Wednesday, December 16, 2015

El viejo y su cartita

Dicen que los hombres viejos se vuelven como los niños, solo que en vez de ganar en memorias y experiencias sensoriales y visuales, las pierden, se hunden en el marcha atrás de la vida, en el crucial retroceso del reloj biológico de la memoria humana. Se trasladan a un tiempo en que se existe, se vive y se piensa en la infancia de su vejez, perdiendo palabras, como un viejo maniquí de moda pierde sus ropas hasta quedarse desnudo, escoriado, asexual, con la árida planicie de su piel convertida en un mapa inhabitado. Una isla sin memoria, una memoria sin principio, una barca que navega en un mar que no encuentra ningún puerto.
Los viejos son niños sin memoria que encayan en los nombres y hechos del pasado porque perdieron el presente, y la brújula de su vida se convirtió en la veleta arrancada de su casa por el viento. No encuentran tejado donde encajar su madero, ni dirección donde apuntar su rumbo. Recuerdan lo primero sin saber cuál es su principio, y el final se les olvida en el acontecer penúltimo de sus años. Agregan nombres, esdrújulas a héroes, hechos del pasado a una historia en el presente, con la misma semántica del viejo marino que busca su ballena blanca y encuentra solo un madero flotando en las olas de un río.
«¿De quién escribo?», me pregunta tal vez ese cubano encayado en Costa Rica, o el que se arriesga aún en alguna balsa a cruzar «el estrecho» – ya saben cuál –, o quizás aquel otro que todavía se arriesga a huir de Venezuela enrolado en «la misión» médica, o aquel otro que, siendo el último en traspasar las fronteras ecuatorianas, presiente que comienza el largo camino de regreso a su verdadera casa.
«De Fidel el loco»,  contesto. De aquel, desvencijado en sus huesos y en la silla móvil que remplaza sus piernas. De aquel ,que hunde la espalda arqueada en un sillón que no se mece, que perdió su balance como él mismo perdió su escritura, su letra, la memoria sensitiva de la realidad. No vive, recuerda. No avanza, se regresa a la colonia donde algún día le antecedieron antepasados, rayadillos ilustres de un apellido que no lograron retornar a la península de su propia historia.
Y se volvió viejo, enclenque, con esos dedos largos que hurtan a la ancianidad la desmemoria, y la entreteje de verbos hirsutos donde lo más importante no es lo que se lee, sino lo que falta en palabras y conjunciones. El viejo entrampado en su sillón, que confunde victoria con entuertos, escuelas con cuarteles, libros con manuales, maestros con sargentos vocingleros, palomas con urracas ladronas.
No se miente a sí mismo porque la edad no le miente, le engaña. No confundamos los verbos. Se miente con la conciencia de una verdad que se oculta, se engaña con la inconciencia que da la pérdida de la vitalidad, la certidumbre y la memoria.
Mi abuelo decía que los viejos hablaban con sus recuerdos, no con los hombres.
Miro las fotos de este viejo y me convenzo cada día más que se les ha convertido en un incordio. Se les ha transformado en ese bufón encogido como lo hace la piel oscura de una oliva sin su aceite. Solo semilla, solo dura semilla infértil.
Este Castro que entrecija palabras para olvidar el zumo. Que habla de colonias e imperios, pero que no encuentra a Cuba, y se imagina a una Venezuela como Alicia encuentra su conejo y se encoge para atravesar el agujero, o cruzar el espejo hacia un portal de fantasía. Lo que queda es este fantaseador de realidades, no porque las imagine, si no por que las vive en su desmemoria. Su mente está allá, detrás de la baranda, meciéndose con su tisana de hierbas polidietéticas mientras su postiza plataforma dental rumia ancianas desmemorias de «ejemplares escuelas» con manuales verdeolivos, hospitales lustrosos donde faltan medicinas, un relato de maravilla que ni la misma Alicia le cree a su conejo.
¿No es trágica esta vejez?
Grandes nombres en la historia política del mundo han aprendido a retirarse en su vejez, a despedir los años en la tímida discreción del hogar, a ser discretos y despedir la edad con la humildad de su grandeza. Se fueron de la luz para que la luz les recuerde cómo fueron, y no en qué se convirtieron en el límite de su razón, ni en qué cáscara transformaron su posible virtud.
La vejez no es un libro confortable para la memoria, ni para el recuerdo, pero este viejo no ha comprendido su estolidez, y el círculo de aduladores ideológicos que le rodea tampoco lo comprende, parece no entenderlo. Viven anclados a ese madero que abandona el puerto y deriva en alta mar a cualquier costa, mientras el gastado ojo de su catalejo confunde precipicio por mansa orilla.
Tal vez merezca esa burla. Tal vez este sea el destino implacable que toda arrogancia debe merecer y sufrir. Acabar de viejo, encogido y desgarbado, menesteroso y tripudo.
Y entonces me lo imagino allí, encogido, doblado sobre su papel, dibujando trabajosamente una letra pequeña, enrevesada por la pomposidad y la vejez, escribiendo su cartita amorosa a Maduro. Encorvado en su sillón movible, masticando sus ancianas e inseguras quijadas, las mismas que algún día dibujaron aquella rabia de condenas y denuestos, y que hoy intenta arrancar trabajosamente, de una memoria perdida, algo que se parezca a una frase de trascendencia, una frase que le haga recordar como aquel otro que ya no es ni será, para una vez más volverse a hundir en lo que es, un incordio.
Lo visitan gobernantes y políticos, generales y doctores. Este «punto cero» que delimita la décima aritmética ínfima de lo que se ha convertido su rincón: el «Museo de Madame Tussauds» de la izquierda lagrimeante, esa que no quiere rehusar a desembarazarse de su propia «utopía» aunque no quiera vivir en ella, porque a ella solo merecen estar condenados los cubanos, y este viejo. 

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