Friday, November 13, 2015

¡París Somos Todos!

Quise sentarme a escribir, pero no pude. Las imágenes, los cintillos en la prensa, los mensajes, todo París hervía en mi cabeza con rabia, con dolor y también con mucha impotencia ante el crimen. Cinco terroristas musulmanes asesinaban inocentes personas que asistían a un concierto, una a una, con calculada saña y sangre fría.
¡No significaban nada!
Porque la vida, para estos que piensan y juran por «ESA» religión, no vale nada. En un innombrable y puto nombre claman su crimen. PUTA MIERDA DE NOMBRE, lo digo de una vez.
¿Cómo describir los sentimientos?
¿Qué palabras emplear?
¿Qué imágenes escribir entre signos de puntuación para transmitir esa inasible sensación de insuficiencia humana ante el salvajismo?
Y entonces nuestros políticos llamaron al lamento.
Veinticinco mil putas vidas quiere «salvar» Justin Trudeau de esa misma religión de sangre que hoy reclamaron vidas en París. No la menciono, no escribo sus letras que forman ese nombre despreciable. Tú sabes de quiénes hablo, degenerado.
Vienen a inundar nuestras calles, nuestros centros comerciales. Vienen a pegarse como la sigilosa sanguijuela a nuestros sistemas de ayuda al que lo necesita, y esos sistemas se alimentan de nuestro sudor, de nuestro honrado trabajo, ellos que no quieren sudar sino cuando claman nuestras vidas.
¿Y tú, miserable Primer Ministro, prefieres traer esos bonzos a nuestra casa?
¿No te provoca vergüenza?
Desde ahora te digo. Eres cómplice de los crímenes de París, de las más de cien vidas tomadas por los miserables hermanos de esa «religión» de sangre que quieres traer, con tanto apremio, a nuestros hogares, nuestras ciudades, nuestras provincias, todo Canadá.
¿Te han dicho alguna vez que eres PURA MIERDA?
¡Lo eres!
Cuando mañana vayamos a algún cine, o disfrutemos de algún concierto, o nos sentemos en un apacible café a tomarnos un refrigerio en un caliente verano de Toronto; cuando nuestros hijos correteen presuroros e inocentes por nuestros parques; cuando nuestras madres, hermanos, amigos, aquel señor anciano que ya terminó su vida de trabajo y hoy camina o hace su ejercicio en algún centro comercial cercano, o se sienta a mirar la vida silvestre de alguna esquina, o la señora que pasea a su bondadoso perrito, o el joven, guitarra en mano, que toma el autobús para alcanzar su lección de música; cuando el veterano de guerra acuda con su pequeña flor en su solapa derecha  a recibir su merecido homenaje, y un bebé le sonría, o una hermoza adolescente le brinde una flor; cuando el hombre fuerte levante su pesa, desentuma sus músculos, despliegue sus piernas en la carrera, el maratún o el salto con pértiga; cuando el obrero, el estudiante, el profesional y maestro, el dueño de aquel pequeño negocio que vistes crecer desde niño, la enfermera o el médico, el especialista en comunicaciones o el simple barrendero, un hombre común como casi lo somos todos acuda, camine, pasee o se apresure dondequiera sus pasos, uno de esas veinticinco mil miserables vidas tomará un arma, cargará su pecho de explosivos, aprisionará entre sus manos la pólvora o las granadas y matará a algunos de esos, a muchos de esos, a casi todos esos, o a todos.
Entonces, hijo de la gran señora desvergonzada, te aproximarás a algún micrófono y ofrecerás esas palabras de lamento.
¡Tú!, que eres cómplice de esos asesinos.
Las vidas no se salvan después de su muerte.
Uno de los lugares atacados por los criminales de París, la Basílica de Saint-Denis, es un templo histórico de la cristiandad europea. ¡Nuestra civilización!
No, no es un ataque aislado, sinsentido, no pensado. Es un asalto a la civilización occidental. Silencioso y con un propósito calculado: aniquilarnos, suprimirnos, desaparecernos.
¿Y nuestros vergonzosos políticos solo se lamentan?
¿Y nuestros despreciables maestros de ceremonias políticas solo saben acudir presurosos a planes irresponsables para sembrarnos de estas bombas humanas nuestros pueblos, ciudades y vecindarios?
Somos rehenes, y en nuestra propia casa, de los que nos invaden y exigen sus diezmos. Les abrimos las puertas, le entregamos nuestro dinero, nuestra comida, nuestros mercados y escuelas para alimentar su odio y matarnos.
¿Hasta cuándo hay que sentir «amor» por el sanguinario?
¿Hasta cuándo vamos a creer que las «comunidades de estos miserables» ya asentados en nuestras ciudades, alrededor de nuestras casas, al alcance de nuestros hijos, «condenan vigorosamente los ataques odiosos y despreciables»?
¡Lenguas mentirosas en corazones viles! ¡TODOS ELLOS!
Y Obama se lamenta, y se lamenta Trudeau y también secunda el lamento Hollande.
¡No necesitamos más lamentos!
Necesitamos que nuestros países sean nuestros, no de ellos.
No queremos más palabras de consuelo, queremos Justicia.
No queremos más declaraciones de condena, queremos acciones concretas contra los terroristas y los que los apoyan, material e intelectualmente. ¡TODOS ELLOS!
No queremos más miserables invasores de una religión criminal que no respeta al ser humano.
No queremos esas 25 mil desvergonzadas almas que clamarán nuestras vidas hoy, mañana, pasado, en algún futuro que no podremos ver por el crimen de su desverguenza y su propia vilesa.
Hoy fue París, y París ¡Somos TODOS!

Unas notas de sábado, después del terror.

Las noticias no se detienen, y como se esperaba ISIS reclamó la cuota de crimen en París. No habia sorpresa en el anuncio. También los asesinos y los cómplices de gobiernos asesinos han expresado «sus condolencias». Raúl Castro en su estilo seco, desgajado de toda sinceridad y calor humano articuló unas pocas frases de condolencias al pueblo francés, como si pudieramos olvidar su largo expediente de ayuda a todos los movimientos terroristas de este mundo. Y Al Assad «lamentó» y acusóa la víctima, Francia, de «contribuir con el terrorismo».

Cómplices y asesinos se juntas en las desgracias humanas. Ellos no sufren, por ellos mueren las víctimas, inocentes siempre de todo juego político.

En la mañana también la prensa francesa ha dejado saber que las autoridades francesas han encontrado un pasaporte sirio entre las posibles pertenencias de uno de los criminales.

¿Sirios los terroristas?

¿Es que hay que sorprenderse?

Me pregunto, solo es una pregunta después de estos hallazgos, me pregunto si esos crimenes de París no tendrían una conexió intelectual en Damasco, cerca del escritorio de Al Assad.

Y me pregunto si Raúl Castro, detrás de sus frases secas, estuviera agradeciéndole al mismo dios miserable de «aquellos» por haber contribuido a desviar la atención sobre la represión en Cuba, las escapadas de Cuba, y la miseria de Cuba.

Tampoco sería una sorpresa.

Nota: Foto de JACQUES BRINON (AP)

1 comments:

EADE BIKER said...

PARIS SOMO TODO
DONDE ESTA LA ENTILIGENCIA DE LOS PAISES DEL MUNDO

QUE NO SABIAN NADA DE LOS ATAQUE TERRORISTA EN EN PARIS

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ACUERDECE DE MI ESTAMO SOLO Y NUESTRA VIDA
HOY EN DIA LOS TERRORISTA VIVEN ESTRE NOSOTRO

----------------SALUDO DE MI PARTE==== WADE BIKER

DE DECENDECIA CUBANA
PERDONE POR MI ESPANOL