Sunday, September 13, 2015

Re-escribir la Iglesia

La iglesia no tiene que suscribir ningún gobierno, solo tiene que celebrar al hombre y hablarle, convivir con su destino y acompañarle. No puede darle la espalda, no tiene la misión de acuñar una ideología, y no necesariamente tiene que condenarla en tanto esa ideología no condene al hombre al abuso y a su inquisición. No puede abrazar el poder, ni tampoco sustituirlo. Sin embargo, en una sociedad donde se ha asfixiado la individualidad por suscribir una colectividad que sostiene un poder, por sostenerlo, la iglesia tiene que ayudar al hombre a que se ocupe de su destino, a que ocupe su lugar, a enriquecer su individualidad como ser humano, a asumir su papel como motor de un país, de su propio futuro.
¿Ha hecho algo la iglesia en Cuba para garantizar que el cubano comprenda que es en su entorno natural donde debe asumir su rol transformador como ciudadano de su país, en primer lugar, y del mundo en consecuencia?
¿Lo asumió así la iglesia católica cubana cuando decidió servir de intermediario para el exilio de los prisioneros políticos a España?
Tres Papas han visitado Cuba o, para ser exactos, hasta el día de hoy dos y en esta semana lo visitará el último. Todos han compartido su presencia en plazas públicas ante los símbolos de la ideología local. ¿Por qué?
Sí, los símbolos son solo símbolos. Pero cuando levantamos la cruz creemos en ella. Los símbolos obtienen una fuerza y una presencia que establecen, por sí mismos, un lenguaje silencioso de complicidades. No podemos escapar a su presencia muda, a esos signos ocultos que conversan al intelecto desde su estancia en el panorama social.
Y por eso pienso, honradamente, que ningún Papa debió erigir su altar en las plazas que simbolizan una ideología excluyente, aun cuando las plazas sean públicas, pero ostenten contornos groseros. La presencia en ella no establece una conversación, ni siquiera un diálogo, sino una continuidad, una continuidad con visos de complicidad.
Sencillamente, debieron ir a otras plazas, a otros lugares lejanos de la presencia finisecular de esos dogmas políticos. Ahí estaban las grandes avenidas, los estadios, la avenida del puerto, amplia, serena, rodeada por el mar, símbolo de la patrona criolla cubana. No debieron sucumbir los príncipes de la iglesia a la jerarquía de símbolos del poder en la isla. Ni escoger la derecha de un rostro, o la izquierda o el frente del mismo. Tal vez sea esa la esencia oculta de todo lo que sucede y ha sucedido en Cuba, que la iglesia ha reescrito su nombre con los símbolos establecidos del poder y, a pesar de sus retruécanos, los ha subscrito.
Nos guste o no, les guste o no a los padres de la iglesia, moleste o fastidie a todos, muchos, pocos o ninguno. La iglesia ha reescrito su nombre, con ayuda del poder.
Me fastidia reconocerlo, pero yo no puedo cambiar esta historia. Y en esa reescritura la mano del cardenal Ortega tiene fuertemente asentada su rúbrica.
Y no me gusta el Cardenal. Y el Papa al que saludé con simpatía cuando salió aquel día al balcón en el Vaticano hoy me asusta, y me causa malestar que se siente en el trono de Pedro.
Fastidia reconocerlo, pero yo no puedo cambiar tampoco eso.
No puedo cambiar tampoco que la iglesia se confraternice con la ideología de la exclusión para sobrevivir, pero lo ha hecho siempre. Eso tampoco puedo cambiarlo.
¿Qué nos queda?
Muy poco, queda muy poco.
Siempre he partido de una idea elemental: la de que la verdad no necesita ser justificada por la adecuación a un objetivo superior. La verdad es la verdad, y nada más. Debe ser servida, no servir.
La verdad me obliga a decir que no me agrada la mediación que la iglesia católica ha ejercido con el poder en Cuba, porque no ha habido mediación, sino contubernio con el poder, intercambio de intereses estrechos. 
La curia cubana se vio frente a sostener una lucha en que no era secundada por el pueblo o tender la rama de olivo al otro olivo militarizado. En vez de incentivar la civilidad, servir de claustro para el surgimiento de la sociedad civil, decidió ayudar al poder para obtener sus dádivas y crecer en seguidores.
«Al César lo que es del César, y también al pastor», como pudiéramos decir.
Podría pensarse que logrado eso emprendería el cultivo de su feligreses en lograr el despertar social. No ha sido así, y eso fastidia, pero tampoco eso puedo cambiarlo.
Esencialmente, esa ha sido la culpa del cardenal. Es su culpa personal, y por ser la representación mas alta del poder del Vaticano en La Habana no puede eludirlo. Para colmos, ha ejercido la maledicencia, y ha insultado. Ha molestado a quienes no debería haber molestado y ha sometido el templo de Dios a la autoridad seglar del poder, para seguir sosteniendo ese balance frágil, quejumbroso establecido con la bota militar en Cuba.
Cuesta trabajo entender la postura «evangélica» de este hombre convertido en Cardenal. Cuesta comprender que utilice los mismos verbos del oficialismo, las mismas palabras groseras, las acusaciones intolerantes y las mismas frases contra una oposición que solo le pide una postura de tolerancia y de verdadera intercesión en la sociedad rígida que es Cuba.
Pero, al fin y al cabo, dentro de la lógica claustrofóbica del castrismo, si alguien es acusado tiene que ser de antemano culpable, del mismo modo que si algo viene publicado en «Granma» automáticamente es verdad, aunque resulte en principio increíble. Y así no es en balde que aparezcan entrevistas en los sitios oficiales, crispados por las mismas consignas y los mismos términos acusatorios y rígidos del oficialismo usados en el verbo del «príncipe de la Iglesia cubana».
Me pregunto si alguna vez ha sentido vergüenza de sus palabras, si la sentirá en algún futuro, si recordará estos últimos días de su «principado» cardenalicio con postrera serenidad y se arrepentirá de su mano cargada de estulticia. O será lo contrario, será que en aquel entonces, encerrado entre las «heces revolucionarias», en el UMAP, que sintió la azarosa vergüenza, una vergüenza amañada y decidió desde entonces elegir entre los bandos, el ganador.
Como se sabe la vergüenza es anterior a la lucidez: es un aviso instintivo, una alerta que viene de mucho más hondo que la conciencia aletargada, que la inteligencia, intoxicada por los efectos de una educación demagógica y el hechizo místico de las consignas de un Partido, un gobierno, un demagogo demasiado cultivado en todos los medios, de manera absoluta.
¿Decidió claudicar Ortega entonces?
¿Decidió elegir el camino mas cómodo?
Observando detenidamente las palabras de este hombre de sotana cardenalicia me invade los pensamientos más heréticos sobre cuán frágil es el límite entre la rígida honestidad y la más obtusa intolerancia, y sobre cuán sectarias y relativas son todas las ideologías, y en cambio, qué absolutos son los tremendos tormentos que los hombres se infligen recíprocamente.
Las ideologías totales, como la del castrismo, presente en todos los estratos intelectuales y sociales en Cuba, aun en los de la iglesia católica, tienden a disolver a los seres humanos reales y concretos, los únicos que existen, en bloques sólidos, en categorías absolutas. Quizás en aquellas «granjas de rehabilitación proletarias», como eufemísticamente se conocían por el oficialismo, el Cardenal Ortega se rindió, de manera anestesiada, al dogmatismo, y por esa su renuncia personal desde entonces, y por tanto tiempo, se rindió al ejercicio de la inteligencia personal, de la observación de las cosas reales.
Hoy subsiste en su Cuba de hipótesis.
La memoria de tales rendiciones, de esos períodos considerados por él mismo como bochornosos o dolorosos, su amarga experiencia de verse entre los diferentes estratos del marginalismo postrevolucionario castrista le hizo condenar a sus compañeros de inquisición, y decidió marginarlos en cuanto tuviera la oportunidad y el momento adecuado para levantarse sobre ellos. Y esta es su hora.
No se puede olvidar de que la memoria preserva la humanidad del condenado y al mismo tiempo le inocula la vergüenza y la culpa: la vergüenza de no haber sabido ver, de no haber tenido compasión.
Definitivamente hoy esa vergüenza ha vencido a su culpa, y se siente libre de su pasado. Reescribe su historia, y así la de su iglesia.
No, definitivamente no espero nada de la visita de este tercer Papa. No es que no crea en Dios, no es que no crea que aun podemos contar con su interlocución, es que la iglesia, especialmente la cubana, ha dejado de celebrar al hombre para compartir el poder, para acceder a la Cuba oficial, para obtener el reconocimiento público que perdió de sus mismos interlocutores. Colocarse en los medios, en definitiva, escalar al poder.
Lo cual es un sacrilegio en su Nombre.

0 comments: