Sunday, September 27, 2015

Y tú, ¿qué vas hacer?

Son palabras de León XIII, recordadas ayer por el Papa Francisco en Filadelfia, palabras que pudieran muy bien servir de corolario a su reciente gira por Estados Unidos y Cuba y, tal vez, del propósito cardinal de su papado.
A veces es difícil encontrar respuestas a los pensamientos más profundos de los Pontífices Católicos Romanos. Es difícil entenderlos porque lidian con preguntas eternas, cuestiones espirituales que transcienden nuestra cotidiana vida, o deberían trascender. Frente a Dios, ellos tienen respuestas, o quizás solo tengan la oportunidad de hacerlas con más frecuencia. De todas formas a mi el Papa Francisco me ofrece muchas más preguntas que respuestas, y así también con lo ocurrido con este viaje a Cuba y a los Estados Unidos.
Por ejemplo, decidió encontrarse con Raúl Castro, concederle audiencia en Roma y visitarlo a su palacio en La Habana, recibir, incluso, y como «regalo» ese Cristo degenerado crucificado sobre los restos de las balsas del tráfico humano que el régimen castrista ha establecido con su pueblo como vía de escape a su Capitalismo Autoritario de Estado, y le concedió una hora de tributo al dictador en jefe en la finca personal que nadie le otorgó como propiedad. Y, a su vez, Francisco le negó la audiencia a Maduro en La Habana, pedida a gritos de ruego, para una vez más ignorarlo en la ONU, a pesar de todo el ridículo al que el venezolano se dejo arrastrar para al menos tocar su mano, sin lograrlo.
¿Cómo interpretar el saludo y la complacencia con el régimen de Cuba y el desprecio a la provincial Venezuela?
Preguntas que podrían tener muchas respuestas, o incluso, ninguna.
He tratado por estos días, sin embargo, de enfrentarme al «enigma Francisco». He tratado de pensar qué le hizo eludir confrontar la otra Cuba, palpar el pueblo, encauzar su causa franciscana como buen jesuita, acercarse a la realidad que, después de todo, es la pública imagen que nos quieren regalar en las páginas de los diarios sobre este Santo Padre.
Estas son algunas de mis impresiones.
Francisco conoció y vivió también dentro de una dictadura militar y sabe, de primera mano, que el lidiar con las dictaduras siempre ha sido «el negocio» de las iglesias locales, que nunca la central se entromete. Es quizás esta orfandad su legado psicológico como Papa. Tal vez la clave se encuentra en sus declaraciones al partir de Cuba, cuando expresa que descansa en los hombros de la jerarquía católica local cubana los entresijos de su relación con el gobierno de su país. Es decir, descansa en las manos y la voluntad del Cardenal Ortega. Ya sabemos entonces qué esperar. O al menos, qué no esperar.
Hay un antecedente, sin embargo, que no debemos olvidar. Francisco ha sido acusado de entregar a miembros de la iglesia argentina, o cuanto menos no hacer nada en su favor, durante la dictadura militar en ese país. Es un argumento que se debería tomar con reservas en tanto en cuanto hay otros que han dicho que el actual Papa intercedió por ellos de manera silenciosa y privada, como conociendo que solo con sigilo y silencio se puede trabajar con las dictaduras.
La pregunta, sin embargo, que se levanta armoniosamente de este argumento es, ¿lo hizo así también con sus encuentros privados con el gobierno de Cuba?
La respuesta, desafortunadamente, tiene que ser no, y recordemos sus declaraciones a la prensa cuando dijo que ningún disidente se le presentó y saludó como tal. Conocedor de las dictaduras debe saber que no le permitirían llegar a su encuentro. Pero se hace mucho más una certeza este argumento cuando expresó que su visita a Cuba tenía carácter eminentemente pastoral, y no político. Entonces, ¿cómo interpretar la explicación, separada unas pocas palabras minutos más adelante, de que cambió su primera elección de cruzar la frontera de Estados Unidos vía México por su preámbulo en la isla, en vista de los acontecimientos del 17 de Diciembre? ¿No se hace evidente que la elección de Cuba solo parte de una premisa política y no pastoral?
Algunos nos quieren regalar la imagen de este Papa como un cura simple, humilde, sencillo, casi casto con el mundo de la realidad política. ¡Vamos!, un cura de pueblito perdido en las pampas argentinas, que visita la familia ganadera el domingo en la tarde, saluda a los niños, los bendice y conversa bondadosamente con sus padres. Todos se olvidan que es esencialmente un jesuita, o quieren que nos olvidemos de eso.
Yo conozco a jesuitas. Son maestros de la sagacidad y la inteligencia con segundas intenciones. Hombres habilidosos, astutos, con el rostro sereno, a veces bonachón del buen samaritano, ojos dulces, sonrisa a flor de labios, pero que saben escrutar el espíritu humano con solo una mirada, y conocen cómo llegar, introducirse en cualquier sociedad, sobrevivir lo peor. Maestros del detalle. Incisivos. Pacientes.
Se ha hablado mucho por estos días de la «sencillez» del Papa a raíz de querer el «cargar con su maleta», donde guarda sus libros y documentos. Lo vemos arrastrar esa pesada maleta negra y muchas veces salta la curiosidad de saber por qué nadie le ayuda, cuál es la razón de su especial apego por ese peso adicional, por esa carga. Pero eso responde, esencialmente, a la típica desconfianza jesuita, así como su capacidad de resistir y no salvar distancias en su automóvil o que le ayuden al subir al avión, aun a temor de un traspié y caída, como ya sucedió. Pero eso también Francisco se lo debe a su formación jesuita, como su capacidad de rechazar los «lujos papales», zapatos rojos exclusivamente hechos para él con la mejor piel, dejación de lujosos automóviles por el sencillo «Fiat», residencias exclusivas en el Vaticano, su propia relación con el peligro de muerte, etc.
Olvidan, o ignoran, los que hacen su apología en la prensa que esas sencilleces están dentro de la doctrina cotidiana de todo jesuita, y fue típico desde sus inicios también de los franciscanos, que caminaban a pie las distancias enormes de aquella Europa de carruajes y caballos. Los jesuitas y los franciscanos fueron populistas desde sus inicios, y conllevaron cismas sociales con seguidores que llevaron al extremo sus doctrinas.
¿Sorprende entonces sus palabras populistas, sus gestos aparentemente irreverentes?
¿Qué cultura poseen estos periodistas, estos escribidores de la prensa que hablan del Papa, mencionan el nombre y no se toman siquiera el esfuerzo de recordar que Francisco, San Francisco, el santo padre de la iglesia del cual Bergoglio tomó su nombre, fue posiblemente uno de los primeros populistas de la Edad Media?
No hay, de hecho, ninguna «revolución» en este Francisco mas allá de la revolución en la ignorancia de sus apologéticos escribidores. Corre demasiada tinta.
En la realidad la palabra del Papa no ha trascendido a sus hechos, no ha enfrentado con acciones reales lo que tantas víctimas de martirio pederasta le exigen: entregar a la justicia seglar los culpables de tanta atrocidad sexual a menores. Gestitos, pequeños «pininos» en algunos dogmas, como el del divorcio, ya hartamente superados en el tiempo, y oscuras declaraciones entre su concepción de lo que es la familia y el matrimonio homosexual.
Se hace inevitable la comparación entre Juan Pablo II y Francisco. Evidentemente, sin Juan Pablo II no hubiera existido este Papa, y esto no es una proposición herética, es una realidad. Pero, a la vez, las diferencias se hacen demasiado evidentes. Pertenecen a dos escuelas doctrinales diferentes. Juan Pablo, además, vivió el «socialismo real», sabía lo que significaba una sociedad claustrofóbica como la de Cuba y por eso insistió incorporar su mensaje desde el misado. Conocía, en carne propia, que solo dándole la oportunidad a las voces disidentes dentro de la iglesia local, dentro del marco de su presencia y el ritual ordinario de su misado, lograría que fuera escuchada la voz de esa otra sociedad oprimida, silenciada. Es así como se explica la dura admonición de Monseñor Pedro Meurice en Santiago durante la misa de Juan Pablo. Castro no iba tampoco a permitir a los disidentes encontrarse con el Papa. Eso no se lo tenía que decir nadie, y conocía muy bien que no iba a poder a saludar a nadie que se le presentara como disidente, como pretendía Francisco.
La Cuba de entonces también era distinta a esta actual, como también su iglesia. Entonces aun persistían voces duras, discordantes, que enfrentaban la condescendencia del Cardenal Ortega con la dictadura con la actitud vertical crítica de obispos que hoy ya no están entre los vivos. Y Juan Pablo II sabía que las autoridades cubanas le iban a imposibilitar su encuentro con la disidencia cubana y con la porción irreverente de la sociedad. De hecho, se descartaba ese encuentro porque la visita había llevado un largo camino de negociaciones entre el Vaticano y Castro, sellado con la audiencia del dictador en Roma. El Santo Padre decidió lo que ya había hecho una práctica usual en sus visitas, incorporar su mensaje político a su mensaje pastoral, hablar todo en público. Solo se necesita comparar las palabras iniciales de los dos Pontífices a su llegada a Cuba para descubrir sus diferencias, como también el ritual pastoral de sus misas públicas.
Pero en lo personal los dos continuadores de San Pedro demuestran sus contrastes en sus vidas cotidianas, y en su haber ritual.
Juan Pablo II con su intangible acceso a su persona que lo hacía rodear de esa cualidad cuasi mística, proverbial, que siempre queremos descubrir en cualquier Santo Padre. No ofrecía muchas declaraciones a la prensa, casi ninguna. Rabiosamente, y con todas sus fuerzas, trataba de ocultar su debilidad física, la dolorosa presencia de esa terrible enfermedad conque batallaba diariamente. Nunca confesó una debilidad, en voz alta, ni en palabras, ni en gestos. Se sobre impuso a los obstáculos de la enfermedad y su destino con una voluntad de acero. Juan Pablo II no valoraba con buenos ojos el gesto de Fidel Castro de acercarse al borde de la escalera del avión, aun después de habérsele prevenido que el Papa no lo deseaba. Con Juan Pablo teníamos al Santo Padre místico, al Santo Varón que miraba al César por lo que era del César.
En Francisco tenemos al jesuita pícaro, que sabe aprovechar con astucia los instrumentos que la sociedad le entrega en su cotidianeidad. Cuando Juan Pablo iba a algún lugar no calculaba el fruto político consecuencia de su visita para madurar la próxima parada en su gira, como hizo Francisco con su soplo cubano. Juan Pablo II estaba interesado en la Iglesia y los hombres, pero no en su legado y el de su iglesia entre los políticos. Es, aunque parezca contradictorio, lo que algunos políticos echan de menos de este nuevo Papa.
En el caso de Francisco es evidente que su agenda en Cuba estaba subordinada a lo que deseaba lograr en Estados Unidos. Cuba era solo una antesala, un pre-show, no buscaba nada mas, no pretendía incluso ni remojarse los dedos con el problema cubano. Para ello le dejaba las manos libres a los padres actuales de su iglesia en el país, que es decir literalmente: le dejaba los hilos en los dedos lujuriosos del Cardenal Ortega. 
Hay una imagen que describe exactamente el jubiloso placer del Cardenal en esta visita papal, y es aquella sonrisa lujuriosa con que Ortega se paseó durante todo el recorrido de Francisco en el «Papamóvil» a su llegada a La Habana. Aquella imagen no era la del Ortega de cuando Juan Pablo II, entonces el Cardenal tenía las manos y los labios aun muy atados por el polaco, probablemente porque veía en el Cardenal un posible émulo de aquel Juliusz Paetz, arzobispo polaco que trabajó en el Vaticano desde los tiempos de Pablo VI y que, según como explica el arzobispo polaco Tadeusz Isakowicz-Zaleski en su libro «Los sacerdotes frente a la policía comunista», trabajó como informante de los órganos de espionaje comunista de la Polonia y la Rusia soviética.
A mi Francisco, de cierta forma, me recuerda a un Girolamo Savonarola, cura febril que supo muy bien utilizar su habilidad con la palabra y su ferviente pasión para encender las iras populares contra las autoridades poderosas de Florencia. No se puede olvidar que los franciscanos y los jesuitas han tenido, históricamente, mucha más influencia de la que se conoce y se dice en voz alta de las doctrinas y las palabras del florentino Savonarola que del mismo Erasmo de Rotterdam, del cual sí reconocen públicamente sus influencias teofilosóficas.
Es bajo esta luz que veo el paso de Francisco por Cuba y por los Estados Unidos. Y así, esas palabras del Papa reclamándole a las jóvenes generaciones en Filadelfia, que no en Cuba, qué hacer,  que «hagan lio» como dice en su porteño acento, cómo comportarse y enfrentar la realidad, las observo, no sin cierta ironía, debo admitirlo por mi parte. Se la hago también a él: y usted, ¿qué va a hacer?
Evidentemente, solo quiso hacer de Cuba la antesala conveniente para su entrada en norteamerica. Decidió «establecer» que su visita era Pastoral, no política, aun cuando la decisión de visitar a Cuba y no México fue, a todas luces, una decisión tomada desde lo político.
En Cuba no oímos mencionar términos como libertad y democracia. Para alguien que ha creado su imagen y persona pública alrededor de los desposeídos, las desigualdades y exclusiones, haber ignorado a aquellos que sufren en Cuba lo priva de todo presupuesto moral para, horas después, lanzar clamorosamente esos mismos presupuestos desde las antesalas políticas del Congreso de los Estados Unidos y en el plenario de la sesión anual de la Organización de Naciones Unidas.
El Savonarola que unció Francisco en la ONU pareció abrazar las mismas palabras fatídicas del florentino en su confesión antes de su muerte en la hoguera, que la historia recoge como suscrita con la mano derecha por ser la única que podía firmar después de más de cuarenta días de tortura – el florentino era zurdo –. La historia también nos dice que esa confesión es falsa, que él nunca escribió ni dijo y mucho menos suscribió con su mano derecha, pero ahí están, tozudamente registradas por alguien, algún escriba las garrapateó en los órganos oscuros de la seguridad vaticana en la misma Florencia:
"Me di cuenta de que la palabra inspirada por Dios, anunciada y proclamada en nombre de Dios, podía ser un medio para la adquisición de un poder absoluto sobre las almas de los hombres. Vi, por experiencia, que algunos pueblos son llevados a obedecer más con la amenaza y con el terror que con las suaves caricias de la esperanza."
¿No nos suena a nuestros oidos demasiado contemporaneas estas palabras renacentistas?

0 comments: