Saturday, December 12, 2015

Pesares

A pesar de la destrucción, lo desaparecido, de ese pequeño parque con dos bancos que ayer fue un edificio húmedo y carcomido por la vejez, y antes, mucho antes, un hotel o un flamante hostal de vecinos.
A pesar de la las aceras rotas, los baches que se convierten en contenedores de fango y lodo cuando llueve, o en el barrizal contínuo aunque la lluvia no amenace. A pesar de los edificios despintados, ajados, con trazas de hollín, polvo y suciedad como arrugas en el rostro de concreto de la ciudad.
A pesar de la suciedad, el mal olor, las marcas de orine y excrementos de animales, y también humanos. A pesar de las grietas, las marcas oscuras de la húmedad, el olor nauseabundo de la vejez y el descuido. A pesar de las edificaciones que descubren sus ladrillos como dientes cariados, y el cemento que se desgaja como el maquillaje despintado en el rostro de una vieja actriz alcoholizada, al final de una pobre función de payasos.
A pesar de la maleza, la hiedra que trepa desconsoladoramente por paredes, muros, edificios y azoteas, como serpientes verdes mordiendo el cuerpo envejecido de una débil bestia agonizante.
A pesar de los perros y gatos, abandonados en cualquier calle o rincón, de sus maullidos y lamentos, y de los insectos que depilan su piel y le cercenan la vida; de los contenedores que desbordan su fetidez en cualquier esquina, la basura que recorre las calles, a pasos cortos, empujada por el viento a los pocos minutos de que el barredor haya limpiado la calle, en la mañana o en la tarde.
A pesar de basureros vacios y las calles llenas de mierda y escombros, abiertas como las venas secas de un cadáver descuartizado en la sala helada de un sanatorio de muertos. A pesar de borrachos, locos que se hacen pasar por autobuses, niños impertinentes, rufianes y ladrones, construcciones que desafían el hedor, la maraña, la arquitectura ilógica de cualquier Arquímedes criollo, la ingeniería estirada de algún historiador enciclopédico.
A pesar de la falta de agua, higiene, de la pobreza o del buen saludable gusto, de los adornos y las luces, de lo esencialmente moderno y lo gallardamente histórico.
A pesar de rejas, ventanas tapiadas y columnas caídas, soportes de madera como muletas de un San Lázaro que socorre la ciudad.
A pesar de todo eso y mucho, de todo y nada. A pesar de La Habana ser la que hoy conocemos. Herida, siniestrada, huérfana de salvadores y bondadosos patriarcas. A pesar de todo, La Habana sigue siendo una ciudad bella, y Cuba un país hermoso.
El carácter augusto de la ciudad y del país ha sobrevivido toda la masacre y el suplicio, toda la tragedia, a pesar de todos esos pesares.
La pobreza, la hediondez, los derrumbes y la destrucción material de la ciudad y del país puede ser cambiado, puede transformarse más rápido aun de lo que se ha destruido. Cuba puede volver a ser un lugar de maravillas, y volver a recuperar su rostro moderno, jovial, elegante.
Hoy con todas estas heridas en su rostro es un país hermoso. ¿Cómo no serlo mañana, si todo cambia?
Los años, el tiempo vivido, el transcurso de la vida me ha demostrado que el amor es una emoción desarticulada por excelencia, es por eso que se resiste a ser dosificado con prudencia y sensatez. Lo desbordamos o sencillamente lo sepultamos bien hondo, donde el silencio acalla la ira, la rabia y el odio, y entre esos sentimientos no existe nada, solo dolor.
Los años también nos enseñan que las personas, las circunstancias, lo que conocemos y donde hemos vivido, el lugar donde nacimos y crecimos, aquel que adoptamos para vivir y que al final consideramos nuestro hogar, nuestro verdadero hogar, no son las personas, los lugares, las circunstancias y el hogar de nuestros inicios.Todo cambia, y se transfigura. El amor, cualquiera que sea, no es un fin sino un proceso a través del cual una persona intenta conocer a otra, a su mundo, al lugar que le rodea y sus circunstancias. Y al final, ya no somos los mismos, ya hemos cambiado y nos hemos convertido en algún otro.
Todo esto se ha desbordado en mi mente leyendo algunas noticias, o casi todas, sobre mi país, sobre los cubanos. He llegado al final de un camino y he mirado atrás y me ha sorprendido la amarga conclusión de que la Cuba que soñamos, o al menos que yo sueño, está en mi memoria. No es un recuerdo, porque nunca la he visto. Fue una esperanza, un sueño, algo intangible que ya nunca sucederá. Y no es solo por lo material que desaparece, que ya hemos perdido, sino también por la inasible desaparición de un espíritu que no volverá.
Ha sido arrasado, demolido, extinguido delante de nuestros propios ojos.
Algunos nombran unos pocos culpables, y aunque esos lo son los de las más grandes culpas, quedan otros, todos, practicamente todos los cubanos.
Lo único que puedo alegar en su beneficio es que fue un bonito sueño en el que creí, he creído, por demasiado tiempo. No sucederá.
Miro los rostros de estos cubanos, escucho su voz, trato de entender este nuevo léxico, estas nuevas entonaciones bruscas, desafinadas, rotas y no me encuentro, o no encuentro al cubano que yo tengo alojado en mi mente. Culto, elegante, bondadoso e inteligente. Astuto, sí, pero no degenerado y oportunista. Una persona entera en su honradez.
¡Ya me pierdo en mi sueño!
Y en el camino me encuentro a estos, con un tatuaje en los hombros como heridas sangrientas del espirítu simiesco de la burla, el desdén y la desverguenza. Un tatuaje que marca sus sentimientos y almas más que sus propias pieles y cuerpos.
Y después los oyes hablar, y adivinas que aún teniendo intrucción técnica cometen insoportables faltas ortográficas de la conciencia. Huyen y regresan, se embarcan en una trayectoria oblícua para obtener el bolsillo, pero no los principios de una vida recta. Se prostituyen, se convierten en putas meretrices del espítiru.
Los edificios se caen. Podrán ser levantados.
Las calles se llenan de baches y huecos que almacenan lodo y mierda. Pueden ser pavimentadas y lustradas.
Los contenedores desbordan basura, que se arrastran como las hojas ante el viento de tormenta. La tormenta puede marcharse, los contenedores podrán quedar limpios y la basura desaparecer.
Pero quedan estos hombres, esos tatuajes sobre el cerebro y sobre sus almas.
No, viendo este arroyo extraño de caracteres me pregunto si la Cuba que yo sueño no será una bella ilusión en mi memoria, una memoria que no conoce de ese pasado por no haberlo vivido, pero que quiere plantar la belleza, la verdadera belleza entre mis calles, mi ciudad, el entorno donde alguna vez fui un niño.
Atascado estoy en Dostoievski y su maldita frase: «Si yo fuera bueno, el mundo sería bueno».
¿Y tú?
¿Y ustedes?
¿Y ellos?

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