Sunday, September 20, 2015

La palabra desaparecida

Llegó el Papa a La Habana, descendió del avión de «AlItalia» en uno de esos días calurosos, soleados y ventosos, y aquel viento inclemente le levantó no una, sino dos veces el «capelo», como un símbolo irreverente del lugar en que plantaba sus pies y oía sus palabras. No sonrió mucho en su llegada, tal vez una o dos veces, ante la presencia de niños que lo saludaron. Un saludo formal, ordenado.
Todo en esta visita parece demasiado formal, impropio de este Papa que desgarra los protocolos, desde aquella salida al balcón del Vaticano cuando saludó por primera vez a sus feligreses. Hasta las palabras parecen congelarse, en una estalactita de oraciones previsibles, que se adivinan demasiados pensadas y vueltas a pensar, demasiado equilibradas, cuidadosamente rebuscadas en ese género de prosa que parece decir algo, sin decirlo. Todo un ejercicio de autocensura, propio mas de un filme de Luis Buñuel que de una autoridad internacional con el peso de la palabra divina y de la autoridad vaticana.
Hoy en la misa, sin embargo, hubo más sonrisas. El «PapaMóvil» se detuvo algunas veces para bendecir a niños que se lo acercaban en andas, sobre hombros, cargados en las manos de padres y creyentes, y también cinco jóvenes disidentes se arriesgaron a clamar «Libertad» y lanzar algunas octavillas ante el avance del Santo Padre.
Violencia incluida, «los cinco» fueron barridos de su presencia, ante los ojos internacionales de la prensa y la televisión. Esperemos que él les recuerde a los inquilinos de la casa de gobierno, aquel palacio rectangular que se adivina detrás de la estatua del Apóstol, que deben otorgarle esa misma Libertad que reclamaron esos jóvenes.
Esa palabra. ¡Ah!, ¡divina palabra!
Es todo un adagio de lo que esta visita significa, y es. Por supuesto, es solo el primer día, y yo no puedo predecir, ni aun con el poder divino de la especulación si el Papa Francisco hablará de ese concepto maldito en la isla, si la pronunciará en algún momento.
¿Tal vez en alguna otra ciudad cubana?
Pero no en La Habana, ¡tan necesaria!
La ausencia de esa palabra es el adagio de esta visita. Todo lo expresado por Francisco fue dicho tan cuidadosamente pensado, y leído, con esa pausa melodramática que adivina el respiro comedido ante el Angel Perverso, ante el Mal. Aun en las palabras sobre el conflicto en Colombia se le olvidó a Francisco mencionar el conflicto de ese país con su vecino, Venezuela, un conflicto artificialmente creado por los Cabellos y los Maduros, y apoyado por los inquilinos de esta cárcel que visita en Pontífice.
Y aquí esta esa imagen, casi toda una metáfora de lo que es todo esto: Cristo con los brazos levantados frente al rostro adusto y condenatorio de aquel que murió, afortunadamente, en Bolivia. Un Cristo que semeja la visión de un prisionero delante de sus esbirros.
«!Manos arriba!», parece decir Guevara. Y Aleida Guevara, la hija pastiche, obesa comemierda que rueda en sus palabras de sargento cuartelero en un campamento militar stalinista, no quiere escuchar a Francisco por no ser «hipócrita».
Tal vez las manos levantadas de Cristo, ante ese padre canalla cincelado sobre el muro cementado del Ministerio del Interior cubano, sea la «sinceridad» de este régimen y la concesión de beneplácito de la Iglesia Católica ante la hija ortodoxa de aquel ortodoxo canalla. Después de todo, siempre se encuentra una respuesta a cada pregunta incontestada.
Pero así estamos, con muchas palabras divinas desaparecidas del mapa, tal vez perdidas para siempre en las cárceles de la «Stasi» tropical. Y la más importante, «Libertad», a la que ni la misma autoridad Papal se atreve a balbucearla.
¡Qué pena de Cristo detenido en La Habana!
Una pincelada: las palabras del inquisidor cubano en la llegada del Sumo Pontífice resonaron como el quejido moribundo de unas instituciones que ya parecen muy cercanas a la tumba. La propia voz del emperador tropical sonaba como el quejido de un anciano quejumbroso, aquejado de enfermedad terminal, temible aun más por conocer cercana su muerte. Por supuesto, no pudo dejar de mencionar al hermano invisible, aun desde aquella cueva que llaman «punto cero» su sombra lo sigue atormentando hasta su mismo final, y todo su discurso pareció recordarle al Papa que todo lo que diga, absolutamente todo, a pesar de la ambigüedad, el cuidadoso balance de frases y la diplomacia serpentina de su Eminencia, se lo puede subscribir sus dictadores.
De cierta forma, ¡ha sido el ejercicio facilitado a La Habana por el Vaticano!

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