Saturday, October 31, 2015

Una «Colina» demasiado alta


No quiero dejar de reconocer, como premisa inicial ineludible a toda opinión, el valor de las palabras de Enrique Colina en el contexto de Cuba, la actual, la «reformada» por algunos escribanos de ese periodismo tangencial que últimamente estamos padeciendo.
Quiero comenzar por ahí, por reconocer el valor intelectual de una muy conocida figura del cine y la televisión al salir en defensa de un artista caído en desgracia por la burocracia oficial. Y mucho mas, también quiero reconocerle aquel otro valor – en ocasiones mucho más importante, casi siempre –  asentado en ese punto neurálgico geográficamente localizado entre las dos piernas para publicar una opinión que, se sabe, puede llevarle al más pinto a la pérdida de muchas cosas y, con mucha seguridad, a la pérdida de otra parte importante de su anatomía humana: su cabeza.
Para los miembros de la cultura cubana, secularizados en esa porción de tierra rodeada de aguas y de muchas acotaciones ideológicas, salir en defensa de un amigo, un conocido, un vecino o, sencillamente, de un artista y su obra, se ha convertido muchas veces en una labor de una heroicidad dantesca.
¡Lo hemos visto tantas veces!
No están muy lejos en el tiempo los nombres de Tania Bruguera, Angel Santiesteban y Danilo Maldonado, «El Sexto». ¿Cuántos miembros de la UNEAC, del MINCULT y del ICAIC salieron en su defensa? ¿Cuántos miembros de la cultura cubana, intelectuales, pintores, artistas plásticos, cineastas, teatristas, cubanos en general, escribieron algunas palabras en su defensa, acudieron a los diarios tangenciales?
¿Tendré que decir que muy pocos? ¿O ninguno?
Tampoco lo hizo Enrique Colina. Pero, bueno, no todo el mundo tiene que escribir por «todo el mundo», y en el mundillo cultural cubano subsisten muchas parcelas y propiedades de interés. Las amistades, además, se miden en su confrontación con el miedo, la proximidad de la pérdida de esas pequeñas parcelas de poder y de oportunidades y, especialmente, con la confrontación con los cultos a las figuras de poder, las intocables.
En ese sentido Cremata cometió la peor de todas las herejías «revolucionarias»: atentar contra el culto a la figura del «profeta» de la «revolución» cubana, de la mas popular de las revoluciones, Fidel Castro. Y lo hizo de la peor forma, a través de la ironía y la risa. Los dictadores tienen muy poco sentido del humor y todos padecen de una alergia especial a las bromas finas del
intelecto. Tal vez por eso es que a la defensa de Colina tenemos que agregarle ese componente de testosterona exponencial. Reconozcámoselo, pero pasemos cuenta.
Lo que me preocupa de todo el escrito del cineasta y crítico es su anfibología a la hora de enfrentar su defensa de Cremata. Dice Colina:
“La intolerancia a la crítica ha sido una proyección para afrontar las responsabilidades de un poder burocratizado que ha cometido errores, extravíos y desviaciones de su inicial impulso revolucionario y libertario.”
Lo siento, Colina, pero he preferido recortar la parrafada de tu articulo «La censura y sus demonios», me es imposible incluir completa todas tus frases, y todas tus digresiones, uno de los tantos puntos oscuros de tu ya decimonónica exposición.
De esta frase existen dos aspectos que se me ocurren claves, y que son recursos repetidos en infinidad de ocasiones cuando un cubano, intelectual, posicionado en Cuba, trata de insertar una crítica, una denuncia o una ligera desavenencia formal sobre el sistema.
El primero y más importante de todos es la ambigüedad, y por eso hablo  de anfibología. Se habla de «un poder burocratizado» y no se menciona quién es ese poder, ¡y todos lo conocemos!
Se habla de «errores, extravíos y desviaciones» y no se mencionan cuales son, dónde fueron cometidos y por quienes.
Por supuesto, nada de esto tiene que ver solamente con Colina. Ahora mismo, démosle marcha atrás al tiempo, busquemos las cartas de aquella tormenta de mensajes que unos pocos años atrás ocurriera con la aparición televisiva de los personajes de la década gris en la cultura, y veremos que la redacción de Colina coincide con la de muchas de esas cartas. Es una semántica repetida en infinidad de ocasiones, lo diferente es que trascendió un poquito más, solo un poquito.
Es el mecanismo habitual al que el cubano apela para cuidarse que esa porción superior del cuerpo que todos tenemos no se nos separe del resto de nuestra mortal humanidad, allá, por algun oscuro rincón de la de la vetusta «Cabaña».
El segundo componente de este «método del discurso» es seguir con esa ya antológica frase del «inicial impulso revolucionario y libertario».
Al parecer, a los revolucionarios y a los libertarios no les gusta que le recuerden que, su libertad y su revolución, muchas veces tienen mucho que ver con la guillotina, o casi siempre. Y esta guillotina adopta muchas formas: silencio, censura, represión abierta, enclaustramiento, presidio y otras muchas «hermosas» páginas de sacrificios humanos en nombre de las libertades de otros que no conocen cuáles son sus verdaderas libertades.
¡No se nos puede olvidar la inolvidable «poesía revolucionaria» intrínseca en aquellas partículas viscerales de documentos deglutidos por María Elena Cruz Varela, gracias a los esfuerzos artísticos de los miembros de la Seguridad del Estado!
Allí, arrodillada ante tanta «libertad» y tanta «revolución», con toda probabilidad María Elena estuvo recordando cuanto de poesía se ha esfumado de Cuba, cuantas palabras y versos, cuanto de rima se ha convertido en cristales que desgarran las lenguas diversas de los verdaderos poetas.
Para entonces olvidarnos, muy convenientemente, de que ¡tampoco nadie salió en defensa de María Elena!
Pero no es todo.
Me causa pena, por ejemplo, que las palabras se le enreden a Colina al repetir las muy conocidas y mil veces naufragadas «aperturas y rectificaciones». ¿Dónde están o estuvieron? ¿Qué quedó de ellas? ¿Por qué siempre han sido cíclicas?
Ah, y el conjunto de los personajes que convocaron estas «aperturas y rectificaciones» son los mismos. ¡Y no se mencionan!
La pregunta para el mal pensado, ¿habría que hacerlo?
Pues, ¡sí! Es que de eso precisamente se trata. Llevamos cinco décadas, casi seis, eludiendo nombres, castrándolos, apuntando a grises figuras burocráticas para después decir «la sacralización e intocabilidad de las decisiones verticales».
¡Gracias, Colina! Ya eso lo conocemos, ¿qué más?
Hay otro subterfugio maligno, ¡y tan repetido! Aquí no me puedo contener no citarlo de de dedillo:
“Esa pérdida de valores… son también el resultado de no haber promovido y alimentado en la práctica ciudadana esa rebeldía y autonomía de criterio que el Che alentaba contra todos los falsarios y oportunistas que pregonan los dictados de discreción, cautela y mesuraen la expresión de nuestras inconformidades ciudadanas”
¿Para qué, Colina? ¿Para perder la cabeza en «La Cabaña»?
Dejémonos de bromas y sofismas. Esta es la figura de artificio que toda poética «revolucionaria» apela cuando escribe una crítica al «poder libertario» en Cuba. Disfrazarnos de monje para consagrarnos ante Dios. Mencionar a todos los santos y vírgenes del «paraíso» socialista para que el fuego ardiente del purgatorio revolucionario no nos cueza.
¡Preciosa poesía socialista!
Puedo comprender el sentido común al que apela Colina, puedo comprender sus intenciones, puedo incluso perdonarle sus subterfugios, pero ¿hasta cuándo seguiremos usando la misma retórica para no decir, de una vez y por siempre, la verdad?
Decir que ese «impulso revolucionario y libertario» fue el proceso violento que entronizó otra dictadura. ¡Digámoslo!
Antes que las «rectificaciones» existió las «Palabras a los Intelectuales» que santifico todas las censuras. ¿Hasta cuándo vamos a convertir todo esto en sofisma, pura retorica?
El Ministerio de Cultura, el ICAIC y la UNEAC son las piezas del mecanismo transmisor del control de esas «Palabras a los Intelectuales» desde el poder, de la ejecución partidista y parcializada de una sola verdad, personalizada y unidireccional. Los «aperturismos» han sido esos sofismas necesarios para adaptar este proceso violento a los tiempos de «reformas y periodismos tangenciales».
El mecanismo de control está ajustando las velocidades, ¡nada mas!
Ya no funcionan los mecanismos «estilo Cabaña». Ya no pueden existir muchos «Che» libertarios enviando en las nocturnidades habaneras a muchos cubanos a oír las «poeticas alabanzas libertarias de la muerte».
Cuan útil nos seria releer con más asiduidad a Octavio Paz. También tú, Colina. Recordar aquella pequeñísima frase lapidaria del mexicano frente a otra de las reconocidas herencias de una de las tantas «revoluciones» americanas, la mexicana. Decía Paz que «los estadistas y los criminales modernos no matan, suprimen».
Mataron ayer en «La Cabaña», hoy suprimen a Cremata, ayer a «El Sexto», antes a Bruguera y mucho, mucho antes, a Santiesteban, Raúl Rivero, la misma María Elena y Padilla, ¡no olvidar a Padilla!.
Poetas, escritores, artistas plásticos.
¡Suprimen!
Tampoco se pueden olvidar las clarividentes palabras de una personalidad política que conoce muy bien las estructuras y los sofismas con que trabaja el totalitarismo, Aun San Suu Kyi:
“No es el Poder lo que corrompe, sino el miedo… A quienes tienen poderlos corrompe el miedo de perderlo, y a quienes viven sometidos a éllos corrompe el miedo al flagelo del Poder.”
No solo existe el miedo en el poder, Colina, también existe en las víctimas. ¡En tí mismo! Una parte del esfuerzo para poder cambiar Cuba se debe invertir en hacer que se pierda ese miedo en las víctimas y se multiplique en el poder y en sus victimarios. Y ese esfuerzo debe comenzar en el cambio semántico del uso de la verdad, sin que la ambigüedad, sin que la anfibología se conviertan en figuras exclusivas de su cuerpo escrito... en cualquier defensa.
Esencialmente lo que me sucede con el cineasta y crítico de cine es que, como tantos otros, han subido una «Colina» demasiado alta o, al menos, un poco más alta de lo que su vértigo les permite en el momento, y no saben cómo bajar de ella, o cómo subir un poco más sin temor al fatal accidente. Pero en esa jugada hay que asumir el riesgo, perder el temor al accidente y confrontar la muy posible caída para levantarse de nuevo, o sencillamente caer… para siempre.
¡Una de dos!

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