Sunday, October 4, 2015

Invisibilidad

Un reciente artículo de fondo firmado por los periodistas Sally Kestin, Megan O’Matz y John Maines denuncia la creciente tendencia del abuso de la comunidad cubana, y especialmente de los nuevos emigrantes cubanos, del sistema de ayuda del gobierno de los Estados Unidos. Los periodistas enuncian en su escrito lo que, posiblemente, y para muchos cubanos es ya hartamente conocido, que las sucesivas oleadas de «emigrantes económicos», como les gusta parafrasear eufemísticamente a las autoridades castristas, recolectan la ayuda gubernamental norteamericana gracias al fácil acceso que tienen a su naturalización a través de la «Ley de Ajuste Cubano», la eufemística «Acta para la Libertad», que se ha convertido en el «Acta del Bochorno» para la manutención del régimen cubano, para poco después regresar a su propio país, del que decían ser refugiados.
Kestin, O’Matz y Maines recogen cifras muy importantes, testimonios de personas y de miembros de la misma comunidad cubana que confiesan recolectar esa ayuda a familiares y parientes que, luego de un corto período de tiempo en los Estados Unidos, regresan a Cuba con los bolsillos cargados de la ayuda del gobierno, y por largos períodos de estancia en la isla.
Aquellos que aplicaron como «refugiados» hoy se refugian en Cuba para convertirse en «refugiados norteamericanos».
Según los datos, nada más que en La Florida en el año 2014 el gobierno suministró en ayuda a cubanos la jugosa cifra de $300 891 809. La nacionalidad que más se le acerca a esta preciosa cantidad floridana es la haitiana, que recogió la modesta cantidad de $16 933 029, por supuesto, sin tener las facilidades que el pícaro cubano tiene en el país de su libertad.
La «Ley de Ajuste» es un bochorno, y debe ser eliminada. No se comprende que el gobierno de Obama intente levantar el embargo, establezca las relaciones diplomáticas, abra cada día mas facilidades para los negocios de la familia Castro y, a su vez, continúe en su indolente idiotez de seguirle pagando las vacaciones a sus «refugiados cubanoamericanos»… en Cuba.
No se comprende que la lógica política les dicte que quieren cambiar al régimen y acercar a la democracia a aquel país y, a la misma vez, sostengan una ley que lo que hace es convertir cada día mas al cubano en invisible, y a la democracia en una causa perdida por sus mismas leyes.
En 1997 el gran escritor cubano Guillermo Cabrera Infante acuñó una frase que creo es la justa categoría para este fenómeno. Decía Cabrera Infante que los «quedados» – cubanos, por supuesto  – acuñan una nueva modalidad de invisibilidad social. Viven, regresan a Cuba, entran y salen de su país con la premisa de nunca, jamás, levantar la voz por lo que ocurre allá, por sus injusticias, sus carencias. El gran intelectual cubano se refería a los artistas, pero esto es fácilmente transferible a los miles y millones de cubanos que viven en los Estados Unidos y que, luego de declararse «refugiados», acceder a  las gratuidades de la «Ley de Ajuste», no tardan en regresar a su país, de vacaciones, y engrosar esa lista de zapateadores turísticos con que el gobierno obtiene las divisas duras necesarias para sobrevivir.
Hay mucho oportunismo, mucha soliviantad moral y mucha indiferencia en estas nuevas generaciones de «quedados». Hay una perdida dolorosa de valores personales en esta oleada de emigrantes que explotan el «welfare» americano para regresar al país que, supuestamente, les incitó al escape, muchos de ellos para disfrutar las instalaciones del turismo paramilitar castrista.
Los vemos rodeando los restaurantes, los hoteles, los bares de divisas, las playas e instalaciones que un día nunca pudieron pisar sus pies como cubanos. Reclaman lo que no fue suyo como nacionales, y le devuelven un cumplido a los que los echaron, dándoles una bofetada de silencio a los que algún dia han intentado hacer justicia sin necesidad de convertirse en refugiados de su propio país.
Lo más bochornoso es que no quieren reconocerse en el delito, en el crimen de lesa humanidad, en la vergüenza de su indigencia moral, en su desidia. Aplican a la ley que quiso otorgarle los derechos, para mantenérselos suprimidos a los otros, los que se quedaron atrás. La «Ley de Ajuste» les ajustó su libertad personal de compra a los refugiados cubanos, pero no le ajustó la libertad a Cuba. Fue una ley para cubanos, pero no para Cuba.
Debe ser suprimida.
El primer principio moral de los que disfrutamos de nuestros plenos derechos es pedir por los que no lo tienen para que logren tenerlos, sin necesidad de irse de su país, sin necesidad de ser refugiados, sin necesidad de abandonar su contorno nacional.
Hay un poema de Ana Ajmátova que habla de su tierra natal con dolorosos términos. «No la llevamos en oscuros amuletos, ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella, no perturba nuestro amargo sueño, ni nos parece el paraíso prometido».
Dice Ajmátova que no la convierte en un objeto que se compra y se vende. ¿Usted lo cree así?
Usted, que ayer visitó la agencia del gobierno para aplicar como «refugiado cubano», y al año ya esta visitando las agencias de turismo para regresar con la carta de residencia americana, y los bolsillos llenos de esa ayuda federal que colecta cada mes.
¿Y se cree que no está vendiendo en ese estanquillo estatal turístico del castrismo a su Patria, a su país, a «esa tierra en los zapatos, a esa piedra entre los dientes» como nos dice Ajmátova?
Lo dudo.
Yo siento mucha pena por usted. No por lo que usted es y representa, sino por lo que perdió, por lo que dejó de ser, por lo que ya no es.
Cuba ya no está en Usted. Ya no puede llamarla «nuestra» como lo gritaba dolorosamente la extraordinaria poeta rusa. Se ha convertido en invisible, ha engrosado en esa modalidad de la que Guillermo Cabrera Infante, con tanta claridad y transparencia, se quejaba en aquellos lejanos meses de 1997, aun antes de que le dieran el Premio Cervantes.
Si algún día desaparece este estado de cosas, esta laxitud moral en que se ha convertido la cubanidad, comenzará el arduo camino del doloroso y amargo desencuentro con su propia culpa.
No podemos ser invisibles, no por mucho tiempo, so pena de visibilizar demasiado nuestra desvergüenza

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