Thursday, August 6, 2015

Mas allá del mundo feliz

No se puede negar que vivimos en un mundo tecnológico. Nos levantamos, preparamos un café, chequemos el celular, encendemos la computadora o abrimos el iPad para leer algún libro mientras tomamos ese café, y tal vez, como me sucede a mí, chequeamos las noticias con un «click» en el telemando del televisor a la vez que acedemos a sitios web en todos los equipos electrónicos con que nuestra vida se rodea. Somos como esos pequeños átomos de información reclamando constantemente a otros átomos, y disgregando nuestra presencia, con huellas invisibles de nuestra privacidad, aprovechadas por agencias federales y entidades comerciales para capturar nuestros deseos, frustraciones y pensamientos.
Pero internet y su tecnología no nos ha hecho más libres, sino mas esclavos de nuestros vicios y nuestras cadenas tecnológicas. Twitter nos enferma de adicción; Facebook nos aburre de la misma adicción con fotos, videos y comentarios; Instagram nos envicia de rostros frescos, fotos tomadas en cualquier esquina de este mundo, o coqueteo instantáneo  del oculto universo de nuestra vida cotidiana.
La tecnología nos ha hecho más esclavos de nuestras rutinas y frustraciones personales, de nuestros deseos ocultos y de nuestras malicias. Hasta leer se ha convertido en algo muy peligroso, porque nos aleja de su raíz, la imaginación, la fantasía y el pensamiento individual. Al leer un libro nos sumergimos en él y el universo exterior desaparece. Al leer en un iPad o en un eReader no estamos solos, no nos sumergimos en su lectura, y la concentración que un libro nos obliga se desvanece a la distancia peligrosa de nuestros dedos sobre la pantalla ciega de ese aditamento tecnológico que nos hace olvidar, por demasiado largos momentos, que el mundo real existe. Internet nos acerca, y tambén nos aleja de los seres humanos, de los seres humanos de carne y hueso. En su lugar tenemos ese espectro electrónjico engañoso, como su tecnología.
Internet es un monstruo colectivo pero individual de pensamiento. Conecta en una línea, o divide en muchas para desenfocar nuestras vidas. Y algunos le otorgan un poder que nunca tiene ni tendrá. Algunos reemplazan la voluntad del hombre al capricho algorítmico de la tecnología.
«Internet nos hará libres», alguien dice.
¿En qué lugar ha ocurrido?, pregunto.
Miro esa línea de jóvenes que se "incomodan" en ese muro de concreto y chequean sus teléfonos móviles. Navegan por un "wifi" reciente inaugurado en algunos de los puntos de Cuba, esta vez en Holguín,  y me recuerdo aquellas tertulias tuiteras donde reclamábamos internet para los cubanos.
«Ya vienen llegando», nos guiña Willy Chirino desde una salsera y contagiosa melodía de dos décadas de ancianidad.
Ya siguen llegando, propondría yo a la melodía. ¡Y seguirán!
Las libertades no llegan por los tejidos tecnológicos de internet en estos días, en ningún lugar, bajo ninguna circunstancia, mucho menos si las capacidades de conexiones están reguladas, controladas, supervisadas. Leo en el "Wall Street Journal" que China colocará ciberpolicías en las principales compañías de internet del país. Cuba los ha tenido siempre, y seguirán ahí, patrullando las redes internas.
En China la censura a internet cubre desde legislaciones aprobadas por su «Parlamento» hasta acciones técnicas dentro del ambiente tecnológico de la navegación. Entre estas últimas, las mas «invisibles», estuvo la construcción del «Gran Cortafuegos», en inglés el «Great Firewall of China» o como oficialmente se conoce, el «Proyecto Escudo Dorado». No se ocultan para decirlo, no se avergüenzan de su censura. Lo típico de los sistemas sociales como los que, ideológicamente, impulsan países como China y Cuba es la sinceridad impúdica a su vigilancia, espionaje desvergonzado y censura ilimitada.
Los «otros» son el «imperialismo salvaje» y ellos las «ovejitas inocentes».
La filtración en China abarca toda una serie de técnicas tan viejas como la misma tecnología que las soporta: listas de direcciones IP bloqueadas, palabras claves censuradas, envenenamiento de DNS y la instalción de brigadas de internet conformadas por alrededor de 30 mil efectivos que buscan controlar el contenido de lo que se comparte, mediante la instrumentación de la ley oficial. China tiene su propio buscador, «Baidu», y así también lo tiene Cuba, desde el 2007.
La China de las ciberbrigadas es la Cuba de los ciberpolicías que conocemos desde hace mas de cinco años. Pero, ¿de qué hablábamos cuando pedíamos internet para Cuba?
No puedo hablar por los demás, pero en mi caso hablaba de acceso libre a la información. Hablaba de eliminar a esas ciberbrigadas "Made in UCI", fantasmitas escondidos detrás de un avatar, sin rostro, sin nombres o con ellos falsos, que condenaban pensamientos, cubanos que se atrevían a emitir su opinión a través de las pocas opciones tecnológicas en Cuba. Los ciberpolicías cubanos tenían el poder del ciberestado, al punto de que oficiales del propio clan familiar Castro, como Mariela Castro, los saludaban y aplaudían en las redes, acudian a su apoyo en la confrontación libre que es internet.
Si el mundo occidental, especialmente Norteamérica, se inflamaba y enfurecía con las revelaciones sobre el ciberespionaje de la NSA, a través de las declaraciones de Snowden – ciberespía asalariado, contratado por el gobierno y convenientemente arrepentido – ¿qué diríamos nosotros, los cubanos, que hemos vivido una gran parte de nuestra vida, casi toda nuestra vida, o toda nuestra vida en el "mundo feliz" de Aldous Huxley?
Miro con curiosidad esa larga hilera de rostros jóvenes hundidos en las pequeñas pantallas de sus teléfonos móviles, computadoras portátiles e iPads, navegando una internet ya cibervigilada por el ciberestado, y autocensurada por ellos mismos para "no buscarse problemas" y "seguir en la lucha", que es decir sobrevivir en Cuba, y me da pena su autodisciplina, ver como sucumben pacientemente a un destino «feliz Huxleyano».
Los cubanos se han disciplinado en el conocimiento de que cualquier acceso que el ciberestado les abra a sus medios está controlado, supervisado, cibervigilado. Hay algunos que creen que hasta el "ciber paquete" es una cibermaniobra controlada. En última instancia a lo que acceden esos jóvenes es a su ciberfuturo, ejercen su ciberlucha cotidiana, muchos de ellos engarzándose en una ciberbúsqueda romántica para enganchar el cebo de su salida del país, o el cibercontrato con alguna entidad en el extranjero, o la necesaria cibercomunicación con sus familiares en Miami, Barcelona o Rio de Janeiro, que le garantizarán su escape.
Todos saben qué sitios eludir, qué palabras usar y cuales no, qué vericuetos y normas seguir, sobre todo de qué esencialmente se deben cuidar. Las reglas están silenciosamente establecidas y todos la conocen. Tal vez esta sea la única diferencia entre China y Cuba. Los mandarines cubanos son más sutiles, a pesar de la milenaria sutilidad de la China que todos conocemos.
Pero mas allá de toda fantasía política, y tecnológica, está el hombre, su voluntad personal y su talento. Los cubanos tenemos talento, lo hemos demostrado para sobrevivir en la peor de las sociedades del rudimentario físico-ciber-espionaje. Después de todo, la estructura de vigilancia del barrio, del ministerio, del centro de trabajo, de la escuela-tecnológico-universidad, tiene que sobrevivir y acude a los mismos mecanismos del mercado negro, de todo tipo, que delata y condena en su rutinaria vigilancia. El ciberespía comercia él mismo con su conexión privilegiada con los mismos que condena en las redes sociales, y el funcionario ministerial cierra algún ojo con el familiar, el amigo o la conveniente conexión de su entorno. La cibervigilancia comercia con su ciberilegalidad.
En realidad, el espectro tecnologico en Cuba es una extensión de su fisicalidad: toda una red de corrupción social a todo nivel, estamento y ordenamiento cívico. Nadie puede reclamar ingenuidad, desconocimiento, virginidad política. Los cubanos viven para luchar su sobrevida, pero no para reconstruir su sociedad, su entorno, su país. Esto no es nada nuevo, pero muchos eluden decirlo o por vergüenza, o por conveniencia o sencillamente porque no quieren admitirlo.
Se hace de una ingenuidad bochornosa pensar que esos que se alinean ahí, en el parque «Calixto García» de Holguín, inclinándose, sumergiéndose en sus pequeñas pantallas, lo hacen para cambiar el futuro de su país. Lo hacen para cambiarse el futuro propio. Yo también estuve en Holguín, caminé por sus calles, conversé con jóvenes y adultos. Yo también fui un joven como ellos, esa atómica partícula de voluntad buscando el conejo que me hiciera escapar con Alicia del «mundo feliz» de Huxley.
Nadie los condena, yo tampoco. Es una inmensa desgracia que no se den cuenta que cambiando el futuro de todos, que es el de su país, cambian el suyo propio, sin necesidad de abandonar su entorno. No digo que no se den cuenta, que lo hayan pensado o, incluso, que lo piensen ahora mismo. Pero la sicología social pasa por la de cada ser humano, y lo primero que tiene que aprender ese joven que esta ahí, ensimismado en su ciberconversación, es a levantar su mirada de esa pantalla gris, mirar su entorno, preguntarse qué hace allí, cuál es su propósito, dónde estará en el futuro y qué hará. En dependencia de sus respuestas así será su actitud.
Pero, desgraciadamente, en Cuba seguimos esa tonadilla de Oscar D’Leon «defiéndete tú y déjame a mí, que yo me defiendo como pueda». La tonadilla puede que saliera en aquella Cuba de entonces, de los muros de la «Casa de la FEU», en 27 y L, La Habana. Sigue saliendo hoy de todas sus latitudes, también de Holguín y su parque central.
Algunos dirán que oponerse a la maquinaria del gobierno es una inutilidad. Demasiado inmensa, monopólica, abrumadora. Pero esa maquinaria gubernamental está sobredimensionada y es fácilmente destructible si, conscientemente, un grupo humano se propone destruirla. Para eso hay leyes que tienen que cumplir, porque ese «mundo feliz» de Aldous Huxley no admite acciones improvisadas, como las que ejercita la «oposición cubana», demasiado vigilada, supervisada, construida sobre intereses definitivamente personales, tutorizada desde lejos, condicionada por financiamientos y toda una telaraña de condicionamientos sicológicos, personales y políticos.
Definitivamente, para que el «mundo feliz» cubano de Huxley desaparezca tiene que existir una oposición de Cuba para Cuba. Pero eso, desafortunadamente, no existe.
Y así, para que esa oposición exista esos mismos jóvenes tienen que hacer consciencia de su país, levantar su mirada de sus pantallas, dejar de esperar la libertad tecnológica que vendrá por internet y los saludará, alguna afortunada mañana de Agosto, por las puertas de una embajada americana enclaustrada entre los muros del Malecón, las calles, los guardias y los oficiales de gobierno, de los dos gobiernos.
La libertad no tiene otro actor tecnológico que no sea el actor humano, el hombre y su voluntad.
Mientras, solo existirá, desde ese muro sentado en un parque holguinero, la libertad personal de ese conjunto de jóvenes… en algún otro lado mas allá de su país.

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