Friday, November 20, 2015

La Desverguenza y el Mar

Es una falta total de respeto a la inteligencia y una desverguenza del (des)gobierno de Castro el culpar a otros del éxodo masivo de sus ciudadanos. Cuando las personas se marchan de un país de la forma en que los cubanos nos hemos ido, masivamente, por todos los medios, legales e ilegales, quedándonos en un frío aeropuerto canadiense en ruta hacia la «Unión Soviética»  – para nunca más unida –, en balsas atravesando el furioso «estrecho» que todos sabemos que es el de la Florida, con un pasaje de avión hacia Ecuador, o de turismo a México, a merced de los traficantes de personas, a merced de descarados gobernantes sandini-castros, que acumulan dinero y desverguenzas a las llamadas de su mentor cubano, cuando eso ocurre la primera causa, la primaria y casi siemprela única, es del sistema en que viven esos migrantes, nosotros.
Pero, al parecer, hay que llevar el caso a lo personal para contestar a estos esbirros convertidos en faraones criollos, que no quieren abandonar el puesto que usurparon ni aún después de muertos, so pena de legárselos a sus hijos, nietos y basura descendiente.
Así que asumo la primera persona.
Me fuí de aquel lugar incorpóreo – no digo país, mi país, porque él no se ha marchado de mí –, no porque existiera ninguna ley «de pies secos y mojados». Yo no me fui para los Estados Unidos, aplique en la embajada canadiense, «aruñeé» bastante trabajo y sudor para reunir el dinero, el duro dinero del emigrante, que nadie me prestó y facilitó, y emigré de manera legal a este país en el que algunas veces patino en el hielo.
Años de persecución por movilizaciones militares a las que no queria ir, ni fui; multas por una inaxistencia que no pagué; persecuciones nocturnas a mi casa, la de mi madre, por oficiales a los que nunca me importó despreciar y eludir, en horarios tan inauditos como los de la madrugada; acoso en los lugares donde trabajé, al punto de tener que solicitar vacaciones y huir a casa de familiares en el centro del país, donde vivían muchos de mis antepasados, hasta llegar a la última, la que de seguro no iba a poder escapar, la cárcel. Desgraciadamente para mis captores, un teniente-coronel del ejército, esa noche ocurrió cuatro días después de haber aterrizado, felizmente y con solo 60 tímidos dólares en mi bolsillo, en Toronto.
Infelicidad de mis captores que tuvieron que marcharse en su lada frío sin el «capturado».
Fueron cuatro años de una verdadera persecución a alguien que nunca le interesó defender ninguna «revolución», porque no defiendo dictaduras aunque le pongan apellidos románticos de izquierda. Todas terminan teniédolo.
Me fui de mi país, pero mi país no se fue de mí, no me lo pueden quitar, está conmigo, en cada momento de mi vida. Mi país no son esos himnos pomposos que entonan en esa plaza arrebatada a los civiles. El «Martí» no fue hecho en mármol para vigilar fusiles y botas militares, sino para acoger con su sombra a la pareja de enamorados, al hombre feliz, al niño que no tiene que crecer con la amenaza del servicio militar obligatorio.
Mi país es algo más inasible, tan inasible, ¡tanto!, que aún, después de 56 años, los que usurpan su libertad no saben qué cosa es, y por eso desprecian a sus nacionales, los empujan a la muerte, al éxodo, al abandono en manos solidarias de otros pueblos, humildes pero con el alma que no poseen los que provocan esos éxodos. Es el desprecio de no tener nacionalidad lo que ha llevado a estos petrimetres vestidos de verde a empujar al mundo al cubano, sin darse cuenta que quien se marcha es Cuba, y ellos se quedan con la cáscara vacía de su cuerpo.
No, señores de las botas, y sus lamebotas de oficio cuando todavía no se han marchado también, yo no me he ido, ustedes fueron los que se marcharon. No tienen ni la identidad ni el suficiente valor de enfrentar al cubano simple, a ese que hoy está varado en Costa Rica llevando a su isla a cuestas, como ese caracol criollo que lleva su casa sobre los hombros, para mostrarle al mundo cómo es su casa, de qué esta hecha y cuál es su condición.
Las «revoluciones» dejan de serlo inmediatamente que sus hijos las abandonan. La de Cuba dejó de existir, se marchó en el camino de sus hijos, ya son muchas generaciones que se la han llevado y, en todos estos años, aún siguen huérfanos de razones para justificar el por qué de nuestra marcha: Cuba no está en aquel país, ustedes la expulsaron en una balsa.
En Camarioca, en las lanchas y yates del Mariel, en la marea de balsas del éxodo del 94, en los «balseros de pies secos» de este fin de año en Costa Rica. Cuba se va, ustedes se quedan, por el resto de sus vidas, cada dia más solos. Es ese gobierno de proxeneta que vende el país al mejor postor extranjero y le da la patada al nacional, después de haberle esquilmado hasta el último sudor de su frente, su voluntad de vivir, la vida, la poca vida que le ha quitado.
A nuestros padres y abuelos les quitaron sus propiedades, las pocas que tenían con su esfuerzo honrado, pero ustedes se quitaron a sí mismos su vergüenza y su pertenencia a ese país que ya no tienen. Son, en definitiva, bastante desventurados, y por esa desventuran desprecian a los que nos fuimos, a los que se van y los que seguirán marchándose por cualquiera de sus puertos, aéreos y marítimos, legales o ilegales.
El poeta de mármol, desde aquella altura mirando la plaza desierta, pudiera responderles: nos fuimos porque es mejor vivir «sin Patria, pero sin amo». Se los dijera si no fuera por la propia desmemoria de los que moran detrás de sus espaldas, en aquellas oficinas. Pero hasta el mismo Poeta se les ha escapado.
¡Pobres de ustedes!
Por cierto, muchos de los que están en Costa Rica, encallados en sus esperanzas y sueños, los otros que se fueron en el 94 o cuando el Mariel, no saben con seguridad qué cosa es ser cubano, porque lo son ellos mismos. Cuando se es no hace falta averiguar qué cosa significa la cubania, qué cosa es ser Cubano. Sencillamente SE ES.
Cuando se carece de esa membresía espiritual, íntima, escondida en el ser inasible que los hombres denominan «alma», siempre se acusa a algún otro de robársela a los demás, porque se sabe a ciencia cierta qué es, y se conoce íntimamente que no se le tiene.
Así, en definitiva, ustedes se han convertido a sí mismos en los invasores, apátridas extranjeros en un país que fue nuestro y se ha ido, se sigue marchando. No nos hace falta mirar la bandera al lado del pedestal del Apóstol, porque el verdadero Martí no es de mármol, si no de ideas, de versos, de sentimientos, de voluntades.
Tengo mi bandera en la misma entrada de mi casa, ampara la puerta como un soldado resguarda el más sublime tesoro, el más valioso. Es la mejor vigía de mi casa. Ya sé, para algunos ella también ha sido robada, pero !no! Ella no se deja robar tan fácilmente y cuando abro la puerta es ella la primera imagen que descubre mis ojos. Y con ella regresa el aroma virgen de La Habana, de la verdadera, no de la carcomida, apóstata, con muletas como San Lázaro, que se cae en pedazos mientras se levantan vidrieras de proxenetismo para el turista.
¿Cómo es que le dicen los gallegos, mis ancestros, a la memoria del terruño perdido?
«Morriña», me responde mi abuelo desde su memoria, allá, lejos, en los muelles de madera de aquel Caibarién cuando me llevaba a caminar siendo yo un pequeñajo de seis años. Allí vivía su cuerpo, porque su alma recorría cada día los mares que separaban ese pueblo de pescadores con aquel otro de su niñez, Malpica. Y regresaba a su casa de piedra, al aroma del pescado, al salitre y al agua, a la voz de su padre que también lo llevaba a caminar por la orilla rocosa de aquel perdido lugar del norte de Galicia.
Entonces, mi abuelo me cogía de la mano, pequeña, firme, regordeta, endurecida de tanto trabajo y, frente a ese mar, más allá de las pobres embarcaciones, del pescado, del olor salitroso a mar, arena y marisco fresco, me señalaba un lugar, lejos, tan lejos que se confundía con el hilo infinito del horizonte:
«Yo vivía cuando era como tú allí» me decia. «Teníamos una pequeña casita de piedra. Mi padre también se hacia al mar como estos pescadores. Yo lo veía venir cada mañana, lo esperaba a la orilla del mar, y él me hacia tocar el agua como lo hago hoy contigo y me pedía recordar a España en esas aguas. Me decia que esa agua era España y que tocándola, dondequiera que estuviera, volvería a saber de esa España, de ese pequeño lugar, de Malpica, de ese pequeño rincón donde habia nacido. Tú siempre podrás volver a regresar. Es más, nunca te has ido. Tócala, mira», y me hundía mis pequeñas manos en el agua oscura de Caibarién, con olor a mar y a pescado. «Es la misma agua. Viaja millas y millas y regresa para volverse a ir. Los países, las ciudades, los pequeños pueblos, tu casa, nosotros, todos, somos como esas aguas. Todos los días se van. Todos los días regresan»
Tal vez lo dijera de otra forma y mi memoria de adulto le adorne las palabras con mi poesía de niño, pero eso no importa, las palabras tienen el mismo significado. Su voz le temblaba en ocasiones cuando intentaba atrapar esa agua que «era España», y yo nunca lo entendía, nunca logré entonces entenderlo. Yo miraba aquella línea entre gris y azul, que se perdía de noche con el sol, como pescándolo tambien en su inmena red oscura, profunda y pensaba que mi abuelo me contaba un cuento, me hacia una historia, adornaba una leyenda bonita o, tal vez, quería sembrar algo más que una esperanza, la de mi regreso a España.
El no volvio nunca más a verla, corpórea, y yo me fui de Cuba.
Hoy, hoy comprendo a mi abuelo, ¡más que nunca!. Ya sé por qué él tocaba el agua y pensaba en su España, su Galicia, su Malpica, su casa de piedra. Hoy sé que no es necesario trasladarse a ningún otro lugar y sentir que hemos vuelto.
Cuba no se ha ido, son otros lo que han dejado escapar su cuerpo. ¡Nosotros vivimos con él muy dentro!
Por eso molesta tanto esa desverguenza maligna, cancerígena, sucia, esa desverguenza que denota la frustración del huérfano de pertenencia a algún lugar. Dejaron irse a Cuba, mientras nosotros seguimos guardándola en nuestras manos.
¿Es que todavia no se enteran?

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