Saturday, September 12, 2015

Usher, Café y Tabaco

No sé qué lastima mas, ver un artista del que muchos pronosticaron – tempranamente, muy tempranamente – se transformaría en el próximo «Michael Jackson» - ¿quién pudo llegar a pensar semejante tontería? –, ser el vehículo idóneo de la próxima payasada extra-musical norteamericana en Cuba para vender la apertura política al castrismo, o ver convertida la isla en lo que fue, o acusaron de ser cuando Batista, el prostíbulo de América, o el casino de la mafia ítalo-americana, o el traspatio de celebridades del cine y de la música norteamericana. Pasillos por los que celebridades como Nat King Cole, Frank Sinatra o Ava Gardner paseaban sus glamorosas figuras, tomándose el «jaibol» de la inocentada, entonando alguna cancioncilla dulzona para encantar doncellas o mostrando ese rostro demasiado aterciopelado de cirugías y cosmética parisiense.
Cuba era entonces la vitrina del ocio, hoy también remeda aquello. Una vitrina con muchos accidentes geográficos, y parches, un contraste de pobreza repartida y multiplicada, y las mismas circunstancias para el silencio de las celebridades de paso.
Resulta patético comprobar que lo tantas veces repudiado por las autoridades verde-revolucionarias, aquel país que alguna vez anunció el destierro de las luminarias y las máquinas tragamonedas por el campamento guerrillero y las botas rústicas, hoy retorna con muchas más sombras, carencias e insuficiencias sociales, y también mucha mas carencia de ética y principios.
Pero, ¿de qué sorprendernos?
Estos peregrinos de tabaco han viajado a Dubái, recorrido la muralla china, ofrecido conciertos a dinastías árabes, se pasean por todas las cárceles sociales del mundo con sus millones, fumándose sus tabacos o exhibiendo su riqueza obtenida de verdadero talento, y eso es lo que mas lastima, el talento que se desperdicia en menospreciar la falta de libertad de otros, solo por el placer arcano de sus bolsillos.
Pero, después de todo, Cuba solo es el destino de moda, temporal. Lo que me lastima, sin embargo, es que nos convirtamos en esto: una vitrina de café y tabaco para celebridades que quedaron a medias de convertirse en la gran estrella. Exhiben su dinero, malgastan las palabras para decir sentimentalidades como «las música nos une a todos» pero, eso sí, no los derechos de los que hacen alguna música.
Esas celebridades pasan, pasarán, inevitablemente por ese pasillo que hoy se antoja Cuba. Deteriorado en partes y rincones, adornado en afeites para el disfrute turístico de ocasión. Más doloroso, en cambio, es comprobar cómo los cubanos se marchan para entonces regresar en el mismo «plan de café y tabaco» estilo Usher.
Se convierten entonces en ese otro «Usher tropical» de miniatura que se sienta en alguna mesa de turismo local, enciende el mismo tabaco y amelcocha su café amargo. Sonríen una sonrisa plástica, demuestran una extranjeridad venérea, geriátrica, actúan en la película acaramelada de su regreso, que nunca fue partida.
Están atrapados, siguen siendo las mismas tuercas de aquel poder. Aceptan las reglas del juego. No hablan. No levantan la voz. Casi ni respiran para no molestar a los que se molestan con la respiración ajena.
Son peores que Usher que, a fin de cuentas, ni le importa el destino humano más allá de su bolsillo, ni se preocupa por servir de quiniela a un dictadorzuelo moribundo.
Las «celebridades de miniatura», cubanos engreídos de su nuevo acento y sus nuevos billetes de cambio, regresan para utilizar a los otros como contorno de su felicidad prestada. Pagan el diezmo del silencio y, vergonzosamente, hasta acusan al opositor de «comemierda», tonto y pagado por algún otro. Recorren sitios, blogs y noticias disgregando una opinión que se la tragan, como el café amargo y sin azúcar, cuando visitan el consulado de aquella dictadura geriátrica, para pagar la cuota bianual del vergonzoso diezmo que les permite el regreso tropicalizado de su nunca huida.
Para Cuba Usher o Beyonce o Jay-Z no son el problema, para Cuba el problema son los cubanos, más allá que la misma dictadura. Los cubanos que se apuntan al silencio, al coro de la represión, a los victimarios para después convertirse en víctimas ellos mismos y huir en pequeños sorbos por cualquier país de la región que conecte con su destino prioritario: los Estados Unidos.
Algunos hablan de pacifismo, algunos mencionan de vez en cuando a Gandhi y todos nos olvidamos que el hindú tenía miles y millones de seguidores, ganados con lucha y resistencia y proselitismo, y mucha encojonada valentía, que le presentaban el rostro al inglés para le abofeteara por exigir tener lo suyo, línea tras línea, hombre tras hombre, hasta que el cansancio y la erosión les hizo dejar de levantar la mano, abofetear aquellos indios incansables de pacifismo y entregarles su país, para siempre.
Para algunos Gandhi es solo un nombre, una etiqueta útil a la que acudir, un símbolo vacio, demasiado lejano para recordar todas sus enseñanzas. Nada más.
Pudiéramos todos igualar la paciencia temeraria de aquellos hindúes gandhianos. Levantarnos temprano algún día, mientras más pronto mejor, acercarnos a cada una de esas oficinas refrigeradas de consulados y embajadas del castrismo geriátrico y lanzarles a su rostro el pasaporte, como la bofetada pacífica a su vergüenza. Invadir aviones y cruceros. Amarizar y aterrizar en Cuba y exigir, de por todas, lo que es nuestro derecho: el acceso ilimitado a nuestro país, sin restricciones y sin listas de exclusiones, sin  permisos y cuños de autorizada entrada.
Constituiría la única posible y necesitada respuesta a los cientos de «Ushers que nos asaltan las fábricas robadas de «Partagás», para fumarse el oloroso tabaco y endulzar melódicamente el oscuro café, criollo y amargo, que nos pertenece, sin distinción y sin permisos aduanales, a todos los cubanos.

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