Saturday, November 14, 2015

La segunda muerte de Neruda

Era una mañana húmeda y gris, algo fría para la época del año. Transcurría Octubre. Acabados de llegar al trabajo, temprano, y nos habían comunicado que teníamos que tomar «la guagua» de los trabajadores, que es como en Cuba se le llama al autobús, y dirigirnos a una intersección de Malecón, en el Vedado, que era el lugar «asignado» para ir a «despedir» los restos del Che Guevara. Después de tres días de velatorio en la base del monumento a Martí, en la plaza, partían para Santa Clara, lugar donde se habia levantado otro monumento de piedra con niches y donde reposarían aquellos, sus supuestos restos.
No llegó a llover. Al bajarnos del ómnibus ya se encontraban allí otros centros de trabajo que habían «liberado» su preciosa carga, otros trabajadores a los que le habían designado el mismo lugar, la misma intesección. Nosotros nos quedamos detrás. Muy pocos comentaban algo, sencillamente a nadie le interesaba la utilidad de aquellos huesos, aquella procesión estrafalaria de un exótico rito funeral desconocido por el cubano. Alguien hizo algún chiste. Unas sonrisas para romper la atmósfera enrarecida, y volvimos a nuestras cotidianas conversaciones de trabajo.
Como a los quince minutos pudimos ver a corta distancia como la multitud se iba dispersando y desapareciendo de aquella avenida costera. La «procesión funeraria» se acercaba. Y así, pasó, veloz, una caravana de autos largos grises rodeados de una motorizada de la policía, que conducía aquellos huesos.
Yo aproveché la ocasión para tratar de encontrar un café en un pequeño timbiriche de la «Calle Línea», y perdí el viaje de regreso en el ómnibus obrero.
Nunca le dí ningún significado particular a aquel ritual. No he encontrado nunca alguna razón para homenajear restos de desconocidos, aunque algunos le escriban su leyenda. Mis restos son los de los mios, de mis padres y abuelos. Los que me dieron la vida y sacrificaron la suya para yo tener la que tengo.
Aquel sacrificó mi libertad en nombre de una ideología que me expulsó de mi país. No merece respeto.
¿Por qué entonces el ritual? ¿Por qué esperar treinta justos años para retornar unos huesos oscuros que nadie puede certificar sean los suyos verdaderos? ¿Por qué no dar reposo a unos restos?
En la plaza estuvieron unos pocos días. Y llevaban también a los obreros, centros de trabajo en andas. Los recogían en sus lugares de labor y los «descargaban» en aquel lugar soleado, haciendo el ritual tan acostumbrado del cubano por la comida: la criolla cola.
Ni papas, ni cebollas, huesos ajenos. Piltrafa mortuaria de alguien que no creyó en la vida, que comenzó la leyenda fusilando entre muros y piedras a otros, para que le levantaran una casa mortuaria también de piedra. Tal vez para recordarle aquellos otros muros donde perdieron las vidas otros cubanos. ¡Por él! Por esos restos que recorrían veloz en un alargado auto gris y oscuro un día de Octubre de 1997.
A la piedra la secundaba la piedra.
Recuerdo que fue en los días bastante cercanos después de fallecer la princesa Diana, y en las puertas del Palacio de Buckingham se amontonaban miles, millones de flores de tantos londinenses que acudían a rendirle su personal tributo. En Londres no recogían a los obreros los autobuses para «descargarlos» a las puertas del real palacio. Velas, niños, pétalos que el viento acumulaba contra aquellas rejas que rodeaban el palacio real del Reino Unido. Un país detenido voluntariamente por un asombroso sentimiento de cercanía con aquella mujer alta, hermosa, rubia y delgada.
En la soleada plaza, en la base de piedra y mármol de aquel monumento monstruoso al más humilde de los poetas y cubanos, una pequeña variedad de flores para unos restos. Muy pocas, algunas ordenadas y descargadas por sindicatos y agrupaciones oficiales. La larga cola humana esperaba impaciente. Manos vacias. Y cuando llegaba su turno, subía aquella empinada pendiente, entraba en el recinto silencioso y vigilado donde estaban los supuestos restos, casi sin mirar, apresurados y nerviosos, para salir y regresar a casa o a tomarse algún refrigerio en los pocos lugares que vendían algo para calmar la sed y el calor.
Dos muertos. O para decirlo con más precisión. Una muerte y una resurrección de huesos calcinados, húmedos, desconocidos, anónimos en su sospechosa identidad. Un cuerpo sin vida en Londres, adorado por miles y en tribuna de flores. Unos restos ordenados, militarizados en un cuartel de piedra. Y una ordenanza de muchedumbre.
¿Por qué los volvieron?
En La Habana se «corrió la voz» de que uno de los hijos del difunto se habia opuesto a que lo sacaran de Bolivia. Aquel era su lugar, allí murió, allí debía quedarse. Eso decían. En su lugar la postiza voz arguentosa de una cubana-hija-del-difunto, con un acento desconocido de criollez, recibió en el aeropuerto aquellos despojos grises. ¿Eran los suyos?
Alrededor de las once de la mañana el sol se levantó en la ciudad y La Habana volvió a sonreir de calor. Todo habia sido un sueño acomodado, ordenado, sutilmente arreglado para un ritual.
Eran años de hambre. Años de oscuridad. Años donde a la mesa llegaban muy pocas cosas. Necesitabamos unos restos.
Cuando a las revoluciones le faltan héroes, cuando esos héroes se marchan o desaparecen, cuando a las estrellas en boinas oscuras se le deslustran los colores, se necesitan de otras cosas. En un período de muerte, en un período especial de miseria, en un período de desolación de voluntades, aquel pais necesitaba resurrecitar un fantasma.
¡Y apareció!
¿Qué por qué recuerdo todo esto?
Me he tropezado tantas veces en estos últimos meses con el nombre de aquel otro, del poeta comunista. Un poeta terrible que le cantó con caracolas a la mujer, de romance y de endulzada belleza en sus versos. Un encantador de palabras, perfecto ensartador de imágenes. Neruda con nombre Pablo.
«Me detengo en los Urales y expando el alma. Un canto de martillos alegra el bosque antiguo como un nuevo fenómeno celeste. Y aquí veo mujeres, amor, fábricas y cantos, escuelas que brillan como flores»
¡Que triste!
Se le olvidó decir al poeta que allí, tan cerca, casi al oído del canto de esos martillos, o de sus quejidos, el nuevo fenómeno celeste era el hambre ucraniana, o la marcha cargada, cansada, del campesino bielorruso, del polaco-soviético, del niño campesino que moría de hambre en la ciudad, sin el pan, sin el canto, sin las estrellas. Aquel niño que atrapaba en la noche la guardia soviética para que encontrara su muerte lejos de los ojos incautos del indiferente militante comunista ruso. ¡Y clamaban ver la luz, su luz, la de las estrellas, antes de morir!
¡Era «la maravilla de la energía domada» de Neruda con nombre Pablo!
¡Que infeliz!
Murió en una isla Negra. Compuso unos versos demasiado tersos sobre Stalin. Y se equivocó, pero olvidó rectificarlos.
Murió en una clínica, ahora dice su chofer que de una inyección envenenada. Compuso otros versos sobre una revolución caribeña y un castro-barbudo de nombre Fidel. Y se equivocó, y otra vez olvidó rectificarlos. O no tuvo tiempo.
Aquel castro-barbudo le tendió su trampa en una carta. No firmada por él, que siempre tiene suficientes albáceas de adulación para que le emborronen los venenos. Lo acusaron de pro-imperialista, de aristócrata del imperio, de versos burgueses y finura monárquica. A las revoluciones le encantan los versos dulces, pero carecen de una memoria para recordarlos.
Le sembraron el cáncer en el cuerpo enfermo de su poesía, y el poeta amaneció leyendo discursos en vez de escribir poemas. Se le olvidó al artista que la poesia es el canto esplendoroso a la individualidad del ser y del espíritu. Que cuando esta se ordena, se agazapa el verbo político, las rimas se entiesan, se endurecen los cantos y las palabras se convierten en esa voz dura que resuenan en los cuarteles. Los versos se transforman en himnos.
Y esta vez, por segunda ocasión de tragicomedia, se enfrentan en las alamedas chilenas las ideologías partidistas a la lógica encaracolada de la palabra del poeta. Le exhuman por segunda vez, quieren encontrarle el veneno. Lo necesitan resurrecto en segundas muertes. Hoy, cuando a la izquierda ya no le quedan los restos ideológicos de ninguna revolución que sobreviva. Cuando Cuba se les muere, se les murió desde hace mucho tiempo.
Acuden a palabras, a anécdotas desconocidas, a testimonios silenciados por más de 40 años por un chofer, alguien que nunca contó y hoy cuenta, que nunca mencionó y hoy menciona, que nunca recordó y hoy recuerda. La voz de un hombre contra evidencias.
Probarán cualquier cosa. Sucumbirán a la necesidad de tener vivo de nuevo a aquel muerto. ¡Lo necesitan! ¡Tienen que tenerlo!
¡El comunismo ha muerto! ¡Que viva el comunismo!
¿Qué hará esta vez Neruda por Chile, por algunos chilenos, por los mismos que hundieron a aquel país en las profundas y oscuras divisiones que no recoge ninguno de los poemas del Neruda que fue Pablo?
Lo necesario. Levantar un muro. Erigir un mármol. Salvar una estrella muerta. Es solo un espectro, un conjunto de huesos que se necesitan para sostener otro cadáver.
Y  yo, pobre mortal que no escribo versos, ¿cómo veo a este Neruda, al que fue poeta y hoy solo son restos, al poeta de los versos, no al de los himnos, al poeta de los cantos y palabras dulces al amor y no al de los gritos de cuarteles y cornetas?
Lo veo como aquel, en Isla Negra, recordando a su perro muerto:
“Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una máquina oxidada.
Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje.
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.
Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.
Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba en mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestare nunca,
y sin pedirme nada.
Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.
Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.
No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.
Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.”
Ya se fue y lo enterró, ¡déjenlo morir!
Los poetas solo sirven para componer poesía. La política, las ideologias y los cantos de ordenanza son la prosa despiadada de los intereses. Ellas solo sirven a senadores, congresistas, presidentes y tiranos. No componen versos.
No hay nada más triste que un buen poeta transformado en un pobre espectro de politico, tirando piedras a sus versos, destrozándolos, hundiendo el hocico, ¡no el de aquel soberano perro!, el del otro, el del terrenal e insaciable cerdo, que hunde su trompa hambrienta en el lodo y en lo podrido de la tierra para encontrar las preciadas trufas. El hombre recordará el delicado aroma de la preciada trufa, el cerdo será olvidado con su pestilencia.
Te vuelven a matar otra vez, Pablo Neruda. Los mismos, pero diferentes. Tal vez en aquel pasado te necesitaban vivo. Hoy en vida no les significas nada. Solo tu muerte, solo tus huesos, solo los restos grises de tu terrenal figura les representan algo.
Tienes la misma enlodada utilidad de aquellos supuestos restos del argentino que se hizo cubano para morir en Bolivia, clamando cobardemente por su sobrevida. Necesitan esta segunda muerte, para sobrevivir.

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