Monday, September 21, 2015

Un regalo abominable

Como si el «regalo» de un crucifijo con la «hoz y el martillo» de Evo Morales al Papa Francisco no hubiera sido el colmo de la desfachatez y la burla, «santificada» por la «locura divina» de un sacerdote jesuita, el «regalo» del anfitrión de la visita papal a Cuba, Raúl Castro, al Santo Padre alcanza los limites abominables del cinismo desvergonzado, habida cuenta de la responsabilidad criminosa que ese mismo régimen y ese mismo individuo tiene en la muerte de seres inocentes en el cruce de balsas, y en el trasiego de civiles, por las aguas tumultuosas que dividen el contorno liquido de Cuba y los cayos y costas de la Florida.
Un Cristo crucificado sobre remos de un llamado «artista» plástico comprometido con el pincel, la palabra y la responsabilidad culposa que toda persona ¿humana? tiene cuando ampara un crimen. Un Cristo crucificado por su muerte en una balsa, en un transbordador «13 de Marzo», hundido por ese anfitrión que estrecha las manos, comparte esa sangre que aun gotea y que no ha alcanzado su justicia, divina o terrena, de esos dedos que no temblaron un día, una noche, en plena oscuridad, con la complicidad de guardacostas y civiles, con la complicidad de la impunidad que da el poder ABSOLUTO sobre las vidas, TODAS, de niños, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos.
Un Cristo crucificado sobre balsas e inocentes, hombres y mujeres y niños, un Cristo que ayer domingo estuvo con «las manos en alto» frente a un canalla esculpido en hierro en una plaza que ya no es de ninguna revolución, sino de una dictadura, y que después descansa, desangrado y sufrido, con las llagas de la huida sobre maltrechas balsas, islotes de maderas o inventos de la fantástica desesperación de un pueblo que escapa, que huye, que no quiere seguir viviendo entre criminales que desposan la Patria con su destrucción, por más de cincuenta y seis años, como decía el poeta:
«Cohesionados con “obras”, con entereza y ensañamiento, a la jauría desatada ¡retorcedles el cuello!».
Aquel poeta fue también un degenerado escribidor que escaldó el futuro, cantándole a los victimarios, aplaudiendo un crimen, muchos, demasiados, y que se quitó la vida en medio del desprecio de los mismos a quien escanció su verbo en elogios: Mayakovski.
Este otro fulano, sin poesía, sin verbo, sin metáforas en versos y palabras, pero que con maderos sangrientos ha hecho el poema del despojo, del crimen, de la burla, la cuarteta de la ignominia, entregada con cinismo por su sargento en jefe.
¿Vale la pena mencionar su nombre?
Como Mayakovski morirá por sus propias manos, en el suicidio oneroso de su propia vergüenza.

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