Tuesday, November 24, 2015

Las puertas abiertas para nuestros hermanos cristianos

Una noche fría de abril llegué a Toronto. Durante todo el viaje me habia estado preguntando cómo sería el momento en que, por primera vez, mis pies tocaran un suelo que no era el de mi país – hasta entonces nunca habia salido de las fronteras líquidas de Cuba.
Recuerdo todo, todavía en mi memoria veo pasar las primeras luces, que eran las de New York y no las de la ciudad canadiense situada más al norte, mi destino final, Toronto. Mi preocupación iba desde el incipiente idioma, que nunca habia hablado hasta entonces, hasta como iba a ser todo el procedimiento con los oficiales de emigración, el recorrido por el aeropuerto, la llegada a mi lugar de destino aquella noche clara, muy fría para mis sentidos alertas. No puedo dejar de olvidar la anécdota graciosa de cuando un joven, evidentemente de ascendencia china, me preguntó algo antes de salir de los predios de emigración, y mi estupor al no poder entender absolutamente nada de lo que me dijo. Los acentos en este país y esta ciudad a veces provocan las más hilarantes situaciones. Me imagino que mi respuesta debe todavía estar provocando la misma risa a aquel muchacho de la misma forma que su pregunta la provoca en mí.
Nadie sabe con exactitud todas las preguntas y preocupaciones de un emigrante hasta el mismo momento en que lo es y recorre sus primeros pasos en su lugar de destino. Desde entonces todo ha cambiado, este es mi país. Aquí camino y respiro una vida de plenitud. Tomo un autobús o el metro, camino en la calle o recorro un centro comercial. Disfruto un café o paseo por las orillas tranquilas del lago Ontario. Vivo.
Esa vida que ayer era una promesa, hoy se ha transformado en una realidad. Por supuesto, detrás está mi país natal, los viejos contornos de mi niñez, las viejas memorias de entonces, los recuerdos y heridas de un pasado que todavía pesa demasiado para olvidar. No se puede olvidar, nos está prohibido a los que emigramos, especialmente a los cubanos.
Al menos a los de mi generación. La nueva es toda olvido, indiferencia.
Y es por eso que las preguntas son hechas en primer lugar desde mi vida como canadiense, como el ciudadano que soy, que paga sus taxes, gana su salario con el sudor de su trabajo cotidiano y quiere que las autoridades de este, su país, inviertan el dinero con que cada uno de nosotros contribuye, en lo mejor, en lo más adecuado para todos nosotros, los canadienses, en primer lugar.
Un país que no mire en primer lugar a sí mismo sacrifica su futuro como nación. Y no es egoísmo, es pura racionalidad.
Por eso me preocupan muchas cosas del nuevo gobierno canadiense, de este irresponsable Trudeau. Me preocupan las liberalidades que ponen en riesgo la seguridad de la que nos enorgullecemos nosotros, los canadienses.
Nuestro «flamante» Primer Ministro realizó toda su campaña política para ganar las elecciones sobre bases populistas, profundamente irresponsables. Liberalización de la marihuana, hay planes para venderla en las LCBO (tiendas de licores y bebidas alcohólicas), aceptación de 25 mil refugiados musulmanes sirios, retirar las fuerzas aéreas canadienses de su combate al ISIS, levantar las visas a México, etc.
Es muy romántica la imagen de un país compasivo con el extranjero – después de todo, ¿no es Canadá un país de emigrantes? –, pero ¿por qué la selección tan parcial a la hora de fijar los objetivos de política exterior de un gobierno?
¿Por qué la insistencia en la agenda Trudeau de obsecciones populistas como «el cambio climático», la crisis de «refugiados sirios», la «liberalización de la marihuana», entre otros?
¿Por qué empezar hablando de una economía de déficit fiscal, inversión de 12 billones de proyectos públicos que provocarán, no solo una evidente inflación futura, sino también el inevitable desembolso a nuestros bolsillos en el futuro cercano, aunque ahora a la clase media se nos prometa una «amnistía mínima de taxes»?
Señor mio, yo no quiero ninguna sospechosa amnistía de taxes hoy para mañana hundirme en las deudas y en el pago oneroso de servicios que no se podrán sostener con el déficit público.
Es simple y llanamente pura vanidad y arrogancia de un Primer Ministro obsecionado con su imagen de «rock star», más que con su responsabilidad política en el futuro de una nación que es hoy próspera, ¡que lo somos!
En estos días se han publicado las cifras de «refugiados sirios», todos musulmanes, que Quebec y Ontario recibirán. Nuestro regalo de Navidad: 16 mil sirios no-cristianos. Así amanecemos hoy.
¿Por qué recibir musulmanes, miembros de una sociedad cuya religión talmudista ataca, desde sus libros sagrados, su libro, es solo uno, las raíces cristianas de nuestra cultura?
¿Por qué Justin Trudeau, en vez de recibir musulmanes, no le tiende la mano a la minoria cristiana que también huye en Siria de los crímenes de los «extremistas» de la religión a la que le abre las puertas tan fácilmente?
Ah, ¡ya sé!, me replicará la inteligencia apocada de algunos occidentales, muy de moda en defender causas populistas, «también el cristianismo quemó herejes, persiguió y asesinó disidentes y judios».
Muy a propósito, ¿no es así, señores?
De un simple manotazo quieren borrar los siglos de iluminación intelectual dentro de nuestra misma iglesia. Borrar nombres como los de San Francisco y su «Sermón a los pájaros». Olvidar a San Benito y San Agustín. Eliminar de sus respuestas obscenas a Santo Tomás de Aquino y prescindir del hecho de que, todos ellos, absolutramente todos, recogen el fruto de lo más erudito y sabio de la cultura grecorromana.
Nuestros melancólicos sibaritas occidentales deciden obviar la existencia de los mismos terribles disidentes dentro de nuestra propia Iglesia, y su personal responsabilidad en la futura evolución hacia una religión humanista, centrada en el hombre. Olvidar al Savonarola que incendiaba con sus sermones a los pobres y clase media de Florencia para atacar la corrupción de su gobierno secular, y el mismo cisma provocado por Martín Lutero y la profunda revolución espiritual de su enfrentamiento contra el Papado. Pero, por encima de todo, nos quieren hacer olvidar de la influencia del Renacimiento en el advenimiento de una civilizacion centrada en las libertades individuales del ser humano, una religión humanista, y el posterior despege del cristianismo del centro de la vida política de nuestra sociedad. Pero, esencialmente, nuestra civilización hoy no es talmúdica sino cristiana.
Nada de eso ha «sufrido» el islamismo, que sigue siendo la misma oscura religión talmúdica de sus inicios. Ni herejes espirituales, a los que condena a muerte. Ni Renacimientos intelectuales, ni siquiera posibles interpretaciones al libro sagrado del Islam, «el Corán», que se pena también con la muerte. El islamismo hoy sí vive un resurgimiento de lo que en esencia es, extremismo. Y en eso tienen sus raíces culpables los mismos teóricos de esa religión, muchos «refugiados» en sociedades democráticas occidentales, principalmente en el Reino Unido, y que comenzó por aquella «revolución» iraní, muy santificada por la izquierza del momento, que expulsó al Sha de una de esas sociedades «Made in Sharia».
Nada ha cambiado. Y no es un extremismo.
Basta recorrer nuestros centros comerciales para observar, con frustración, como la «Sharia» comienza a observarse con abrumadora presencia por la comunidad musulmana. Como crece la presencia del chador y el velo. Por cierto, no es el «Corán» quien lo prescribe sino libros y leyes escritas sobre su interpretación que, curiosamente, no sufrió ninguna suerte de holocausto. No está de más recordar la contribución del ayatollah Khomeini con su «Libro Azul» – les recomiendo leerlo –. Los «mandamientos de Khomeini», que también es llamado así aquel libro, hoy se imponen como la ley islámica esencial, tan esencial para el «multiculturalismo» de este gobierno de Trudeau, que ha permitido el uso del chador y el velo en las ceremonias de aceptación de nuestra nacionalidad canadiense a estos «refugiados».
Me pregunto si entonces permitiéramos llevar a estas ceremonias el cilicio, las vestimentas franciscanas, grandes cruces y sortilegios cristianos de todo tipo, o del budismo. No estamos jurando y obteniendo el tributo de ningún Dios, y es sentido común que los que allí estamos, cantando nuestro himno a Canadá y jurando nuestra pertenencia a esta nación próspera, seamos iguales ante todos, y nos reconozcamos.
Mientras todo esto ocurre, nadie habla de aceptar cristianos. Nadie levanta la voz en el Parlamento en Ottawa por recoger los miembros de nuestros hermanos de religión, perseguidos en Siria. Nadie se acuerda de ellos. El Premier de Saskatchewan ha pedido que no se apresure el gobierno en recibir los 25 mil «refugiados sirios» y su llamado, en vez de recibir la aprobación coherente de todos nuestros políticos, más preocupados en su populista divismo mediático, se han apresurado a secundar la sugerencia salida de nuestras locales mezquitas: «racismo».
No se entiende que estemos más preocupados por una cultura basada en una religión de intolerancia, incluso contra los miembros de nuestra misma cultura en Siria a quienes condena a una muerte horrenda, como la muy antigua y recordada crucifixión (ver la imagen de una de esas abominaciones en la Siria actual con uno de los miembros de la comunidad cristiana), y el olvido de sus hermanos de iglesia en aquella región, del que nunca pronuncia una palabra.
«No habrá concesiones hechas por la seguridad de los canadienses», nos dice Trudeau en una de sus respuestas a las pocas críticas. «En términos de financiación estamos muy satisfechos con la forma en que las cosas están llevádose a cabo.»
Sí, de nuestros bolsillos saldrá 1.2 billones de dólares para olvidar a cristianos y aceptar musulmanes. El Departamento de Emigración Federal le ha dicho a algunos patrocinadores privados que el costo, por cada «refugiado», alcanzará un mínimo de 20 mil dólares canadienses en un período de 12 meses, y solo para necesidades básicas. A esto se une el que una docena de fuerzas militares en el Líbano, Jordania y Turquía que, en vez de atacar a ISIS, factor en las ejecuciones y crímenes de nuestros hermanos cristianos, se encargará de recibir y trasladar a los «refugiados» no-cristianos.
La política occidental sobre Siria es sencillamente una burla a la inteligencia humana y, en primer lugar, la canadiense. El objetivo fundamental de esa política debe ser que los refugiados retornen a sus lugares de origen, que puedan vivir allí, en paz, eliminar las causas que provocan estas crisis de emigrados, causas conocidas por todos pero temidas de ser dichas públicamente por las figuras políticas que nos dirigen.
Causa verdadera vergüenza oírlos defender al Islam y olvidarse de la suerte de sus hermanos de religión y de cultura. Causa estupor ver las puertas de nuestro país abiertas a los que reniegan de nuestras raíces espirituales y viven en bolsas aisladas en nuestra sociedad, y ver el olvido en que los cristianos viven su suplicio en las tierras donde el Islam se ha convertido en política de estado.
Las puertas de nuestro país, por responsabilidad esencial espiritual, deberían estar abiertas, en primer lugar, para nuestros hermanos cristianos mucho, muchísimo antes, que para los miembros de otras denominaciones religiosas que, como mínimo, han sido demasiado tímidas, no solo en condenar los abusos y crímenes de sus «hermanos» para con nuestros Hermanos en sus propias tierras, sino para la resolución definitiva de ese holocausto que día a día vemos ejecutar ante nuestros propios ojos, y ante la mirada de indiferencia de nuestro políticos, como el señor Trudeau.

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