Sunday, March 29, 2015

Recipientes vacios

Enfrentados con su reloj biológico, la dirección del régimen tiene que estar preocupada con su futuro. ¿Qué pasará cuando los "líderes históricos" dejen de estar vivos y el aparato de poder se descomponga en una cadena de lidercillos que no tienen eco en la sociedad?
Una pregunta que deben estar haciéndose, y una ecuación que deben estar recomponiendo.
De cara a ese futuro, ¿qué pasará con las agrupaciones que han servido de muro de contención para su poder?
Después de la primera generación contemporánea con el pre-y-bajo-post-revolución, que llenaron estos convenientes recipientes grupales de manera voluntaria y bajo el entusiasmo del recién ordenamiento social, las restantes generaciones los llenaron de manera automática, y el entusiasmo palideció hasta convertirse en el necesario oportunismo de conveniencia, hasta llegar a ser solo el actual recipiente vacío, como el mismo vaso de leche que nunca ha sido satisfecho.
Las organizaciones sociales del castrismo cumplieron el papel inicial de contención y encarrilamiento del poder, hoy no cumplen ningún otro que servir de muro de contención. No tienen objetivos inmediatos para sus miembros, no tienen un proyecto que genere un entusiasmo verdadero, que haga ingresar verdaderos componentes a su estructura. Son, en cierta forma, escaleras para subir a un poder de oportunidad… hasta caer en desgracia.
El objetivo inicial de los que crearon aquellas organizaciones fue parametrizar los grupos sociales por edad, género e identidades. Imponer un modelo automático de contención, una estructura de comportamiento que colocase al individuo como persona, con su carga de conciencia y determinación, aislado de la sociedad, para imponer la necesidad de entrar en el grupo social ya previamente parametrizado.
Fue el miedo a la individualidad y el usual actuar de la psicología de masas que, en los regímenes totalitarios, ejecutan la coerción de grupo, la estratificación del miedo a la no-inclusión, el contagio a la represión al diferente.
A mediados de los setenta aquel "entusiasmo revolucionario" juvenil de los inicios degeneró en el ingreso en las organizaciones clandestinas de la represión, auspiciadas dentro del recipiente CDR, y con la algarabía mediática de aquella serie que engrandeció la chivatería, la represión y el sabotaje al espíritu independiente y cívico que fue “En silencio ha tenido que ser". Se crearon entonces los ladrillos fundadores de los órganos de represión que auspiciaron los actos de repudio, y las actuales brigadas de contingencia contra cualquier disidencia.
¿Qué ha sucedido desde entonces?
Como todos sabemos, los recipientes sociales de la “revolución” quedaron vacios. Fuera de ellos se generó un movimiento silencioso, algunos de ellos contestatarios, otros sencillamente sin ninguna proyección futura, pero hastiados de la formalidad originaria castrista. El castrismo los combatió como inicialmente lo hizo en sus inicios: garrote y zanahoria. Dio algunos frutos esa política de coerción. Pero los ochenta generaron en el horizonte internacional la aparición de movimientos que hicieron cambiar la estrategia al régimen, que necesitaba insertarse en el mundo de las organizaciones no-gubernamentales.
Ya no servía los campos de concentración para homosexuales, disidentes y artistas contestatarios. En su lugar, aparecieron otras opciones, la creación de estructuras paralelas oficiales ante la aparición de esos grupos: agrupaciones LGBT oficialistas, disidencia leal ante disidencia real, institucionalizar el fidelismo en el medio artístico creando figuras con actitudes populistas pero con tendencias oficialistas, que reprodujeran el discurso oficial, el ícono de esta degeneración intelectual es el artista plástico Kcho. Quizás lo del WIFI del estudio del pintor es una de esos últimos intentos por atrapar la sociedad nueva, revuelta.
Ahora, al parecer, intentan maquillar e insuflar de vida a un cadáver, los CDR. Se agencian de figuras ornamentales que ofrezcan un rostro nuevo a viejas instituciones con la vida desgastada y desprestigiada. Es el caso, por ejemplo, de Elián González con el recipiente decano de la represión.
El joven monigote acaba de ser colocado como líder de los grupos de liderazgo juvenil dentro de los “comités”, una suerte de plataforma para poner a funcionar la futura formación de un nuevo lidercillo. Han creado, además, los llamados “Destacamentos Juveniles de Donantes de Sangre”. Son acciones que lo que quieren es insuflar caras jóvenes a un organismo desangrado, sin vida, ante la necesidad de recrear la “sociedad civil cubana” desde el poder de cara al futuro.
Pero estas organizaciones de masas son solo recipientes oficiosos para contener la sociedad civil independiente dentro de los moldes y los conductos adecuados para la manutención del poder. Recipientes vacios, que han perdido su contenido y sus funciones originarias con el decurso del tiempo. Algunas de ellas ya no tienen las figuras que generaron la iconoclasia revolucionaria, como es el caso de la FMC con Vilma Espín. Fallecen de liderazgo y de verdadero poder.
En cambio hacen surgir nuevas figuras, del mismo apellido y raza espiritual, para encauzar otras corrientes muy de moda en el mundo internacional: el caso icónico es el de Mariela Castro y el ADN de las organizaciones de homosexuales, que se insertan en una nueva era mediatizada.
En cambio, otras organizaciones carecen de continuidad, defenestrados muchos de sus lazarillos criollos, la UJC es quizás la que más ha sufrido y el ejemplo antológico es su exflamante líder y exministro del exterior, Roberto Robaina, surgido de esta plataforma de lanzamiento. Hoy no se atreven a usarla con Elián, quizás para que la sombras de los pasados desastres de liderazgo no corroan la imagen del niño-balsero-devenido-patriota.
En el caso del mundo de la racialidad, el régimen aun necesita de la figura necesaria para su iconoclasia, lo intentaron varias veces, pero ha quedado vacío el pódium ante la falta de carisma, o el deterioro y corrupción de las figuras que emplearon, hoy caídas en desgracia, y después de que el representante nominal y ortodoxo de la racialidad cubana revolucionaria, Juan Almeida Bosque, haya muerto y no tenga aun el imprescindible remplazo.
El régimen intentó elevarlo aun mas cuando reveló que era su persona la original figura que lanzó aquel “aquí no se rinde nadie, carajo”, tan manoseado en la literatura clásica de la historia rebelde y a costa de despojar de la aureola a uno de sus santos, Camilo Cienfuegos, para santificar la racialidad oficial.
Típica reconstrucción histórica al muy puro estilo orweliano.
Hoy, 56 años después de todos los ensayos, el cubano, especialmente el joven, no ve con simpatía la idea de asociarse a algo, de crear  e integrar un grupo con alguna orientación política. Incluida la propia disidencia, donde abunda el oportunismo de todo tipo, esencialmente a la hora de ganar alguna prominencia, algún vehículo de escape.
Los jóvenes no creen en proyectos sociales, los recipientes que el poder estableció para contenerlos los ha imbuido de esa incapacidad de entregarse, y de creer. Esta enfermedad de descrédito se extiende hasta su vida post-escape, en el exilio. Las agrupaciones de cubanos en el exterior no existen, y tiene su semilla en aquel vacio recipiente en que el régimen parapetó su poder. Ese mismo poder hoy explota esa misma incapacidad de ser contenido del emigrado para su labor de desunión y de zapa.
¿Cambiará el futuro?
Una pregunta que no tiene respuesta, sobre todo porque los que pudieran proyectar ese futuro se encargan, por sí mismos, de desacreditaste en ese futuro: la disidencia.
Al final lo que sobrevive es la ley del hastío: vivir aun en un recipiente vacio.

Saturday, March 28, 2015

La soga para el ahorcado

Hace unos días atrás una seguidora en Twitter me envió un enlace con todas las ediciones, desde su fundación, del “Diario de la Marina”, saboteado por turbas castristas un 10 de Mayo de 1960. El hecho me coincide, ¡vaya “casualidad”!, con la entrevista ofrecida por el “experto informático” Karel Pérez Alejo donde arremete contra las posible intenciones “subversivas” de los directivos de Google Ideas que visitaron Cuba.
Sucesos como estos no son coincidencias en aquel país. ¡Nunca lo han sido!
Desde que el régimen se instaló hace 56 años no ha dejado de existir una jornada donde el propio ahorcado este buscando su propia soga, para ahorcarse una vez más.
¡Cuántos de estos tecnócratas del ahorcamiento no hemos sufrido los cubanos!
Entonces, en aquel 10 de Mayo, las turbas atacaron el periódico de mayor circulación de Cuba para destruir la “subversión”, destruyendo los más modernos equipos de impresión con que contaba un diario impreso en Cuba, que muy recientemente había invertido varios millones en tecnología moderna.
La “subversión” entonces era la libertad de prensa.
La “subversión” ahora viene a través de la posibilidad del acceso a Google en Cuba, para los mismos que hasta hace unas semanas atrás se quejaban de que el gigante tecnológico los “bloqueaba”. Entonces los quejidos provenían del no acceso, hoy los que se ahorcan a sí mismos se quejan de que Google está muy cercano al Departamento de Estado de los Estados Unidos, y muy lejano de la mafia rusa del Kremlin, o de los mandarines comunistas de Beijing.
Tal vez hasta buscaran tecnología rusa, o china, o vietnamita, para trasladar geográficamente hasta la isla de Cuba, si fuera posible y los dejáramos.
Por supuesto, los modelos para el suicidio tecnológico tienen que venir de los modelos que censuran, que condonan el acceso libre a la información y a través de los que proponen la soga al cuello, los sargentos tecnológicos de ordenamiento, como es el caso del tal Alejo.
Lo novedoso del tipo es que se le escapa, casi sin quererlo, la verdad en su rejuego de palabras sobre Google Ideas, cuando dice que los proyectos norteamericanos "están enfocados, en esencia, a la subversión —a través del uso de la tecnología— en países con problemas con la libertad de expresión”.
Para Karel, Google no tiene nada que ofrecer a Cuba, y sí la Rusia de Putin, “muy fuerte tecnológicamente”, ¿cómo las fábricas textiles rusas, Karel? ¿O las fábricas de componentes electrónicos? ¿O toda la cacharrería ineficiente que “prosperó” en los setenta y ochenta en Cuba?
Pero no es esa la “tecnología fuerte” que propone el ingeniero de ordenamiento tecnológico. Para estos nuevos, viejos suicidas, en busca de su propia soga para ahorcarse, lo que los cubanos necesitan es la novedosa maquinaria de censura que, por ejemplo, China tiene instalada entre sus internautas. Gigantes informáticos como Google y Facebook han tenido que ceder control a la tecnología del control de los mandarines chinos para poder penetrar la muralla asiática de aquel inmenso país. Lo que pide Alejo es blindarse con los mismos tanques rusos o chinos para que el cubano siga en su pecera de cristal, moviendo los labios en silencio, como los peces.
Tecnólogo de la soga para su propio cuello, se hará viejo, le crecerán las canas, las arrugas surcarán su rostro, se le marchitarán los labios entecos de repetir viejos libretos y consignas, y entonces se recordará de aquella desafortunada ocasión en que, por su misma idiotez de sargento ordenado, repitió ese muy conocido libreto porque, sencillamente, fue la pieza adecuada en el momento imprescindible y en la circunstancia necesaria en el tablero de ajedrez de los mandarines de la generatura verde-olivo, hoy con corbata de civil en la isla.
Patético idiota de destajo.

Wednesday, March 11, 2015

La “necesaria” carta a Maduro

Las personas no cambian su comportamiento por gracia divina, mucho menos los que han medrado toda una vida y han hecho del oportunismo, y del atentado a la relación pacífica y normal entre dos naciones, su cotidiano quehacer. Y es así como se puede entender, en una primera aproximación, la “necesaria” carta de Fidel Castro a Maduro.
¿Carta? Bueno, telegrama.
Después de romper todos los records en tantos lugares por hablar, extenderse, y darle a la noria con la palabra, Fidel Castro ha terminado escribiendo telegramas cuyo centro de gravedad son la petulancia, la grandilocuencia y la pomposidad.
¿Por qué escribió Castro a Maduro?
Pues por esa vana necesidad de interferir, que ha sido la característica personalísima de este dictador. No ha sabido callar en nada, so pena de cometer burradas y hacer el ridículo, no solo por decir alguna idiotez, sino porque los otros, de quienes habla o defiende, en muchas ocasiones le han hecho caer en ellos mismos.
¿No es así, Sotomayor?
Pero, ¿qué se le puede pedir a un dictador? ¿Qué alguna vez alcance a darse cuenta de la estatura de su propia ridiculez?
No es posible lograrlo. No por sí mismo.
Pero la intención de la carta también es otra. Lograr que los medios de prensa hablen sobre Maduro, que desborden los cintillos de noticias precisamente porque Fidel Castro esta vez habló, escribió, interfirió. Es decir, darle un peso específico de noticia a lo que casi no lo es.
En el mundo occidental la “democracia estilo Maduro” no tiene prestigio, nadie tiene la “especial culpa” del desprestigio mas allá de su misma administración, se la ha dado con su propia coz este idiota empoderado. Basta recorrer la prensa y darse cuenta que, además, el impacto de sus palabras es pobre… sin la “necesaria” carta de Castro. Es ahí donde se inserta esta lechuga “oportuna” del castrismo. Tirarle una mano a su “gallina de petróleo”, de la forma usual a que nos tiene acostumbrados.
Es, además, una muestra de que aún entre bambalinas, halando delicadamente los hilos, el hermanastro sigue tirando del hermanistro, le sigue dictando pautas, pellizcando cuotas de poder, ajustando el timón. Sin él, la declaración de Raúl Castro tal vez fuese menos ardiente, mas tibia, mas en conformidad con el momento.
La pregunta que pudiera saltar entonces es si es un intento más de sabotear el acercamiento Cuba-EEEUU.
¿Puede hacerlo? ¿Es de conveniencia?
Quizás si la administración americana no tuviera el firme propósito de restablecer las relaciones diplomáticas esa carta ya hubiera sido la lógica justificación del frenazo. Pero aquí tenemos a Jen Psaki que se ha apurado en declarar que el diálogo con la isla seguirá su curso, a tenor de la determinación de Obama.
Pues, esta vez no logra la carambola Castro como en ocasiones anteriores, y creo no era su intención lograrlo tampoco. Claramente, la cartita castrense era para asegurarle a Maduro sus titulares en la prensa occidental, pura propaganda.
No obstante, es delicioso leer esas escasas líneas del cuasi-difunto cuando dice:
“Tus palabras pasaran a la historia como prueba de que la humanidad puede y debe conocer la humanidad”.
Pobre tipo. O su poder intelectual ya ha mermado demasiado, o el concepto de lo que es humanidad y lo que recordará la historia pasa por un diccionario de petulancia asombrosa – lo cual no es de sorprenderse –, o sencillamente no puede dejar de seguir utilizando los vocablos a los que tanto ha encariñado su verbo.
Maduro, en la misma Venezuela, no es ni historia, sino prehistoria de este sapo. No tiene ni siquiera la originalidad del verbo, de la acción ni de la oportunidad. Y mucho menos la “humanidad” está hoy día pendiente de guagüeros serviles. Pero, tal vez, sea por esta última razón que utiliza esta pomposa frase, muy típica de la usanza del señor feudal para agradecer los oportunos favores de sus asalariados de subclase.

Típico retruécano castrista. Logra, además, seguir recordando al mundo de que aún, a pesar de los pesares, sigue teniendo oídos en la política suprema del hermano en Cuba… hasta que la muerte los separe, a alguno de los dos.

Monday, March 9, 2015

La vida oculta de Fidel Castro

La verdadera estatura del hombre se conoce en su intimidad, en su relación con su familia, sus hijos y esposas, amigos e íntimos, amantes y amorosos planetas que le rodean en su cotidianeidad. En un hombre de estado, en el poder, en su relación íntima con los miembros de su gabinete, los que le sirven, el chofer que le maneja el auto donde se mueve, su guardia pretoriana, desde la más alta cumbre de la escala de servidumbre hasta la menor, del que le cuida la vida hasta el que le sirve el café en su despacho. Los detalles, a pesar de su pequeñez, delatan la verdadera naturaleza humana detrás del hombre de estado.

Estas palabras surgen por haber acabado de leer "La vida oculta de Fidel Castro", escrita por quien fuera su guardia personal por 17 años, Juan Reinaldo Sánchez. Es, sin lugar a dudas, un libro alucinante.

Dejarlo claro. No me ha descubierto nada nuevo, no mucho, aunque desconociera anécdotas, intimidades, hechos, lugares y relaciones. No conocía la existencia de “Cayo Piedra” y su significado en la geografía íntima castrista, como tampoco la cacería de patos en su finca “La Deseada”, en Pinar del Río, en invierno. En cambio me ha reafirmado en el convencimiento de quién es, o fue, Fidel Castro. Un ser notable por su arrogancia, un hombre solo, aislado en su pedantería, que conociendo a la perfección sus limitaciones como ser cotidiano, se propuso ser un ser excepcional.

Y lo logró, sin lugar a dudas.

Ese ha sido su único talento notable. Se valió de la astucia, el desprecio a todos los valores seculares sobre la familia, la amistad, la consanguineidad con sus seres queridos. Y estableció el régimen de arrogancia de su carisma, el cultivo de la fidelidad ilimitada y ciega a su persona, la encarnación de la castidad virginal a un ideal revolucionario adjunto a su persona, el trasiego mediático del enigma y el encantamiento de lo misterioso y secreto, como las armas oportunas, cautivadoras del estatus de su particular leyenda.

Cuando se lee el libro de Sánchez, y se lee con los ojos advenedizos del que nunca creyó en encantamientos y personalismos, se descubre a una personalidad gris, enfocada solo en auto colocarse en ese peldaño elevado, intocable, gracias al establecimiento de un poder omnímodo, unitario y devastador. Personalidad reconcentrada en sí misma, fagocitaria de todo lo que ponga en peligro su estatus de líder único, y máximo.
Escrito en un lenguaje ameno, claro y directo, lo más notable del libro radica en sus pequeños detalles, aquellas pinceladas minúsculas que establecen el carácter y el retrato íntimo de quien es un hombre, no solamente solo en el poder, sino solo por el poder.
Quizás el momento que descubre en su verdadera “estatura” su pequeñez como ser humano es aquel que cuenta Sánchez cuando el hermano mayor de Fidel Castro, Ramón, le suplica a través de su persona ser “recibido por su majestad”, poder hablar con el hermano a quien ha solicitado ver por todas las vías y no le ha concedido el “favor de la palabra”.
¿Alucinante? ¿Surrealista?
Pues, ¡no!
Casi lo adivinamos allí, levantado como estatua de mármol, en la plaza, “saludando” desde lo alto, desde lejos, “a las masas”, y percibimos qué es lo que es. Un inhumano reconcentrado en sí mismo, que ni a sus hijos, su misma familia y sus acólitos considera con ninguna diferencia de la nulidad.
Para él han sido servidores, utensilios humanos que han realizado su labor y, terminada su utilidad se hace tarde para desecharlos, como le hizo al propio Sánchez casi al final de su vida útil como guardaespaldas, que dedicó más de la mitad de su vida a lo que consideró “la revolución”, es decir, él.
Al final del libro Juan Reinaldo Sánchez se hace algunas preguntas:
“… ¿por qué las revoluciones siempre acaban mal? ¿Por qué sus héroes se transforman sistemáticamente en tiranos todavía peores que los dictadores a los que han combatido?”
La respuesta, Sánchez, puede ser muy sencilla. Y seguramente que lo es: no son héroes. Nunca lo han sido.
El antiguo guardaespaldas confiesa que cometió un error al dedicar la primera parte de su vida a proteger la vida de un hombre que había admirado, que según él había luchado “por la libertad de Cuba”. Pero la realidad siempre fue otra: “la fiebre del poder absoluto y el desprecio al pueblo” siempre fue su objetivo ancestral.
Los hombres magros de virtud no crecen para hacerse vírgenes vestales del virtuosismo. Cultivan, en cambio, y en demasía, lo que son: su desvergüenza.
El libro de Sánchez me hace recordar aquel otro libro de Jorge Edwards, “Persona non grata”, y la conocida frase escatológica de Edwards sobre Castro, al rodearse de “vendedores de corbatas” para “deslumbrar con su inteligencia y virtud”.
Astucia, sobrada astucia en cambio ofrece este alfeñique, la astucia endemoniada del que ha logrado establecer una leyenda sobre una gran mentira: un ideal de revolución, un ideal de supuesta libertad, la suya.
No la de los demás.
No puedo, sin embargo, dejar de establecer una diferencia con el autor, y ex guardaespaldas de Castro, en dos aspectos claves.
El primero es la fascinación que, aun relatando los (des)hechos de su vida al lado del delincuente, cuidándosela con la suya propia, todavía parece salirle como una corriente superflua, subterránea, entre las palabras y anécdotas del libro.
Abierto mis ojos, constatado el crimen, la verdad expuesta en su fría crueldad, jamás se me ocurriría volverle a llamar “comandante en jefe” al emperador romano que, con calculada frialdad, exclama “Menudo imbécil” del propio jefe de su escolta, Paco Cabrera, al morir golpeado por las aspas del avión imperial en Venezuela.
Retrato descarnado, no obstante.
Quizás sea esa misma fascinación la recreada “gracias” al hálito de misterio que el emperador de “Punto Cero” ha sembrado, con mucha astucia y utilidad, en el pueblo de Cuba, cegado por el carisma que todo emperador romano tenía, aun al indicar con el pulgar hacia abajo la esperada muerte del gladiador por el león de turno.
Castro demuestra que no hay que retornar a Roma, ni en los tiempos ni en la geografía, para levantar la misma reverencia divina a su persona.
La segunda, y quizás peor falta del libro, transcurre al final, cuando exime de odio y culpa al dictador, y la recarga a los esbirros… que sufrirán en algún momento también la caída, porque en un poder absoluto se ejerce la venganza absoluta, sobre todos. No hay que olvidarlo.
Personalmente, no puedo sentir ningún odio a ninguna persona, es como pienso. Tal vez odio a lo que esa persona simboliza y representa, odio a su poder seductor sobre esos esbirros, para ejercer su particular odio sobre las víctimas. Pero al final, ni es tampoco odio, sino desprecio absoluto.
Como decía Voltaire: “Es el más desgraciado de los seres humanos, porque es el peor de todos”.
Al leer las críticas en la prensa sobre el libro de Sánchez pensé que era “algún otro libro” sobre el mismo personaje de siempre. Me equivoqué, tengo que admitirlo. Es absolutamente un libro fascinante. Ineludible para conocer al emperador de Cuba.
¡Léanlo!

Sunday, March 8, 2015

Consecuencias de un “vaso vacío”

Por supuesto, tratar de interpretar lo que es una “obra de arte” – y lo que no es – hoy día es como un laberinto donde nunca se encuentra el fin, o donde se encuentran dos: se acepta por lo que es, una supuesta indagación sobre la realidad, o se desprecia por lo que también puede ser, especulación sobre la nada cotidiana. Me salió un titulo de Zoé Valdés.
Y eso se le llama, entonces, arte conceptual. ¿Qué es?
Bueno, se pudiera decir que descansa en la doble existencia, y percepción, que tenemos todos los seres humanos: subjetiva y objetiva, que es lo que enuncia el Dr. Alexander Sebastian Mastropiero en su “principio de incertidumbre”.
Mastropiero dice que no existen pensamientos objetivos puros – los objetos no piensan –, debido a que en menor o mayor medida el proceso de pensamiento está notablemente influido por nuestra memoria selectiva, nuestros recuerdos y experiencias, los conocimientos y la cultura de las personas involucradas, sus propias tradiciones también.
El arte conceptual, entonces, es ese “movimiento artístico” en el que las ideas son el elemento más importante que el objeto o su representación física. Así lo definen algunos, lo que suena bastante extraño porque, después de todo, ¿no se puede interpretar la “sonrisa” de la Mona Lisa como cualquier otra cosa, en dependencia de quien la observe? ¿Es una sonrisa? ¿O es la falta de expresividad del pintor? ¿O es sencillamente la nulidad de personalidad de la modelo?
Y así tropiezo con Wilfredo Prieto. “Artista conceptual” nacido en Cuba, dicen que Sancti Spiritus, el nombre más conocido del arte cubano actual. Ha expuesto en las principales ferias del arte, y en las más importantes salas de exhibición del mundo moderno, principalmente en Europa.
Recientemente se mostró “Un vaso medio lleno” – o medio vacío –, como quiera llamarlo, en España.
Lo que me trae a este “artista” es mi “memoria subjetiva” de lo que ocurría a mediados de los 80 en el parque de F y 23, La Habana. Muchas de las “obras plásticas” que se exhibían allí eran “arte conceptual”, pero con un resultado muy provocativo.
Recuerdo una en particular.
Había salido del trabajo y estaba en mi camino habitual hacia casa. Por aquel entonces coger una “guagua” – autobús, para los desconocedores del “lenguaje criollo cubano” – era una experiencia aterradora… si la podías capturar. Y es por eso que iba caminando desde mi trabajo a casa, y muchas veces me detenía esos jueves a las cinco de la tarde en aquella esquina, a la “convocatoria” irreverente de estos artistas plásticos que se reunían allí, de propia voluntad y sin autorización alguna, y que de alguna forma representaron la voz de la discordia en la Cuba gorbachoviana.
El joven artista era barbudo, desgarbado, con unos ojos enormes mirando a los que nos acercábamos a “su obra”. En el piso, una foto descolorida – ampliada – del “Che Guevara”, sobre ella uno de esos recipientes de transfusión sanguínea a medio llenar – o medio vacío, usted escoge – dejando gotear por la punta de la aguja de su extremo gotitas de “supuesta sangre” sobre el rostro de la simbólica “figura revolucionaria”.
Es suya y muy personal la interpretación del significado de la “instalación”, como entonces la llamaban.
Las gotitas de “sangre” golpeaban indulgentemente aquel rostro manchando cualquier parte, una esquina de los labios descoloridos, la pupila, la estrella en el frontal de la conocida gorra, en virtud de la brisa tardía que flotaba en la céntrica avenida. Había muchas “instalaciones” en aquel parque capitalino, pero aquella atraía particularmente la atención de todos, y el artista acuclillado, como yoguista burlón, observaba la reacción, los cuchicheos, y las sonrisas cómplices. Su expresión – tengo que decirlo – decía mucho más que aquella “instalación”.
No duró mucho el arte en F y 23. Un día dejó de existir para siempre, lo ocuparon al tiempo algunos artesanos. El turismo sustituyó al arte conceptual, pienso.
Y aquí me asalta esta duda sobre Wilfredo Prieto. ¿Qué hay de irreverencia en el vaso medio vacío-medio lleno? ¿Qué queda de esa idea subjetiva más allá de los 20 mil euros que supuestamente vale esta “obra conceptual”? ¿De qué “concepto” se habla?
En Cuba, por ejemplo, un vaso de agua – medio vacío o medio lleno – sería interpretado de manera diferente en La Habana que en Guantánamo, donde el agua de tomar es insalubre. Mientras que un vaso de leche, medio vacío o medio lleno, “hablaría” con más claridad meridiana en toda Cuba. Sería como aquellas “gotitas de sangre” del artista anónimo – no recuerdo su nombre, aunque se lo pregunté entonces – cayendo indulgentes sobre el rostro del “hombre de la Cabaña”.
Los artistas plásticos de los ochenta fueron la voz de la disidencia en el arte cubano. Desaparecieron del horizonte cultural del país como por arte de magia en los principios de los noventa. Y en la Bienal de Pintura de La Habana no asomaban mucho el rostro. Quizás algún nombre ya establecido se aventuraba con algún arriesgado movimiento de la paleta, pero entonces la institución enclaustró al arte visceral de aquel parque del vedado habanero.
Dejó de existir.
No niego la existencia del arte irreverente, contestatario en Cuba. Todas las épocas lo han tenido, pero la comercialización de la sobrevivencia ha hecho que figuras como Wilfredo Prieto existan, y que este “vaso de agua medio lleno” recorra el mundo y que, tal vez, termine algún día en posesión de “un coleccionista de arte”.
Nadie niega que tiene una pregunta valida a la que se puede contestar de muchas formas. Pero es que todo lo tiene, sin ser necesariamente todo arte. Me imagino que en las partes asoladas por la sequia en la Etiopia o en la Somalia las respuestas serían muchas, y tendrían un trasfondo político de urgencia. En España y en Paris son objetos metafísicos de cuestionamiento existencialista, pero nada más.
Que lo haga un cubano, que viaje a su país por seis semanas para vacacionar, y el resto del año recorra el mundo occidental y viaje más que el americano promedio con estas obras de “arte conceptual”, insípido, es una muestra de cómo la “realpolitik” ha impuesto un sello de sobrevivencia en este mundo nuestro, castrocriollizado.
Medio vacío y medio lleno, de mas esta decir.

Saturday, March 7, 2015

Dominando la técnica de Conan O’Brien

Nunca he sido asiduo de los “Late Night Shows”, mucho menos del de Conan O’Brien, pero no tengo nada personal contra el payaso norteamericano. Precisamente, eso es lo que es.
¡Payaso!
Pienso, mirando la foto que promociona su programa hecho en Cuba, que sería el epítome perfecto para enmarcar lo ocurrido – y transcurrido – desde el 17 de Diciembre entre las oficinas del MINFAR y la oficina oval de la Casa Blanca.
Piénsese, cámbiele el rostro a Conan y colóquele el de Barack Obama, caminando de “puntillitas” por un camino trillado para complacer a Castro y no romper la frágil senda de vidrio del restablecimiento de relaciones.
Descubra a Rajoy asomándose, a lo lejos, con aquel pulóver blanco en el umbral de la puerta, mirando a Barack, asombrado de descubrir un hecho insólito: “los americanos se le quieren colar en ‘casa’”.
Margallo puede ser este “titiritero” que tropieza, casi, en púrpura y vestido a rayas, dejado atrás, adelantado por esas dos “payasinas” que corrieron, “a partirse los pies”, a asegurar sus puestos de fritas en La Habana, Zapatero y Morantinos.
Evidentemente la de la izquierda es Zapatero, que recibe la mirada “angélica” de Morantinos desde la derecha – tan a propósito esa “derecha” de la izquierda, ¿no es verdad? –.
La música, especialmente aquella trompeta, los viandantes y los pocos ingenuos que se asombran a su paso pueden ser cualquier otra cosa. Desde un desconcertado disidente, hasta un tímido “cubanauta” que desconoce quién es “el blanco” – debería decir “el negro”, refiriéndome a Obama como lo hago, pero la política de “café enlechado” de esta administración lo ha desteñido tanto que merece ese seudónimo –.
Conan nunca ha sido tan gracioso como cuando no está en estudio. Pero La Habana no lo necesita, es en sí misma un tablado para una puesta de payasos.
En Cuba hizo lo que hace todos los canadienses. Rodearse de estos saltimbanquis que salen, día a día, encargados por la dirección de la vieja ciudad a distraer sus visitantes de “pantalones cortos”. Fumarse un tabaco, disfrutar de la casa del ron y, para variar y estar con los tiempos, visitar una “paladar”.
Entretuvo entreteniéndose él mismo. Tropicalista como todos los canadienses, nada que criticarle con exceso a Conan, después de todo, ¡lo hacen todos!
Se me ocurre, sin embargo, que la actitud del cubano medio, ese que no conoce mucho, ni sabe, lo que transcurre entre bastidores, es la de esa muchacha a la derecha de “Margallo” – saltimbanqui en púrpura –, que agarra el brazo a su acompañante y ríe burlona, con sus jeans apretados, sus tacones altos, la perfecta criolla habanera, de esta “comparsa de payasos”, del “blanco-negro” que camina de “puntillas”, y de todo este proceso extraño, casi místico, que sucede a su alrededor, y no comprende.
Las piedras antiguas de estas calles habaneras han visto caminar tantas comparsas, tantos payasos, ¡tanta agua ha corrido por sus rebordes!
Esta vez, sin embargo, Conan gana la sonrisa, no el desparpajo de la risa o la carcajada, pero la indulgente sonrisa del que sabe que está buscando ganar teleaudiencia en un horario con demasiados competidores de alto calibre. Cuba fue la opción, y quizás haya ganado algunos puntos, pero mañana será la “cenicienta” de estos shows, y será olvidado.
Como Obama, en su final en la “Casa Blanca”.

Friday, March 6, 2015

La tolerancia de la intolerancia

Nimrod, fundada en el siglo XIII antes de Cristo a orillas del río Tigris, y considerada uno de los principales vestigios de la era asiria, tal vez haya desaparecido para siempre. En el último de sus crímenes, los terroristas del Estado Islámico (EI) asaltaron la antigua ciudad  y la demolieron con buldóceres y excavadoras.  La destrucción comenzó tras la plegaria del mediodía de este jueves 5 de marzo, después de que algunos testigos vieran grandes camiones en la zona que sirvieron para llevarse piezas arqueológicas que aún permanecían en el lugar.
Otra vez en nombre de algún dios han destruido la labor del hombre, creado por El.
Los vestigios de la ciudad asiria desaparecen apenas una semana después de que ese estado islámico  difundiera un vídeo en el que mostraba la destrucción de estatuas milenarias en el museo de Mosul, y de dos toros alados en una de las entradas a la antigua Nínive, en las afueras de esa ciudad.
Viendo las imágenes me pregunto qué quedará para la memoria de las futuras generaciones sobre los que nos antecedieron. ¿Podrán nuestros hijos y nietos tener memoria de nuestro pasado?
No puedo entender aún una civilización que destruye las raíces comunes de sí misma, porque todos habitamos en este planeta, y la destrucción y desaparición de una joya arquitectónica de algún lugar remoto sobre una civilización remota también nos empequeñece a nosotros, a todos.
Las sociedades no viven solas, ni viven aisladas de su pasado, o de cualquier pasado, y todas arrastran el peso de la irresponsabilidad de su paso por este mundo, no importa dónde vivan y qué presupuesto cultural, ideológico y político soporten. El hombre no es una mosca atrapada en una telaraña que sobrevive aislada en esa red hasta morir. Somos enanos sobre los hombros de otros enanos que descansan así en el cúmulo gigantesco de otros hombros humanos que vivieron entonces, construyeron, y también destruyeron.
Pero si algo debiéramos haber aprendido es que la destrucción rompe el eslabón de conocimientos sobre nuestras raíces, sobre nuestro pasado común, y que destruyendo no podremos nunca más comprender de dónde vinimos, cuál fue nuestro origen, y cuál será nuestro futuro.
Son muchas las preguntas que me hago, para el presente y por él.
¿Cuántas veces hemos visto erigir nuevas estatuas de piedra? ¿Y cuántas veces la hemos visto demoler?
¿No aprenderemos nunca a valorar primero el valor de levantar un símbolo antes de provocar que, en un futuro, la generación que nos prosiga reniegue de ese pasado, lo ignore, quiera borrarlo con “ese dedo de Dios” que interpretamos por ignorancia y derribemos una huella secular, para siempre?
Ha ocurrido tantas veces.
La era soviética levantó estatuas de Stalin, para demolerlas después.
La época de la república cubana levantó su homenaje al Maine, para ser demolida su águila por el castrismo.
La época castrista levantó estatuas de “semi-dioses” ideológicos en cada latitud cubana, ¿serán demolidos mañana? ¿Cuáles levantarán entonces para después ser demolidas por cualquier otro?
¿Cuáles son los valores que queremos preservar y cuáles debemos despojarnos para vivir una vida verdaderamente libre?
La limpieza cultural del estado islámico sobrevive por la tolerancia de la intolerancia, de la misma forma que la limpieza cultural del castrismo, del Kim-Jong-Unismo, el Madurismo, el Chavismo y todos los “ismos” sobreviven por la tolerancia que se preserva sobre regímenes y estados cuya ley de orden es la intolerancia.
¿Cuándo vamos a acabar de entender que dando la mejilla no se cultiva la cultura de la inteligencia, la convivencia pacífica y el respeto?
Días atrás una noticia recorría las televisoras canadienses. Una familia islamista invitaba a sus canadienses “tolerantes” a visitar un “hogar islamista” en plena selva cultural occidental torontiana. Y aparecieron los tontos útiles, como siempre.
Todas las culturas, y religiones, y sociedades, y minorías, y mayorías tienen elementos buenos, positivos. Nadie los niega, pero la cultura de la tolerancia a la intolerancia trata de subliminar esos “buenos ejemplos” para cultivar la política de “otorgar la mejilla”, de convivir con la intolerancia.
Hay que ser ciego, o tonto, o quizás muy ingenuo o prevaricador, falto de estatura intelectual, o sencillamente estúpidamente bien intencionado, con el alma noble del ciego para abrir las puertas, de par en par, y no decirle a esos grupos, minorías, religiones y sociedades que tienen que cambiar, que tienen que convivir con respeto con el diferente. Y, lo más importante, que tienen que lidiar con los grupos extremistas dentro de su mismo seno social y detener su obra destructora, intolerante.
Exigírselos con rigor.
En cambio, callamos por miedo a que nos acusen de recalcitrantes, falsamente intolerantes y conservadores. El miedo a hablar provocará mañana imágenes como estas. Culturas que desaparecen por ignorancias que fueron permitidas por la tolerancia con el intolerante.
No sé como otros podrán entender estos hechos tristes, pero a mí me disminuye como persona, y me hace pensar que el fin de nuestro mundo, como civilización culta e inteligente, está muy cerca.
Demasiado.

Wednesday, March 4, 2015

La suerte de Albertina

Albertina Puente Ortega no tuvo la “suerte” de vivir en Africa y sufrir de “ébola” – que yo tampoco le recomendaría esa “suerte”, ni se la deseo – para que los 461 médicos y enfermeros cubanos se preocuparan por ella y le tendieran su “mano solidaria”, muy “veloz y afectiva”, en el momento que más lo necesitaba. Sola, anciana, sin nadie a quien acudir y nadie que acuda a su ayuda, a pedirle al enfermero “de guardia”, el que quedó sin ir a Africa, y que subsiste “atendiendo” o desatendiendo a pacientes de los que nadie va a pedir cuentas, como Albertina, porque ya ella no existe para nadie.
Albertina, como otros, es un paciente cubano que no está en ninguna estadística, y “no existe”.
Tampoco tuvo la “suerte” esta pobre mujer, abandonada a la soledad de una ancianidad huérfana, de que el “The New York Times” elogiara al “Hospital Covadonga” por “su buen servicio a la humanidad” por abandonar, precisamente, a ancianos como Albertina a una suerte que no es de nadie, ni de ella misma porque, probablemente, la propia Albertina ya no sabe el por qué ya nadie acude en su ayuda.
Pero tiene que perdonarle al “querido diario norteamericano”, “muy ocupado” elogiando a los médicos que se fueron, muy dispuestos por 3 000 dólares, a atender africanos afectados por el ébola, mientras los que ganan un mísero salario en Cuba se cargan cientos de pacientes, y ancianos solos, sin nadie que clame por ellos.
Albertina también tuvo la “suerte” de no tener ningún familiar cercano, hijo o nieto, en los Estados Unidos – o en cualquier otra parte – que le enviara remesas para que “alguien” se hiciera cargo de Albertina, de su soledad, y de ese amargo transcurrir por uno de los hospitales “para cubanos” de La Habana. O para sufragar su comida, las medicinas necesarias, las sabanas, las bolsas de sondas, y también el “amable enfermero” que se ocupara de cambiar y atender a la señora.
Tuvo la “suerte” de encontrarse en un hospital que no es “vitrina de turistas”, donde ningun racimo de turistas en pantalones cortos se arraciman aplaudiendo a la delegación oficial de “campeones de la salud mundial”.
Y así sus días se fueron recortando hasta morir sin poder ver a la estrella de la idiotez útil, Michael Moore, que le pudiera “tender su mano solidaria” y evitar esa muerte vergonzosa, solitaria, quizás mas cruel que la del terrorista que sobrevive en Guantánamo donde acudió “Sicko” para su operación mediática de millones.
Tal vez Albertina, si aún hubiera podido tener alguna luz de entendimiento, en ese lento camino hacia su final, le hubiera respondido entonces a Michael Moore – en caso de que el gordo se le hubiera ocurrido de entrevistarle, para algún otro documental de esos con los que gana sus millones, sus “Oscares” y sus entrevistas en CNN –, de que Cuba es “una comedia acerca de 11 millones de personas sin salud pública en el país que más publicita sus servicios médicos en el mundo”.
Pero Michael Moore estaba muy ocupado en cualquier otra parte, y no tuvo la suerte de ver morir a Albertina.
Para ella ni la ayuda del reportero independiente cubano llego a tiempo, y hoy, al parecer, tampoco ese reportero parece tener buena suerte después de ser citado por la policía cubana por, ¡vaya milagro!, reportar una negligencia en un país donde nunca puede haberla… reportada en la prensa.
Pero como Albertina están todos lo que no tienen acceso al dólar, o a algún hijo o familiar en el extranjero, que cae desfallecido en uno de esos hospitales que no son vitrinas “Made in Michael Moore” y ve salir con banderitas en las manos a la brigada médica, muy dispuesta a salvar del ébola a pacientes africanos, pero dejar morir a una señora anciana en el Covadonga en plena Habana.
Pero, ¡qué le vamos a hacer!, para que unos sobrevivan en Africa tienen que morir otros en La Habana.
¿No es esa la lógica, señor Roberto Morales?

Monday, March 2, 2015

La uniformidad hostil de la guayabera

Cuando en Cuba había campesinos, y cuando el campesino tenía su tierra, o al menos trabajaba sin que nadie coerciera a base de precios de miseria, políticas e ideologías estatistas, la guayabera, esa humilde prenda de vestir confeccionada del también humilde hilo, el tejido mas basto y barato al que podía acceder el cubano, y especialmente el hombre de campo, era la prenda insignia de nuestros campesinos, y también la prenda que simbolizaba la cubana, como las palmas y la mariposa simbolizan nuestros campos.
Cuando miro esta foto de los cinco espías – cinco pobres tipos que no han tenido otra opción en su vida que servir para lo que han servido, chivatos en tierra de nadie, siendo nadie ellos mismos – lo primero que me llama la atención no es aquel que un día fue y ya no es, ni siquiera esa entelequia de vejez, sombra de lo que nunca fue y de lo que ha quedado para ser, un dinosaurio político encorvado en un momento encorvado de la historia de ese régimen.
Tampoco me llama la atención la bruja de guedejas rubias que asemeja ese espectro nihilista de Fernando de Rojas en “La Celestina”, buscando en la distancia con ese vestido rojo el futuro pretendiente de sus quehaceres libidinosos, aunque sinceramente no deja de ser un punto risible de la foto.
Pero no son estos dos, ¡no! El centro son esas cinco prendas de vestir que hace mucho tiempo simbolizaba Cuba, o la cubanía, y hoy simboliza todo lo peor: la chivatería, el símbolo inasible de la represión.
Para los cubanos que hemos vivido en Cuba, y no es necesariamente esto un pleonasmo, la guayabera es hoy el símbolo de ese agente del G2, o de ese idiota útil que ha servido de voluntario represor contra la diferencia. Todos recordamos los miembros de la escolta de la “mosca”, rodeándolo en una muralla de guayaberas blancas, con ese rostro de máscara o marioneta en que se convierte todo guardaespaldas cuando pierde su identidad, y se convierte en la camisa de protección antibalas de cualquier otro. ¿Por qué todos terminan teniendo siempre ese rostro de lápidas blanqueadas, muros calcinados de pensamientos y espíritu?, me pregunto
O los que dispersaban en azoteas, balcones y calles los primeros de Mayo cuando esa misma “mosca” se posaba a zumbar en la base al monumento a Martí en aquella plaza de nadie, sin sombra, soleada y asfaltada de botas.
Y aquí lo vemos, uniformando cinco espías, como mismo se uniformaban los otros y lo siguen haciendo. La guayabera ha dejado de ser el símbolo de lo que fue para convertirse en restrojo de lo que es: podredumbre de pensamiento, espíritu, desprendimiento de mala cubanía.
Son las heces hoy, cuando ayer era el símbolo humilde del país.
No es extraño entonces que la prenda ya no quiera ser utilizada si no por “estos”, por la otra península de Cuba que representa estos cinco despojos.
Mi abuelo la usaba de hilo, blanca, almidonada, con el cuello levantado y enhiesto. Era la prenda del domingo, del buen domingo en que iba a su logia a estar con sus hermanos. Pero entonces se convirtió en este enmascaramiento de uniforme militar, esta suerte de camuflaje visual de la desvergüenza, dejo de tener el alma blanca, impoluta del humilde ciudadano para convertirse en lo que hoy es, y entonces mi abuelo dejo de usarla. La guardó en el fondo de su escaparate de entonces para nunca más.
Hoy los jóvenes no la usan, algunos, creo, ni la conocen más allá de estas estampas uniformadas de represión y displicencia. Prefieren usar la camiseta, o el pulóver con la bandera de las múltiples estrellas y las barras. Es, incluso, extraño encontrarla en alguna tienda habanera, o que alguien la resguarde como una prenda de domingo, “de salir” como decimos los cubanos.
Ya no es “de salir” nunca más, es de los que resguardan “el entrar”… a la cárcel, a dar golpes, a vigilar, a chivatear o a servir de estas murallas humanas antibalas para dictadores y dicta-cualquier-cosa en Cuba.
Y quizás es por eso que, viéndolo como lo que es, les corresponde a estos zombis usarla, arrastrarla a los pies de quien reconvirtió su simple cubanía en otro desgraciado transformismo de un producto de nuestra nacionalidad, como han sufrido tantos otros en Cuba.
Ya no es guayabera, es el útil camuflaje para ocultar las botas militares.

Sunday, March 1, 2015

La foto que siempre existió

No se entiende la fascinación, ¿o pudiéramos decir “sorpresa”?, de reporteros y analistas sobre la foto en un evento en La Habana, para promocionar el tabaco cubano, de “celebridades” de la banalidad como Paris Hilton y Noemí Campbell, y el hijo mayor de la socio-aristocracia cubana, Fidel Castro Díaz-Balart. La simulación es el genoma originario en la especie “Castro-revolucionaria” de ese proceso que algún día se hizo llamar “revolución cubana”.
La foto siempre existió.
Desde que Fukuyama proclamó el "fin de la historia" todos los días estoy leyendo a reporteros anunciar el "fin de la guerra fría" en Cuba, o el fin de “alguna historia”. La historia de la llamada “revolución cubana” terminó el mismo día que el padre del señor que se hizo la “selfie” con Trasero Hilton entró sobre el “lomo de hierro” de un tanque de guerra en La Habana, para desvirginizar un país que no necesitaba de su presencia. De aquella revolución, ¡ni cenizas quedan!
No sé si es su falta de estatura intelectual o la necesidad de alguna originalidad para justificar su salario, pero estos periodistas, reporteros y cualquier otra banalidad “ingeniosa” tratan de vender un producto reciclado. ¿Es ignorancia? ¿En un “profesional” de la información”?
Lo cierto es que las fotos de la estupidez banal de Paris Hilton y Noemí Campbell con el hijo del dictador siempre han existido en su padre – el de Castro –. ¿Se olvidan que Castro (padre) vivió 3 meses en el "Habana Hilton" robado al bisabuelo de esta bisnieta de Hilton, y renombrado entonces "Habana ¿Libre?” para cumplir las leyes puristas del genoma “revolucionario”?
¿O que Castro (padre) y el " emblemático" fusilador de la Cabaña, Che "el guadaña", jugaban golf en un sobreviviente campo en aquellos 60?
¿Qué hay de nuevo ahora? ¿Que los hijos hagan lo de los padres con los hijos o nietos de aquellos a los que el tipo les robó sus propiedades?
Sí, ese “detalle” quizás sea nuevo, pero no es de Castro Diaz-Balart, que le falta hasta originalidad para hacerlo, sino de la otra punta de la tontería, de Paris Hilton. De esta señorita se puede esperar todo, hasta dejarse fotografiar por el hijo del ladrón de las propiedades de su abuelo. Tal vez esto sea lo difícil de entender para un alma casta, pero las banalidades ya no son vírgenes ni en el pensamiento, se quedaron desfallecidas en el recorrido que realizaron a través de las páginas de “Las once mil vergas” de Guillaume Apollinaire. Allí es donde viven.
Por lo demás, nada nuevo. “Hijo de gato caza ratón” como reza el dicho popular cubano.
La Castro-aristocracia purista cubana perdió su virginidad desde el inicio, con sus visitas a cotos de pesca. Una actividad bien “banal-capitalista” en una república que, supuestamente, barrió todos los “rezagos burgueses”.
Pero ahí lo tenemos, disfrutando la pesca aristocrática en un país que le negó la posibilidad a los millones de cubanos de paladear la langosta y el camarón, bien cubanos, que no tiene centros de “scuba diving” al alcance de la mano del populacho, mientras los jerarcas de esta casta divina gozan de yates y clubes exclusivos en cayos desde tiempos que ya vienen siendo inmemoriales. Y comen sus langostas y se hartan de helados como Gabriel García Márquez nos “deleitó” en su “suculento” artículo sobre Fidel Castro. ¿Te acuerdas, Gabo, de tu mala pata “ensalzando” la burgués banalidad “revolucionaria”?
Pero así estamos en este planeta de “despistados” fuyukamistas. Haciendo el “fin de la historia”… a conveniencia.
Por lo demás, no hay por qué molestarse demasiado ahora, para muchos cubanos ya no es ni una molestia, ni siquiera un salpullido picoso y desagradable. Hemos vivido salpicados de esta banal secretidad de dobles lecturas, dobles vidas y dobles palabras públicas. Muchos, demasiados, conocen de las banalidades arquitectónicas de generales y doctores, de las suyas, de su familia y de sus queridas concubinas. Por ellas muchos emigran “en balsa” hacia un Norte.
Lo vergonzoso de todo este negocio no son los “vicios burgueses”. Vestir bien, o gustarle. Comer bien, o gustarle. Jugar golf, o gustarle. Pescar, o gustarle la pesca. Acudir a un hotel, rentar una habitación  y gustar de un buen trasero. Ser aficionado al “scuba diving”, o gustarle. Acudir a subastas de tabacos, y gustarle. Clubes náuticos, yates, veleros y autos de lujo, o gustarle.
Nada de eso es un crimen, algo envilecido de por sí. Lo vil es declarar una república libre de esos “vicios” y disfrutar secretamente de ellos, mientras se les prohíbe a los demás y se hace una ideología de la simulación.
Los cubanos vivimos un tiempo de verde-olivo puritano que nos desecó el pensamiento y nos hizo creer en vírgenes que eran proxenetas. De entonces siempre fueron lo que son, pura mierda.
¡Basta de sorpresas y bochornos!
Bajo este sol, hace mucho no hay nada nuevo sobre las vírgenes vestales del socialismo cubano.