Wednesday, December 30, 2015

La Torre de Tatlin

El pincel levantado de Sir Joshua Reynolds parecía que dibujaba, en un color ocre subido casi rojo, la espiral inclinada en el patio frontal de la Academia Real de las Artes de Londres, solo que su pincel era de piedra y la espiral un modelo a escala de la «Torre de Tatlin», que anunciaba la exhibición «Construyendo la Revolución: Arte y Arquitectura Soviéticas 1915 – 1935».
Para entonces la «revolución» – entiéndase, la revolución bolchevique – ya habia pasado, solo quedaban los pilares artísticos inspirados en el asalto al «Palacio el Invierno», y que forman hoy el tejido invisible, intenso, que nutre el arte moderno.
Iba a ser llamada el «Monumento a la Tercera Internacional». La estructura de cristal, hierro y acero de cuatrocientos metros de altura iba a ser una declaración al mundo de que la Unión Soviética era más grande, mejor y mucho más moderna que cualquier otro lugar, y en especial mucho más que la burguesa París y su insignificante Torre Eiffel, de solo trescientos metros. La intención era construirla en la orilla norte del río Neva, en San Petersburgo, y que la estructura ladeada, parecida a un andamio ahusado, apuntase al mundo en un agresivo, aunque elegante, ángulo de sesenta grados. Tenía tres niveles, hechos con las típicas formas geométricas constructivistas del arte de Tatlin. Abajo estaría su «cubo», del que el artista decía que daría una vuelta sobre su eje una vez al año. Encima habia colocado una estructura piramidal más pequeña, que daría una vuelta una vez al mes. Y encima de ella, la torre tendría un nivel cilíndrico, que emitiría propaganda al mundo, que iba a girar 360 grados cada día.
El proyecto arquitectónico, que el artista ruso sí creía posible, iba a reunir a todas las artes visuales, luces, proyección, pintura y arquitectura. No se cansaba de decir Tatlin que ellos no eran artistas, sino «productores». Pero el proyecto murió en un país que construía el socialismo con hambre, un hambre atroz, sobre un camino de cadáveres y una guerra civil que costó millones de vidas humanas, todas segadas en nombre del proletario y de la unión de los pobres.
Lejos, en el Caribe y a unos cuantas décadas de distancia en el tiempo, también existió un profeta con las mismas pretensiones de los líderes del bolchevismo. También pretendió construir una nueva torre, esta vez sin la ayuda de Tatlin.
En el fondo, sin embargo, tengo la sospecha que lo que se propuso fue el desmontaje de un país, muy lejos de su posible construcción, la huida en masa de su fuerza intelectual, de su inteligencia. La historia de las últimas décadas en Cuba se asemeja al aplanamiento de aquella espiral del constructivista ruso. Lo que fue el despojo de La Habana del glamour y el placer hasta convertirla en la del verde olivo y la austeridad, retorna con paso furtivo, leve, con sandalias de seda, para convertirse en el refugio isleño del turismo exótico, y del regreso vacacional de su fuerza productiva nativa, exportada, expulsada, lanzada al macrocosmos del mundo para la construcción de alguna vieja sociedad, como todavía se puede leer en combativos manuales pre-gorbachovianos en la isla, y que plácidamente retornaría con su poder financiero para sostener el paraíso del turismo a su lugar de origen.
En algún momento el narcisismo les hizo soñar levantar la «Torre de Tatlin» o para llamarla con su verdadero apellido, la «Torre de Castro». La historia de Cuba se puede visualizar en su materialidad, simbólicamente, en el resultado de lo que fue la construcción del edificio del CAME en La Habana, que hubiera estado ubicado en lo que hoy son las ruinas de sus cimientos, al lado de la terminal de ómnibus nacionales, muy cercana a la «espalda» de la edificación de concreto del «Consejo de Estado», que nunca fue construido por los soñadores idealistas de la «Torre del CAME» y cuyo objetivo primario tampoco era servir al poder, sino de cómodo resguardo de la papelería y la memoria martiana.
Quedó «guardando» y simbolizando al castrismo.
La mitología constructiva popular de la «Torre del CAME» alcanzó perfiles pantagruélicos. El símbolo ultraterreno de la conexión Moscú-Habana decían que iba a tener 24 pisos de concreto, otros citaban una estatura más elevada. ¡Quién sabe! Todo quedó en rumores y dos maltrechos pisos de paredes desnudas de concreto convertidas en un cementerio de oficinas estatales. También decían que iba a ser el único edificio que tuviera su parqueo en sus dos últimos pisos. No entiendo mucho sobre arquitectura moderna, desafía a veces hasta las fantasías más arriesgadas de mi inteligencia, especialmente la arquitectura socialista, pero ¿cuál es la lógica de colocar en la mejor posición de alcanze visual a automóviles en vez de a los hombres? ¿Por qué parqueos y no oficinas? ¿Por qué autos y no personas, piezas de tecnología mecánica en vez de seres humanos?
La ilógica suprematista socialista tal vez podría sugerirnos que estarían reservados para la flota de Mercedes del «querido líder». O, tal vez, la muy sutil y sui géneris sensibilidad artística constructivista neo-criolla habia llegado a la conclusión de que se podría parquear una flota numerosa de esos adminículos oscuros acristalados, para privilegiados ideológicos, como la envoltura futurista idónea de la moderna oficina del burócrata urbano del castrismo.
¡Quién sabe!
La mitología no guarda ninguna relación coherente con el realismo, mucho menos como el arte pictórico moderno lo guarda con la realidad circundante. Pero esto era lo que muchos decían en aquellos tiempos. Por supuesto, el proyecto babélico incluía el necesitado «elevador de carros». Otra muy sugerente creación pictórica criolla.
De cualquier forma, el incendio de la «Torre del CAME» ocurrió muy cercano en el tiempo con el del otro muy sonado incendio de la planta de teléfonos de Aguila y Dragones, antigua subsidiaria americana de los tiempos de la república, y del icónico «Restaurante Moscú», enclavado más abajo en el camino hacia el malecón habanero.
Algunos vieron en esa sucesión crónica de incendios el reinicio de guerra al sistema. Olieron pólvora enemiga, guerra incendiaria ideológica, bombas, destrucción, sabotaje, imperio. El lenguaje oficial fue de «cortocircuitos», empleados con rabia vengativa personal provocada por expulsiones laborales, e injerencia de sencillos agentes circunstanciales eléctricos. Nada humanamente reprobable con la ideología y contra la burocracia sistémica. Unos pocos se apresuraron a declarar el retorno de los petardos y las rebeldías locales. Nada más lejos, todo quedó en la crónica roja del incendio temporal, del constructivismo.
La muerte de la torre babélica del Tatlin criollo yo la interpreto como la muerte del suprematismo caribeño en nuestra arquitectura. Que me perdonen los críticos de arte, los directores de galerías tan famosos como la Tate de Londres, que me perdone Will Gompertz y cualquier otro, no soy un fanático de los constructivistas rusos ni de suprematistas bolcheviques. Entiendo a Malévich y trato de conocer a Tatlin en su ideal proyección artística, conozco un poquitín de pintura e historia del arte moderno, pero aquella torre para la III Internacional yo la encuentro como la hermana mayor, entusiasta, de nuestro reparto Alamar.
En el apacible y solitario reparto del este habanero esas «cajas de bacalao», como le llamamos los cubanos, se levantan sobre una estructura prefabricada desnuda donde los muros y las vigas que sostienen el techo, como los huesos desnudos del cuerpo enfermo de un tuberculoso hecho de hierro y concreto, sobresalen en ángulos, cornizas y balcones, para antojárseme el resultado de un «artista» anónimo criollo, armado de la técnica bastarda del constructivismo y el suprematismo ruso-soviético, puro bolchevismo en arquitectura. Vamos, ¡a mandarria pura!
La desgracia es que todavía lo podemos ver. La argamasa gris, fría, descuartizada de colores y adornos, porosa como las escamas de un gigantesco reptil paleocénico, puede ser la transcripción fiel de lo que Malévich o Tatlin deseaban para el arte. Nada de adornos burgueses, nada de afeites aristocráticos, servilismo de la realidad y del proletario.
Pues, ¡ahí lo tenemos!
Sobreviven. Llenos de humedad y grietas, y de miles de personas que no tienen otro lugar donde guarecer sus vidas de las inclemencias naturales. El rostro proletario feo de nuestra arquitectura suprematista. Sobreviven en el este de La Habana, lejos del centro, del hervidor de civilización, lejos de mercados, cines, centros de artes y cultura. Enclavados en la prehistoria de nuestra civilización revolucionaria. No en balde le llamamos «Siberia». ¿No era allá donde enviaban a los «enemigos del pueblo», donde construían GULAGs?
Pues, sí, los incendios de la «torre del CAME», del «Moscú» y de la planta de teléfonos fue nuestro Reischtag a la cultura abstracta revolucionaria del socialismo real. No fue nuestra, fue también la ruptura incendiaria del gobierno. No más CAME, no más alianza obrero-campesina, no más socialismo real. Vuelta al turismo, la civilización y occidente. A echar a la calle a los cubanos y «¡Welcome back, yankees!».
El narcisismo nos quiso deslumbrar desde el nacimiento de este engendro. Ibamos a ser la nación más «culta del planeta», la que supiera más idiomas, la que leyera más y todo lo que usted pueda inventarse, el listado de deseos es inverosímil. Hemos terminado siendo, sin embargo, la nación que más huye de sí misma, aun sin que cayeran bombas como en Siria o se despoblara, como lo hizo Etiopía, por el desierto y la sequía. Cuba tiene una población con el nivel educacional dos veces por encima del de Haití, con un ritmo de escape elevado al cuadrado del de la isla empobrecida nación caribeña.
El país que no quería hablar el inglés y reclutaba el ruso, para retornar hoy a su mismo origen occidental, a fuerza de deconstruirse ella misma, o no ella, pero sus deconstructores, los mismos que idearon la construcción-deconstrucción del mismo piélago.
Expulsaron a la burguesía para abrazar al obrero. Y sus obreros no trabajan.
Se fue el campesino y convirtieron el remanente en obrero asalariado de la tierra, expropiada en koljoses caribeños. Tampoco la agricultura sobrevive.
Expulsaron al intelectual, al artista de pensamiento alternativo para construir el «suprematismo» tatlinista de estado. El intelectual articulado al poder, que reinventa y reconstruye el mensaje oficial; articula el artificio ideológico de la elocuencia banal del sistema; santifica la neo-lengua con el neo-pensamiento; confeciona el manual del perfecto instrumentador artístico, ese que reconstruye la realidad de acuerdo a la idea que sobre la realidad que debe existir pero que no es. Nadie entiende este trabalenguas, pero es así como se vive en la realidad intelectual en aquel lugar.
El artista comprometido cubano es el ideal suprematista, el fruto fértil de la idea y la ficción sobre la realidad reinante en sus calles. En Cuba tenemos el santuario perfecto de Tatlin, la idea más que el objeto, el idealismo más que su materialidad. No fue el transplante del realismo socialista, neo-mágico o neo-soviético, fue el reinado del suprematismo elegíaco originario de Tatlin, Popova y Ekster lo que fomentaron nuestras escuelas de artes, nuestras instituciones culturales, nuestro movimiento intelectual, el MINCULT, las asociaciones de escritores jóvenes, los premios litearios nacionales y regionales, los círculos literarios, las escuelas de arte y la educación artistica.
La «Torre de Castro» dejó de ser, proponiéndoselo, la «Torre de Tatlin», porque el ruso pensaba e ideaba un arte de liberación total, aunque se pusiera inicialmente al servicio del bolchevismo. Fue el triunfo temporal de la izquierda intelectual, bolchevique, sobre el occidente amanerado, aun el de Kandinsky y del pos-cubismo.
La evolución del propio creador del constructivismo, Vladimir Tatlin, es un ejemplo del empobrecimiento del arte libre cuando se fosiliza en los muros de una ideología. Luego del fallido intento de crear la torre que derrotaría a la parisina Eiffel, se dedicó a la enseñanza. En 1923 creó el Museo de la Cultura Artística donde produjo e instaló, que es la palabra adecuada para abordar la obra de este soñador, el poema de Velimir  Khlebnikov «Zangezi». Su final fue la obra conocida como «Letatlin», un pájaro mecánico impulsado por el esfuerzo humano, una especie de resurrección del Da Vinci alado del renacimiento. Para entonces el «constructivismo» habia quedado enterrado, y el artista habia retornado al óleo, a pintar flores, en el más tangencial y «tradicional» estilo expresionista. Lejos, muy lejos del arte abstracto y constructivista, que fue y ha sido su legado. Su retorno a la pintura al óleo define su derrota ante el «realismo socialista», el triunfo de la tradición conservadora frente a la revolución en las artes, a las masas.
En Cuba, tal vez, pudiéramos encontrar el pastiche de los dos ismos rusos, el suprematismo Malevichiano y Tatliniano con la más fervorosa fosilización ideológica del arte. Lo encontramos en Kcho y sus construcciones de madera, en la que el «Cristo de Francisco», su más reciente engendro, demuestra en qué ha quedado el suprematismo criollo.
Kcho reconstruye ideológicamente la deconstrucción castrista de Cuba. El Cristo de las Balsas y Remos es el Cristo de la huida, del escape, de la deconstrucción social de Cuba. La codificación pictórica subliminal de este «productor» es la marginación de la causa para romantizar el efecto, la sangría poblacional del país, especialmente de su membresía profesional joven.
El arte no esconde, aunque puede hacerlo, pero puede decodificar o reconstruir una realidad. No la transforma, pero sí la puede transfigurar, desvestirla de su realidad, idealizarla en sus peores argumentos. Y esto es lo que nos queda en la «Torre de Tatlin» cubana. Un instrumento propicio a la transfiguración chovinista de la realidad, la ingerencia del cartel político de gobierno en la sublimidad artística. Es el viaje en retroceso a la vida del artista ruso, un viaje que atrapa a los utilitarios que encuentran la moneda facil en el empleador del poder monopólico familiar de Cuba.
Tatlin elevó el cartel político a Arte, y lo secundaron una decena de seguidores. En Cuba, el Arte oficial se redujo a cartel político. Es decir, Kacho. Sencilla cuenta aritmética, suprarealismo socialista de estado. El edificio del CAME, o para no reconstruir la realidad, sus cimientos, amaneció un día como una gigantesca hoguera, incendiado, dicen algunos que por un «cortocircuito provocado por uno de sus equipos acondicionadores del aire», prendidos en pleno especial período de miseria, o eso contaron entonces. Tal vez haya sido la constructiva reconstrucción de la torre tatliana de la ideología, que se resistía a hacerse realidad y quedar solo en un sueño.
Tal vez.
Porque a veces la misma realidad supera hasta las propias Artes, incluyendo las pictóricas.

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