampoco.
Sucelys no entró en el camino del periodismo, se graduó de sicología en la Universidad de La Habana, por cierto en una facultad, a una cuadra de la Colina Universitaria, donde muchas veces los cristales le faltan a las ventanas de sus aulas y en un edificio que muchas veces ha necesitado de un mejor mantenimiento, como muchos lugares en Cuba. ¿Habrá exigido alguna vez esta sicóloga algo a sus pagadores de boleto cubanos con respecto a su ex flamante facultad universitaria?
Si Mario se hubiera quedado en La Habana y hubiera viajado a la Cumbre de Panamá como representante del oficialismo cubano, como lo hizo Sucelys, la pregunta no hubiera existido – al menos para Sucelys -, tal vez para Berta Soler o para Fariñas se la hubiera «disparado» el ex miembro de la radio cubana.
¿Alguno de ellos hubiera dado la misma respuesta que Sucelyz y con la misma desfachatez mediática?
Me viene a la memoria el acto de repudio contra Alejandrina, escenificado con el consentimiento de Soler, en casa de la fallecida Laura Pollán y estoy casi convencido que también hubiera reaccionado muy cerca de ese «estilo Sucelyz».
Pero no ocurrió, Vallejo antes cambió de lugar, mucho antes, y en Panamá era reportero de una agencia que no era la oficial de Cuba, ni tampoco la oficial de los Estados Unidos, porque no existe agencia oficial de noticias en ningún país democrático, aunque muchas veces los órganos de prensa se inclinan hacia una tendencia política en esos países.
Pero el suceso de la histeria sicológica de la cubana en Panamá es el suceso cotidiano de una sociedad crispada en Cuba. La pregunta que me asalta es si esto necesariamente tiene que ver con nuestro temperamento «latino», o con la falta de educación democrática de esa sociedad, a todos los niveles, en todos los estamentos sociales, en todo el espectro político, disidencia y oficialismo, o es sencillamente pura vulgaridad de una juventud inculta.
No puedo olvidarme de la «manotería» vulgar de un comandante de chusma, que «apalabreaba» manoteando, histéricamente, que lanzaba epítetos y salivazos como disparos efusivos de una rabiosidad ideológica que no podía aguantar el chancleterismo, el barrioterismo de un temperamento gansteril cultivado en la universidad de la pistola, la guapería altisonante y el acojonamiento arrogante del poseído.
«Demonios en la Plaza», pudiera titularse ese peliculón criollo de 50 años.
Cincuenta años de aquel toqueteo de micrófonos y nerviosidad intrigante no pasan en vano. Se cultivan a imagen y remedo. Se convierte en la política estatal del manotazo, la porra y el acto de chismería frente a las casas del «otro», del diferente.
La sociedad cubana olvidó el argumento, el espíritu de discusión y de respeto, de intercambio y de serenidad. Cuba se convirtió en un país nervioso. Agréguese la vulgaridad, la palabrería estridente, la bofetada permisible y permitida, el «chanchullo» de solar y la chancleta del guapo alcoholizado y tendremos lo que es el resultado en Sucelyz, y el desafortunado encontronazo con Vallejo.
La falta de respeto, la indecencia y la incultura social es un mecanismo espontáneo que surge cuando los instintos básicos están acostumbrados a reaccionar siempre de la misma forma: como perro con rabia frente a un hueso, apelan al ladrido antes que al verbo.
No se puede dialogar con una persona que, por muy «sicóloga» y profesional que sea, no tiene el entendimiento, la cualidad de intercambio de argumentos y el espíritu de diálogo que una verdadera democracia desarrolla.
Son 56 años de soledad amparadas por la histeria.
No fue Sucelyz quien manoteó en Panamá, fue Cuba.

Thursday, April 16, 2015

Raúl Castro Kardashian, «Times» most influential

Años atrás las huestes castristas lanzaron sus gritos de histeria cuando la revista “Times” colocó a Yoani Sánchez entre las 100 personalidades más influyentes del mundo. No levantaron mucho la griteria, sin embargo, cuando en el 2012 la misma revista mencionó a Fidel Castro. Después de todo, ya la mosca se había caído del merengue y sus años de zumbido no contaban mucho.
Hoy lanza su nueva lista y, ¿adivinen qué?, el señor Raúl Castro se coló en la listica rosada de los nombres desafortunados.
Según «Times» la influencia puede ser «positiva o negativa», y selecciona un «escribiente» para que haga el panegírico del bien o la merengada del mal sobre el «influyente». De todas formas, quizás la discreción del castrismo en el 2012 tuviera mucho que ver con esos mismos criterios azarosos.
Se hace demasiado desafortunado ver incluido un nombre como el de, digamos, Malala Yousafzai separado algunos renglones de otro como Kim Jong Un.
¡Pobre Malala!
Nadie quiere estar en las vecindades de apellidos como el de Castro o el del coreano, pero me imagino que tampoco muchos deseen vanagloriarse de acercarse a Kanye West o a la señora Kardashian o Kardashia-West, lo mismo da.
¡Vamos, que pronto veremos incluidos a North West, East West, West West y cualquier otra banalidad de ese estilo!
Para «Times» funciona. ¿Y para el «Granma»?
Para que no quede dudas de que la lista de «Times» tiene más de celebridad que de estilo, profundidad e inteligencia, no les faltó incluir a Vladimir Putin ni mucho menos al muy «Nobel Prize» Barack Obama, seguido por Hilary Clinton, por supuesto.
Faltaría incluir el vestido de Monica Lewinsky y ya estuviéramos completos. Pobre Monica, seguimos acordándonos de ella cada vez que Clinton se asoma por las persianas de algún lugar.
Sin embargo, podemos agradecerle a «Times» que haya comenzado la lista de «influyentes» solo 12 años atrás y no desde principios de siglo porque si no, además de toda esta legión de celebridades descerebradas de California, hubieran necesitado incluir nombres como los de Adolfo Hitler, bien «influyente» al punto de ayudar a matar a 6 millones de judíos y provocar, de una forma u otra, la muerte de otros 60 millones de personas en Europa y Asia.
O Pol Pot en Cambodia que, durante los años setenta, de una población de 8 millones al inicio de su gobierno, en sus campos de muerte se calcula hayan muerto tres millones de personas. Una tercera parte de su país. Volveré a Pol Pot mas adelante, por ahora los dejo con esta avanzada.

Por su parte, no debería entonces haber olvidado «Times» a Stalin con 60 millones de una población de aproximadamente 500 millones, poco más del diez por ciento. Minucia socialista la del antecesor Lenin, que solo mandó al paredón a un millón de soldados blancos… sin juicio ni defensa.
También estaría el calvito en la listita del «Times» de todas formas, ¿no creen?.
Por la muy prestamista China tendríamos a Mao, con·35 millones de linchados en su «revolución cultural», así le llaman los chinos a la muerte al parecer, en una población total de 700 millones. Solo un 0.5 por ciento. Vamos, en comparación con Stalin Mao era ¡un gatito amoroso!
Tal vez en el artículo de «elogio» a la influencia de Stalin – si hubiera existido entonces «Times» y sus listica – la señora Rachel Kushner, encargada de glosar la figura del dictador cubano para la revista, no dejaría de citar aquella frase para la historia, y de historia, del aquel bigotudo dictador georgiano:
"Una muerte es una tragedia pero un millón una estadística."
De todas formas, y para suerte de «Times», y también para suerte de Castro, Rachel Kushner no tiene que hablar de 3 millones de cubanos exterminados en los campos de muerte de Cuba, como pudiera haberlo hecho con Pol Pot si hubiera sido el caso, sino solo de una cifra muy similar de cubanos exiliados, y algunos muertos en las aguas del estrecho de la Florida al encallar las azarosas balsas con que muchos han huido al caer en la muerte segura de nuestro mar azul turquesa.
¡Ah!, y algunos pocos ahogados “gracias” a la ayuda de las mangueras socialistas de agua a presión frente a las costas cubanas lanzadas por los muy patriotas guardacostas cubanos.
Pero no son el 10 porciento de una población de 8 millones de habitantes – un poquito menos, diría Rachel –, ni sus cráneos remedan pirámides horripilantes en las fotos de denuncia publicadas en su ocasión por la misma revista, como en el terror rojo de Cambodia.
Se le hace entonces tarea fácil a la señora Kushner escribir su elogio a la huida, porque siempre es más fácil encontrar algún eufemismo occidental al escape para ocultar la desvergüenza, que a la muerte cruenta de inocentes. Los eufemismos son las palabras de elogio de la falta de talento y del irrespeto occidental a la inteligencia humana del cubano común.
Pero ya estamos habituados a ese desprecio, es lo cotidiano en estos «intelectuales» de la izquierda nihilista.
«Times», además, necesita lo mismo del «The New York Times»: venderse en estanquillos y ser leída, que es decir hoy día «estar en el bombo cubano», estar de moda y en la moda, salir en los titulares y vivir del cuento.
Empecé el post con Yoani Sánchez, termino también con ella. En aquellos días en que «Times» descubrió a la bloguera devenida periodista y lanzó al mercadeo mediático su nombre para esta posteridad desafortunada del 2015, el castrismo levantó polvo e histeria sobre el «dinero imperialista» que habría fabricado aquella celebridad en la «gusana» revista.
Me pregunto hoy, y le pregunto a esos mismos buchiplumas, ¿quién le pagó hoy a la misma revista, a «Times»?
O, ¿ya apareció el oportuno aviso de la Gestapo cubana de que hoy «Times» dejó de pertenecer al imperio y hay que aplaudirle en lugar de gritarle socialistamente «Cuba sí, yanquis no»?
Todo es posible.
Como conclusión diría, y creo no equivocarme, que de todo este rollo no me sorprendería que mañana mismo apareciera un titular en toda la prensa amarillista occidental: «Nueva estrella cubana en Hollywood: Raúl Castro Kardashian».
Y no estaría muy lejos la realidad-ficción en que estamos viviendo los cubanos cada día, desde el desafortunado «Día de San Lázaro».
¡Que Dios nos ampare!

Wednesday, April 15, 2015

Un viaje de cine a La Habana inexistente

¿Alguna vez han intentado recorrer La Habana que no existe?
Mi recorrido tendría que ser a través del cine clásico mundial, y tendría la memoria de La Habana inexistente  a través de la memoria de películas italianas, japonesas, francesas y norteamericanas que hoy constituyen clásicos del cine, unidas al recuerdo de muchas de las clásicas destrucciones de salas de la que los jóvenes de hoy, viviendo en una Cuba post-destrucción, no conocen de su existencia.
Por supuesto, tendría que empezar por el principio, sin ser un pleonasmo, y ese principio en mi memoria tendría que venir de la mano del “Vértigo” de Hitchcock, en el antiguo cine “Dúplex”, situado en el hoy languidecido “boulevard” de San Rafael. Los cines «gemelos»,  «Rex» y «Duplex», ya no tenían entonces el esplendor de sus días de gloria, pero seguían sobreviviendo y llenando sus salas en el circuito secundario en que estaban incluidos.
Aquellos cines ya no exhibían las películas de estreno, sus salas, bastante oscuras, especialmente la del “Rex” en la que, comenzada la proyección, aventurarse en su pasillo central se convertía en una jornada accidentada para “descubrir” un asiento – las “acomodadoras” con sus muy convenientes linternas habían dejado de existir entonces en aquellos dos cines.
Una década después de ver por primera vez el clásico de Hitchcook las puertas del “Rex-Duplex” se cerraban para siempre, el ventanal redondo de uso para promocionar la última película en exhibición a través de un colorido cartel, semejaba un ojo oscuro, tuerto, golpeado y taponeado con dos tablas, como el rabioso remiendo a un puñetazo del tiempo. Dentro, las sillas de madera del lunetario habían desaparecido, el olor a humedad y a desperdicios humanos escapaban por sus resquicios como el aliento hediondo de un vertedero infernal, en plena ciudad. Sobre «el ojo taponeado» el cartel lumínico se caía en pedazos, oscuro, sin vida, el recuerdo triste de una época que lo hacía desaparecer y perderse en la memoria de una Habana desfallecida.
El «Rex» está unido a la memoria sensual de una Claudia Cardinale curvilínea, de ojos pícaros, en aquel “Erase una vez en el Oeste”, de Sergio Leone. Las butacas rígidas de madera resistían sus lunetas llenas, y también la belleza de la tunecina actriz de sangre siciliana.
Por una asociación caprichosa me asalta el recuerdo del cine de Belascoaín, al que le desaparecieron el nombre antes de que yo naciera, quizas su muerte tenga que ver con su nombre, «Miami». Yo solo pude ver sus ruinas, como también las del cine “Infanta”, donde nunca pude disfrutar – por los mismos motivos – de ningún clásico. Entre las ruinas sin techo del «Miami» a alguien se le ocurrió crear un simple “tatami” – debe ser otro nombre, por supuesto – para practicar karate y taichí, y también una escuela de yoga que sobrevivió por un tiempo.
En el cine “Reina”, en la esquina de esta céntrica avenida comercial con la estrecha “Rayos”, más de una vez disfruté de los clásicos de Zatoichi, y de su encarnación femenina, Oichi. ¿Se acuerda alguien de aquellas dos estrellas ciegas en el «oasis japonés», entre tanta película fastidiosa rusa de guerra, hoy que solo quedan sus muros cerrados por la humedad y el abandono?
Me recuerdo que para llegar a ese cine había que cruzar un portal apuntalado y que amenazaba con caerse a la mas mínima mirada del que se aventuraba en pasar. Ya no recuerdo si esas muletas siguen allí, o si por vez definitiva se habrán caído aquellos muros. El cine languideció después de los Ichi y los Oichi, y fue quedando para un exiguo grupo de cinéfilos que, me imagino, no tenían adonde ir, o aprovechaban su oscuridad para cualquier otra cosa, «accidentes amorosos» quizás.
De alguna forma los cines de barrio fueron falleciendo en La Habana ante una vida anémica de películas, habaneros y del interés de las autoridades oficiales de la cultura.
Cada diciembre la oficialidad del cine, el ICAIC, recuenta una historia aséptica del cine cubano, pero olvida que muchas de las salas que florecían en La Habana han desaparecido para siempre, ante los mismos ojos indiferentes de los que estrenan sus discursos en las jornadas del festival de cine de esa ciudad. La chaquetilla le hacía cubrir los hombros a Guevara para presumir gestos afeminados de un desprecio a la realidad, y de servidumbre amanerada a la claque incestuosa del poder político cubano. Pero no recuerdo nunca haber oído mencionar a la chaquetilla volandera la desaparición misteriosa de las salas de cine de barrio.
¿No eran importantes? ¿No constituían componentes coherentes de la nueva cultura, de la nueva ola cinematográfica latinoamericana? ¿Se puede defender el cine olvidándose de los lugares donde se proyectan sus películas? ¿No son esos lugares santuarios de la cultura, en un país cuyo gobierno proclamaba, lo sigue haciendo cada diciembre,  defender el legado cultural local y regional con la pasión virginal de las vestales de Roma?
El mismo cine «Yara», antiguo “Warner” de los años 40, o “Radiocentro” en la época de oro de la televisión cubana, años cincuenta, no ha estado ausente de la lista de males que han causado las heridas mortales a los cines como el «Rex» y el «Duplex». No falleció de muerte natural, ni fue sacrificado por los años, por estar donde esta, ser el «rostro» populachero del Festival de La Habana.
Mi recorrido de “primera vez” tendría que incluir a “Los pájaros”, ese otro clásico de Hitchcook, en el cine “Neptuno”, desaparecido también, convertido en cuchitril de humedad y salideros apestosos en una primera etapa para después reconvertido en discoteca de mala muerte, infestada de marihuana y alcohol en las noches oscuras habaneras de la importante calle que le daba el nombre.
En esa época visitaba frecuentemente el «Rialto», esa otra sala de ensayo que exhibía clásicos del cine en coordinación con la Cinemateca de Cuba. Allí vi por primera vez “Amarcord”, de Fellini, y las películas del otro clásico italiano, Michelangelo Antonioni, como “El eclipse”. Y con él viene el recuerdo de aquella rubia despampanante, especie de «Marilyn Monroe» italiana, Monica Vitti.
A ese pequeño “cine de ensayo”, como le llamaban entonces, acudían los amantes inveterados del cine, y era uno de los pocos oasis en los que uno podía refugiarse del calor, la baladronada vulgar de la cultura de la cerveza aguada y de la escandalosa tarde habanera. Como para guerrear con la cultura de la borrachera, el «Rialto» estaba a pocos metros de «Los Parados». Esquinado por el derrumbe de un edificio que no se había convertido aun en parque, y por la entrada ruinosa del “Caracas”, donde acudía lunes, miércoles y viernes a practicar kárate a las seis de la tarde.
El «Rialto» desapareció por esas reconversiones culturales de salas de cine en “salas de música”, a la que también sucumbió el cine “Jiguey”. Hoy en aquel lugar nadie se acuerda de Antonioni, ni de Fellini, ni de “Ladrones de Bicicletas”, ni aun lo sargentos culturales del régimen que tanto ensayan esos discursos de diciembre de los que le hablaba. En su lugar, hoy tenemos el «motor cochambrero» de estas pequeñas «casas de música» que defienden el dólar y la vulgaridad sexualizada de los ritmos pedestres de la nueva ola musical cubana.
No sería inconveniente recordar que todo esto ocurría a pesar de que esos mismos sargentos culturales de las «chaquetillas» situaban siempre, en sus discursos inaugurales de festival en festival, al cine clásico italiano de la nueva ola como el “inspirador” de la cinematografía “de la revolución”.
Al parecer, también las revoluciones destruyen los cines con el mismo fervor “revolucionario” que a las máquinas traga-monedas y a los equipos de impresión de diarios inconvenientes.
Mientras los cines de estreno repartían las películas del momento, muchas de ellas norteamericanas, arrancadas, no se sabe cómo, al embargo y proyectadas sin pagar un centavo a sus productores y artistas, los cines de segunda mano, o segundo circuito, como le llamaban eufemísticamente, constituían la defensa incontenible del cine de autor, de los verdaderos clásicos del cine. ¿Cuántos quedan hoy?
Y a pesar de ser ellos las trincheras de defensa del buen cine, literalmente, fueron desapareciendo. La larga lista de proyecciones y de salas cinematográficas que aparecían en cada muro en los cines de La Habana, o en sus periódicos locales, también murieron con ellos, desaparecieron.
Tal vez para ocultar lo evidente, la ausencia cada vez mayor de nombres de salas.
“Ensayo de orquesta” de Fellini, por ejemplo, la pude ver en el cine “Capitolio”. ¿Se acuerda alguien donde quedaba ese cine?
Por supuesto, conocerán la calle, pero de seguro no se acuerda dónde estaba con exactitud y qué queda hoy de él.
Y “Los cien golpes” lo pude ver en el cine «Capri», donde acudían, casi con exclusividad, parejas jóvenes para destruir el amor, o suerte de eso que se practicaba con frecuencia en las salas de cine oscuras y con poca afluencia, a faltas de lugares “donde amar” sin estorbo. El «Capri» lo reconvirtieron en una sala para documentales, después de uno de esos eventos accidentados del festival habanero donde los documentalistas exigieron una sala para exhibir solo documentales, lo que provoco la muerte definitiva, y para siempre, de aquel pequeño lugar en las espaldas del «Capitolio» habanero.
Hoy los jóvenes cubanos ignoran que La Habana era la ciudad del mundo con la mayor cantidad de salas de cine, 358 en total, después de Nueva York y Paris, que estaban en segundo y tercer lugar respectivamente. Y todas ofrecían una cartelera cultural activa. Algunos ofrecían espectáculos alternativos de teatro y música, o funciones matinales para niños.
¿Cuántos de esos 358 sobreviven hoy?
Una cifra que se desconoce… muy convenientemente.
Otro que también corrió mucha mala suerte fue el «Actualidades», situado en “Monserrate”, a las espaldas del hotel “Plaza”, en aquel entonces un hotelucho de tercera. Mi memoria de cine me hace recordar a “Las Leandras”, en una segunda proyección llena de jóvenes chiflados por Rocio Durcal, cuando ya entonces no era tan joven ni hacia películas musicales en España. En algún momento de su vida, mucho después, este cine se convirtió en dormitorio de gente sin techo, centro neurálgico de algunas pandillas y de jóvenes melenudos. Hoy, sinceramente, no que cual será su suerte, si tiene, si sobrevive, si solo conserva su fachada y su letrero lumínico en rojo. Ya cuando “Las Leandras” asomaban las lunetas vacías, rotas.
El clásico «Payret», frente por frente al Capitolio Nacional, y todo un ícono de nuestras salas de cine, también ha tenido sus épocas de oro, y otras donde la falta de luz en sus pasillos, las rajaduras de sus asientos “sonreían” al espectador tardío, enseñando sus muelles, como caries negras de una dentadura mal cuidada y desfavorecida. Allí veía las películas “de moda” como “Entrevista con el vampiro” con Brad Pitt, Tom Cruise y Antonio Banderas, para los clásicos, ya lo dije, recorría los cines de barrio.
¡Ah!, “El Jiguey”, la clásica tragedia de nuestra historia aguardentosa. El primer cine habanero con la comodidad de ofrecer sus entradas con antelación, por horarios y lunetas – lo último desapareció con el tiempo, como un suspiro de moribundo –, hoy “transformado” en “Casa de la Música”, otra más. Solo basta conocer La Habana, o vivir cerca de sus alrededores para saber qué es lo que atrae esa “casa de música”, y ver recorrer sus madrugadas a los que se divierten en aquellos “centros culturales de la CUCtura neocastrista”.  Antes de perder este cine su techo en un infame huracán que azotó el este de La Habana, pude ver allí “Erase una vez en America”, el «oeste» gansteril de Sergio Leone. De la calamidad lo que sobrevivió fue su “transformacion musical”.
Si escribiera la memoria cinéfila personal tendría hoy que escribir nombres de salas de cines en La Habana que ya hoy no existen. Son como agujeros negros de la galaxia cultural habanera, soslayada en cada encuentro de ese diciembre entre la oficialidad cultural cubana. Me he preguntado muchas veces por que ningún escritor escribe algún libro, o un cineasta alguna película, o un historiador algún ensayo que de alguna historicidad a estas destrucciones.
Seria, tal vez, un viaje de ficción pero real a La Habana inexistente.
Un tema que sería, con justicia, la mejor memoria cinematográfica de nuestra cultura de respeto.

Sunday, April 12, 2015

Un país vacio

Mientras en Panamá se celebraban los encuentros previos a la “Cumbre de Las Américas”, tres embarcaciones con 59 cubanos llegaban a Mangrove Bight, Guanaja, en el Caribe de Honduras. En México, en ese mismo día, la armada reportaba el rescate de otros 14 cubanos en una embarcación artesanal, al norte de la localidad de “El Cuyo”, Yucatán.
Son tres noticias que vinieron juntas pero que han tenido repercusiones diferentes. Dos contrastes, el “aparente deshielo” de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y el flujo indetenible de una sociedad que escapa, desesperada.
A veces me he preguntado qué es más importante, los discursos y la retórica política que acapara los titulares de primera plana en los principales diarios continentales y trasatlánticos, o estas otras noticias de personas anónimas, sin el sello de la mediatizada “descongelación política”.
Tal vez la pregunta debería ser diferente, porque el fenómeno de los balseros ya no es una noticia que ayude a acapar la atención política de nadie, mientras los gestos sublimes, pero vacios de contenido real humano, como el saludo de Obama y Castro, tienen el “carismático” símbolo que se espera para aparecer como divas en el diario acontecer mundial, en tanto el trasfondo humano – que debería ser lo que importa – continúa su curso usual.
La topografía de los grandes nombres, y sus aparentes «grandes gestos», nos ha empobrecido la inteligencia mundial sobre la verdadera esencia de la vida social.
Para los cubanos, en cambio, la situación no ha cambiado, ni cambiará con el arribo de la diplomacia americana. La retórica oficial solo hace el amago “amable” ante el «anfitrión» de turno, al que hay que acaramelar.
Y entonces las últimas declaraciones del presidente americano me resultan una sarta de simplezas ingenuas y, quizás, otorguémosle el recurso de la honradez, cuando afirma que la política americana ha llegado a un punto de inflexión en el tratamiento del «caso cubano».
Alguien ya una vez me cansó con su librito del «fin de la historia».
Es posible que la «inflexión» haya ocurrido en la Casa Blanca, pero en el Palacio de la «revolución» siguen los mismos fondos acojinados soportando las mismas viejas nalgas, mientras la agenciatura de pescozones viaja a Panamá, reparte su “pan con timba” y regresa acojonada, y satisfecha, de haber jugado su papel, es decir, brindar la misma diplomacia de la porra.
Se puede entender que el ser práctico es una buena virtud norteamericana, y defender los intereses de sus ciudadanos es, sencillamente, el primer deber de su presidente. Y puede que por eso se sea condescendiente con la política de apertura de la administración actual. A fin de cuentas, los mismos americanos se preguntaban, desde mucho antes del «deshielo cubano», por qué ellos no podían pisar el suelo de Varadero mientras los canadienses lo hacen, sin que importen los regímenes políticos, las ideologías sacralizadas y las nomenklaturas establecidas.
Otra cosa sucede con los cubanos a los que nadie intenta unir, o nadie intenta alcanzar con una «nueva inflexión», cuya oposición parece seguir amenazando con seguir viviendo «sin cabeza». Cuba es, de hecho, un país vacio, ingobernado e ingobernable.
De ambas partes parece fluir la misma doctrina, ese «sálvese quien pueda», tan cómodo para los regímenes personalistas, en tanto destruye toda posibilidad y todo riesgo de la pérdida del poder temporal. Hoy el régimen navega hacia un fallecimiento biológico de sus «líderes históricos», sin que exista la mas mínima intención de extender la mano hacia su sociedad, solo sostener un nuevo respiro a las próximas autoridades que se sienten en la oficina general, o regionales, de ese cuartel.
Per secula seculorum.
Se puede pensar que la destrucción de la Cuba física llevará años, pero ni el estado calamitoso de la arquitectura urbana, de la economía y de sus campos, nada del atraso oneroso de su tecnología y de su infraestructura de comunicación, de las maquinarias y las herramientas para producir será lo importante, ni siquiera difícil de reemplazar y mejorar en un suspiro. Después de todo, los cubanos hemos prosperado lejos de Cuba, somos pobres, y abandonados, y míseros solo allí..
Es el país vacio de espiritualidad lo que llevará una dolorosa eternidad.
Nadie se percata que los golpes producen cambios más dolorosos en la mente y en la sicología humana que en el rostro, la piel y los huesos. Nos hemos acostumbrado tanto a la porra, a los pelotones de fusilamiento mediáticos, al ladrido de estos perros televisivos que los argumentos de la inteligencia, el dialogo y la humanidad se nos han escapados definitivamente de las palabras.
Y ese fue el verdadero protagonista de Panamá, y al parecer nadie parece reconocer esa «compleja» realidad.
De otra parte están las condiciones incómodas de admitir: la huerfanidad política en Cuba.
Los ideales políticos que dijeron «abrazar» los que asaltaron el poder en 1959 ya no existen. El personalismo del poder llevó a la gubernatura cubana a ser una veleta, moviéndose al ritmo de los vientos alisios de las finanzas, y generando la indiferencia, el desprecio al valor del pensamiento social, al vacio cultural en que vive un pueblo que es capaz de leer y conocer, pero que desea ignorar.
Cuando desaparezcan esas estructuras que mueven, y dicen sostener, el esqueleto social de Cuba se descubrirá que el país seguirá transcurriendo como en un relato de Kafka – ya antes lo dije –, sin cambiar nada, con el ritmo automático de una maquinaria embrutecida y robotizada, sin intentar imponer una voluntad, y sin desear hacer nada por sí mismo.
Esa vacuidad es lo que refleja, precisamente, la más adecuada respuesta que los cubanos le dieron a esta Cumbre de Panamá, es decir, el continuo flujo de escape de aquel país, el sueño de toda una juventud que desea olvidar sus raíces y fundarse en cualquier otro lugar.
Me imagino que lo más doloroso para las autoridades actuales del régimen, y para sus dos cabecillas en jefe, sin que tengan el valor de decirlo ni quieran hacerlo por su propia ignorancia, es reconocer que la vieja generación que le opuso todo tipo de batalla, espiritual, ideológica, intelectual y de fuerza, representa el espíritu más vivo del regreso a sus orígenes, a su cubanidad, mientras que las generaciones que son el producto autóctono de esa «revolución» no les importa para nada sus propias raíces, su identidad como país y su destino como nación.
Son turistas del espíritu.
Para desgracia de todos, a esa generación pasada se le está acabando el tiempo, y están atrapados en el con sus enemigos ideológicos. Para el momento en que el país no tenga los rostros de la iconografía «revolucionaria» en el poder, Cuba será un lugar vacio, sin trascendencia.
Un Hawai para veranear. La Península tropicalista donde un gobierno de remiendo prepara el futuro generacional para huir, repartirse, desvanecerse en el diluido mar del olvido.
Un país vacio.

Thursday, April 9, 2015

Cuba «K»

En los albores del séptimo barranco, que no cumbre, la vida transcurre en Cuba como uno de los tantos cuentos de Kafka, donde se plantea el esfuerzo de un pueblo, o el subconjunto de un pueblo, o la minúscula atomización de un pueblo – los disidentes, viajeros o no, verdaderos o pasteurizados por algún interés temporal, convencidos de pensamiento o acontecidos por los procedimientos, no importa cuáles y dónde – por acceder a las leyes que lo gobiernan, que están supuestamente escritas para ser cumplidas y se violentan, y que paradójicamente son mantenidas en secreto.
Por supuesto, la categoría «pueblo» es una definición filo marxista para conjugar la masa, la nada, la inexistencia de la individualidad, que es lo que somos hoy, lo que es Cuba, lo que «define» al cubano.
Kafka escribió sobre todo esto y, especialmente, sobre ese supuesto absurdo alrededor de los años de la primera guerra mundial sin pensar en ninguna isla en el Caribe, sin siquiera sospechar que su dramática intelectualización tendría una materialidad geográfica lejos de sus fronteras físicas. Cuba no existía para la Europa del escritor checo-alemán. Era aún una península perdida en el otro lado del Atlántico. No «aspiraba» a convertirse en ombligo nuclear ni en amenaza de revoluciones. Estaba entonces muy indefinida, y algunos «protagonistas» de ese cuento escrito – o re-escrito por esa alma atormentada que representaba Kafka – no existían, estaban por comenzar su ciclo destructor biológico.
Otras narraciones del checo-medio-alemán-judío describen la situación en que los ciudadanos de un país, una región, un lugar desconocido han olvidado quiénes los gobierna, o donde el gobierno se ha olvidado de quienes son los gobernados y de para qué los gobiernan, aunque los ciudadanos de esa zona absurda de la realidad kafkiana mantienen su orden de vida, sus cepillos dentífricos cuando hay pasta, el sostenedor del papel sanitario para cuando regresen a la venta pública en alguna tienda en divisas, o el cómodo calzador para los ya pasados de moda zapatos en las pocas tiendas en moneda local, aunque estén ya podridos de humedad en una tienda «por departamentos» cuyo nombre apocalípticamente se llama «La Epoca», sin introducir modificaciones, obedeciendo leyes cuya razón de ser desconocen.
Son ¿fantasías? – ¿pudiéramos llamar hoy así a todas esas fábulas abstractas? – que describen y muestran comunidades que han perdido el acceso a sus propias leyes – que son sus orígenes –, que vegetan sin experimentar transformaciones, sometidas a un voluntarismo político sin que el «soberano», caracterizado como «ley viviente» o «padre de la patria» y la patria con apellidos, apenas realice actos externos de poder, quizás esté de recorrido tomando su temprano té de moringa. Y en realidad no necesita realizarlos, ni aparecer públicamente, levantar la mano, emitir una palabra, respirar o cerrar algún ojo como una artificiosa pretensión de «bioexistencia», pues la propia comunidad acepta su situación y se limita a justificar su «estado de inanición», su realidad absurda, cuasi real, y a negar la posibilidad de alternativas.
Quizás leer a Kafka debería ser la tarea primera de todo cubano para salir de esta inanición, para comenzar a ocuparse por primera vez de esta vida lejos del escape, la huida, el automatismo en que hoy navega la sociedad cubana.
Son los únicos, mirando a Panamá y su barranco, ausentes de todo, y del todo.
Por ellos hablan «otros», pero ellos continúan un andar, o un desandar inapetente de decisión, voluntad. Y de ellos hablan las dos partes, las dos murallas, y entre ellas nadie escucha, nadie apetece oír, nadie intenta detenerse un momento, ocuparse de alguna decisión, existir.
Para Cuba, la real, Panamá del 10 de Abril y del once no existe, está ajena a la batalla de pronunciamientos, pescozones y ediles mágicos. Mejor que cualquiera de esos escritos que navegarán por las salas de noticias e internet sería declarar esos cuentos de Kafka como la ley primera de la república que ignora a Cuba, que es ella misma, y son la mayoría de sus ciudadanos.
Porque para los ciudadanos de esa no-república, de la inexistente, la tarea primordial de sus existencias es irse, pero no a la Cumbre. A cualquier otro lugar. Y entonces el regreso resulta no como el de Ulises, porque nadie espera hilando y deshilando alguna tela infinita de paciencia, porque el país como sociedad no existe sino para dejarse ir, abandonar su existencia. Penélope ya no teje, tal vez ya se haya ido con su telar a alguna otra parte.
Los que en Panamá hablarán por Cuba, que debe ser hablar por la sociedad que representa la «fisicalidad» de ese país, no se han dado cuenta que Cuba ya no existe, que el automatismo se ha escabullido incluso en los que se han ido y regresan, que todo el mundo parece eludir y desconocer  un momento, una realidad asombrosa.
Y esa realidad es, precisamente eso, que Cuba no existe.
Y entonces, como re-cuenta el antiguo Kafka, sus ciudadanos no conocen cuáles son sus leyes definitorias, sus estatutos como ser viviente de algún lugar con ese nombre, sus poderes civiles y sus condicionamientos sociales.
Sobreviven. Se arrastran. Huyen.
Y en esa sobrevida, en ese arrastre y en esa huida, todo se nos ha ido.
Nuestra historia. Nuestra lengua. Nuestros ideales primarios. Los fundamentos básicos de nuestra vida. Lo que somos, lo que hemos sido. Subsistimos como ese Josef K que es “detenido una mañana sin haber hecho nada malo”.
¡Literalmente!
El pueblo de Cuba no ha hecho nada malo, y está preso, camino a alguna cantera fuera de la ciudad para ser definitivamente acuchillado por ninguna razón que no sea su propia existencia. Se ha logrado, de alguna forma biológica, deshacerse por fin «de su padre», pero no de su ley. ¿Lo logrará hacer en algún otro tiempo?
Y ese cubano «K», cualquiera, está conduciendo él mismo a sus verdugos al lugar donde será asesinado definitivamente, y allí, asombrado de su propia «clarividencia», descubrirá por fin, en un último remordimiento de amargura, que no ha sabido desempeñar su papel hasta ese fin, y que no ha sabido ni siquiera ahorrarle tiempo, trabajo y esfuerzo intelectual a las autoridades.
Exclamarán entonces como K:
- « ¡Como a un perro! », y será demasiado tarde.
Da mucha pena todo, y también mucha vergüenza, y bochorno. También mucha rabia por saber lo que fuimos y hemos dejado de ser. Por conocer el largo camino descorrido, desgastado, olvidado y ser testigo de tanta complacencia, complicidad e ignorancia automática.
No somos lo que hoy somos sin haber sido antes lo que fuimos, y no es un pleonasmo ni tampoco un fácil remiendo de palabras.
Ayer dejamos entrar a una caravana de infantes barbudos. La dejamos hacer. Crearon este entuerto. Escribieron leyes para hacerlas olvidar. Y las olvidamos. Y hoy nos amanecemos con Kafka re-escrito y esta inanición social, y un coro de tontos sirviendo de coreografía a la reina «de corazones» en alguna cumbre neoexistencial del descalabro que significa Panamá.
Pero Panamá no existirá nunca más, y no existe. No ocurrió. No es siquiera un accidente. Es una línea de un diario que alguien borrará pasado mañana para seguir sobreviviendo. Tal vez Orwell le preste su pluma para esa línea en la neolengua de Las Américas.
Ya nos han escrito. No somos ni de carne y hueso. Somos personajes que se desangraron en tinta con alguna ortografía alemana en algún cuaderno y, para colmo de males, no estamos ni autorizados para poder decírnoslo a nosotros mismos.

Wednesday, April 8, 2015

La soberanía de la porra

Por 56 años el castrismo ha estado creado la mítica de la soberanía nacional, es su argumento de uso,  cada vez que la necesitan para justificar cualquier cosa la utilizan. Ha sido, y sigue siendo, el comodín seguro al que acuden para acusar a sus principales enemigos, externos e internos.
Hoy, la historia le descubre su propia pezuña al argumento cómodo de la soberanía y la extraterritorialidad. La delegación oficial cubana, y miembros de la embajada cubana en Panamá, en una demostración bochornosa de irrespeto y urbanidad diplomática, atacaron en las calles de la capital de aquel estado SOBERANO a opositores que iban a ofrecer un sencillo homenaje a José Martí.
La piedra de aquella estatua debió sufrir viendo como unos cubanos hacían trizas las propias palabras que debería representar aquella estatua: tolerancia, respeto, civilidad.
Son estos lo que fueron al Foro de la Sociedad “civil”, ¿o no?
No hay que sorprenderse, la porra es el argumento al que usualmente acude el castrismo en Cuba, pero hablando y argumentando tanto sobre las “agresiones extraterritoriales” la oficialidad cubana acaba de ofrecer el triste espectáculo de su huerfanidad de argumentos, con la demostración evidente de su irrespeto a la soberanía de un país extranjero.
Es un hecho indefendible.
Lo mismo ha pasado en el Foro de la Sociedad Civil, donde también trataron de implementar el vergonzoso espectáculo de su intolerancia. Y tampoco es una sorpresa, llegaron por la puerta entregando un panfleto que demuestra que no han cambiado: MERCENARIOS, así lo titularon.
Lo más triste de todo esto es que de la Cumbre de las Américas el pueblo cubano, el verdadero pueblo cubano que se arrastra por las calles de su país, está ausente, y si se toma el pulso en las calles de Cuba a la opinión popular se podrá demostrar que al cubano no le interesa, no tiene la más mínima información objetiva, o sencillamente le importa un rábano la polaridad que parece incrementarse por horas en aquel pequeño país.
Para dejarlo claro en las últimas horas se han incrementado la detención de muchos de esos cubanos que no les interesa nada de lo que ocurre en Panamá y escapan hacia Honduras, hacia México, todos con un mismo destino fin: los Estados Unidos. He ahí el verdadero interés de aquel pueblo, escapar.
Mientras, y secuestrando como lo ha hecho siempre al nombre de Cuba, la oficialidad ha traído a “Las Américas”, además de la porra callejera de cara al Martí de piedra, la vulgaridad, el estrépito bochornoso, la chismería, y el atropello denigrante de la soberanía de un país que acoge lo que debería ser un diálogo.
No quieren enfrentar con “argumentos” a la oposición. Se niegan a reconocer que existen otros cubanos que piensan, que verdaderamente piensan, como sea. Aquí no importa si gusta Berta Soler, o Cuesta Morúa o Rosa María Payá, o quien fuera. Es sencillamente que todos tienen el derecho a opinar, a debatir y a confluir en una discusión civilizada.
¿Dije civilizada?
Pues, ¡no!
Y así lo prueba el castrismo, demostrando que el argumento sobre la soberanía y la territorialidad se escapó hace mucho de Cuba, quizás en balsa. Llegando por el aeropuerto, exigiendo el retiro de personas y la ejecución de órdenes militares de deportación y expulsión. ¿Es que se piensan que están en terreno castrista o es que tienen el poder permisible de la intolerancia en cualquier parte?
Histeria, atropello y vulgaridad en una delegación que dice ser de “origen cultural”. De llegar con mandolinas trovadorescas, plumazos “plásticos” y hasta con un ex Ministro «culturoso» de escritura muy gris. Olvidable.
¿En esto ha quedado Cuba? ¿Ha sido esto lo que 56 años ha legado a la cultura nacional una “revolución” que dice haber enseñado a leer, escribir y ha “ser dignos” al cubano? ¿Es dignidad el atropello, la porra?
El espectáculo “cultural” barriotero protagonizado por la tropa de Luis Morlote - ¡cuán apropiado apellido!, si se le quita la “ere” – demuestra que ya no tienen ni siquiera un argumento honroso mas allá que formar la porra y el “sal-pa’-fuera”.
Por supuesto, desvergüenzas mayores veremos suceder.
Es, además, muy sintomático que los tristes acontecimientos hayan ocurrido frente a una estatua de Martí. Lo que demuestra que, de las enseñanzas del apóstol, esta gentuza no conoce ni respeta su propia palabra. Aquella (de)generación del centenario – de Martí – generó (de)generaciones de una oficialidad que, como decía Chesterton, se indigna por carecer de opiniones.
He ahí lo que caracteriza al castrismo en su estado puro.

Sunday, April 5, 2015

El hombre chejoviano

Se ha anunciado la agenda oficial cultural del régimen de Cuba. Kcho viajará a Panamá y presentará una obra especial compuesta por murales con los colores de la bandera cubana, para servir “como estandarte de la delegación de la Isla". Y Silvio Rodríguez animará el evento paralelo, ¿con “el necio”?
Tal vez.
Nunca la cultura cubana había estado tan aplanada como en estos tiempos. Se diluye en un manantial de servilismo y me hace pensar en lo que escribió Chejov en sus cuentos. Esos personajes serviles, que transitan por la vida, grises, con aspiraciones de grandes ideales en mesas de champán y buen vino. El gran escritor ruso no dejó de aborrecerlos, a la vez que describía sus rostros con rasgos inmortales:
“Me parecía absurdo y molesto estar sentado a la mesa, bebiendo champán, escuchando discursos que celebraban el despertar de los humildes, la libertad y demás, mientras al mismo tiempo otros siervos con traje negro corrían de una mesa a otra, igualmente esclavos, y fuera, a la intemperie ateridos de frio, esperaban los cocheros. Eso significa pecar contra el espíritu”.
Así le escribe a Maria V. Kiseliova. Y así enfrenta su escritura, describiendo el espíritu vil de esos que se sientan a la mesa y toman champaña, que se dejan conducir en los coches para llegar a lugares donde discursarán sobre “los humildes, la libertad y demás”.
Es que Chejov fue el hombre que, en virtud de la caída en desgracia de Maksim Gorki en 1902 con el gobierno del zar, solicitó a ese mismo zar la suspensión de su cargo de académico honorario al conocer que la Academia de Ciencias le había retirado su pertenencia a Gorki por un articulo espurio de la ley zarista. ¿No nos suena esto demasiado familiar a los cubanos?
Pero, ¿cuántos intelectuales cubanos han pedido a la UNEAC su renuncia por solidaridad con los artistas malditos, como Angel Santiesteban, o por otros, condenados también con un articulo espurio de una ley del criollo zar? ¿Quiénes denunciaron abiertamente el juicio político y el bochorno desvergonzado a Heberto Padilla? ¿O los golpes a la poetisa María Elena Cruz Varela en su propia casa?
A diferencia de esta intelectualidad leal cubana, Chejov era el escritor que le reprocho a su editor, con duras palabras, por considerar inútil su viaje a Sajalín, la isla de los presos:
“Sajalín puede ser inútil y carecer de interés solo para una sociedad que no deporte allí millares de hombres […] un lugar donde los hombres, libres y prisioneros, tienen que soportar sufrimientos intolerables […] y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja.”  
Y agregaba:
“Toda la Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros”
En nuestro caso, muy pocos reconocen su culpa. Muchos reconocen la de «otros».
Estos representantes cubanos en Panamá me recuerdan al hombre chejoviano, que no a Chejov, a esos de sus cuentos que también perfila con acuchillada pluma e incisivo verbo. Son los “héroes de nuestro tiempo” en Cuba, los Kchos y Rodríguez, que «brochean» sus servicios y afinan sus acordes a la melodía de sus oficiales de gobierno, nuevos zares caribeños, y no les interesa nada la vida de “carceleros borrachos de nariz roja”, ni tampoco de los prisioneros que “tienen que soportar sufrimientos intolerables”.
En realidad, no les importan nada.
Incisivamente Nabokov apuntaba en “Lezioni di letteratura” sobre el “intelectual chejoviano”:
El intelectual chejoviano es un hombre en el que se entreveran la más profunda respetabilidad de que es capaz el ser humano y una incapacidad casi ridícula de transformar en actos los propios ideales y los propios principios; un hombre dedicado a la belleza moral, al bienestar de su gente, al bienestar del universo, pero incapaz de auspiciar ninguna mejora en su vida privada; un hombre que desperdicia su existencia provinciana en una bruma de sueños utópicos; que sabe con exactitud lo que está bien y por qué merece la pena vivir, pero que al mismo tiempo cada vez se hunde más en el fango de una existencia monótona, infeliz en el amor, desesperadamente ineficaz en todo: un hombre bueno que no sabe hacer el bien. […] Ese hombre es infeliz y hace infelices a los demás; no ama a sus propios hermanos, ni siquiera a las personas que le son más próximas, sino a las más remotas. La suerte de un negro en un país lejano, de un culi chino, de un obrero de los Urales le causa sufrimientos morales más intensos que las desventuras de su vecino o las tribulaciones de su mujer.”
Y agrega, con extraordinaria visión el autor de “Lolita”:
“Hombres que podían soñar, pero no gobernar. Que arruinan su propia vida y las de los demás. Insensatos, débiles, fútiles, histéricos.”
Kropotkin escribió sobre el gran escritor ruso de que ningún otro había representado tan bien los defectos de la naturaleza humana en la civilización contemporánea, especialmente, y cito, “la completa ruina moral de los intelectuales”.
Yo agregaría que la ruina moral la escriben los mismos intelectuales y los buenos escritores solo hacen la función divina del reflejo artístico de esa ruina. ¿Existe alguien al que pudiéramos acudir, como acudimos a Chejov, para hablar de la ruina intelectual de la cultura cubana?
Los nombres se estrechan, pocos, quedan pocos, pero ninguno tiene la mirada cristalina de aquellos ojos oscuros, “colgados detrás de lentes redondos”, que se atrevieron, durante la época azarosa de los zares, y también bajo fuertes censuras, a escribir “Sajalín”, que le ayudó a comprender por qué escribía y cuáles eran los fines últimos de la escritura.
Decía Chejov en una carta a Aleksei Suvorin, después de los largos meses en la isla de los presos y deportados en la Siberia rusa:
“La vida es una marcha hacia la cárcel. La verdadera literatura debe enseñar a escapar o prometer la libertad”.
Y quizás por eso Silvio Rodríguez escribió, alguna vez en el pasado, sobre serpientes, y algunos brochazos del Kcho pudieron entreverar el “escape”. Hoy sus vidas marchan hacia su propia cárcel.
Son presos políticos. Atrapados en la telaraña de sus mismas contradicciones como artistas que han comprometido su libertad y han dejado de escapar. Los gruesos trazos de botes y cuerdas de Kcho lo han llevado a la iconoclasia de la bandera atada a un mástil, enclavada en algún promontorio de su vejez como artista. Ya no navega libre, tampoco promete la libertad.
Y las melodías se le extraviaron a Silvio Rodríguez en “el necio” vagar de sus cuerdas.
A ambos les preocupa “la suerte de un negro en un país lejano, de un culi chino, de un obrero…” en algún lugar y les causa sufrimientos morales más intensos que las desventuras de su vecino o las tribulaciones de su mujer.
En respuesta a esta intelectualidad leal, en la cumbre de la confrontación en Panamá, quizás hoy Chejov le re-enviara su carta a Suvorin a estos personajillos escapados de sus cuentos, recalcándole aquello de que “ningún «futuro radiante», ningún «amor por el futuro» pueden justificar la mentira”.
Pero no se les puede pedir a personajes chejovianos saltarse de sus páginas para alcanzar la estatura intelectual de quien los escribe.

Saturday, April 4, 2015

Oprah y la Geopolítica ProCastrista de Obama

Acaba de aterrizar en Cuba la revista Oprah a través de una muy conveniente “sesión de moda”, fotográfica, con la actriz cubano-americana Rosario Dawson.
No tengo dudas de que todos los cubanos tenemos el derecho de viajar a nuestro país, volver a nuestras raíces, conocer qué ha sucedido durante el tiempo en que no hemos estado, respirar el aire cálido de La Habana, o cualquier lugar. Por supuesto, pagando el precio oneroso para la entrada: el silencio culpable.
Volver no tiene que ser necesariamente una cuestión de política de estado. Usualmente no lo es, al menos para el ciudadano común. El caso se complica, sin embargo, cuando lo hacemos como vehículo cómodo para lanzar una plataforma política bajo la piel subterránea de una revista de moda, de un programa de entretenimiento, de una sesión de fotografías “de arte”, pero que recrea la topografía criollista del próximo punto de aterrizaje del turista norteamericano, o de la geopolítica americana del momento.
Oprah, al parecer, no escapa al “paisaje insular”. Por supuesto, es una forma sutil de apoyar la política de Obama. No lo declara, no lanza una campaña política de apoyo, envía a su revista con una neo-cubana de entorno para explorar el terreno del próximo aterrizaje.
¿Respondiendo a una llamada privada de la primera dama o del mismo Obama?
Quizás.
No sería una primera vez.
La periodista ganadora del Emmy, Amber Lyon ha denunciado que CNN recibió enormes cantidades de dólares por parte del régimen de Bahrain para que la famosa cadena de noticias norteamericana ofreciera un enfoque “más benévolo” del régimen.
En su documental “iRevolution” Amber Lyon había reportado las atrocidades en Bahrain, incluso había sufrido una detención y arriesgado su integridad. Este documental costó más de 100 mil dólares, una cantidad elevada en comparación con la mayoría de los reportajes periodísticos. Sin embargo, y pese a eso, no salió al aire. Habiendo visto en carne propia lo que ocurría en este país del Medio Oriente, Lyon claramente notó que la cobertura que transmitía cotidianamente CNN era completamente falsa.
La periodista renuncio a CNN y cree, firmemente, que países como Bahrain pagan millones de dólares para mostrar un contenido que es supuestamente objetivo y que no tiene una agenda política. Esto es algo que ocurre comúnmente: infomerciales para dictadores. Pero también para promover los nuevos movimientos en la estrategia geopolítica de Estados Unidos.
Enclavado en esta última variante yo pienso que la señora Oprah Winfrey, amiga íntima de la pareja real norteamericana, ¡perdón!, quise decir presidencial, intenta hacer esto último: promover geopolítica obamista.
Y así se inserta Dawson, un cómodo instrumento criollo en las manos de la amiga de los Obama.
Un nuevo intento, pero no el último.
¡Patético!