Sunday, October 11, 2015

La vida, Julio, sigue igual

Algunos llaman a los setenta la «década gris» en la cultura, en cambio yo no pienso que ninguna haya sido lo suficientemente colorida como para que no se le pudiera denominar de la misma manera. Tal vez aquella primera señal, el «caso Padilla», haya estampado con su sello indeleble lo que ocurriría después, pero en esencia ya había ocurrido. Ya las «palabras a los intelectuales» estaban dichas, ya los muros habían  estrenado los fusilamientos en serie, ya el que los ordenó había desaparecido también, para mejor o peor.
En los setenta lo esencial del crimen estaba cometido, y sus consecuencias se hacían sentir en todos lados. Desde entonces hemos sido menos y cada época ha tenido sus nombres malditos. Yo no recuerdo ninguna sin que los hubiera tenido, y los tenga.
Algunos escribanos recuerdan a «Los Beatles», hay algún libro emborronado de palabras por algún ex ministro de esa cultura gris, con la vida de los gatos, que estampa su quejumbrosa geografía física con el pelo largo al estilo Lennon, y que los recuerda con demasiado almibar, como partícula fervientemente entumecida de sus dedos largos, disidencia de escaparate ministerial, digamos.
Pero antes y después hubo muchos, y también en nuestra lengua castellana. Julio Iglesias, por ejemplo, nos inauguró los setenta con una sensualísima “La vida sigue igual», y parece sigue seguir siéndolo.
Algunos recuerdan las largas colas en los cines, la voz melódica sobre la guitarra, los pasos sobre la arena, una España romántica en una voz dulzona y tímbrica. Luego conoció de los sofismas luteranos castristas.
No mas melodía, no mas arpegios dulces, no mas Julio Iglesias. Se le había ocurrido al peninsular descubrir que Cuba era como Chile, una dictadura. No lo dijo la prensa, ni la radio, ni las noticias, pero todos los cubanos lo sabíamos, y seguíamos oyendo a Julio y enamorando a nuestras muchachas con esas canciones, grabadas en discos que circulaban de mano en mano o en casetes, oídos en emisoras que circunvolaban nuestros radios, sin ser cubanas.
Julio Iglesias nunca faltó de nuestras vidas. Ni Celia, ni Feliciano. Se fueron otros y siguieron quedándose en la Cuba paralela, aunque no conozcamos de sus nuevas voces, discos, canciones y boleros. Mi madre tenía un pequeño disco en 45 revoluciones, de cuando la «Columbia» guardaba los tesoros musicales cubanos, de Luisa María Güell que me cantaba, cada sábado en la mañana, desde la vieja vitrola guardada en casa, «No tengo edad». Alguien me dijo, alguna vez, que no era Luisa la original, sino una italiana. ¿Y quien recuerda eso?
Yo recuerdo a Luisa, a Julio y a Celia cantando «Siguaraya», mejor que el Benny. Hoy los nombres prohibidos son otros. Algunos de los antiguos ya han retornado, como el mismo Julio Iglesias y Feliciano. Otros quedan.
¿Cuántos comisarios culturales quedan en esa Cuba reciclada que condeno a Julio hoy sobrevive? ¿Quiénes los han substituido?
Recuerda Solzhenitsin, en su muy deslumbrante libro «Archipiélago GULAG», que a la sociedad soviética le costaba once mil rublos al año el mantenimiento de uno de esos cachorros de perro pastor alemán que, junto con el oficial, guardaba celosamente los miles de campos de concentración dispersos en toda Rusia.
¿Cuánto habría de costarle el mantenimiento de cada oficial? Me pregunto.
Pero eso no es lo importante, lo peor es el trauma cultural, espiritual, el trauma sicológico que toda la sociedad vive. El mismo laureado escritor señala, con muy aguda pluma, como 56 mil presos políticos, famélicos y en harapos, eran vigilados por solo 40 desalmados armados en las islas Soloviesky.
¿Por qué no se rebelaban contra esos miserables 40? ¿Qué hubiera pasado si alguien le hubiera dado el tiro de gracia a Stalin en la misma época o a Fidel Castro?
En los sistemas personalizados como eran los de Rusia, y es el de Cuba, eso hubiera bastado. Pero no lo es ya hoy, porque Cuba ya entonces se institucionalizó, y aunque la arrogancia y la unicidad de su jefe seguía poniendo su estampa, ya no desaparecería el sistema barriendo con un tiro  a su «jefe». Lo vemos hoy.
Me preocupa que esto no lo vean, que pase inadvertido por tantos cerebros intelectuales medios, esos que abarrotan nuestros diarios occidentales y que, al primer estornudo en «Punto Cero», esperan ansiosos escribir el titular de la caída del «Berlín del Caribe».
Espera en vano.
Nuestra cultura está institucionalizada en la censura, y en la autocensura, en el silencio. El miedo cala los músculos de la literatura. Solzhenitsin clamaba por el crimen cometido contra la cultura rusa en la muerte de los miles de intelectuales, sin obra que les sobreviviera, en los campos de concentración. Y decía, con mucha razón, que todos los sobrevivientes de aquellos eran «enchufados», que todas las memorias pertenecían a hombres que lograron permanecer invisibles ante el «padrecito».
Lo eran, él mismo uno de ellos. Lo dijo con toda honradez.
Bueno, nuestra cultura está llena de esos «enchufados». A algunos incluso le publican en el occidente, demuestran un verdadero malabarismo amoral cuando hablan a la prensa y describen lo que ocurre en Cuba. ¿Quieren nombres? ¿Es que no los conocen?
Padura, el «principesco asturiano». Wendy Guerra, que hasta escribe para diarios ibéricos. Kcho, que modela a un Jesús crucificado en remos, una verdadera bastardía abominable para santificar un crimen de los mismos que adula. El mismo autor «del gato» beatleriano, Abel Prieto. Convoque a la «UNEAC» y registre sus nombres, sus libros, las palabras que escriben, sus historias. Pero lo mas importante, pregúntele al cubano qué libros lee – si lee –, qué obras literarias deleita y a cuáles desea tener acceso.
No encontrará a ninguno de esos nombres en sus preferencias.
Por eso, cuando algunos atacan, despotrican contra el deseo de Sting, los Rolling Stones y hasta de Julio Iglesias de ir a cantar a Cuba, yo despotrico y ataco a los cubanos, a los artistas cubanos que regresan, que quieren cantar en Cuba, aplaudir en un lugar que está cundido con ZEKOS (*), ellos mismos uno más entre ellos. NO se necesita estar en La Habana para ser miembro de esa camada de prisioneros de conciencia mutilados.
No se le puede pedir a los demás lo que no se le pide primero al cubano. No es culpa de Iglesias, del culo redondo de Rihanna ni de la cara del descarado de Sean Penn el que Cuba siga siendo lo que es. Después de todo, también cuando Batista La Habana era visitada por Nat King Cole y Josephine Baker, aun cuando desconozco si fue con la banana en la cabeza.
Es culpa del cubano, de todos, dentro y fuera. Los artistas exóticos van a Cuba por ser un contorno adecuado y virgen para sus maromas de producción musical. Algunos degustan de su ron, su tabaco y sus mulatas. Otros solo se tiran el pedo más alto que sus nalgas. Así de sencillo.
Por eso, Julio, la vida sigue siendo igual… en La Habana.

Nota: La foto que encabeza el post es de Josephine Baker en La Habana en la década de los cincuenta.

(*) ZEKOS: así le llamaban – y se llamaban a sí mismos – a los presos encerrados en los campos de concentración soviéticos porque las autoridades le agregaban una «z/k» en los registros policiacos.

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