Monday, November 16, 2015

El asalto a la razón

Era viernes 13 a las 4 y 30 de la tarde, pero como cualquier otro viernes los centros comerciales comenzaban a sentir el flujo continuo de personas que salían del trabajo, o de los centros de estudios, o de casa, sencillamente para tomar un café, un refrigerio, hacer alguna compra, o simplemente comenzar a despejar el peso de la semana. Yo también estaba entre esos, tomándome un café, mirando pasar el río interminable de personas que bajaba por las escaleras eléctricas.
Desde donde estaba podia oír el murmullo continuo de dos mujeres vestidas con el tradicional chador musulmán, estaban sentadas en la mesa frente a donde yo estaba. Conversaban en uno de esos idiomas del cercano oriente, un continuo murmullo gutural, como el susurrar doloroso del agua entre piedras y arena. A su lado, un pequeño carrito con un bebé que se adormecia chupándose el dedo, mientras otros dos jugaban con un helado oyendo el cotorreo contínuo de los mayores, la niña interrumpiendo a la madre, el niño riéndose y halándole el pelo a cada rato, y protestando. Para las dos mujeres los niños no existían, sonreían, movían las manos, los dedos largos, sorbían una bebida rojiza a la que no acababa de hallarle el origen, ¿un batido, un jugo? Cualquier cosa.
A mis espaldas un grupo de jóvenes conversaban y reían, chequeban los celulares y se interrumpían los unos a los otros, en voz alta. Por las escaleras seguía bajando la corriente continua humana. Niños, jóvenes, mujeres con el chador o con solo un pañuelo alrededor de la cabeza, cubriéndole el pelo. No sé si era la curiosa sensibilidad que en estos últimos meses me ha traido el tema de Siria, los emigrantes atravesando el Mediterráneo, las muertes y naufragios en Grecia, las noticias y tragedias con que nos asaltan los diarios, pero ultimamente habia notado el incremento exponencial de musulmanes en todos lados. Tal vez era más consciente de su existencia.
Por todas partes me tropezaba con ese trapo oscuro rodeando la cabeza, tapando el rostro a veces, o el velo opaco donde se escondían unos ojos, un rostro desconocido. Figuras que desde lejos podías recortar con la vista, situarlas en el horizonte, en tu línea de visión en cuanto entrabas a un centro comercial, un mercado, ibas al parque o cruzabas «Nathan Square» o cualquier otra plaza pública.
Y este viernes no era un día diferente, pero lo era.
Los veías pasar. Mujeres con dos, tres niños, arrastrando un cochecito o conduciendo la pareja de chicos con sus perretas y gritos, sus juegos y saltos. Muchas, por dondequiera. Demasiadas, ¿o era mi sensitividad de viernes 13?
Y entonces chequié en mi celular las noticias. Explosiones en el estadio de París, muertes, secuestros en una sala de concierto. Cientos de muertos. Sangre. Torturas. Tiros. Bombas. Terror. Ataques simultáneos de terroristas musulmanes en la «Ciudad Luz». Y ya se hacia de noche en Toronto, pero en París hacia rato lo era.
En derredor, una paz y una tranquilidad sobrecogedora.
Aquellas mujeres seguían conversando, la pareja de niños seguía molestándose y molestando, los jóvenes seguían su ritmo de celular, mensajes, gritos y aspavientos, y la continua corriente humana sin descansar, descendiendo los escalones mecánicos hacia el vientre profundo del centro comercial.
Todos ajenos a la tragedia de París.
Lo más sobrecogedor es que han pasado los días, y a pesar de las insistentes noticias e imágenes, este país sigue en el letargo. Muy poca gente habla de Francia, muy poca gente se interesa en las víctimas, muy poca gente conoce con exactitud lo que ha pasado.
Allí mismo, mientras yo sentía la frialdad, la helada frialdad de terror subirme por la espalda al leer los detalles, el horror en Bataclan, los demás se desentendían, y estos espectros vestidos de negro, con los rostros ocultos, seguían hiriendo las venas de mármol del centro comercial donde me tomaba el café.
El resto es indiferencia, esa indiferencia que algún día puede costarnos la paz en este pais.
Enseguida traté de hallar las reacciones oficiales a los atentados en Francia. En la Casa Blanca, por ejemplo, Obama acababa de declarar unas palabras inauditas para mis oídos, y mi inteligencia.
«No quiero especular, en este momento, en términos de quiénes fueron los responsables de esto»
¿No lo sabe, señor Obama, después de las muertes del 11 de Septiembre, de los atentados en Madrid y en Londres, del mismo horror que ocurrió en «Charlie Hebdo» en París?
¿Es que yo miro a mi alrededor y usted no?
¿Es que no es suficiente caminar por nuestras calles, visitar nuestros mercados, ver cómo se alzan las mezquitas donde se oyen las palabras de amenaza «a los infieles»?
Nosotros, nosotros quieren decir cuando hablan de «los infieles». Los que no llevamos velo, o no nos ponemos el trapo alrededor de la cabeza y no decimos «Allah Akbar – Alá es Grande».
No, yo no empleo en esa frase la palabra Dios, no es el mismo, señor Presidente Obama.
Quise conocer la reacción de Ottawa, sabía cuál podria ser, sabía que aquel que hace poco habitaba en aquellos muros pudo cobijarse allí gracias a los votos otorgados por la creciente comunidad musulmana de este país, una comunidad que supo cultivar su amistad, supo aupar su subida al trono, y que él también astutamente supo adular.  No es una comunidad enorme, pero es una comunidad ordenada, bien obediente, que acude al llamado del voto cuando sabe que es oportuno. De hecho él esta ahí «gracias» a la actitud populista de este «príncipe liberal». Hizo promesas, les oyeron sus promesas, recogió su beneficio.
Pues, bien, a Trudeau de nombre Justin, que no canta ni es Bieber aunque farandulea como aquel otro cuando llega a las reuniones del G20, y se toma selfies y se gasta la imagen de «rock star», no le tiemblan las manos para saludar la ola de emigrados de la Siria, la misma Siria que embarcó a algunos de sus hijos para que provocara el horror enParís, aquel mismo viernes 13.
Otra vez miro a mi alrededor, perfiles humanos de todos tipos cruzan, bajan las escaleras, conversan, siguen siendo engullidos por este monstruo de hormigón y cristal, muchos de ellos de la misma edad, con rostros muy parecidos y vestidos de gente normal, de «familias honradas» – así lo leí en algún diario–. Puede ser el rostro de este joven que baja chequeando su celular, ¿algún mensaje? O la mujer del coche y los dos niños, siempre el conocido coche y los niños.
¿Es que alguien tiene el perfil peculiar de terrorista? ¿Existe alguna característica especial fisonómica, ergonométrica que nos permita delimitar las personas honradas, pacíficas, sencillas, de los que siembran la muerte? ¿Alguna mancha, alguna marca diabólica?
Hoy los inmigrados son musulmanes en su inmensa mayoría, ¿no te has dado cuenta de eso?
En Italia, por ejemplo, hay dos millones y medio, es decir, el 4,3% de toda la población, y el 5,6% en el Centro y en el Norte de Italia. Es un porcentaje que iguala y a veces supera al de las ciudades inglesas o francesas o alemanas más invadidas. Por su parte  en los Estados Unidos las proyecciones de la población muestran que el número de musulmanes será más del doble en las próximas dos décadas, aumentando de 2.6 millones en 2010 a 6.2 millones en 2030. Y en Canadá se espera que la población musulmana se incremente del millón que ya tenemos (2.8%) a cerca de 2.7 millones en 2030, es decir, el 6.6% de la población total. Y hoy somos ya 35 589 809 canadienses.
«Statistics Canada» reporta, por ejemplo, que de los inmigrantes que llegaron entre 2006 y 2011, más de la mitad, el 56,9% (661.600 personas), provenía de Asia (incluyendo el Medio Oriente). Entre los países del G8 Canadá tiene la mayor proporción de personas nacidas en el extranjero (20,6%), seguido de Alemania (13,0% en 2010) y Estados Unidos (12,9% en 2010). Y el censo indicó que el 60% de los 1,2 millones de inmigrantes que llegaron a Canadá entre 2006 y 2011 se estableció en tres grandes ciudades: Toronto, Montreal o Vancouver.
Muchos de esos que me rodean, tal vez estas dos mujeres y los tres niños llegaron en ese período de tiempo y se establecieron aquí, quizás conversen de aquel momento, o tal vez ese manantial de sonidos, que interrumpen los gritos de estos jóvenes a mi espalda, comentan los chismes, las anécdotas o cualquier otra información trivial ocurrida en la familia desde la última vez que se habían visto en algunas de las mezquitas de esta ciudad.
Ah, las mezquitas, ese es otro tema. ¿Hablamos de ellas?
Algunos datos.
El mundo tiene unas 3,6 millones de mezquitas, lo que representa una por cada 500 musulmanes, según un informe de la empresa Delwit que difundió la Agencia Islámica de Noticias (AIN) hace muy poco. El trabajo, realizado con la colaboración del Centro Dubai de Desarrollo Económico Islámico, indicó que la cifra de mezquitas en el mundo alcanzará 3,85 millones en el año 2019. De acuerdo con el mismo informe existe una diferencia entre la cantidad de mezquitas edificadas y el crecimiento poblacional de los musulmanes, particularmente en Europa.
Veamos algunos ejemplos. A ver, ¿Francia?
El presidente del Consejo Religioso Islámico en Francia y rector de la mezquita de París, Dalil Boubeker, afirmó que los musulmanes en ese país necesitan el doble de las mezquitas existentes. Lo mismo ocurre en el Reino Unido, donde hay una mezquita para cada dos mil musulmanes, lo que representan el 5% de la población británica.
En Rusia, por otra parte, el número de mezquitas construidas supera las 7.000 en menos de tres décadas, es decir que hace 30 años atrás, cuando existía la URSS, la Federación Rusa solo tenía 100 mezquitas. La fuerza impulsora de la islamización es la inmigración proveniente de países musulmanes. Esto no lo dice Putin ni su gobierno, lo dice el Consejo de muftíes de Rusia. Según ese Consejo el número de musulmanes en Moscú es de aproximadamente 2 millones de personas,  650 mil personas en San Petersburgo y en la región de Leningrado hay 750.000. El número de musulmanes en el conjunto de toda Rusia es de unos 20 millones de personas.  Pocos, ¿eh?
¿Se pregunta ahora por qué Putin interviene en Siria?
Tomemos ahora Cataluña, que se quiere separar rabiosamente de España. Esta provincia se ha convertido en el principal foco del yihadismo del país ibérico con una población musulmana cercana al medio millón de individuos, de los 7,5 millones que viven en ella. Los datos que maneja el Ministerio del Interior sitúan allí a 50 de las 98 mezquitas españolas (en España hay 1.264 centros de oración musulmanes) que están siendo vigiladas día y noche por lanzar el mensaje más radical de la rama suní del Islam, son las denominadas mezquitas de corte salafista.
Y a Merkel, que también le ha abierto los brazos a la ola de inmigración norafricana y siria, le espera la escalofriante cifra de 1,5 millones de refugiados hasta el final del 2015, refugiados musulmanes, que no se me olvide el apellido.
Cuando hablé de Francia se me olvidó decirles que duplicará en menos de dos años sus mezquitas y lugares de culto musulmán, ante el crecimiento significativo del número de franceses musulmanes… piadosos y practicantes. Las 2 200 actuales no son suficientes para albergar a los siete millones de musulmanes que viven en el país. ¿Oíste, Hollande?
En Inglaterra, país de asentamiento de los líderes e intelectuales más rabiosos del islamismo extremista, casi un 10% de recién nacidos y niños tiene como religión el Islam. En otras palabras, el porcentaje de musulmanes entre los menores de cinco años es casi el doble del de la población general del Reino Unido.
Ah, la tasa de nacimiento de mis vecinas conversadoras. ¿Podemos hablar de eso sin que nos llamen racistas y cualquier otra lindeza?
Estos espectros de ropa negra, cuasi-fantasmas vivientes, son fábricas continuas de pequeños yihadistas en potencia. Usted lo puede ver en cualquier parte. No vienen en dúos, ni en tripletas, son quintetas humanas tropezando por los mercados, exigiendo que se elimine el cerdo en las escuelas de Quebec, o que les dejen hacer el juramento de ciudadanía con el trapo negro en la cabeza, ocultando el rostro, el pelo, la figura y hasta los ojos, como hacen los enmascarados terroristas de ISIS en sus videos con promesas de violencia, terror y linchamiento. Se reproducen como ratas, y están programados para hacerlo. Sí, como oyes, programados. ¡Que exagero!
Digamos que Houari Boumediene, fallecido Presidente de Argelia, expresó en 1974 en las Naciones Unidas:
“Un día millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos, porque irrumpirán para conquistarlo, Y lo conquistarán poblándolo con hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos de la victoria.”
¿Acabas de oir eso, señor Obama? ¿Lo oístes, Primer Ministro Trudeau?
Calcula. 25 sirios antes de fin de año. No, no son como aquel niño que falleció en las costas de Grecia, ahogado, y ahora multiplicado por 25 mil. Pobre niño, lanzado en la ola emigrante a conquistar Europa para que un día le pertenezca al Islam. El también estaba en esa «Programación Boumadiene». Son también sus padres, y hermanos, y sus mujeres. Es el arma del «Vientre Islámico» la que apunta a la educada Europa, a la moderna América y a la congelada Canadá. Digamos, ¿10 mil familias en esos 25 mil refugiados sirios?
Multiplique, 10 mil familias por 5, y ahí tiene el rango de crecimiento poblacional de ese pequeño sector de emigración siria al que el muy benévolo Justin que no es Bieber pero sí Trudeau le abre las puertas de nuestra Canadá.
¿Cree que exagero?
Les explico.
La Organización de la Conferencia Islámica de Lahore del mismo año en que Boumediene hablaba en la ONU incluyó un proyecto para transformar el flujo de emigrantes hacia el continente europeo en preponderancia demográfica. Eso fue en 1974, hoy, pleno Siglo XXI, en todas las mezquitas de Europa la oración del viernes va acompañada de la exhortación que incita a las mujeres musulmanas a parir al menos cinco hijos cada una.
¿Y se pregunta por qué cada vez que llega a un «Mall» ve tantas cabezas tapadas con ese trapo negro, y tantos críos que persiguen ese conocido cochecito infantil que arrastran esos espectros?
Nos asaltan. Nos multiplican. Hoy nos piden eliminar la carne de cerdo. Mañana jurar ser canadiense con el trapo negro. Pasado que en nuestras escuelas se enseñe el Corán. Después que se elimine la música de Navidad en nuestros centros comerciales – ya lo han intentado y en algunos lugares han tenido que quitar los «Diez Mandamientos» – cuando llega la época final de año. No tardarán en exigir que no exista más Navidad, ni pesebres, ni música cristiana. Que en nuestras plazas públicas no se levante el «Arbol de Navidad», ni tampoco se vendan sus hermosos adornos.
¿Y los canadienses?
Entretenidos con su celular. Cruzando estos espectros sin verlos, sin verlos crecer, reproducirse, multiplicarse exponencialmente. Concediéndoles la gracia del voto con el rostro oculto. Otorgándole el valor de la palabra para que mañana impongan sus leyes, y como estamos en una sociedad democrática, «multicultural», les dejamos hacer, los protegemos con nuestras Cortes, y nuestros políticos se guardan su voto, asegurado porque desde esas mezquitas sus imanes, o mulas o como los llamen les indican con regular insistencia, adornadas con la palabra de ese otro dios en minúsculas que condena infieles a muerte, a votar por el nombre conveniente.
¿No es así, Trudeau?
Por eso, por todo eso, ese viernes, rodeado de espectros y de canadienses que se apresuraban a tomarse un café, hacer sus compras, charlar en voz alta, indiferentes a las tragedias sangrientas de París, sumergidos en sus iPhones intercambiando tontos mensajes de texto con algún otro a millas de distancia, yo sentí ese sobrecogedor miedo, terror debiera decir, de ver este país asaltado por un futuro incierto, donde también las bombas y los secuestros pudieran aparecer . No vivimos en Marte, ¿saben?
Y es, en primer lugar, un asalto a la razón. Un asalto a la razón que nuestros propios ciudadanos periodistas, nuestros propios ciudadanos políticos y presidentes y primeros ministros, nos digan que el terrorismo no es un problema de religión, que el Islam no es una religión de odio ni de terror, y que muchos le crean, los ayuden a repetir el mensaje y cándidamente reafirmen las palabras sin conocer siquiera cuál es esa religión, qué dicen sus libros sagrados, que es solo uno. Ah, el libro sagrado con sus «suras»
El Corán ordena, por ejemplo, «no hacer amistad con Judios y cristianos» (05:51), «matar a los infieles dondequiera que los encontremos» (2: 191), «asesinarlos y tratarlos con dureza» (9: 123 ). El Corán exige que se luche contra los no creyentes (los no musulmanes). Es decir, usted y yo, y su hijo o su esposa.
Aquí les traigo dos:
“Alá no permite a sus fieles hacer amistad con los infieles. La amistad produce afecto, atracción espiritual. Inclina hacia la moral y el modo de vivir de los infieles, y las ideas de los infieles son contrarias a la Sharia. Conducen a la pérdida de la independencia, de la hegemonía, su meta es superarnos. Y el Islam supera. No se deja superar».”
“No seáis débiles con el enemigo. No le ofrezcáis la paz. Especialmente mientras tengáis la superioridad. Matad a los infieles dondequiera que se encuentren. Asediadlos, combatidlos con todo tipo de trampas.”
Una religión de mucho amor, como pueden ver.

Les cuento un poco más. El «Proyecto de las Comunidades Islámicas» sin ninguna ambigüedad pide que en nuestras escuelas se enseñe el Corán como se enseña en sus escuelas privadas o en sus mezquitas. Y precisando que tal enseñanza debe desarrollarse en las aulas de todo tipo y grado, niños pequeños incluidos. Subrayando que los que impartan tal enseñanza deben ser maestros elegidos por ellos, con programas redactados por ellos y en horarios adaptados a ellos. Peor aún, lo piden metiendo las tapadas narices en nuestros programas escolares, pretendiendo que «a través de otras asignaturas no se difundan otras enseñanzas religiosas». ¿Sabes qué quieren decir con esto? Que en los programas de las demás asignaturas se deberán evitar referencias a la religión de la que está embebida nuestra cultura: el Cristianismo.
¿Siguen sin entender?
Es un total asalto a la razón… para destruirnos.
Y aquí estoy yo, rodeado de «ellos». Y «en paz». Viendo los dos pequeñajos mortificar mientras las dos brujas siguen en esa cháchara melodiosa que no entiendo, los jóvenes a mis espaldas viviendo sus hormonas y gritos, y el mundo corriendo, indiferente a este asalto, programado por «ellos», calculado por «ellos» y facilitados por «nuestros» políticos.
Obama. Trudeau. Cualquier otro.
Hoy Holande dijo que no era un «ataque de una civilización a la nuestra». Quería con su juego de palabras decir que no eran civilizados. 
Lo siento, Hollande, no es hora de juegos de palabras. Y sí que es una ataque silencioso a nuestra civilización por parte de la otra, que es degenerada, sí, que no entiende de libertad, democracia y tolerancia. Pero es por eso que es un ataque.
¿Se enteran?

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