Sunday, October 11, 2015

Danilo

Quiero escribir algunas palabras en solidaridad con Danilo, «El Sexto». No lo conozco. Confieso que no guardo mucha simpatía por los grafitis y lo único que se me ocurre es reclamar nuestro destino común, haber nacido en el lugar equivocado y en una época equivocada. Pero tal vez los equivocados no seamos nosotros, sino «ellos», los «otros».
«Ellos» no entienden el lenguaje de las canciones y los poemas. Para «ellos» el color es el resultado de la necesidad de emborronar un cartel con ideología. Todos «ellos» conocen la rima porque paladean los himnos, y las cuartetas son versos acompasados de política.
Hemos pasado esas escuelas de consignas juntos, en tiempos distintos. Los versos se han escapado, los colores han fluido de las pañoletas y el canto ha dejado de rimar en un himno para convertirse en un grito. Somos niños grandes, «ellos», los «otros», crecieron demasiado como adultos, se levantaron demasiado alto sobre sus botas, encanecieron demasiado pronto de pensamientos y sueños.
¡Ya no les quedan!
Para nosotros la poesía es brisa, aire, oxígeno de vida. Las canciones son como los brotes que desgarran esos muros donde alguien practicó un dibujo y trazó una flor. Los versos son las palabras de unos labios traviesos que riman una muy peculiar palabra.
¡Libertad!
Pero «ellos» han estado mucho tiempo atrapados en su jaula de oro, demasiado lejos de esos muros donde los colores simulan una flor y las palomas escapan de sus dueños. Por eso construyen prisiones que se niegan a ser desposeídas de sus nombres floridos, nombres de poesía y color, como «Valle Grande».
¿Hacia allí escapan los poetas y la poesía?
¿Hacia allí escapan los pintores y sus colores?
¿Hacia allí escapan los escritores y sus versos?
«Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua.»
No son mis palabras, son las de un argentino que un día no quiso darle su mano a los mismos sargentos que construyeron esas prisiones para atrapar versos, canciones y colores. Se negaron al himno y siguieron juntando versos. Es Jorge Luis Borges.
Otros lo hicieron.
Otros argentinos voltearon sus ojos hacia la izquierda para no ver la derecha de esos versos, prisioneros en La Habana. Pero ya se sabe, se llamaba Julio.
Al parecer esa palabra tiene un preconcebido sabor envenenado en sus letras.
Tal vez porque hemos visto ese río pasar demasiado tiempo por el mismo cauce, y sus rostros pasar como su misma agua, yo quiero inventar una palabra que nos una en un puño para escribirla delante de tu nombre:
¡Libertad, Danilo!

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