Monday, November 23, 2015

Los Políticos de Novela

No he tenido la oportunidad de leerme ninguno de los libros del argentino Marcos Aguinis, sin embargo creo que después de leer su entrevista en el diario español «El País» leeré alguno de sus libros. Aguinis comete lo que yo llamo un crimen de lesa verdad cuando cataloga al recién elegido Presidente de Argentina, Mauricio Macri, como un hombre que «no es un político, no tiene carisma y quizás esos defectos puedan ser un beneficio».
Lesa verdad, señor Aguinis. ¡Como que los cubanos hemos sufrido de ella tanto tiempo! No se su carencia, sino de su probable «abundancia».
Tal vez Cuba hubiera tenido alguna otra mejor suerte con un líder político con menos carisma y menos pathos de trascendencia que Fidel Castro.
A decir verdad, el carisma y esa ontológica patología de estar en todo, serlo todo, centrarlo todo y ser la prima ballerina assoluta de todo ha sido más una pretensión, y una construcción artificial y artificiosa de su propia autoría, que la propia verdad. Fue Jorge Edwards quien cometió el primero y el último, tal vez, de los crímenes de lesa verdad cuando escribió, en su muy conocido y odiado libro «Persona Non Grata», como el mismo Castro iba deshaciéndose de todos aquellos que le rodeaban, y que comenzaban a demostrar una mayor y muy desafortunada estatura intelectual que la suya, para rodearse de una corte de «vendedores de corbatas».
Frase lapidaria pero muy cierta.
Desde entonces, la ilustre izquierda intelectual, conociendo las debilidades patológicas del personaje, y necesitándolo a él y a su criatura revoltosa nihilista, le ha servido en bandeja de plata toda suerte de elegante tributo. Desde italianos periodistas de izquierda como Gianni Mina, cruzando las venas del Macondo garciamarqueano hasta desembocar en un colega rioplatense de Aguinis, el señor de «Rayuela», Julio Cortázar.
La visión del cubano, del simple cubano que ha vivido toda su vida en Cuba, que no ha salido del país y no ha tenido otra fuente para contrastar la imagen señorial, cuasi santificada de la deidad revolucionaria de este caudillo con botas y basbas, es algo más inasible, casi orgánica en su biológica naturaleza subjetiva. La imagen, además, ha evolucionado de generación en generación, degenerándose, perdiendo la sacralizada poesía inamovible de lo infalible.
Hoy en la juventud mayorea una indiferencia a la figura, al santo grial de su palabra. Las últimas décadas de su estancia en el poder generó, no solo el hastío de su palabra, sino hasta la propia burla. Pero, precisamente, eso ha sido también parte de nuestra desgracia social, porque el deseado «hombre nuevo» creció indiferente, hastiado de tanta política que trataba de escurrirsele hasta en sus sabanas húmedas, en sus bolsillos y portañuelas, en el carnal pedacito de sexualidad agnóstica que le quedaba de intimidad. De esta operación litúrgica ideológica nos ha quedado un producto indeseable, el oportunismo generalizado en una generación que crece con el signo del sobrevivir más allá del sistema, dejarlo pasar, cruzarle por el lado y vivir una existencia paralela, muda, silenciosa en tanto en cuanto su vida pueda de alguna forma subsistir.
Las heridas del «exceso de carisma» o de la sacralización de la mediocridad del carisma se hacen evidentes en la inexistencia de un proyecto político nacional en las generaciones jóvenes – no me cansaré de repetir hasta el cansancio, aunque algunos culpen a los demas, y los demas a cualquier otro en su pasado –, que escapan por bandadas, que le dejan «la política a los políticos», como si «los políticos» fueran una planta que solo los adecuados cultivadores de ideologías tuvieran el privilegio de plantar, ver crecer, seleccionar y cuidar de su sobrevida.
Nombres no faltan. Díaz-Canel, Carlos Lage, Roberto Robaina, Pérez Roque, Carlos Valenciaga, Luis Orlando Domínguez, Juan Contino, Victoria Velázquez, Joel Iglesias Leyva, la lista es demasiado larga en el jardín otoñal de esta «revolución abandonada» a la suerte de los «vendedores de corbatas». Las «plantas selectas» han perecido en el camino su transplante secular, quedan los transplantadores.
En la entrevista de Aguinis el argentino dice que el primer libro que escribió sobre su país se titulaba «Un país de novela», porque una novela no se sabe como termina. Desgraciadamente para Cuba la novela que podría haberse escrito se sabe, siempre se ha sabido, cómo termina, y a sus personajes coprotagónicos, no el principal, pero los que le rodean y sirven de corte al protagonista principal siempre les hemos conocido el final.
Presos, destituidos, «corrompidos» por el poder, como si el dedo que los acusara no lo estuviera desde el inicio. El poder corrompe, el poder absoluto corrompe de manera absoluta. Y la novela de estos absolutos corruptos de Cuba termina en la disidencia biológica de sus propios protagonistas, despreciando sus propios orígenes, sus propios estatutos ideológicos, su propia cacareada filosofia.
Todavía hay quienes abrigan un poco de optimismo sobre el futuro, sobre nuestro futuro como nación. Piensan que con la biológica desaparición también desaparecerán los pocos rasgos inamovibles que hoy quedan al cuerpo envejecido del experimento, sobreviviendo a las edades, los años y la inercia. Desafortunadamente no pertenezco a esos optimistas. Vale mirar en derredor, escuchar algunas voces de las disidencias permisibles que ahora vemos, las nuevas perchas de políticos de novela que, como dice Aguinis, podríamos no conocer de su final, pero desgraciadamente alguien con muy mala leche nos lo ha descubierto desde mucho antes y todos lo conocemos.
No, no creo en ninguno de ellos. No puedo creer en entidades que recorren las cátedras viejas con palabras acicaladas de verbos. Ya las he escuchado antes y las hemos visto dessembarcar en los mismos puertos de siempre. Lo peor que nos ha sucedido a los cubanos, y nos sucede, es que no conocemos la historia, la olvidamos o ignoramos, o cerramos los ojos a lo que nos enseña nuestro propio pasado como pueblo. Hay que volver al pasado para conocer el presente y ver como nos alumbra con luz muy clara el futuro.
¡Pero no lo hacemos!
Preferimos escuchar los viejos cantos de sirenas. Preferimos seguir creyendo el sonido de la flauta dulce de los encantadores de serpientes. Lo peor es que merodean nuestros lugares de anclaje en este mundo más-allá-de-Cuba, recolectan nuevas almas para su dolosa labor y los que le quieren oír oyen, los que quieren seguir vendiéndonos el mismo dulce vino nos empalagan con su canción y, al final, muchos, muchísimos terminan creyéndose el mismo cuento.
Por eso, cuando Aguinis me habla de la carencia de carisma de Macri yo me alegro por Argentina, me alegro porque ese «probable hombre gris» que será su presidente no tiene la arrogancia íntima del que se cree especial, elegido, trascendente, y puede se concentre en resolver los problemas exactos de su país y de su tiempo, del ahora y del aquí, en vez de estar dándonos lecciones de filosofia, mediática grandeza en interminables horas de aburrido verbo en los tele-medios.
Eso, más que cualquier otra cosa, sería bienvenido en Cuba para su probable salvación… si existiera.

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