Sunday, December 27, 2015

La Complicidad

Las crisis humanitarias tienen sus causas en las políticas de los gobiernos, no en la acción de las víctimas, un cerebro medianamente inteligente comprende esto, a no ser que la inteligencia de ese cerebro sea usada para la aplicación sutil de la astucia, que es el componente de hipocresía que tiene la política.
De todas maneras, ¿un Papa hace política o es el «intermediario» de Dios?
De seguro, un Papa no es Dios, ni siquiera es su Ministro, es una voz del centralizado altar de la religión que ha decidido administrar la liturgia a ese Dios. Como consecuencia de ese acto, que es su causa, he decidido actuar con mi opinión en su contra, por el mismo libre albedrío que me da la libertad de mi credo.
La Complicidad asume muchas entidades humanas, pero el silencio y la palabra son dos de sus más establecidas y usadas. Al menos el silencio se presta a la duda benévola del que lo guarda. La palabra, en cambio, descorre la cortina de la discresión para exponer la hipocresía del acto.
He descubierto, ya no con sorpresa, que usted usa el instrumento de su inteligencia, transformado en astucia, solo para ganar la simpatía del aplauso. Así viajó a Cuba y desconoció la realidad del maltrato, el abuso y la discordia. Decidió entonces usar unas veces el silencio, otras el uso parcial de la palabra. Pero como ya lo he dicho antes, al menos el silencio nos reserva ser benevolente con quien lo guarda, en cambio el uso inadecuado de la palabra se torna en una grosería insoportable.
Es una groseria, Francisco, decir que los migrantes cubanos en Centroamérica caen en manos de traficantes humanos y guardar el obsceno silencio de sus causas: el gobierno de Cuba, sus políticas y sus prácticas.
Es que no se puede confundir las Causas por sus Consecuencias sin necesariamente exponerse a ser Cómplices de los verdaderos Culpables.
Pero no causa sorpresa en un Papado que aún sigue protegiendo sutilmente a los depredadores sexuales, a los que han causado la miseria espiritual de niños y seguir negándose a entregarlos a las cortes seculares, pese a las denuncias de sus víctimas y de investigadores independientes, y de algunas figuras de la propia Iglesia.
¿Por que callar algunas verdades si no es para provocar las complicidades en el silencio de otras?
¿Por qué esquivar las causas fundamentales de algunos si no es para que ellos contribuyan a esconder las causas de las propias desverguenzas de entidades oficiales de la Iglesia que usted encabeza?
No es posible destejer la red de conspiraciones que el silencio ha hilado, las medias verdades y las palabras escritas con la astucia que dicta las complicidades con el abuso. Todas comparten el mismo lecho, hunden sus garras en el mismo lodo.
Los cubanos que están encayados en Centroamérica huyen de Cuba porque en su país no tienen futuro. No han sido las políticas de otros quienes han provocado sus miserias, son sus propias políticas, las prácticas vergonzosas de su gobierno las que han causado que cultivar la tierra no importe, que cuidar la propiedad no sea algo de mérito, que el producto de su trabajo no sea el eje fundamental de sus vidas. ¿Es que tenemos que mencionar hechos, sucesos, acciones inmediatas de ese gobierno? ¿Es que su Santidad no las conoce?
A esta altura de su Papado, después de viajar a Cuba, pero tal vez por eso mismo, ya debería al menos conocer un poquito del fenómeno que hoy ese país sufre. Pero entonces recuerdo que allá no caminó por sus calles, entre sus habitantes, no se bajó de su «papamóvil» aun cuando estaba descubierto, aun cuando algunos opositores tuvieron el valor de romper el cordón de su propia seguridad y decirle algunas atropelladas palabras. Delante de usted mismo surgió la patada, el atropello, pero como la conocida práctica, bien descrita por Blumenberg en su «Naufragio del espectador», de actuar como si todo eso lo dejara indiferente, lo dejó suceder para después eludir su existencia en unas declaraciones espúrias. Vale señalar, por cierto, de que no solo se observa lo que ocurre, sino que todos nos observamos los unos a los otros, para al final mostrar la ignorancia de la indiferencia.
¿Qué decir a todo esto? ¿Qué argumentar y reclamar? ¿A qué palabra divina acudir para que el «naufragio» llegue a tierra firme, se encaye la indiferencia y vuelva a renacer la virtud?
Son preguntas que a veces no tienen una respuesta. No las tienen. El peligro de preguntar entonces es conocer de antemano que no existirá la respuesta y que, inevitablemente. sucederá el naufragio como lo definió Blumenberg.
Al final lo pactado y lo conocido es su palabra, su complicidad, su indiferencia. No es posible eludir esa marca, ¿no es así, Francisco?

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