Sunday, October 18, 2015

Nido de urracas

No voy a decir su nombre, no voy a declarar su identidad, tal vez por suerte de ese destino en manos de unos dados bien cargados, sus padres y ella estén hoy bajo el mismo techo, en el mismo país que abandoné hace ya varios años, con el mismo auto, tal vez reemplazado por uno más nuevo y lujoso, de acuerdo a las nuevas circunstancias y roles sociales, aunque ya entonces era un occidentalizado «Nissan» entre la muchedumbre de Ladas y Fiats «polacos», que eran la dádiva de entonces para funcionarios, y atletas, y «héroes» del trabajo socialista, como si el trabajo por ideología tuviera más mérito que el simple trabajo humano.
¡Bueno, la ideología tal vez sude gotitas sangrientas de dolor, mientras la humana labor solo muestra la salada secreción del esfuerzo!
Aristocracia del esfuerzo, aristocracia ideológica.
No era bonita, tenía el pelo largo negro, brillante y bien cuidado por los «shampoes» de marca que consumía, y unos ojos negros, redondos y expresivos, parecían mirar todo el mundo. Llegaba a la facultad siempre en aquel «Nissan» azul, saludaba y conversaba con la élite del año, ese grupo selecto de muchachas, agraciadas o feas, pero adornadas con el secreto distintivo de ser hijas de la nueva «jailaif». Hija del embajador de …, les dejo el lugar en suspenso. A veces estos funcionarios hacen mucho daño, se elevan sobre los hombros de tantos otros, aplastan tantas cabezas humanas como si estuvieran reventando huevos de algun corral de su granja privada, para entonces caer, desde aquellas cimas, con un peor estrellón que el simple obrero, aunque casi nunca ocurre algo así.
Las llamábamos "las urracas", no porque robaran nada, sino porque se mantenían inaccesibles e inasibles, apartadas del género masculino de nuestro año, al parecer demasiado ordinarios y terrenales. Sus aristocráticos cuerpos estaban destinados para hijos distinguidos de la realeza comunista. Tampoco voy a mencionar nombres, aún siguen arrastrando sus vidas en Cuba, lo sé de buenas fuentes.
Una era hija de un alto encargado en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y por eso siempre llegaba a la facultad en un viejo y destartalado Lada, yo en cambio tenía que morder "la guagua", ese pequeño monstruo vedado a las paradas usuales y al horario reglamentado. 
Otra era hija del Vice-Rector docente de la Universidad. No arriesgo dejar escapar mucho la identidad del personaje por decirlo, no les declaro el año ni mucho menos. ¡Dejémosle vivir!
Hay un recuerdo fastidioso de este personaje que acude a mi memoria con frecuencia, y es una de esas raras conversaciones, atrapadas de casualidad, donde le escuché a esta personita sofisticada decirle a otra de «las urracas» que en cuanto se casara se llevaba a vivir con ella a la «manejadora» de su mamá. Con «manejadora» quería decir «la criada» de la casa de su mama, ella no iba a lavar y planchar la ropa de su marido.
La memoria es como esa hormiga escarbadora incansable, abre su camino, se arrastra hasta su deseado alimento, lo empuja con esa insensatez absurda, una y otra vez, hasta llevarlo a aquel oscuro agujero donde tantas otras arrastran lo mismo, lo suyo. Tan joven, tan poco agraciada, tan despreciativa de los valores comunistas, sembrada en un hogar de la nomenklatura del régimen, portadora de un carnet ideológico, de una ideología y pensamiento – se supone, verán que de estos personajes es todo, absolutamente todo, suposición, disimulo –, estudiando en una facultad que, en un pasado glorioso, fue la facultad de medicina, hoy de números e integrales, este retoño académico de esa élite castrista que «despreciaba» el consumismo no podía vivir sin criada – «manejadora» era su nomenclatura socialista para lo que todos conocemos como «criada» (por cierto, no siento ningún menosprecio por ese empleo, tan decoroso o más, que el de sus empleadores) –, no conocía el democrático autobús denominado «guagua» en Cuba, no le dirigía la palabra a sus masculinos diminutos correligionarios de estudio, había elegido por selección natural su club de amistades de élite, su relación sexual-amorosa-espiritual como marido.  Yo aun sigo preguntándome qué había de comunismo y socialismo en todo esto.
El tercer componente era una rubia platinada. Unos ojos azules preciosos, una figura escultural de modelo de revista de moda, propia de aparecer en «Vanity Fair». Labios perfectos, dentadura bien cuidada, caminar de gacela y un olor a perfume francés que envolvía los pasillos, el patio de laureles, las hojas, los libros, el asiento donde posaba su grácil cuerpo para escuchar las mismas lecturas académicas que este mortal debía oír. Era la muchacha más hermosa de nuestro curso, y ella lo sabía, y actuaba a cambio. ¡Intocable! Por bella y por hija de un general del ejército.
El cuarto elemento era, entonces, aquel que hablé al principio. Esta mujer joven, ni bonita ni fea, ni inteligente ni tonta, con clara conciencia de quién era, qué posición ocupaba en la escalera social de mi país, qué podía hacer, de qué y quién podía encapricharse y por cuánto tiempo, qué ropa vestir, de qué ostentar, qué vocabulario modular. Tenía una letra bonita, una buena ortografía, y una excelente voz de mezzo-soprano. El librero que su padre tenía en aquel apartamento en el Nuevo Vedado albergaba libros que la élite ortodoxa no perdonaba su lectura o permitía publicar. Allí estaban, bien encuadernados en ediciones de lujo, algunos en el vistoso cuero, parecían no estar allí para ser leídos sino solo para ser contemplados por algunos seleccionados ojos. Los mios fueron solo un desgraciado accidente.
Desde fuera el edificio era como uno de tantos a los que nos había acostumbrado la arquitectura estalinista cubana. Rectangulares, balcones estrechos, comprimidos en esos elementos prefabricados de cemento que tanto conocemos, pero un edificio concebido para la nomenklatura oficial: tres pisos, tres apartamentos, tres familias oficiales. En su caso, ella y sus padres en el primer piso. En el segundo sus abuelos, que ya no eran «oficiales» del gobierno según los estándares, pero lo habían sido. En el tercero el hermano de su padre, también en la élite gubernamental, pero no en el servicio diplomático sino en el «Palacio de Gobierno», ya saben, aquel edificio rectangular detrás del Martí de mármol de aquella plaza.
Para un joven que nunca había conocido las comodidades modernas, que a veces tenía que caminar a pie la distancia entre su casa y la Colina Universitaria con un viejo pantalón blanco confeccionado en casa, o alguna otra cotidiana realidad cubana, visitar un apartamento que, en cualquier otro lugar hubiera sido solo algo muy ordinario, solo que con todas las facilidades que debería tener una vida moderna, aquella casa era «un lujo» nunca visto. Mis ojos eran como los de esos peces en las peceras de los acuarios de las grandes ciudades, planos, redondos, sorprendidos.
Visto a la altura de hoy nada puede llamarse de esa forma, pero para la Cuba en que yo vivía encontrar electrodomésticos japoneses, cocina de gas de encendido automático, cristalería de Venecia, algunas estatuillas de mal gusto pero caras de «Shadro», o vajilla inglesa de porcelana, acompañada de quesos alemanes, aceitunas italianas y un pan blanco de corteza, fresco y bien horneado, era un «consumismo burgués» intolerable para el comunismo cubano.
Pero esta era la Cuba del consumismo que no era consumista. La Cuba que condenaba el capitalismo en congresos, reuniones partidistas y escritos encendidos en los diarios en circulación. La Cuba que nunca aparecía en el «Granma».
Para esa Cuba no existía la sociedad de estas «urracas». La Cuba de las «manejadoras» para parejas de recién casados, que ya tendrían casa donde vivir , y no necesitaban imperiosamente una plancha eléctrica, ¡ah!, y no querían plancharle la ropa al marido. La Cuba de los «Ladas» destartalados para la hija del empleado del servicio exterior, que estudiaba en la misma facultad que este mortal, que tenía que luchar por «la guagua» si la podía capturarla, o si no ir a pie hasta la colina imponente, al final de Neptuno, dios del mar y los océanos. La Cuba de los jeans de marca, los zapatos consumistas occidentales, los perfumes franceses, el buen pan y también su vino.
Esa misma Cuba había expulsado estudiantes por el pelo largo, por esos mismos jeans en cinturas obreras, por abalorios y fetiches consumistas. Lo habían catalogado en el lenguaje oficial como «diversionismo ideológico», pero a ninguno de estas jóvenes la habían excluido de esos mismos centros de estudios. Yo no he encontrado mas ortodoxia, extrema ortodoxia, que en las mismas aulas de la élite castrista, en sus mismos órganos políticos y de gobierno. Condenan tan rabiosamente cualquier tipo de liberalidad en el mundo externo a su vida personal como mismo cometen la mas rabiosa alevosía contra sus predicamentos en el corazón de sus hogares y círculos de amistades.
Parecen una iglesia, se comportan mas celosos que una religión, aterrorizan y predican peor que aquel fraile desventurado de la edad media, Girolamo Savonarola, que aterrorizaba con sus sermones incendiarios a la vieja y culta Florencia. Solo que aquel levantaba la ira popular contra los amos ricos de la ciudad italiana. Estos levantaban la ira, también curiosamente popular, contra los mismos pobres, contra la masa inmensa de la Cuba silenciosa, de la Cuba que no era de esa «élite de urracas».
Vale decir que no me sentí a gusto en aquella casa, entre aquellas gentes. Por primera vez, a la vista de tanta maravilla tecnológica para mejorar la vida humana, me sentí incómodo, fuera de lugar. Era un mundo verdaderamente consumista. La propia ortodoxia castrista había hecho de la mentira, lo oculto, la simulación y el engaño un consumismo de lo que era sencillamente una vida normal en cualquier otra parte.
Pero, ¿cuál era el pecado de servir una buena mesa, de comprar un buen perfume o de tener una decente cocina de gas donde poder cocinar una buena comida caliente y confortable?
El pecado no estaba en la comida, ni en los abalorios, ni en la marca del fogón o el jean conque el anfitrión nos cocinaba el plato para la ocasión, tampoco en el perfume que pude oler cuando le dí un beso a aquella muchacha de pelo largo, su mismo carmín era de una marca que no todas las cubanas podían comprar en alguna tienda de La Habana. 
El pecado estaba en el engaño. El consumismo es un engaño, no importa el lugar, la ocasión, el planeta o la ideología. Cuba hoy es, tal vez, mas consumista que la propia Norteamérica, a pesar de que en este mundo occidental nos inunda la propaganda comercial, los anuncios en la televisión y en los diarios. 
En La Habana no existe nada de eso y, sin embargo, el submundo consumista ha inundado desde las élites hasta el rincón más pobre de nuestra alargada isla. Recuerdo mi mirada asombrada del refrigerador «Sanyo» en una choza de cartón y tablas que una vez vi, al lado de una cama desfondada, en el barrio marginal de «El Palenque», en plena Habana a pocos metros del Hospital Ortopédico Nacional, y también la videocasetera de la misma marca, y su respectivo televisor a color. Esos mismos aditamentos del consumismo occidental los descubrí, por primera vez, en aquella casa del Nuevo Vedado, con esos anfitriones de la élite poderosa que, en una muy corta ocasión, me dejaron ver el interior de sus vidas, descubrir todo ese manto de simulación, silencio e ilegalidad.
Después de aquella ocasión pude contactar que, lo que podía ser un excepción era sencillamente una regla. Los rasgos de corrupción que condenaba Castro en sus discursos públicos eran los mismos de su familia, de sus empleados gubernamentales, de los que le servían, le ordenaban sus libros y papeles, le abrían las puertas de sus autos «Mercedes Benz», sus hijos y nietos, sus oficiales y ministros, sus consejeros y representantes en el extranjero.
En la facultad le decíamos a ese pequeño club «las urracas». No estábamos equivocados, lo son. Como su similar en el reino de las aves, estas humanas han robado a la sociedad cubana de lo esencial: la honradez.
Hoy Cuba es precisamente eso, un nido de urracas. Cada quien trata de robar mas a cualquier otro y todos al gobierno, que les roba en viceversa. Esencialmente, se roban a sí mismos.
Nota aparte sobre los consumismos
A diferencia de muchas personas que creen que el consumismo es solo una cuestión de «consumo» de objetos, prendas, artículos materiales, ropa y efectos eléctricos, muy ligados, últimamente al impacto de la tecnología, yo pienso que esta mas allá de todo eso. Hay también un consumismo espiritual, de personas y personajillos, de relaciones y celebridades, un consumismo mas esotérico, menos evidente, pero que no es privativo de las sociedades de consumos sino también de aquellos lugares donde, supuestamente, por ideologías, religiosidad y tabúes, los estamentos políticos y sociales imponen moralidad, censura y comportamientos de grupos.
En Cuba, por más de cincuenta años aislada del mundo, por políticas internas y políticas externas, creció ese consumo de lo extranjero exponencialmente. Nos convertimos en ese tipo de «encantador de serpientes» que, con el dulce sonido de la delicada flauta, adormece a cuanto visitante y turista nos cae en la cesta. ¡Cuán especialmente con celebridades!
Y esto ocurre a todos los niveles. Desde el chancletero miembro de uno de esos solares habaneros, hasta el miembro «ilustre» de la realeza política del país.
Pero, incluso a estos, no es difícil descubrirle en sus viajes políticos por el extranjero el culto difundido a la «jabita consumista». Me ha tocado verlos, y he sufrido, personalmente, cuando de buena fe he viajado a Cuba y he tratado de llevar ropa, calzado, cualquier tipo de prenda necesaria para la vida cotidiana.
No con amarga sorpresa he sorprendido a parientes sorteando de la ropa y artículos que les he llevado para «descubrir» aquellos de marca, y despreciar otros a pesar de su utilidad. O la mirada de «águila» extasiada del joven primo que, desde lejos, comprueba la marca del reloj que he tenido la ocasión de tener en mi muñeca, o el desprecio de la máquina de afeitar eléctrica que le ofrezco de regalo al vecino, ¡es la mía propia!, porque no es "Philips".
Yo mismo no compro un artículo por su moda sino por su utilidad, pero esta trascendencia de utilidad se rinde a la intrascendencia de la marca entre los jóvenes cubanos. Es una juventud «de marca» más que de utilidad.
Es que, sencillamente, las políticas de austeridad, todas, provocan la expansión subterránea de los consumismos, todos.

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